Por tercera vez, el faraón tiene que recurrir a Moisés para que ore en su favor y lo libere de esta nueva plaga. Aparece el reconocimiento del pecado o la culpa del gobernante egipcio y su corte (27); por otro lado, está la declaración de Moisés de que el Señor es el dueño del mundo, algo que debió doler al faraón. Sin embargo, ni así cambia de actitud: de nuevo ejerce su poder y no permite la salida de los israelitas (34).
