Las palabras de Jeremías no son bien recibidas ni por el pueblo, ni por sus vecinos, ni por su propia familia, por lo cual su ministerio le pone en riesgo de muerte. Pero el profeta no da marcha atrás, pese a las amenazas contra su vida; su tarea, ya fijada en 1,4-10, tiene que seguir su curso; su convicción más profunda es que esta es una causa del Señor, y a Él confía la totalidad de su vida y de su ministerio.
