Como si se tratara de una interrupción en la lista de descendientes de Adán, nos encontramos con un relato elaborado sobre una antigua creencia en una raza especial de gigantes que, según la leyenda, provienen de la unión de los «seres celestiales», hijos de Dios, con las hijas de los seres humanos. Y sirve al redactor para describir el flagelo que sufrió el pueblo a manos de los hijos de la prostitución sagrada, práctica muy común en aquel territorio. Los descendientes de estas uniones reclamaban privilegios especiales que generaban mayor opresión y empobrecimiento al pueblo. También refleja el doloroso recuerdo de las injusticias cometidas por la familia real. Recuérdese que el rey era considerado «hijo de Dios».
Este pasaje nos introduce en la historia de Noé. Aumenta la tensión entre el plan armónico y bondadoso de Dios y la infidelidad y corrupción humanas, es decir, el rechazo libre y volunta-rio de ese plan. Al ver que en la tierra «crecía la maldad» del hombre (5), Dios se «arrepiente» de haberlo creado (6). Pero inmediatamente aparece Noé, que «alcanzó el favor del Señor» (8).
