Los sacrificios de comunión difieren de los holocaustos en que las víctimas sacrificadas no son quemadas por completo: algunas partes se queman en el altar y otras son consumidas en un banquete que el ofrendador ofrece a su familia e invitados (7,15; 19,6-8). Se mantiene la distinción entre animales de ganado mayor (1-5) y animales de ganado menor (6); estos últimos se clasifican en corderos (7-11) y cabritos (12-16). En todos los casos se mantiene el mismo esquema ritual: la imposición de la mano sobre la víctima antes de sacrificarla y la aspersión del altar por los cuatro costados con su sangre –como en los holocaustos–, función que realizaba el sacerdote.
Esta modalidad de sacrificio incorpora la figura del banquete sagrado, común a otros pueblos y culturas del Cercano Oriente. El oferente cumplía uno de los dos siguientes objetivos: 1. Dar gracias a Dios por algún motivo especial –Sal 107 menciona unos cuatro motivos, pero podían ser más–. 2. Ofrecer un sacrificio votivo, en el que se pedía al Señor algún beneficio. Al parecer, los israelitas tenían muy claro que esas comidas no las realizaban con Dios, sino en su presencia. La sacralidad del alimento se debe, en primer lugar, a que Dios permite al oferente consumir parte de esa víctima que le pertenece por entero, pues a Él pertenece toda vida. A esto hay que sumar el lugar de sacrificio y de la comida, el Santuario; la sacralidad misma del altar, refrendada cada vez con la sangre de las víctimas; y el contacto con las personas sagradas, los sacerdotes consagrados exclusivamente al Señor.
