Vigésimosexto Domingo en Tiempo Ordinario – Año A

Mateo 21,28-32

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Un buen domingo para todos.

Recordemos que la semana pasada escuchamos la parábola del viñador que se preocupaba mucho por el trabajo de su viña y había ido cinco veces a la plaza de la aldea para encontrar trabajadores. En la parábola que escucharemos hoy, Jesús retoma el argumento de la viña. Y volverá a él también en la parábola de la próxima semana. Sin duda, el trabajo a realizarse en esta viña le interesa sumamente a su dueño, que naturalmente es Dios.

Decíamos el domingo pasado que la viña es el reino de Dios, el mundo nuevo, la humanidad nueva que los discípulos de Cristo están llamados a construir. La semana pasada Jesús nos había invitado a identificarnos con los trabajadores de la primera hora, los decididos, los generosos, los que ponen enseguida manos a la obra, los que se encuentran en la plaza del pueblo a las 5 de la mañana. Pero al final, cuando llega el momento de la paga, también nos hizo identificar con los trabajadores del “mal ojo”, o sea, los que no ven con buen ojo que Dios done todo su amor incluso a aquellos que no lo ameritan porque Él es bueno.

El domingo pasado nosotros éramos los siervos. Hoy Jesús nos promueve en su parábola, nos hace subir de grado, nos coloca a un nivel muy superior. En la parábola que escucharemos, seremos los hijos del dueño. Y, como somos de la familia, la viña, que espropiedad de la familia, también nos incumbe: nos supone un compromiso diferente porquese trata de algo nuestro y estamos mejor dispuestos al interés y el compromiso.

¿A quién va dirigida esta parábola? Jesús ha llegado a Jerusalén hace unos días y, nada más llegar, lo primero que hace es purificar el Templo expulsa a los vendedores y así comienzan las disputas con la autoridad religiosa, que ya le veía con malos ojos. Hace tres años que lo soportan; lo consideran un hereje que enseña falsas doctrinas sobre Dios y no practica las prescripciones de la tradición rabínica.

Mateo nos dice que, en aquellos días, Jesús pasaba las noches en Betania y por la mañana iba a la ciudad y comenzaba a enseñar en el Templo, probablemente bajo el pórtico de Salomón. Es allí donde lo encontramos hoy y es allí, en el pórtico de Salomón, donde los ancianos y los sumos sacerdotes se enfrentan a él y le preguntan: “¿Quién te ha autorizado a hacer lo que has hecho y quién te ha permitido enseñar aquí en el Templo? No tienes ningún título para hacer estas cosas”.

Jesús responde con una contra-pregunta: “¿Quién le dio autoridad al Bautista para predicar: ustedes o Dios?” No le responden. Al final dicen: “No lo sabemos”. Pero ¿qué es lo que quiso decirles Jesús? Que hay una autoridad establecida por los hombres y hay otra, superior, que viene de Dios. Se refería a su propia autoridad y a la que Dios había dado a los profetas poniendo en sus labios las palabras para la predicación.

Continuemos ahora con la parábola. Observemos que Jesús tiene interlocutores que no son pecadores, disolutos, no; son personas religiosas, piadosas, observantes, escrupulosas de todos los mandamientos, por tanto personas respetables, y son la máxima autoridad religiosa. Jesús narra esta parábola para ellos. Veamos cómo los involucra: 

“A ver, ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos”.

Cuando un rabino comenzaba una parábola hablando de un padre y un hijo, todos comprendían que se refería a Dios y a Israel. Israel es llamado en el Antiguo Testamento “el hijo de Dios”. Por boca de Moisés, Dios dice al Faraón; “Israel es mi hijo primogénito; deja partir a mi hijo”. También por boca del profeta Oseas dice: “De Egipto he llamado a mi hijo”. Y hace eco en la súplica sentida de este pueblo que está en el exilio y se dirige al Señor diciendo: “Eres nuestro Padre. Somos barro, obra de tus manos”. Por eso los interlocutores de Jesús se asombran de que empezara la parábola hablando de un padre y dos hijos. Dios tiene un solo hijo; los paganos, los publicanos, los pecadores, las prostitutas son gente impura, no hijos. Dios tiene un único hijo: Israel.

Detengámonos un momento. ¿Estamos muy seguros de que eran sólo los líderes religiosos de la época de Jesús? ¿No hemos acaso oído a algunos cristianos razonando de la misma manera? Los que creen que Dios solo tiene hijos buenos, los que guardan todos los mandamientos. Los que se han extraviado ¿acaso no son hijos de Dios? Toda persona lleva impresa indeleblemente la imagen de Dios. A cada persona Dios le ha donado su propia vida. Hay que pensar antes de traer hijos al mundo, pero cuando los han traído al mundo, esta paternidad ya no se puede borrar. Tengámoslo bien presente: Dios tiene dos hijos, los buenos y los menos buenos; también los menos buenos siguen siendo sus hijos e hijas, incluso los criminales… mencionemos esa palabra que tanto nos perturba: son siempre hijos e hijas de Dios.

Luego, tengamos en cuenta que la filiación divina no se obtiene por méritos y, por tanto,nadie es más hijo que otro porque sea más bueno. El parecido con el Padre celestial puede estar muy desfigurado, pero la identidad de hijos e hijas de Dios no puede borrarse. La vida divina se recibe como un don, como se recibe como un don de los padres vida biológica. Y esto nos lleva a comprender la fraternidad universal de todos los hijos e hijas de Dios.

Aclarado este punto de que Dios tiene dos hijos, los buenos y los menos buenos, yaceptando esta verdad, ahora Jesús quiere enseñar una lección con la parábola. ¿A quién quiere convertir? Sin duda a los paganos, a los ladrones, a los bandidos, a los publicanos, a los pecadores… Ellos no son buenas personas a las que imitar; ellos también deben cambiar, se deben convertir. Pero la parábola de hoy es para convertir a los justos, a los de “la primera hora”, a los que piensan que solo ellos son hijos de Dios. Escuchemos cómo el padre se vuelve hacia sus hijos:

Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El hijo le respondió: “No quiero”; pero luego se arrepintió y fue.

Se dirigió al primero y le dijo: “Quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Esta no es una buena traducción. El texto griego dice προσελθὼν (proselthón, de prosérjomai) que se traduce como “acercándose”, “avecinándose” al primero. No se presenta como un importante soberano que da órdenes, no, sino como un padre que se acerca con afecto porque quiere implicar a su hijo en el trabajo de la viña, quiere que entienda que es un bien familiar, que debe interesarle en este trabajo. Lo toma por el brazo para convencerlo y luego emplea una palabra bonita para decir hijo. No dice pais o huios. Lo llama Τέκνον (téknon) que proviene del verbo tikto y significa “dar a luz”. Hay un matiz maternal en esta forma de dirigirse al hijo.

“Quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Es decir: “Toma conciencia de que eres un hijo, no un siervo. La viña es nuestra, es de interés para todos los que vivimos en esta casa; si quieres dar sentido a tu día, ve y trabaja en la viña, comprométete y haz bella tu vida dándole un gran significado”. El ‘hoy’ representa toda nuestra vida, que debe jugarse en el trabajo de la viña del Señor. Y trabajar en la viña del Señor significa producir uvas, vino, es decir, amor, alegría, vida para cada hijo e hija de Dios.

La respuesta es negativa y dura: “No quiero” (Οὐ θέλω, Ou thelo en griego). Claramente este hijo tenía en mente otros planes; pensaba que su día tendría más sentido haciendo lo que tenía en mente. El NO de esta parábola es un signo del rechazo de nuestra naturaleza biológica a la propuesta de compromiso que Jesús nos hace en su Evangelio. Su propuesta es exigente; si uno responde inmediatamente ‘Sí’, significa que no ha entendido. Algunos piensan que lo que el Señor nos pide como trabajo en la viña del Señor es alguna devoción, algún intimismo espiritual. Entonces uno dice, incluso inmediatamente, ‘Sí’. Pero cuando se comprende lo que realmente pide el Evangelio, entonces se dice necesariamente que ‘No’. Es la señal de que se ha comprendido. Llegamos poco a poco a desechar los planes que teníamos en la cabeza porque somos este primer hijo (luego también seremos el segundo pero mientras tanto somos el primero).

“Pero luego se arrepintió”. ¿Cómo es que cambió su elección, su propia posición? Reflexionó, cambió de opinión, porque se dio cuenta de que quien le pidió que fuera a la viña no era un amo, era su padre cuyo amor conocía; sabía que su padre le quería bien. Seguramente pensó: “Si me ama y me da esta indicación, significa que lo que me propone es bello aunque sea exigente y agotador; puedo confiar en este padre porque quiere que mi ‘Hoy’o sea toda mi vida― sea bello y tenga sentido”. Si hubiera pensado en su padrecomo un amo que lo tironea, que le impone sin razón lo que ordena, entonces hubiera optado por hacer solo lo que le gusta.

Esta es la razón por lo que tantas veces los sacerdotes erramos en nuestra catequesis cuando presentamos lo que la palabra de Dios nos exige sin haber dicho antes quién nos dirige esta palabra. Sólo cuando hemos comprendido que quien nos pide que hagamos determinadas opciones es quien nos ama, entonces confiamos en él; si, por el contrario, tomamos estas instrucciones como órdenes seguidas incluso de algunas amenazas, entonces no escuchamos lo que el padre nos invita a hacer.

Ahora, veamos lo que pasa con el segundo hijo: 

Acercándose al segundo, le dijo lo mismo. Éste respondió: “Ya voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Le dijeron: “El primero”.

Al segundo hijo el padre también se acercó (προσελθὼν, proselthón); también se avecinó y le tomó por el brazo para convencerle de que fuera a la viña. Sorprende la respuesta inmediata de este segundo hijo: ¡SÍ, SEÑOR! (En griego: Ἐγώ κύριε,egó kïrie, “¡YO, señor!”) No dice ‘padre’; dice ‘señor’. Para él son las disposiciones de un amo que da órdenes y estas órdenes deben ser obedecidas. ¿Por qué responde tan enérgicamente a lo que pide el señor? (El señor aquí representa a Dios.) Responde inmediatamente ‘Sí’ porque no entiende. Representa a esa parte de Israel que no entendió realmente lo que el Señor pide a su pueblo e inventó toda esa lista de sacrificios, de incienso, de holocaustos y ayunos… Pero…¿era eso lo que el Señor había pedido? Si lo hubieran entendido, habrían hecho como el primer hijo y habrían dicho que NO, porque el Señor pedía justicia, amor a los pobres, a las viudas, al huérfano, al extranjero… En cambio limitaron la adhesión a la voluntad de este señor a muchas cosas que eran preceptos humanos.

Lo dice bien el profeta Isaías en el capítulo 29: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, y su culto a mí es precepto humano y rutina” (Is 29,13). En el Salmo 50 el Señor dice a su pueblo: “No te reprocho por tus sacrificios, ni por tus holocaustos que están siempre ante mí” ¿Cuál es el problema? “¿Quién te lo ha pedido? Yo te pido el amor a los pobres, a la justicia; esto es lo que me interesa”. Esta es la razón: este segundo hijo representa esa parte del pueblo de Israel que dijo Sí pero sin haber entendido realmente lo que el Señor le pedía.

La pregunta que Jesús hace a esos interlocutores que tiene ante sí “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” Le dijeron: “El primero” es una invitación que Jesús noshace también a nosotros a reconsiderar nuestra posición. Los interlocutores de la época de Jesús ya están muertos. Esta parábola y, por tanto, este segundo hijo, nos representa a todos nosotros. ¡Cuántas veces los cristianos hemos dicho Sí a Dios inmediatamente porque en realidad no entendíamos lo que él nos pedía! Y hemos inventado todas nuestras prácticas religiosas, que muchas veces sólo sirven para calmar nuestra conciencia, pero no nos dejamos involucrar en lo que realmente nos pide: el don de nuestra vida. Si lo hubiéramos entendido, habríamos hecho como el primer hijo.

Jesús dijo en el Sermón de la Montaña: “No todo el que me dice «Señor», «Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Nosotros nos hemos visto retratados en estos dos hijos porque hemos sentido el rechazo, hemos dicho No muchas veces y luego también nos hemos convertido, hemos intentado decir Sí. Nosotros también somos un poco como el segundo hijo, que intenta apaciguar su conciencia con las prácticas que nos inventamos.

Pero hay todavía un tercer hijo al que nosotros deberíamos asemejarnos. Aunque no se menciona en la parábola, podemos entender quién es este hijo: es el Unigénito del Padre del cielo, es Jesús de Nazaret. Él respondió Sí y puso en práctica todo lo que el Padre quería de él.

Y ahora Jesús se dirige directamente a los líderes religiosos de su pueblo y aplica a ellos la parábola. Escuchemos:

Y Jesús les contestó: “Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios. Porque vino Juan, enseñando el camino de la justicia, y no le creyeron, mientras que los recaudadores de impuestos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, aun después de verlo, no se han arrepentido ni le han creído”.

Tengamos cuidado porque podríamos malinterpretar las palabras de Jesús: “Los recaudadores de impuestos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios”.No está diciendo Jesús que estos sean buenos y que, en cambio, los judíos piadosos que Jesús tiene delante son malos. A veces también nosotros escuchamos por ahí: “Los que no van a la iglesia son mejores que los que van… Jesús también lo dijo”. No es cierto; los publicanos y las prostitutas, no son modelos para imitar; están fuera del camino; deben convertirse porque están cometiendo un error en su vida.

Jesús está diciendo que estas personas se adelantarán a los demás, es decir, que llegarán primero a entrar en el reino de Dios. Pero ¿cómo es que unos llegan primero y los otros llegan más tarde? ¿Qué es lo que impide a las personas piadosas, que son esos judíos buenos, justos, que Jesús los haga entrar antes? ¿Qué les impide adherirse la propuesta que Jesús hace con su Evangelio? Esta es la respuesta: El impedimento es esa práctica religiosa que se han inventado, esas disposiciones humanas que apaciguan sus conciencias, que les hace sentir que ya están bien con Dios y, por lo tanto, que ya no necesitan conversión, que no necesitan nada más. Los publicanos y las prostitutas no tienen esta pantalla espiritual que les da la seguridad de que están bien, No. Son personas necesitadas de Salvación y, cuando oyeron al Bautista invitarles a la conversión, se dejaron convertir y llegaron primero para entrar en el reino de Dios, es decir, adhirieron a la propuesta de hombre hecha por Jesús de Nazaret. Se convirtieron. El Bautista les había mostrado al Mesías y lo aceptaron.

Los que se sentían seguros con su religión, los sumos sacerdotes, los ancianos, los escribas y los fariseos, no se dejaron convertir y perdieron la oportunidad de entrar inmediatamente en la viña del Señor. Formulémonos, pues, la pregunta: Nosotros, que sentimos que estamos bien, ¿podríamos ser quizás el segundo hijo, es decir el que dijo Sí? Y aun vayamos un poco más lejos: ¿Nos lleva nuestro Sí a trabajar realmente en la viña?

Preguntémonos cuánta alegría producimos con nuestra vida, con nuestro compromiso, con nuestro trabajo. Este es el vino. Si producimos esta alegría significa que, aunque quizás inicialmente dijimos No, luego hemos dado nuestro Sí.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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