El becerro de oro.

En contraste con Éxodo 19,8 y 24,3-7, donde todo el pueblo promete hacer cuanto mande el Señor, este relato tiene la intención de subrayar la infidelidad del pueblo a la Alianza. El pueblo procura disculpar este acto, que suele denominarse apostasía, por la ausencia de Moisés y su ignorancia sobre dónde se encuentra (1). Y es que, efectivamente, en 24,18 se nos dice que Moisés había subido al monte y había permanecido allí cuarenta días y noches. Queda claro que lo que se realiza aquí es en ausencia de Moisés, pero en presencia de Aarón y con su beneplácito. Se han dado muchas interpretaciones de este pasaje, sin llegar a la unanimidad sobre su significado. Por ahora, lo que más nos sirve es entender el pasaje como un relato cargado de simbolismo, en el que se busca demostrar que, ya desde los comienzos de Israel como pueblo, hubo infidelidades y rechazo hacia el Dios que le había dado la vida. Aun así, Dios no extermina a su pueblo porque cuenta con Moisés, el mediador. Moisés desempeña tan bien su papel de mediador que logra que Dios se arrepienta de su decisión, lo que da paso al perdón y a la acogida amorosa de los infractores (14).
Esta misma dinámica atraviesa toda la historia de Israel, y es a la luz de ella que podemos entender el mensaje de los profetas. Es, al mismo tiempo, la clave que nos ayuda a entender el im-pacto que este pasaje, releído y actualizado, tuvo en los momentos más difíciles de la historia del pueblo. Pensemos en la época del destierro (587-534 a. C.), cuando todo se había perdido, incluso la propia fe en el Señor. Seguramente, la relectura de este pasaje llevó a un renacer de la fe y de la esperanza. Fe en que ese Dios, comprometido con el pueblo desde tiempos de la esclavitud, que no los borró de la faz de la tierra en otras circunstancias también difíciles, ahora tampoco los destruiría ni los abandonaría, siempre y cuando el pueblo reconociera sus culpas. Así pues, se puede constatar que Dios asume un compromiso con Israel, no porque sea el mejor de todos, sino precisamente porque es pecador y también el lugar teológico de la misma «esperanza divina» –Dios también tiene esperanza– en el cambio del pueblo, gracias a su justicia.

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