PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
Lucas 2,22-40
“Cuando llegó el día de su purificación, de acuerdo con la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentárselo al Señor, como manda la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor; además ofrecieron el sacrificio que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones”.
Una buena fiesta para todos.
Estamos a menos de un mes de la fiesta de la Epifanía, la fiesta que cerró el tiempo de Navidad. Recordamos que Mateo narró la fuga a Egipto de la Sagrada Familia y luego el regreso a la tierra de Israel. Esto es lo que Mateo narró como conclusión del tiempo de Navidad. Lucas concluye la narración del nacimiento, haciendo referencia a la observancia de dos prescripciones de la Ley de Israel por parte de la Sagrada Familia. Las prescripciones eran la purificación de la madre que había dado a luz un hijo varón y luego el rescate del hijo primogénito.
Se trata de dos tradiciones judías, pero Lucas las ha incorporado porque del comportamiento de los padres de Jesús, él quiere sacar algunos mensajes para nosotros hoy.Ante todo, de la lectura del texto evangélico quizás hemos notado un estribillo que aparece tres veces: la observancia de la Ley del Señor. Hemos oído que la familia fue a Jerusalén porque la madre debía purificarse ‘según la Ley de Moisés’.
Luego, llevaron el niño a Jerusalén para presentarlo al Señor como está escrito en la ‘Ley del Señor’; y, luego, ofrecieron un par de palomas ‘como prescribe la Ley del Señor’. Tres veces se repite este estribillo. Luego, otras dos veces a continuación, como lo escucharemos.Aquí ya tenemos un mensaje para nosotros hoy.
Vemos a la familia de Nazaret sintonizada con la palabra de Dios. Lo que el Señor indica como el camino de vida de una familia lo vive en sintonía la familia de Nazaret, sintonía con esta palabra. Nosotros, en nuestras familias, nos preocupamos de muchas cosas….Preguntémonos si de verdad queremos que nuestras familias sean buenas como lo fue la de Nazaret, en medio de la pobreza, con muchos problemas como pasa con todas las familias.Nosotros la recordamos como una familia serena porque, desde el comienzo, ha seguido siempre la Palabra de Dios.
El segundo mensaje lo tomamos del motivo por el que llevan el niño al templo; es para ofrecerlo al Señor. El mensaje importante es este: el hijo no es de ellos, es de Dios. No pueden retenerlo para sí. Esta es la tentación de los padres e, incluso, la tentación de la familia de Nazaret pues también ellos, María y José, han sido tentados, como fue también tentado Jesús. ¿Cuál es la tentación de los padres? Es la de servirse del hijo para realizar sus proyectos, sus sueños.
La familia de Nazaret lo entrega al Señor, lo incluyen en el proyecto de Dios, en los diseños de Dios. Y estos diseños pueden ser muy distintos a los que los padres desearían. El hijo no pertenece a los padres. Está encomendado a los padres para que lo hagan crecer, educar y lo incluyan en el proyecto que el Padre del cielo tiene sobre él. La familia de Nazaret tenía un hijo muy especial, con muchas capacidades; ya se veía que desde pequeño estaba colmado de dones. Y también ellos habían asimilado de la tradición, del mensaje que había recibido en la catequesis de la sinagoga: el mesías glorioso… quizás también ellos cultivaban estos sueños. Pero NO. Desde el comienzo lo han entregado al proyecto que el Padre del cielo tenía sobre él. Este es un mensaje importante para los padres de nuestras familias hoy: consagrar sus hijos al Señor, porque los hijos son del Señor.
Tercer mensaje: Lucas menciona el ofrecimiento para el rescate del niño. Podía ser un cordero, para las familias de buena posición o de dos palomas. Se hace notar que la familia de Nazaret ha ofrecido dos palomas. El Hijo de Dios no ha nacido en Roma en un palacio, donde residía el emperador, sino entre los pobres. Y creció en una familia pobre. Esto nos hace sentir muy cercano al Hijo de Dios que vino a nosotros.
Y, en este momento, entran en escena dos personajes sobre los cuales Lucas quiere llamar nuestra atención. Veamos al primero: el anciano Simeón:
“Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que esperaba la liberación de Israel y se guiaba por el Espíritu Santo. Le había comunicado el Espíritu Santo que no moriría sin antes haber visto al Mesías del Señor. Conducido, por el mismo Espíritu, se dirigió al templo. Cuando los padres introducían al niño Jesús para cumplir con él lo mandado en la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu sirviente muera en paz porque mis ojos han visto a tu salvación, que has dispuesto ante todos los pueblos como luz para iluminar a los paganos y como gloria de tu pueblo Israel”.
La tradición ha sido muy aficionada al anciano Simeón. Los libros apócrifos narran muchas historias sobre él. Por ejemplo, dicen que tenía 112 años. También que él era el sumo sacerdote que había recibido a la Sagrada Familia y había tomado en sus brazos a Jesús. Pero NO. Simeón no era sacerdote. Era un hombre cargado de años que había vivido cultivando en su corazón la certeza que un día Dios realizaría sus promesas. Y su vejez representa precisamente esta larga espera del pueblo de Israel. Israel es un pueblo que recuerda. Recuerda las promesas que Dios hizo a Abrahán; recuerda las profecías que habían anunciado la venida del mesías; la consolación de Israel. Y cuando la historia parecía desmentir la palabra del Señor, Israel continuó creyendo que un día Dios realizaría sus promesas.
Y con su vejez, Simeón representa a este pueblo que espera. Había una multitud de gente en la explanada del templo, ¿cómo es que solamente estos dos ancianos saben reconocer en un recién nacido, frágil, débil, al Mesías de Dios? Son dos personas que ven más allá de las apariencias. Mientras la gente vio un niño en brazos de María, con José, el padre a su lado, en vez, los dos ancianos reconocieron en ese niño al Mesías prometido y esperado. ¿Qué tenían de especial estos dos?
Veamos a Simeón. El texto dice que ‘era honrado y piadoso’. Dos adjetivos. El primero: honrado, ‘justo’ = ‘δίκαιος’ = dikaiós. Como José. Una persona recta, de corazón puro, no inclinado a la mentira, a las pasiones, a los propios intereses, sino a la búsqueda de la verdad. Y era ‘piadoso’, εὐλαβής = eulabés en griego. Quiere decir que no quería ir fuera de camino, de seguir siempre el camino indicado por la Palabra de Dios, no como aquellos que de vez en cuando se acuerdan del Señor. Son aquellos que no escuchan al Señor solo cuando está de acuerdo con lo que ellos piensan. NO.
Simeón ha sintonizado siempre sus pensamientos y su corazón de acuerdo a la Palabra del Señor. Y, por tanto, ha podido ver lo que los ojos de las otras personas en la explanada del templo no lograban ver. Son los ojos puros que Jesús llamará ‘bienaventurados’. Los puros de corazón pueden ver a Dios, pueden ver lo invisible, ven más allá de lo que aparece. Esto es solo posible para aquellos que son honrados y piadosos. La segunda característica. Simeón esperaba la ‘consolación de Israel’. Vivía con la certeza que las promesas de Dios se realizarían. Y cuando uno cultiva esta certeza y se fía del Señor es una persona libre, serena, pues sabe que quien conduce la historia es el Señor. Aun cuando las apariencias parecen desmentir estas promesas, si uno cree verdaderamente en el Señor, es una persona serena y libre. No depende de él.
Podemos hacer una reflexión sobre la situación especial hoy en la Iglesia. Tenemos datos crueles sobre las dificultades que está atravesando nuestra Iglesia: abandonos, escándalos, desinterés. Preguntémonos si somos como Simeón que cree en la palabra del Señor que ha dicho: “las puertas del infierno no prevalecerán”, “yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”, “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. ¿Creemos nosotros, como ha creído Simeón, que estas promesas se realizarán? Si lo creemos, seremos personas libres, serenas, como lo era Simeón. La espera no es como la del que espera una transportación pública, espera pasiva… NO. Sino como quien se juega la vida a la espera de estas promesas hechas por Dios. Compromete su vida sobre la propuesta de mundo nuevo que él hace y se compromete con él a construirla. La tercera característica de Simeón: “Se guiaba por el Espíritu Santo”.
Esta palabra “Espíritu” aparece tres veces. El número tres significa que es completo, total, es la persona plenamente comprometida con este Espíritu. Se ha dejado guiar siempre por el Espíritu que era su confidente. A Él había encomendado toda su vida, y “le había comunicado el Espíritu Santo que no moriría sin antes haber visto al Mesías del Señor”. Es el Espíritu el que le ha hecho mirar hacia delante. Es admirable este anciano que no mira hacia atrás, mira hacia delante. Se mira al pasado, pero sin remordimientos, cuando se ha vivido iluminado y conducido por el Espíritu. Simeón no quiere volver a ser joven porque ha llevado a buen fin su vida. Una vida que ha tenido sentido, por tanto, no se enoja por el mal que ve alrededor, no culpa al mundo por su vejez, por el hecho que ya no siente las atracciones de la juventud. Ya no le gusta la música de los jóvenes… NO. No es culpa del mundo.
La realidad es que ya es anciano. Los jóvenes van hacia adelante… él ya ha vivido; está satisfecho con su vida. Sabe que las dolencias son parte de la condición humana, cuando la vida llega al atardecer. Ciertamente si la juventud con su destreza física, la fuerza, la salud son idolatradas, son el único objetivo de la vida, entonces esta gente no se resigna a que se vayan apagando estos dones y desaparezcan finalmente. No así Simeón. Sabe que la vida tiene su parábola y luego se va hacia el otoño, hacia el atardecer. Y cuando la vida ha sido vivida como lo ha hecho Simeón, guiada por el Espíritu, se tiene esa serenidad y esta libertad. La alegría de haber vivido.
‘Lleno del Espíritu tomó al niño en sus brazos”. Es un abrazo conmovedor entre el anciano y el niño, entre lo viejo y lo nuevo. Entre Israel y la Iglesia. Incluso nos podemos preguntar si Simeón pertenece al Antiguo o al Nuevo Testamento. Simeón nos indica que para poder entregar a Cristo primero es necesario tomarlo en los brazos. Simeón lo entregará al mundo. Lo escucharemos en su canto cuando bendice a Dios.
Es el quinto cántico que encontramos en estos dos primeros capítulos de Lucas: El dagloria a Dios en las alturas, el canto de Isabel, el Magnificat, el Benedictus y luego el cántico de Simeón. ¿Qué dice este cántico? “Deja ir en paz a tu siervo”. El texto original es muy hermoso, dice: ‘deja’ = ἀπολύεις = apolúeis… deja que tu siervo… quiere decir: déjalo libre, déjalo andar. No tiene miedo de la muerte.
El que ha vivido como Simeón, la muerte es el momento que da sentido a toda la vida. La muerte es un quedar libre de las ataduras de lo corruptible. ‘Deja a tu siervo, déjalo que se vaya hacia la paz’. Es la hora de la libertad, el momento de la emancipación. Y se dirige hacia la paz. Es la conclusión de una vida que ha tenido sentido pues ha estado iluminada por aquel niño. Es la serenidad de la muerte vivida a la luz de la paz mesiánica. La referencia puede ser a la carta de Pablo a Timoteo cuando dice: “Ha llegado el momento de soltar las amarras” (2 Tim 4,6). La muerte vista como un levantar las velas para partir hacia nuevas y maravillosas costas. Hemos conocido gente que la jubilación los ha llevado más rápidamente a la muerte.
Para los ancianos de la Biblia, como Simeón, la muerte es la jubilación. Y estos ancianos nos enseñan a vivir. Luego, se presenta como ‘servidor’: “Deja que tu siervo vaya en paz”. Siervo significa que ha dedicado toda su vida al proyecto de Dios. Toda la vida ha sido gastada para realizar la misión a la cual Dios lo había destinado. Simeón supo esperar. No se ha dejado llevar de la impaciencia pues estaba seguro de la fidelidad de Dios.
Por tanto, Simeón ha cerrado los ojos, lleno de futuro pues su vida tuvo sentido, vivida para una misión. Y dice: “mis ojos han visto a tu salvación, que has dispuesto ante todos los pueblos como luz para iluminar a los paganos”. Significa la dimensión universal de la misión a la que este niño está destinado. Notemos cómo Simeón no es egoísta, no piensa en sí mismo, sino en los demás, en la humanidad entera. Es la alegría de saber que este niño será luz, no solamente para el pueblo de Israel, sino luz para todos los pueblos. Por tanto, Jesús no pertenece solamente a su pueblo.
Escuchemos ahora la misteriosa profecía de la espada hecha por Simeón:
“El padre y la madre estaban admirados de lo que decía acerca del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, la madre: Mira, este niño está colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será signo de contradicción y así se manifestarán claramente los pensamientos de todos. En cuanto a ti, una espada te atravesará el corazón”.
José y María se sorprenden por que dice Simeón sobre su hijo. No es la primera vez que los padres se maravillan. Cuando los pastores contaron su experiencia del mensaje recibido de los ángeles, todos se maravillaron. ¿A qué se debe este maravillarse? Está claro porque la catequesis que habían asimilado es que el Mesías vendría y estaría de la parte de los buenos, de los justos, en vez aquí, el mensaje venido de los ángeles del cielo, es que, para ellos, para los pastores, para la gente impura, marginada… para ellos había nacido el Salvador. Era un anuncio de alegría. Los pastores se habían asustado cuando vieron la luz… Pero NO, “no se asusten… les anuncio una gran alegría… está de su parte”. Esta ha sido la primera sorpresa que hace notar el evangelista Lucas.
Y ahora hay una segunda sorpresa en las palabras pronunciadas por Simeón: “Luz para todas las naciones”. No solo para los pecadores, sino que esta luz es destinada para todos los pueblos paganos. En Israel se esperaba el mesías como luz para el pueblo… llevaría a este pueblo a dominar a todos los pueblos del mundo. Aquí no. Es luz de salvación para todos.Por tanto, es la segunda sorpresa que tuvieron los padres. Lo que había dicho Simeón iba en contra de toda la tradición que habían asimilado en las sinagogas, en la catequesis de los rabinos. Luego, Simeón tiene otra bendición. Esta vez bendice a los dos padres.
Y hablando de María se hace notar a la ‘madre’. Como sabemos se insiste en este término ‘madre’. La referencia es a la ‘madre Israel’ que debía entregar al mundo al Mesías de Dios. Y aquí María se convierte en el símbolo de este pueblo que entrega el Mesías al mundo.
Luego tenemos la profecía de la espada. Le dice Simeón a María: “En cuanto a ti, una espada te atravesará el corazón”. ¿Qué clase de profecía es esta? Olvidémonos de las ‘siete espadas’ del cuadro de la Virgen Dolorosa. No se trata de esto. No es la referencia al dolor de María al pie de la cruz. NO. Aquí puede entenderse ver a María como el pueblo de Israel.
En el simbolismo que encontramos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la espada simboliza ‘la palabra del Señor’. La carta a los hebreos, en el capítulo 4 dice: “La palabra de Dios es viva y eficiente. Más afilada que una espada de dos filos” (Heb 4,12). A donde llega esta palabra hay una herida, una división.
En las palabras de Simeón, María puede entenderse como que ella representa al pueblo de Israel. Y la palabra de su Hijo, del Mesías, creará una división en este pueblo. Lo dirá Jesús durante su vida pública al comprobar que no todos en su pueblo han acogido su mensaje y dirá que creará división: “No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada… (Mt 10,34); “En adelante, en una familia de cinco habrá división: tres contra dos, dos contra tres…” (Lc 12,52). Esto es lo que ha pasado en Israel. Algunos han aceptado a este Mesías de Dios mientras que otros no lo han aceptado, no era este el mesías que ellos esperaban. Pero podría tratarse de otra división. No de María como símbolo de este pueblo, sino María como persona. También ella ha experimentado en su propia persona, en el camino de fe que ella hizo, una herida que esta palabra de su Hijo también en ella ha creado una división respecto a la catequesis que había recibido. Toda su vida ha sido atravesada por esta palabra; y la adhesión a esta palabra tampoco fue fácil e inmediata para María.
Basta pensar lo que dice el evangelista Marcos, cuando Jesús comenzó su vida pública e inmediatamente entró en conflicto con la autoridad religiosa y con la catequesis de los rabinos. Y cuando estas noticias preocupantes llegaron a Nazaret, pensaron en ir a buscar a Jesús para llevárselo nuevamente a Nazaret y sacarlo de los problemas en que se estaba metiendo. Nota el evangelista Marcos: “Sus familiares salieron a sujetarlo (y María con ellos), pues decían que estaba fuera de sí” (Mc 3,21), y querían llevarlo a su aldea.
Esta es la dificultad que incluso María tuvo para acoger esta palabra. Luego, ella ha dado siempre su adhesión. Es la bienaventurada que ’escucha la palabra de Dios y la pone en práctica’. No pensemos que para María todo haya sido fácil, todo claro desde el comienzo. NO. Debemos ver a María como nuestra compañera en el camino de fe. Y en esta aceptaciónde la palabra del Señor, que no siempre es clara inmediatamente para nosotros. Y ahora la llegada de Ana, esta mujer anciana. Parecería superfluo este párrafo de Lucas pues Simeón ya lo ha dicho todo.
En realidad, la presencia de esta mujer no es inútil pues desempeña el rol de un segundo testimonio que confirma el testimonio de Simeón sobre el niño.
Escuchemos:
“Estaba allí la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, casada en su juventud había vivido con su marido siete años, desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo noche y día con oraciones y ayunos. Se presentó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén. Cumplidos todos los preceptos de la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba”.
Se menciona que esta profetisa Ana pertenece a la tribu de Aser. Era una de las doce tribus y era particularmente bendecida porque estaba situada al norte, en la región fértil vecina al Mediterráneo. Su territorio se expandía a lo largo de las llanuras costaneras del Mediterráneo, desde lo bajo de la ciudad de Dor, al sur del monte Carmelo, hasta Sidón, el límite norte de Palestina. Era la más pequeña y la más insignificante de las tribus de Israel. Y con las bendiciones materiales tenían las tentaciones del paganismo y acabaron por adaptarse a las costumbres de los pueblos vecinos. Por tanto, muy pronto desapareció de la escena cuando llegaron los asirios y deportaron a esta tribu y de ella no quedó nada y desapareció para siempre de las páginas de la historia.
Pero, en el templo de Jerusalén acude una persona de la tribu de Aser. Es el pequeño resto de una tribu infiel. Podemos, fácilmente, interpretar la referencia simbólica del evangelista Lucas. De Oseas en adelante, Israel y Jerusalén fue presentada como la ‘esposa del Señor’, casi siempre infiel. Pero, en este pueblo, existe un resto que es fiel y está representado por esta profetisa Ana.
Dice el texto que tiene 84 años. Se trata claramente de un número simbólico: es el resultado de 7 X 12. Siete es la perfección y doce es el pueblo de Israel. Ana representa a este pueblo, junto con la integridad de su misión. Ana es la parte fiel del pueblo que ha sabido esperar al mesías y lo ha aceptado. No el mesías que hubiesen deseado, sino el Mesías del Señor. Es un mensaje importante para nosotros hoy. Es el que hace referencia al amor esponsal con el Señor.
El Señor no es un gerente de trabajo que después paga al final de la vida. NO. Es el esposo. Y ama gratuitamente y espera una participación de amor en esta relación. Permanecer fiel a este amor por un momento es fácil, pero mantener esta fidelidad es más difícil. Ana representa a este resto que ha permanecido fiel aun cuando todos los demás se han alejado del Señor, Ana representa esa parte del pueblo de Israel que ha permanecido una esposa fiel.Cuando los demás abandonaron al esposo, ella no se buscó amantes, permaneció fiel a su esposo.
Es un mensaje importante para nuestra vida espiritual de hoy. Vemos que muchos dejan la Iglesia, que no siguen lo que indica el Evangelio…. En esta situación podemos mirar a este ejemplo de esposa fiel que fue Ana.
Les deseo a todos una buena fiesta.
