Asunción de María
Lucas 1,39-56
Feliz fiesta a todos.
María es recordada por última vez en el Nuevo Testamento al inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles. La encontramos en oración, en la sala superior, probablemente donde su hijo ha celebrado la última cena, junto con sus discípulos. Luego, esta mujer que vemos por última vez en oración, sale de la escena, silenciosa y discretamente como había entrado. Sobre ella no sabemos más nada. Los textos canónicos no nos dicen dónde ha transcurrido los últimos años antes de salir de este mundo.
Es a partir del siglo sexto que se difunden entre los cristianos numerosas versiones de un único tema: la ‘dormición de María’. ¿Por qué se le llama ‘dormición’ y no muerte? En el pasado, muchos teólogos sostuvieron que María no había muerto realmente, sino que había caído en un sueño profundo y luego había sido llevada al cielo.
La razón era que siendo la muerte consecuencia del pecado original y como María había estado preservada, desde su concepción, de toda forma de pecado, por tanto, no debería morir. Creo que hoy ya nadie sostiene esta interpretación de la asunción de María. Murió su hijo, y también María murió. No sabemos ni cuándo ni dónde, pero, con toda probabilidad, tenemos noticias auténticas sobre este texto de la dormición de María.
Estos escritos son del siglo sexto, pero se refieren a tradiciones que se remontan al principio del siglo segundo, por tanto, muy vecino a los hechos. Estos textos narran los últimos años transcurridos por María en este mundo y dicen que transcurrieron en Jerusalén donde terminó sus días.
¿Qué dicen exactamente estos textos? Después de la Pascua María vivió en el Monte Sion. Y quizás en la misma casa donde su hijo celebró la última cena, la casa que probablemente pertenecía a la familia del evangelista Marcos. Justo en el momento de dejar este mundo—y aquí comienza el aspecto legendario de estas historias apócrifas: se le aparece el arcángel Gabriel quien le dice, ‘María, tu llegaste a este mundo, cumpliste con tu misión, pasaste los últimos años de tu vida en el recogimiento y la oración, pero ha llegado ahora el momento del término de tu vida’. María le responde: ‘Estoy feliz de estar en este mundo, todos me quieren, quiero vivir, no morir’. Pero el arcángel Gabriel le dice, ‘María, encontrarás a tu hijo y permanecerás con él por toda la eternidad’. Y María le dice, ‘entonces sí, quiero encontrarme con mi hijo, pero te pido un favor: llama a mi cabecera a todos sus apóstoles porque quiero que me cuenten, todo lo que saben de Jesús porque durante su vida pública yo me quedé en Nazaret. Ellos han seguido al Maestro y quisiera sentir todo lo que me cuenten sobre lo que mi hijo ha realizado y dicho’. Y aquí sigue el aspecto legendario de este relato: Se convocaron a todos los apóstoles que llegaron sobre las nubes del cielo incluyendo a Pablo. Faltaba uno de los apóstoles porque Santiago, el hijo del Zebedeo ya había sido martirizado.
Llegaron los apóstoles y se reunieron junto al lecho de muerte de María, le contaron todo lo que deseaba escuchar y, luego, en un cierto momento, llegó Jesús con una legión de ángeles que venía a buscar el alma de María, dejando sobre aquel lecho su cuerpo, o mejor, su cadáver, porque hablar de ‘cuerpo’ en lenguaje bíblico no se entiende el cadáver. El ‘cuerpo’ es toda la persona. Los que distinguían el ‘alma’ del ‘cuerpo’ fueron los griegos. Afirmaban que el ‘alma’ estaba como en una prisión en el cuerpo material y desea desprenderse de esta realidad material para llegar después a la inmortalidad a donde por su naturaleza estaba destinada.
Nada de esto es discurso bíblico, sino de la filosofía griega. En la Biblia la persona es una unidad. En este mundo somos ‘cuerpo’. Cuerpo es lo que la gente puede ver, tocar, acariciar. La persona es una unidad. Cuando la persona deja este mundo, lo deja en su totalidad, alma y cuerpo, esto es, la persona con toda su historia. Cuando estas historias dicen que Jesús llevó el alma de María y dejó allí su cuerpo es una concepción griega.
Más adelante comprenderemos lo que ha sucedido con María. Quiero completar el relato de estos apócrifos para darnos cuenta de lo que ha sido transmitido por nuestros hermanos de la fe de los primeros siglos. Han velado este cuerpo de María y luego lo acompañaron en procesión hasta el torrente Cedrón. Este es un dato auténtico. Se remonta a la tradición del inicio del siglo segundo. Sabemos que en Cedrón es venerado el sepulcro donde fue colocado el cadáver de María. Depositaron su cuerpo en esta roca y ¿qué pasó después?
Luego de tres días de su sepultura –y aquí reprendo el relato legendario– aparece de nuevo Jesús para llevar también su cuerpo para llevarlo al paraíso y con todos los apóstoles sobre las nubes del cielo, llevaron a María hacia Oriente, hacia el paraíso, en el reino de la luz entre cantos de ángeles, perfumes deliciosos propio del paraíso y pusieron el cuerpo de María al lado del árbol de la vida.
Estos son los detalles novelescos sin ningún valor histórico. Pero a través de imágenes y símbolos testimonian el comienzo de la devoción del pueblo cristiano a la madre del Señor.
Antes de continuar quiero hacer una breve lectura del icono de la ‘ΚοίμησιςΘεοτόκου‘, como dicen en oriente, o sea, el icono de la dormición de la Madre de Dios, porque el icono oriental nos ayuda a entender el mensaje de la fiesta de hoy. Noten como en el icono aparecen ‘dos mundos’. En primer plano está la realidad de nuestro mundo material. En el lecho están los restos de María. No María; María no está allí: ha dejado este mundo y allí quedan sus restos. En la cabecera vemos a los apóstoles –se trata de la escena narrada en los apócrifos.
Observen que la mirada de los apóstoles es hacia el lecho, hacia el cadáver de la madre de Jesús. Ninguno de ellos mira y ve lo que hay a sus espaldas—la escena que pronto comentaremos, la del mundo de Dios. Ellos no pueden ver esta escena; solo pueden ver lo que los ojos del cuerpo les permiten verificar. No pueden ver más allá de este cadáver. Y el que crea que existe solamente lo verificable, tangible, controlable por los sentidos no puede sino concluir que la muerte es el fin de todo. Solo quedan los átomos que luego serán devueltos a la tierra. Esto es lo que la mirada material ve. Y también los apóstoles, que tienen estos ojos, ven un cadáver. Pero, ¿cuál es la realidad? ¿Esto es todo con una persona… toda su historia, todo lo que ha hecho, el amor que ha dado…? ¿qué permanece?
Los ojos materiales dicen que solo quedan los restos mortales. En el fondo tenemos una escena que no se puede verificar con nuestros sentidos. Es la realidad del mundo de Dios. Observen el centro donde está Jesús. La mirada material no puede percibir. Solamente la mirada del creyente puede contemplar la verdad de la historia de una persona que ha llevado una vida de amor en este mundo. Jesús pronunció una bienaventuranza para los ojos que pueden ver más allá del mundo material: “Felices los puros de corazón, porque verán a Dios”. Verán lo invisible.
Esta es la posibilidad que tienen aquellos que tienen un corazón puro. Para ver lo invisible es necesario tener un corazón vinculado solo a Dios y separado de los ídolos de este mundo. El que tiene un corazón atado a los bienes no piensa en otra cosa y se abandona al libertinaje, a la corrupción moral. No conseguirá nunca ‘ver’ más allá de lo material. No tendrá esta segunda mirada que pertenece solamente al creyente que tiene el corazón puro. Podrá ver el mundo de Dios. ¿Qué vemos en esa pintura que representa el mundo invisible? Es Jesús que tiene en brazos a su madre que acaba de nacer, una niña pequeña.
Es el inicio de la segunda parte de su vida: la definitiva. Este es el destino del ser humano: nacer dos veces. Y la segunda vez es la última, la definitiva, porque entra en el mundo del cielo, de la eternidad. No se trata de esta vida que dura para siempre. Es una vida completamente nueva luego de la gestación que se realiza en este mundo. Esto es lo que ha pasado con María y nosotros lo podemos contemplar en este icono. Ahora nos podemos detener en estos dos nacimientos.
En la primera imagen vemos a Jesús que al llegar a este mundo fue acogido en los brazos de María. Luego, en la Pascua, ha precedido a su madre en la gloria del cielo. Y en el otro icono contemplamos el nacimiento de María, recibida en el cielo en los brazos de su hijo. Volvamos al tema de nuestra fiesta.
La reflexión de los creyentes sobre la suerte de María después de la muerte se ha desarrollado con el pasar de los siglos y ha desembocado en la fe de su asunción, que fue definida por Pio XII el 1 de noviembre, de 1950. Escuchemos las palabras de la definición del dogma: “La inmaculada Madre de Dios, siempre virgen, al acabar el curso de la vida terrena, fue asunta a la gloria celeste en alma y cuerpo”.
Referente a la definición que acabamos de escuchar, es importante hacer notar dos cosas.
La primera: en esta definición no se afirma que María fue asunta al cielo, como si fuese un desplazamiento en el espacio o un rapto de su cuerpo desde la tumba hacia la morada de Dios. La definición menciona a María ‘asunta a la gloria celeste’.
La gloria celeste no es un lugar sino la condición nueva donde María ha entrado al concluir su peregrinación en este mundo, y ha comenzado para ella la gloria en el mundo de Dios. María no fue a otro lugar llevando consigo los restos frágiles que están destinados, como los de todos, de volver al polvo. No ha abandonado a la comunidad de los discípulos. Simplemente ha cambiado la manera de estar con ellos, lo mismo que aconteció con su hijo en el día de Pascua.
María ya no está condicionada a los límites del espacio y del tiempo. Por tanto, está siempre y en todas partes cerca de cada uno. Porque si estuviese en la condición como cuando caminaba por las calles de Palestina, allá solamente algunos allá solamente algunos la podían ver y solo los que estaban a su lado; los que estaban lejos no la podían ni ver ni escuchar. Pero cuando María entró en la gloria celeste ya no está sujeta a los límites del espacio y del tiempo.
Esta es la verdad: María está con nosotros, cercana a cada uno de nosotros, en cualquier lugar y a cualquier hora. Recordemos que, en la narración de los Hechos de los Apóstoles, cuando Jesús entró en la gloria del Padre, presentada por Lucas como la ‘ascensión’, los discípulos regresan a Jerusalén contentos y felices, no porque Jesús se haya ido, sino porque Jesús no estaba ya limitado con su presencia y ahora está en una condición en la que está siempre cercano y siempre en medio de la comunidad de sus discípulos. Lo que ha pasado con Cristo, ha pasado con María.
Y añado inmediatamente: sucede así con cada creyente que entra en el mundo de Dios cuando acabe su peregrinaje en la tierra. Cristo y María les han precedido en la gloria del cielo. Una segunda observación: el dogma no dice que esta asunción a la gloria celeste es reservada a María. No es una ‘privilegiada’, sino que es presentada a todos los creyentes como el gran modelo, como la señal del destino que aguarda a cada persona.
Entonces, ¿qué significa este dogma? ¿Quiere decir que el cuerpo de María no ha sufrido la corrupción? ¿O que solamente ella y Jesús se encuentran en el paraíso en carne y hueso, mientras que los otros difuntos estarían en el cielo solamente con sus almas a la espera de una reunión feliz con sus cuerpos?
Es difícil aceptar una presentación así referente al dogma. Pablo, en la carta a los corintios llama ‘afron’ – ‘tonto’ al que piensa que el cuerpo de los resucitados sea hecho de átomos. Dice que lo corruptible no puede devenir incorruptible (1 Cor 15,53). Es un cuerpo ‘resucitado’, un cuerpo espiritual. O sea, toda la persona, no un pedazo de la persona que entra en la gloria celeste. Y lo que ha sucedido con María, no está reservado solamente a María.
Todo hijo de Dios viene inmediatamente recibido con la totalidad de su persona y con toda su historia entra en el mundo de Dios. La Biblia no habla de distinción entre alma y cuerpo. Conoce la unidad indivisible de toda la persona.
¿Qué sucede? Intentaré traducir este pensamiento con un ejemplo que quizás nos pueda ayudar. Imaginemos un feto en gestación en el seno materno. Tiene su vida, pero esta vida sirve para preparar su segunda vida, la que se desarrollará en los años que transcurra en este mundo. Supongamos que el feto estime que la vida que tiene en el seno materno sea la única, la definitiva. Y en la vida que tiene en el seno materno, los pulmones no le sirven y por tanto no los necesita. El estómago, las orejas, los ojos no le sirven… no los necesita, son inútiles. No se prepara para la otra vida, cuando tenga necesidad de las orejas, de los ojos, del estómago, de los pulmones. No está preparado. En la nueva vida el feto entra con toda su historia: este es el cuerpo, el que se ha preparado no con un alma separada del cuerpo y de los átomos materiales.
Por tanto, en el mundo de Dios entra la persona con toda su historia. Estuvo preparada cuando ha vivido en este mundo una gestación hecha de amor, que ha dejado desarrollar lo ‘divino’ que permanece para toda la eternidad.
Escuchemos juntos el texto evangélico donde María canta esta gran victoria que ha sido realizada por aquel que es ‘poderoso y cuyo nombre es santo’. Solo Él puede dar a nuestros cuerpos, o sea a todo mortal, su misma vida, la vida inmortal.
“Isabel, llena de Espíritu Santo, exclamó con voz fuerte: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¡Dichosa tú que creíste! Porque se cumplirá lo que el Señor te anunció. María dijo: Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador, porque se ha fijado en la humillación de su esclava y en adelante me felicitarán todas las generaciones. Porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí, su nombre es santo. Su misericordia con sus fieles se extiende de generación en generación. Despliega la fuerza de su brazo, dispersa a los soberbios en sus planes, derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. Socorre a Israel, su siervo, recordando la lealtad, prometida a nuestros antepasados, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre” (Lc 1,42-55).
En nuestro mundo se enfrentan en un dramático duelo las fuerzas de la vida y las fuerzas de la muerte. Dolores, enfermedades, achaques de la vejez, son las incursiones que anuncian el último asalto de aquel dragón aterrador que es la muerte. Al final, esta lucha entre la fuerza de la vida y la fuerza de la muerte, se transforma en desigual y la lucha es por algunos años, pero al final la muerte atrapa siempre a esta presa.
Entonces nos preguntamos: Dios amante de la vida ¿asiste impasible a esta derrota de las criaturas que llevan impresa en el rostro su imagen? Y la respuesta a este que es el más inquietante de los interrogantes nos viene presentada hoy en María. Estamos invitados a contemplar en ella el triunfo del Dios de la vida. De frente a la evidencia de la muerte y de la corrupción de un cuerpo en el sepulcro, se necesita mucho coraje para creer que el Señor es el Dios de la vida, y para esperar en una vida más allá de la vida biológica.
En la fiesta de hoy María viene señalada como aquella que se ha fiado siempre de Dios y presenta el destino del que cree en el cumplimiento de la palabra del Señor. Tenemos el grito de gozo de María: “Cosas grandes ha hecho Aquel que es poderoso”. Esta expresión: ‘grandes cosas’ se emplea en la biblia para presentar las intervenciones extraordinarias de Dios. No es que sea el omnipotente que puede hacer lo que quiere, como nos lo imaginamos nosotros. Se lo llama: ‘hotúnatos’: el potente, el único que es capaz de derrotar a la muerte. Hoy se celebra en María esta intervención prodigiosa de Dios.
El que ama no puede abandonar a la persona amada en el infierno, en el reino de la muerte. Los salmistas ya lo habían intuido. Por ejemplo, el salmista que compuso el Salmo 16 concluye diciendo: “Tu, Dios mío, no puedes permitir que tu fiel (el texto hebreo dice: ‘hasid ha’ que significa ‘tu amante’) no puedes permitir que tu amante permanezca presa de la muerte” (Salmo 16,10).
Nosotros somos amados, ¿cómo puede permitir el Dios de la vida que aquel que ha sido tu compañero de amor desaparezca para siempre? Tú, Dios, me indicarás el sentido de la vida y será gloria sin fin en tu presencia. El salmista no tiene la luz de la Pascua, pero ha intuido que un enamorado no puede abandonar a la persona amada presa de la muerte. Y dice: Tú, Señor, me indicarás el camino para huir del sepulcro, porque tú no puedes estar sin mí, como yo no puedo estar sin ti. Intuyó las razones que, como decía Dostoievski ‘si existe un Dios, yo soy inmortal’.
En su canto, María atribuye esta obra extraordinaria de Dios a su misericordia. ‘Misericordia’ es un término que no explica bien el significado que tiene en la biblia. Es el involucramiento visceral del amor de Dios por la humanidad, que lleva a Dios a donar a al hombre de su misma vida inmortal. Luego, el canto de María prosigue mencionando siete intervenciones de este Dios enamorado de la vida del hombre. ‘Ha mostrado la fuerza de su brazo’ – solo su brazo podía abatir a ese monstruo que es la muerte. ‘Ha disperso a los arrogantes’. Los arrogantes son los que miran a los demás de arriba para abajo y crean un mundo de muerte. ¿Qué hace Dios? El Dios de la vida los dispersa. No significa que los humilla o los oprime, sino que los hace desaparecer, los convierte a todos a su amor. Todos son transformados en humildes siervos de sus hermanos.
Dispersa a los arrogantes, porque pertenecen al reino de la muerte. Y Dios es el Dios de la vida. Y María en su canto eleva un himno para alabarlo por lo que Él ha hecho. Ella ha hecho la experiencia. ‘Derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes’, a los últimos. Y así, el Señor de la vida pone fin a esa comedia en que los hombres luchan por apoderarse y crean el reino de la muerte.
“Colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos”. No es una amenaza de castigo; es el anuncio de salvación. El mundo antiguo, el reino de la muerte es reducido a la nada. El brazo potente del Señor ha creado un mundo nuevo el en cual es eliminada toda forma de muerte.
Esta es la victoria total del amor del Señor que celebramos hoy en María. Victoria que no se ha realizado solamente en ella, sino en todo hombre, porque Dios no puede abandonar a ninguno de sus hijos presa de la muerte. Acoge a todos en su gloria, como lo ha hecho como María, en el mismo momento cuando se concluye nuestra peregrinación en este mundo. Les deseo a todos que tengan hoy un día feliz.
En María hemos contemplado nuestro destino: la vida definitiva que nos espera en el mundo de Dios. Y esta fiesta de hoy con los amigos, con el banquete tendrá un sabor y una gloria distinta si tenemos esta segunda mirada que nos permite ver en María nuestro destino.
