Exhortaciones de Moisés.

A partir de la síntesis histórica que acaba de hacer Moisés, viene ahora una larga exhortación cuyo motivo es la autorrevelación de Dios en el monte Horeb –Sinaí–. Es importante recordar que este discurso no lo pronuncia, en realidad, Moisés, sino los redactores del Deuteronomio, quienes, mediante este procedimiento literario, buscan convencer al pueblo de la necesidad de seguir los preceptos y las normas del Señor. Nótese la insistencia contra la idolatría, el énfasis en la verdadera imagen de Dios y, en contraposición, la vaciedad de los ídolos (15-40). Se trata, por tanto, de la conciencia crítica del pueblo que la corriente deuteronomista (D) representa muy bien aquí. Todos estos consejos son, en realidad, la constatación de los pecados y desvíos de Israel a lo largo de sus primeros siglos de existencia. Los versículos 15-24 dan cuenta de los cultos idolátricos que practicaron los israelitas, obligados por los asirios y, más tarde, por los babilonios. Todo ello se convierte en experiencia para que Israel entienda en qué consiste, propiamente, adherir su fe al único Dios. Antes de concluir, el redactor inserta la noticia sobre las ciudades que Moisés había reservado al oriente del Jordán para que sirvieran de refugio a quienes, sin quererlo, hubiesen matado a un hermano (cfr. Nm 35,9-15). El fin del asilo en una ciudad como esta era protegerse de la venganza de la sangre que permitía la ley (Éx 21,23-25; Nm 35,16-29); si se trataba de una muerte intencional, la venganza y/o el juicio debían ser distintos.

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