Por fin, Jacob y algunos de sus hijos escogidos por José son presentados al faraón; las preguntas y las respuestas que constituirían este encuentro ya estaban anunciadas en 46,33s y así se realiza, con la única variación de la pregunta del faraón a Jacob por su edad (8). El texto describe el encuentro entre el patriarca Jacob y el gran faraón. Ambos representan, de algún modo, el poder. Por lo que sabemos de él, Jacob es rico, pues posee abundante ganado y es padre de una numerosa prole (46,8-27); sin embargo, su «poderío» se demuestra aquí al ser poseedor de la bendición y de las promesas divinas. Por su parte, el faraón es amo y señor de un gran imperio que no solo abarca el país de Egipto, sino que sus confines probablemente llegan hasta la misma Mesopotamia, es decir, los actuales territorios de Irán e Irak en el golfo Pérsico. Obviamente, la balanza del narrador se inclina por Jacob/Israel, que, a pesar de estar muy por debajo del poderío del faraón, es quien lo bendice; el acto de bendecir al faraón se menciona dos veces (7b.10).
Así termina la novela que nos cuenta las aventuras de José, en las que se cumplen sus sueños de 37,7-10, y que nos prepara para la experiencia del pueblo israelita en Egipto. Los demás relatos que siguen en el resto del Génesis, aunque mencionen de nuevo a José, no forman parte del argumento de esta novela; son relatos pertenecientes a las tradiciones de Jacob y de José y han sido incluidos aquí como apéndices.
