Paso del Mar Rojo.

Los israelitas han partido. Es el Señor quien los dirige. Pero el faraón se echa atrás (4-8) y decide perseguir al pueblo (5.8). La presencia de los egipcios asusta al pueblo, que, «muerto de miedo», empieza a presentir la cercanía de la muerte y se queja (10-12). Aún no confía en el Señor. La respuesta de Moisés es contundente: «No tengan miedo… el Señor peleará por ustedes; ustedes esperen en silencio» (13s).
Los versículos 15-18 constituyen la respuesta del Señor, quien anuncia que obrará por medio de Moisés. El Señor anuncia su plan para destruir al faraón; será el signo de su gloria.
Los versículos 19-31, que describen la realización de las palabras del Señor en su intervención anterior, entrelazan dos tradiciones teológico-literarias: la yahvista (J) y la sacerdotal (P). Ambas buscan destacar que la liberación de Egipto fue obra del Señor. Nótese que, sin luchar, el pueblo suscita el temor de los egipcios, quienes piensan seriamente en retirarse (25).
Es muy significativo que esta batalla final contra Egipto se dé precisamente en el mar y que concluya con la escena en la que las aguas marinas engullen al faraón y a su ejército. Para los israelitas, el mar es un símbolo de lo misterioso. En él habitan monstruos que atacan a cuantos entran, monstruos que aún nadie ha vencido. Sin embargo, aquí el mar se abre, no para tragarse al pueblo, sino para permitir su paso, y se cierra tragándose al enemigo. Este «abrirse» y «cerrarse» ocurren gracias al poder del Señor, de modo que el Señor es el único que puede vencer a los misteriosos y poderosos seres del mar.
Otro aspecto simbólico de esta escena es que el faraón haya perecido en el mar. Egipto y el faraón son personificaciones del proyecto de muerte, proyecto que debe desaparecer de la faz de la tierra. El mar es así el lugar, el abismo de las aguas, donde tendrían que ir a parar todos los proyectos de muerte e injusticia.

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