VIGESIMOTERCER DOMINGO EN TIEMPO ORDINARIO – AÑO A
Mateo 18,15-20
Un buen domingo para todos.
Existe una concepción del pecado que está muy extendida y es muy peligrosa; la suelo escuchar después de un curso bíblico o de una homilía en la celebración eucarística, cuando hablo de la verdad central del Evangelio, la gran noticia que solamente los cristianos, no las otras religiones, anuncian en el mundo. Y esta gran y hermosa noticia es el amor incondicional de Dios por todos sus hijos e hijas, incluso por los más desgraciados, por los que se han equivocado en todo en la vida, porque, incluso, al final de una vida fallida, Dios acogerá a todos sus hijos e hijas en sus brazos.
Esta es una verdad innegable que encontramos en el Evangelio: el Hijo de Dios ha venido a este mundo para anunciar esta bella noticia. Pero esta bella noticia no agrada a todos; de hecho, después de escucharla, siempre hay alguien que se presenta y dice: “Si Dios no castiga, si no hace pagar a los que pecan, entonces también yo comienzo a gozar de la vida. ¡Genial!”
Aquí está la concepción peligrosa, errada, del pecado. O sea, que el pecado sea algo hermoso, que colme de sentido y dé alegría tu vida… pero ¡qué lástima! Dios lo ha prohibido, y al final te lo hará pagar… No es así. No debes tener miedo de Dios. Al final Dios no te lo hará pagar… quédate tranquilo. El que te lo hará pagar enseguida, aquí, ahora, es el mismo pecado. Porque te devasta como persona, te deshumaniza. Puedes tener un placer momentáneo pero será como la droga que te da un momento de embriaguez y luego te reduce a una larva humana. Esto es lo que te hace el pecado, no Dios.
Esta es la razón por la que el Señor, que te ama, te pone sobre aviso, te señala lo que no debes hacer porque, al final, te haces menos persona. Piensa a qué te reducen la violencia, el adulterio, el robo, la mentira… ¿Te hacen crecer como persona o te hacen retroceder? Tú buscas la alegría, la felicidad; esta pulsión la ha puesto Dios. Pero ten presente que, si no sigues las preciosas indicaciones que el Padre celestial te da, andarás siempre fuera de camino, no llegarás nunca a la meta que aspiras.
La palabra hebrea para decir “pecado” es חטא (hatad) que significa apuntar con una flecha pero con un arco flojo. Haz la prueba de alcanzar una meta con un arco flojo. Lanzas la flecha pero no llega al adversario, cae antes; no lo alcanza. Esto es lo que pasa cuando pecamos: apuntamos a la alegría pero fallamos.
Hay una señal providencial que nos dice que nos hemos equivocado: el dolor. El pecado deja siempre un sabor amargo porque nosotros estamos bien hechos; somos creados para la alegría, y, cuando uno peca, algo se descompone dentro; es el dolor. Y uno trata de anestesiarlo con distracciones, evasiones, intereses pasajeros… Son todas drogas. Cuando uno peca, queda siempre la infelicidad de fondo.
Este es “el llanto y crujir de dientes” del que habla el Evangelio, el dolor…Pero, si logras recogerte, volver sobre ti mismo, buscar un momento de silencio y quitarte esos benditos o malditos auriculares con los que te ensordeces con la música, y no tienes miedo de escuchar a tu interior, comprenderás que, si te comportas de manera diferente a lo que te sugiere la palabra de Dios, estarás decretando el juicio de tu vida. Que no es Dios el que te castiga al final sino el pecado el que te destruye ahora mismo. Esta es la catequesis que debemos enseñar a los hijos y a los nietos. No decirles: “Dios te castigará al final” sino “Hoy estás echando tu vida a la basura si no sigues lo que te sugiere la palabra de Dios”.
Por tanto, el pecado no hace mal a Dios. Job lo dice bien: “Si pecas, ¿qué daño le haces a Dios? Si multiplicas tus delitos ¿le haces, quizás, algún daño?” El pecado perjudica a quien lo comete; y luego, por supuesto, también tiene repercusiones dramáticas en otros hermanos que son tocados por estos errores. Por eso, no hablemos más de un Dios que castiga al hombre. ¿Qué Dios sería si tuviera un hijo que se hubiera hecho daño y sobre eso añadiera un castigo? Esta forma de proyectar en Dios nuestra forma de hacer justicia es blasfema. Dios sale muy mal parado, con un rostro monstruoso. Dejemos estas imágenes diabólicas de un Dios resentido que castiga a los que transgreden sus mandamientos y que sólo se apacigua si se disculpan…
Dios no es tocado por nuestro pecado; le conmueve su amor por nosotros porque sufre al ver que nos hemos descarriado pero es el pecado el que nos destruye. Todos experimentamos este pecado; tengamos en cuenta nuestras debilidades. Todos, en ciertos momentos, no confiamos en la palabra de Dios y preferimos seguir a la ‘serpiente’ que llevamos dentro y dejarnos llevar por las sugerencias que nos hace. Ya lo dice el refrán popular: “Todo santo tiene un su pasado y todo pecador tiene su futuro”. Entonces, seamos humildes en reconocer nuestras propias fragilidades y comprensivos con las fragilidades de nuestros hermanos.
Y ahora la pregunta: ¿Qué hace Dios cuando uno de sus hijos se aleja de él? La respuesta la encontramos en un versículo que aparece inmediatamente antes del pasaje del Evangelio de hoy:
“El Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños” (Mt 18,14).
¿Qué le ocurre a una madre cuando su hijo se enferma física o moralmente? Se preocupa porque recupere inmediatamente la salud; porque vuelva a la vida. La comparación con la madre es una pálida imagen que nos permite apreciar hasta qué punto el Padre del cielo, que ama infinitamente a sus hijos e hijas, se preocupa por recuperar cuanto antes a sus hijos e hijas a la alegría. Y cuando consigue devolverlos al buen camino, ¿qué sucede? En el cielo empiezan a celebrar.
La Primera Carta a Timoteo dice: “Dios, nuestro Salvador, no quiere más que esto: que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Que se salven, no que entren en el paraíso al final… no; allí entran todos. Que se salven inmediatamente, hoy, porque es aquí donde deben ser felices. ¿Cómo actúa el Padre del cielo con este hijo que se ha extraviado? Yo diría que de dos maneras; en primer lugar, con su Evangelio, que señala continuamente el camino correcto. El que se ha extraviado es llamado por esta Palabra a volver al camino recto. Y luego a través de sus ángeles.
¿Quiénes son estos ángeles? No los que tienen alas, no. Jesús ahora habla a sus ángeles muy concretos. “Ángel”, en la Biblia, significa cualquiera que sea mediador de la ternura, de la atención de Dios por sus hijos e hijas. Dios tiene estos mediadores que coloca al lado de cada uno de sus hijos; y estos ángeles nos interesan porque es a ellos a quienes Jesús se dirige hoy para indicarles cómo deben proceder, qué pasos dar para recuperar al hermano que está en dificultades. Escuchemos la primera sugerencia que Jesús da a estos ángeles:
“Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si te escucha has ganado a tu hermano”.
Aquí Jesús no hace un discurso general sobre los deberes mutuos; se dirige directamente a cada hijo de Dios con el ‘tu’; si tu hermano comete una falta, no si te ha hecho mal, si te ha ofendido, no. No tiene nada que ver contigo, no te ha hecho nada. Aquí es él quien se hace daño a sí mismo, no a ti. ¿Qué estás llamado a hacer? El pecado no es una desgracia que cae sobre ti, es un mal que uno se busca que uno elige para sí mismo. Entonces uno puede llegar a decir: “peor para él”, “yo no tengo nada que ver con eso”, “yo me meto en mis asuntos”. Si piensas y hablas de esta manera, no eres un ángel. Si amas a tu hermano que está en dificultades, ya no puedes vivir tranquilo porque está en juego su vida.
Con demasiada frecuencia olvidamos que hay pecado de omisión; si tú puedes hacer algo por tu hermano que se ha descarriado y no lo haces eres responsable de su ruina. Si dices que no eres el guardián de tu hermano, eres Caín, no un ángel. Ten cuidado, porque si, por tu culpa y desinterés el hermano se pierde, no te librarás fácilmente del remordimiento por el resto de tu vida; porque Dios te ha hecho bien, para que seas un ángel junto a tu hermano.
¿Cómo actuar? Existe un error muy común que debe evitarse absolutamente, y es el de difundir la noticia del error que se ha cometido. A esto llamamos “chisme” o “murmuración” y es un pecado de difamación que puede “matar” porque sólo sirve para marginar al que ha fallado, humillándole y haciéndole sufrir innecesariamente. Algunos piensan que, exponiendo el error del hermano, reparan su corazón; padecen de “chusmerío” patológico. Mantente alejado de estas personas porque, si las escuchas, te involucrarán y entonces oirás que también han chismorreado sobre ti. Ten cuidado. Dice el libro del Eclesiástico: “Un golpe de látigo produce magulladuras, un golpe de lengua rompe los huesos”. En mi tierra traducen este dicho del Eclesiástico con un proverbio: “La lengua no tiene huesos pero los rompe”.
La verdad que no produce amor y alegría no debe ser dicha; puede matar a un hermano, puede arruinar a una familia, puede romper una relación. Dice el libro del Siráside: “¿Has oído algo? Que muera dentro de ti; aguanta, que no reventarás” (Sir 19,10). ¿Qué hacer? Dice Jesús: “ve y corrígelo, tú y él a solas”. E intenta convencerle de que se está haciendo el mal a sí mismo. El verbo griego es ἔλεγξον (elenxon), es decir, “convéncelo”. Este primer intento es el más delicado, el más difícil, porque si sale mal las cosas se complican, los siguientes pasos se complican más. Así que lo que Jesús pide a su ángel es desafiante y también es inoportuno porque a todos nos gustaría ir y decir cosas bonitas a nuestros amigos, a las personas que queremos.
En cambio, aquí se trata de ir a dar una reprimenda y no es fácil encontrar las palabras adecuadas. Y la preocupación es: ¿Y si me equivoco? ¿Si lo expreso mal? Puedo equivocarme, incluso decir una palabra errada, una insinuación fuera de lugar y la otra persona se endurecerá más y entonces sumaré la preocupación de que se vuelva a cerrar por mi culpa. Entonces, también me sentiré culpable de no haber conseguido el resultado deseado.
Jesús dice que debes superar estos pensamientos; puedes equivocarte; tienes que tener esto en cuenta. Incluso existe el riesgo de perder un amigo, pero tienes que intentarlo. En estos casos te puede ayudar este pensamiento: “¿Qué te gustaría que hiciera tu hermano por ti si tu estuvieras en su misma situación?” Aunque también puede salir bien. Si tu amor y tu habilidad consiguen abrirse paso hasta el corazón de tu hermano y le sacas del infierno al que ha ido a parar, entonces tú eres responsable de la fiesta que se inicia en el cielo y esta es una gran alegría para ti. Tú eres el que empezó la fiesta. Santiago lo dice en el capítulo 5 de su Carta: “Hermanos míos, si uno de ustedes se aparta de la verdad y otro le hace volver a ella, el que ha hecho volver a su hermano al camino de la vida sabe que quien ha hecho volver a un pecador de su vida de error le salva de la muerte y cubre multitud de pecados.” Aunque haya cometido errores en la vida, el haber actuado como un ángel para un hermano hace que se recupere de todos los errores. Sin embargo, el primer intento también puede salir mal. ¿Qué hacer entonces? Escuchemos:
“Si no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos. Si no les hace caso, informa a la comunidad. Y si no hace caso a la comunidad, considéralo un pagano o un recaudador de impuestos”.
El primer intento no tuvo éxito. Entonces, ¿qué hago? Pongo mi corazón en paz; lo he intentado; también me ha costado ponerme de intermediario y me ha salido mal; paciencia. Las cosas no funcionan así para Jesús de Nazaret; si amas a tu hermano no lo puedes abandonar a su suerte, y Jesús te sugiere el segundo paso a dar; un ángel no era suficiente, significa que quizás se necesiten dos y tal vez tres.
De hecho, Jesús dice: “Encuentra un amigo o dos, apreciados por la persona que está en dificultades, y luego vayan juntos a verle; tengan cuidado, no debe tener la impresión de que quieren acorralarlo, humillarle y condenarlo. Debe percibir que está tratando con tres ángeles, tres amigos que han venido a verle porque lo estiman y le quieren bien y lo defenderán si alguien chismorrea en presencia de ellos. A ese lo quitarán de en medio, de alguna manera lo harán callar, y luego también lo defenderán delante de la comunidad, darán testimonio de que es una persona de gran valor, que ahora está pasando un momento difícil pero tiene buenas disposiciones.”
Puede resultar bien; es difícil, pero este segundo intento puede tener éxito y entonces la fiesta en el paraíso vuelve a empezar. Pero también puede salir mal y entonces hay que dar el tercer paso. Así lo sugiere Jesús: “Si no les hace caso, informa a la comunidad”; porque el cristiano no es un individuo aislado que vive su espiritualidad, su práctica religiosa, pensando en sí mismo, no. Es un miembro de la comunidad, insertado en la Iglesia por el bautismo.Toda la Iglesia está, por tanto, implicada en la salud de este miembro enfermo y debe intervenir. Es inconcebible que, muchas veces, la comunidad se proponga deshacerse cuanto antes de este elemento del que se avergüenza y quiera excomulgarlo a causa de sus ideas, incluso de sus discursos antievangélicos o de su comportamiento inmoral.
Ningún cristiano puede llegar a decir: “Que se las arregle”, “que siga su camino”, “que se quite de en medio y se las arregle”. No, que nunca tenga lugar esta expresión. Porque la Iglesia es la última intervención, la más fuerte, para recuperar al hermano. Se puede llegar incluso a utilizar palabras duras para hacerle consciente de la condición en que se encuentra pero no a castigarle. La comunidad debe recordarle la seriedad de los compromisos bautismales; debe decirle: “Si te comportas así, si sigues la lógica del mundo, estás fuera del reino de los cielos, y lo debes saber; es necesario que alguien te lo diga para recordarte que ciertas elecciones te colocan fuera de la comunión con la comunidad”. Puede tener éxito y habrá fiesta en el cielo.
Pero este tercer intento también puede salir mal. Entonces, ¿qué hacer? Jesús dice: “Considéralo un pagano o un recaudador de impuestos”. Esta expresión, tal como suena, nosotros no la esperaríamos en labios de Jesús y sin embargo es hermosa. Lo veremos dentro de un momento.
La comunidad no debe ocuparse sólo de este miembro enfermo sino también de todos los hermanos, muchos de los cuales son débiles en la fe y pueden escandalizarse por las ideas o el comportamiento de este hermano que está al margen. ¿Qué hacer? Las opciones pastorales de la Iglesia han sido diferentes a lo largo de los siglos. En la Iglesia de los primeros siglos, se procedía de una forma muy rigurosa. Los que tenían un comportamiento moralmente deshonroso, grave, eran expulsados de la comunidad, excomulgados. Recordemos el caso del disoluto de Corinto del que nos habla la Primera Carta a los Corintios cuando Pablo dice: “hay en su comunidad uno que se comporta de manera tan inmoral que ni siquiera se encuentra esta inmoralidad entre los paganos”. Dice: “expúlsenlo, entréguenlo a Satanás para que se salve”. Observemos aquí que Pablo también refiere incluso la excomunión como objetivo para la recuperación, para que se salve. Así también, si alguien falsifica el Evangelio, debe ser retirado públicamente. La carta a Tito dice: “Al sectario –herético– después de dos avisos, evítalo…” (Tit 3,10). Es decir, después de una o dos amonestaciones hay que expulsar al herético porque desorienta a la comunidad y la comunidad ciertamente no puede tolerar que alguien en nombre de Cristo predique doctrinas insensatas o falsas.
En la Segunda Carta a los Tesalonicenses, Pablo afirma: “Si alguien no obedece a las instrucciones de mi carta, señálenlo y no se junten con él, para que recapacite” (2 Tes 3,14-15). Pero no lo traten como enemigo, sino aconséjenlo como a hermano. Aquí es clara la razón de la excomunión: no es para quitar de en medio a una persona molesta sino para recuperar al hermano; para que se dé cuenta de la gravedad de su situación.
¿Qué significa tratarle como a un pagano y como publicano? Sabemos cómo los escribas y fariseos habían cortado lazos con los paganos a los que consideraban y llamaban “perros”, y con los publicanos, a los que consideraban la escoria de la sociedad, gente impura, destinados a la perdición. Así trataban los fariseos a los publicanos y pecadores no Jesús sino los escribas. Jesús no trató así a los publicanos y a los pecadores. Era llamado amigo de publicanos y pecadores, y, si recomienda tratar a este hermano que tiene problemas como se trata a los publicanos y pecadores, él quiere decir: “como yo trato a los publicanos pecadores”, no como los tratan los escribas y fariseos. “Debes relacionarte con ese hermano en dificultades como yo me relacionaba con los publicanos y pecadores que eran mis mejores amigos porque eran los que más necesitaban mi amor”.
Es clara la invitación de Jesús a estar aún más cerca de estas personas en dificultad porque, al ser débiles, necesitan más atención, necesitan el máximo del amor. Escuchemos ahora las recomendaciones que Jesús hace a la comunidad:
“Les aseguro que lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.”
He aquí la promesa solemne que Jesús hizo a la comunidad de sus discípulos. Dijo que todo lo que aten o desaten en la tierra también será atado o desatado en el cielo por Dios. Atar y desatar era el lenguaje con el que los rabinos entendían la autoridad para decidir lo que está permitido y lo que está prohibido, lo que está de acuerdo con la Torah y lo que está prohibido por la Torah; lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer. Esto lo decidían los rabinos; eran ellos los que ataban o desataban. Jesús dice que este derecho a declarar lo que es lícito, lo que es evangélico, lo que está prohibido, lo que no es evangélico, lo tiene toda la comunidad de sus discípulos.
Jesús ya había hecho esta promesa a Pedro. Y ahora dice que esta responsabilidad no es sólo de Pedro, del Papa, de las jerarquías eclesiásticas; no. Esta responsabilidad es de toda la comunidad de discípulos; toda la comunidad, movida del Espíritu, debe ser capaz de discernir entre lo que es evangélico y lo que es contrario al Evangelio. Y la humanidad tiene derecho a esperar de la voz de esta comunidad eclesial la indicación de lo que humaniza y lo que deshumaniza a una persona, lo que está de acuerdo con las palabras del Maestro y lo que no se conforma a ellas.
Es una gran responsabilidad que la Iglesia tiene porque puede estar abierta a la voz del Espíritu pero también puede cerrar sus oídos a esta voz y, en cambio, abrirlos a las sugerencias del maligno, a la voz de la mundanidad. Entonces la Iglesia, en vez de anunciar la verdad, puede anunciar la mentira que le sugiere el maligno por la lógica de este mundo, como desgraciadamente sabemos que ha ocurrido muchas veces en la historia de la Iglesia. Y asi se extravían los que esperan de la Iglesia la voz de la verdad. La tenían como depositaria del Evangelio y de la palabra de Jesús de Nazaret pero ella había cerrado sus oídos y su corazón a esta voz y los había abierto, en cambio, a la lógica, a la sabiduría de este mundo.
Por eso esta solemne promesa que hizo Jesús es un motivo para repensar nuestras vidas porque es una gran responsabilidad de la Iglesia, de toda la comunidad, no extraviar a los que confían en su Palabra. Y después de esta promesa, Jesús hace una recomendación con la que termina el pasaje del evangelio de hoy. Escuchémosla:
“Les digo también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se la concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí, en medio de ellos”.
En tiempos de Jesús, como hoy, había dos formas de oración: la oración comunitaria que se hacía en la sinagoga y la oración personal que Jesús recomendaba hacer en la propia habitación en diálogo íntimo con Dios, después de cerrar la puerta. Estas dos oraciones deben mantenerse diferenciadas. Incluso hoy vemos a ciertos cristianos que se reúnen para la oración comunitaria en el Día del Señor y luego, mientras todos cantan, hay algunos que ensimisman en su diálogo con Dios para presentarle sus problemas… No. Esto lo haces cuando estás en tu habitación; cuando estás reunido con la comunidad, la oración es comunitaria; si los hermanos cantan, tú cantas con ellos.
Nos preguntamos ahora por qué, en este contexto, Jesús hace la llamada a la oración comunitaria. La primera razón es que la comunidad tiene que resolver el problema de un hermano que se ha desviado, que no vive según el Evangelio, y en la oración Jesús dice que la comunidad se sienta unida y dispuesta a tomar las decisiones correctas, las que el Señor sugiere. Y el Señor les habla precisamente cuando están en estos momentos de oración; y la comunidad se dispone y escucha unida la voz del Espíritu.
Y también, en la oración comunitaria se pide al Señor la luz para poder discernir entre lo que hay que atar y lo que necesita ser desatado, porque la tentación podría ser escuchar lo que hacen todos y decidir según esos parámetros lo que hay que atar o lo que hay que desatar; no. La comunidad cristiana en oración escucha la voz del Espíritu y luego decide, de modo que sea confirmado incluso en el cielo lo que está lo que está bien y lo que está mal.
Si no se ora, la comunidad acaba inevitablemente tomando direcciones equivocadas, dictadas por la lógica de mundanidad. Este momento de la oración comunitaria se presenta aquí con un verbo griego muy bello: συμφωνήσωσιν (symfonesoin), que quiere decir “ponerse de acuerdo”; symfonei significa “hacer sinfonía”, hacer de la comunidad una sinfonía en la que cada hermano, cada hermana ―cada instrumento― toca bien su parte. Tocar una sinfonía en la Iglesia no significa que todos tengan que tocar el mismo instrumento. No somos iguales; el buen Dios nos ha hecho diferentes por suerte. Precisamente porque somos diferentes, cada uno puede tocar bien su instrumento en la única partitura que es la del amor.
La mejor llamada para el hermano que se ha extraviado es la armonía de esta comunidad y este hermano debe sentir la nostalgia de esta comunidad en la que todos hacen sinfonía, tocan la partitura del amor, se intercambian unos a otros el servicio del amor.
Concluyendo, Jesús asegura que la oración hecha de este modo será ciertamente respondida. Dios concederá a la comunidad superar todas las divisiones y separaciones y lograr la reconciliación y la recuperación de aquellos hermanos y hermanas que se encuentran en dificultades.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
