Conforme a lo convenido en 5,27, Moisés se dirige ahora al pueblo para transmitir lo que el Señor manda, pero antes insiste en que la guarda de estos preceptos y normas es garantía de larga vida en la tierra que el Señor les va a dar (1-3). Los versículos 4-25 giran en torno al gran mandato del amor a Dios, que el mismo Jesús califica como el más importante de todos los mandatos de Moisés y de los Profetas, es decir, de todo el Antiguo Testamento (Mt 22,34-40; Mc 12,28-34). Ese amor a Dios implica la escucha de su Palabra, pero una escucha obediente que abarca todos los aspectos y momentos de la vida y que debe transmitirse como herencia a las nuevas generaciones (21).
La insistencia en que Dios es uno podría entenderse como una manera de corregir la mentalidad de los pueblos vecinos, que atribuía distintas «personalidades» a Baal, como si fuera po-sible dividirlo en divinidades locales, personales y familiares. Pero el sentido más claro es que el Señor es el único Dios que ha actuado de manera radical en favor del débil, del esclavizado, liberándolo y destruyendo los poderes de opresión simbolizados en Egipto y su faraón.
Lo importante de este mandato no es fijarlo en la muñeca, en los marcos de las puertas, ni ponérselo en medio de los ojos o cerca del corazón. Lo que de verdad importa es modelar la vida de acuerdo con esa convicción de amor a Dios, de adhesión a Él y de reconocimiento agradecido por sus obras de liberación, actuando como Él en medio de los prójimos.
