VIGÉSIMO SÉPTIMO DOMINGO 27 DEL TIEMPO ORDINARIO –AÑO C

Lucas 17,5-10

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Un buen domingo para todos.

Para comprender las palabras de Jesús que escucharemos en el pasaje del Evangelio de hoy debemos situarlas en el contexto en el que las pronunció. Está de camino a Jerusalén junto con los discípulos y está exigiendo cada vez más a los que quieren seguirle. Hemos escuchado en los últimos domingos ‘si uno quiere ser mi discípulo debe pasar por la puerta estrecha; debe estar dispuesto a dejar al padre, la madre, su familia natural’; significa dejar toda una tradición que dice ‘siempre se ha pensado así’ o ‘siempre se hizo así, como todo el mundo lo hace’. Ahora propongo algo nuevo ¿qué eliges? ¿la tradición o me eliges a mí?’ Como cuando uno se enamora y deja al padre y a la madre; sigues amándolos, pero ahora todas las elecciones, todas las decisiones, se toman junto con la persona amada.

Jesús es un enamorado que no acepta que haya otros amantes en el corazón del discípulo. No hay compatibilidad con el apego al dinero, a la pereza, a los vicios, a los defectos, no. Él es un enamorado muy exigente. También pidió a los que quisieran ser discípulos suyos que deben renunciar a todas las posesiones, dar todo lo que poseen a los necesitados. Y, precisamente, en los versículos que preceden al pasaje del Evangelio de hoy, pidió la disposición al perdón incondicional. Dijo que si tu hermano peca contra ti siete veces al día, debes perdonarle siete veces.

Ante formulaciones tan exigentes es natural que uno empiece a dudar, ¿lo sigo o no lo sigo? Y evalúa su propia fuerza y se pregunta, ¿seré capaz de estar con Jesús o no? Jesús también sugirió que cada uno se hiciera esta pregunta, dijo ‘antes de construir una torre, uno considera si tiene el dinero necesario para que no parezca que empiezas y luego tienes que dejarlo todo, no te quedes a mitad de camino. Evalúa tus fuerzas’. O el que tiene que hacer una guerra: evalúa si tiene un ejército suficiente.

Por tanto, el que quiera seguir a Jesús debe hacerse esta pregunta y si no lo hace significa que no ha entendido lo que Jesús le propone. Los apóstoles que han comprendido han concluido, ‘nos gustaría seguirle, pero nos sentimos débiles, frágiles, vacilantes, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa, pero no todo, porque está pidiendo demasiado’. Por lo tanto, siguen a Jesús, pero no están del todo convencidos. Esta es la razón por la que hacen una petición a Jesús.

Escuchemos:

“Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe”.

Los apóstoles se dieron cuenta de que tenían poca fe. Jesús había dicho a la mujer cananea: ‘Mujer, qué grande es tu fe’. Pero, en cambio, repitió varias veces a los discípulos: ‘son gente de poca fe’. Por ejemplo, cuando los vio afanarse por la comida o por la ropa, dijo: “Tengan en cuenta que si Dios viste así a la hierba del campo que hoy está allí y mañana es arrojada al horno ¿cuánto más se preocupará por ustedes, gente de poca fe’. Cuando los vio asustados por las olas del mar. No son las olas del lago de Tiberíades, son los vendavales de la vida, las tormentas que vemos en la sociedad, en la Iglesia, la pérdida de valores y uno se asusta porque olvida que Dios acompaña la historia de la humanidad y no cree, su fe es frágil.

Jesús dice a estas personas que están asustadas, que creen que son ellos los que tienen que enfrentarse solos a las tormentas del mundo, ‘son gente de poca fe’. Incluso a Pedro, cuando Jesús le invita a ir hacia él porque Pedro sigue sus sueños y Jesús le dice ‘ven hacia mí’, Pedro empieza a ir hacia Jesús, o sea, hacia su propuesta que es el don de la vida, pero luego tiene miedo. Tiene miedo de morir, de perder la vida, no en las olas del lago de Tiberíades, sino en la elección que Jesús propone y quiere volver atrás, se asusta y Jesús le toma de la mano y le dice, ‘¿por qué dudas de que esta sea la opción correcta venir a mí? Eres un hombre de poca fe’.

También a los discípulos, cuando están en la barca y discuten porque no han tomado el pan, y Jesús dice, ‘¿por qué discuten hombres de poca fe?’ En este momento se dan cuenta de que tienen poca fe y se preguntan cómo aumentarla; y hemos oído que hicieron la petición a Jesús: “Aumenta nuestra fe”.

Pero la fe ¿puede aumentar o disminuir? Depende de lo que se entienda por fe. Si, por ejemplo, por fe se entiende la adhesión a las verdades, a la existencia de Dios, que Cristo es una persona que hizo milagros, que murió en la cruz, que ha resucitado… dar adhesión a estas verdades solo lo puede hacer un creyente. El ateo no tiene fe. Entonces, fe entendida como adhesión a la verdad, no puede aumentar o disminuir, se es o no se es. El ateo no tiene fe; no es que tenga un poco, no la tiene en absoluto. La fe también es la adhesión a las verdades, pero no es suficiente. De hecho, en el capítulo dos de su carta, Santiago dice: ‘Hermanos, si uno dice que tiene fe, pero no tiene obras, ¿qué clase de fe es la suya? Por ejemplo, si un hermano o hermana no tiene ropa o comida diaria y uno le dice que intente de arreglarse, ¿qué fe es esa?’. Crees que sólo hay un Dios, está bien pero incluso los demonios lo creen y tiemblan.

No basta con creer en ciertas verdades; la fe va más allá. A veces se identifica la fe con la religión, es decir, se evalúa en base a las manifestaciones externas de esta fe; por ejemplo, cuando se pregunta si en Europa la fe aumenta o disminuye, se la evalúa en función de cuántas personas van a la iglesia, cuántas rezan, cuántas se casan en la iglesia. Está claro que, si la entendemos de esta manera, la fe aumenta o disminuye. Pero las manifestaciones externas de religiosidad no se identifican con la fe, y pueden seguir existiendo incluso por mucho tiempo en el que ya no hay rastro de fe. Cuántas veces vemos hacer el signo de la cruz, que son simples gestos supersticiosos.

Aclaremos entonces lo que entendemos por fe. En primer lugar, creer no es una elección irracional; esto sería credulidad, y hay todavía mucho de esto. La fe tiene que ver con la mente. Cuando Jesús dijo que hay que amar Dios ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente’ se refería precisamente a lo razonable de la elección que uno hace. Sin embargo, en un momento dado, esta razonabilidad alcanza su punto máximo y no va más allá; cuando, por ejemplo, uno se acerca al conocimiento de Cristo, estudia su Evangelio y comprende el mensaje que propone ¿a qué conclusiones llega? Dice que es muy razonable lo que me revela sobre Dios. Las revelaciones de los dioses paganos, de los ídolos, no eran nada razonables. Pero la propuesta del rostro de Dios que me hace Jesús y que refleja con su persona, este Dios es razonable. Y también, su propuesta del hombre es maravillosa, no puedo encontrar una mejor; cada vez que lo escucho reflexiono y al final siempre concluyo, inevitablemente que él tiene razón.

Pero esto no es todavía la fe. La fe se desencadena precisamente después de que se experimente esta razonabilidad cuando uno dice: Le doy mi adhesión. Cuando me enamoro de él hasta el punto de decir: Quiero unir mi vida a la tuya, en plena armonía de propósitos. Entonces se desencadena el enamoramiento. Esto es la fe. Entonces comprendemos que esta fe puede aumentar o disminuir, y también puede desaparecer. Puedo haber estado con Jesús y haber confiado en él durante un tiempo determinado y luego volver a la vida pagana. Lo mismo que sucede en tantas relaciones amorosas; existen los altos y bajos, enamoramientos que crecen y luego se desvanecen; momentos en los que la implicación de la pareja es total y otros momentos en los que la monotonía, la rutina, el cansancio se apodera de ti y existe el riesgo de que el amor y la confianza mutua disminuyan.

La fe es precisamente este enamoramiento de Cristo después de haber comprendido que la propuesta que me hace es razonable. Y esta fe puede aumentar o disminuir, y es comprensible entonces que ante la propuesta que nos hace Jesús podamos sentir nuestra debilidad. Recordemos lo que pasó en Cafarnaún, cuando escuchando lo que Jesús propone, la gente dice ‘este lenguaje es duro ¿quién puede aceptarlo?’ Entonces, se trata de saber cómo esta fe, igual que el enamoramiento, puede aumentar o disminuir, nos preguntamos ¿quién es el que puede hacer crecer esta fe? Los discípulos pidieron a Jesús que hiciera crecer su fe.

Escuchemos lo que les respondió:

“El Señor dijo: Si tuvieran fe como una semilla de mostaza, dirían a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y los obedecería”.

Hemos escuchado la petición que los apóstoles hicieron a Jesús: ‘aumenta nuestra fe’. La traducción literal del texto griego original dice ‘auméntanos un poco nuestra fe, esa poca que tenemos’. Entendemos entonces la razón por la que Jesús no responde a su pregunta porque no tiene sentido; no es él quien pueda aumentar la fe porque la fe es la respuesta libre que el hombre puede dar o rechazar a la propuesta de amor que Jesús ofrece a todos.

De hecho, lo comprobamos cada día; hay algunos que permanecen sólo como admiradores de Jesús; otros se enamoran sólo un poco, le dan un poco de adhesión, otros le dan un poco más. Son los santos los que realmente se juegan la vida por el Evangelio. Pensemos en los santos de la caridad como Juan de Dios, Camilo de Lellis, el Cottolengo, Salvo D’Acquisto, Maximiliano Kolbe. Estos realmente se jugaron la vida por amor de Cristo. Para impulsar a darle nuestra máxima adhesión, a confiarnos totalmente a él, Jesús en lugar de responder a los discípulos introduce una imagen paradójica para decirnos qué prodigios la fe es capaz de realizar: “Digan a esta morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar, y los obedecería”. Mateo y Marcos no hablan de una planta que puede ser desarraigada y plantada en el mar, sino de una montaña que puede ser desarraigada y arrojada al mar. Este dicho de la montaña debía ser una imagen proverbial porque Pablo también la emplea en el capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios.

¿De qué planta está hablando Jesús? No se sabe si se trata de una morera o un sicómoro; ‘συκαμίνῳ’ – ‘sicámino’ puede ser válido para ambos, pero en hebreo es שקמה – sikmá – sicómoro, y creo que Jesús se refiere al sicómoro porque refleja mejor su pensamiento. El sicómoro era una planta muy común en Palestina y en Egipto; proporcionaba una madera duradera que no sufría ni por el calor ni por la humedad. Los ataúdes de las momias egipcias estaban hechos de esta madera y todavía las encontramos en excelente estado después de miles de años. En Egipto, el sicómoro era también el símbolo de la inmortalidad porque esta madera parecía incorruptible y se creía que el jugo del fruto del sicómoro tuviese poderes ocultos, incluso la inmortalidad. El sicómoro se caracteriza por el hecho de que tiene raíces muy fuertes y profundas que son casi imposibles de desarraigar y que permanecen en el suelo durante más de 600 años después de que la planta ha sido cortada.

Jesús se refiere a dos momentos de esta planta para decir lo que la fe es capaz de producir. Lo primero: es posible arrancar esta planta, pero es muy difícil; y lo segundo es del todo imposible: hacerla crecer en el mar. ¿Qué quería decir Jesús con estas dos hipérboles, con estas imágenes paradójicas? Que la fe puede lograr resultados extraordinarios, no sólo difíciles sino también los que todo el mundo considera imposible. Jesús se lo había dicho al papá de aquel niño epiléptico: “Todo es posible para los que creen”.

Pensemos en algunos acontecimientos que consideramos muy difícil o incluso imposible: la paz mundial es algo imposible; asistimos a una competición sobre quién amenaza más, quién ofende más, quién roba más… así nunca habrá paz. Los hombres seguirán siempre compitiendo para destrozarse como lobos. ¿Por qué? Porque no se fían del Evangelio. Quieren resolver los problemas con la cabeza. Si se confiasen, aunque sea un poco, no mucho, solo un poco, compartirían los bienes en lugar de robarse unos a otros; tomarían conciencia de que no son superhombres, dueños del mundo, porque Dios es el dueño del mundo. Comenzarían a comprender que uno es persona cuando ama, cuando se interesa por los necesitados y les ayuda, no cuando se les domina. Se volverían un poco más conscientes de esta verdad del Evangelio y si confiasen en Jesús, no sólo acabarían las guerras, sino también la injusticia, la miseria, el hambre.

Si el milagro no se produce, es culpa de nuestra falta de fe. No nos confiamos en él. Pensamos que podemos seguir con nuestros pecados y que él haga el milagro y que no existiesen las consecuencias de nuestros pecados, no. El milagro lo hace la fe. Pensemos también en cuántas raíces de sicómoro encontramos en los corazones de las personas; decimos que nunca serán desarraigados resentimientos, rencores por agravios sufridos, recuperar la paz, lograr la reconciliación, ser capaz de perdonar, reconstruir una relación de pareja después de una traición, son cosas muy difíciles; no imposibles, pero sí difíciles. Si confías en Jesús y su Evangelio, todo esto se puede conseguir.

Pensemos incluso a nivel personal: ciertos hábitos, ciertos vicios, una vida de componendas e incluso de libertinaje, que están arraigadas en nosotros como una segunda naturaleza… ¿son imposibles de erradicar? La respuesta es ‘no’; quien confía en Cristo y su Evangelio también obtiene este prodigio. Y si los prodigios no se producen es por nuestra falta de fe, porque el prodigio no lo hace Dios, depende de nuestra aceptación de la propuesta que Jesús hace y cuando confiamos en su palabra se producen los prodigios. Para aclarar su pensamiento,

Jesús introduce ahora una parábola, escuchémosla:

“Supongamos que uno de ustedes tiene un sirviente arando o cuidando los animales. Cuando éste vuelva del campo, ¿le dirá que pase en seguida y se ponga a la mesa? ¿No le dirá más bien: prepárame de comer, ponte el delantal y sírveme mientras como y bebo, después comerás y beberás tú? ¿Tendrá aquel señor que agradecer al sirviente que haya hecho lo mandado? Así también ustedes: cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: Somos simples sirvientes, solamente hemos cumplido nuestro deber.”

En la parábola Jesús introduce la figura de un esclavo que ha pasado todo el día en el campo arando y llega a casa por la noche cansado; esperaríamos que el patrón le felicite por su trabajo y luego le diga ‘ahora siéntate a la mesa y come algo’. Esto lo esperaríamos nosotros hoy, no los discípulos de la época de Jesús, que sabían muy bien cómo se comportaban los amos. El esclavo era considerado propiedad del amo y no podía hacer ningún reclamo. Jesús no pretende abordar la cuestión de la explotación, de la justicia social o la esclavitud; no entra en este tema. Él toma el hecho y lo utiliza como ejemplo para dar una lección a quien quiera ser su discípulo; y para ello pone tres preguntas.

La primera ¿el amo quizás diga a ese siervo que pase en seguida y se ponga a la mesa? La respuesta de los discípulos es ciertamente ‘no’. No le dirá tal cosa, ¿por qué? Porque el siervo sigue siendo siervo cuando trabaja en el campo y cuando está en casa, sigue siendo un sirviente durante el día y también por la noche. Esa es su naturaleza y su identidad, estar siempre dispuesto a servir y sólo a servir.

Segunda pregunta que Jesús hace a los discípulos: “¿No le dirá más bien: prepárame de comer, ponte el delantal y sírveme mientras como y bebo, después comerás y beberás tú?” ¿No le dirá eso? La respuesta será ‘sí, ciertamente, le dirá eso. “Me sirves después comerás tu”. El comportamiento de este amo ofende nuestra sensibilidad quizás porque la idea que tal vez se nos pasa por la cabeza es que Jesús quiera implicar: ‘Yo soy el amo, ustedes son siervos y recuerden que deben obedecer siempre y sólo obedecer’.

¿A dónde quiere llegar Jesús? Quiere inculcar dos verdades en la mente de los discípulos y en la nuestra; la primera, que los que le siguen deben tomar conciencia de su identidad como siervos; su naturaleza será la de ser siempre un siervo, nunca habrá tiempo o lugar en el que se convertirá en amo. La vid siempre sigue siendo una vid, no cambia su naturaleza, no puede dar granadas; de ella se espera que, en todo momento, en todos los lugares, de uva, no otra cosa. Esta es su naturaleza. Del discípulo de Cristo se espera sólo que en todo momento y en todo lugar esté disponible para servir a cualquier persona que lo necesita; esta es la naturaleza del discípulo, ser siervo siempre.

La segunda verdad, ¿De dónde le viene esta naturaleza de siervo? Alguien quizás pensase que el amo de la parábola representa a Dios y nosotros somos siervos, no. El amo no es Dios; el amo del discípulo es el pobre, el que tiene necesidad; es él el que da órdenes al discípulo; y el discípulo debe estar siempre atento a las necesidades del amo que es el necesitado y estar siempre dispuesto a servir; y ni siquiera debe esperar a que le dé órdenes, debe anticipar las necesidades del hermano.

La naturaleza del discípulo es la de ser siervo; y ¿de dónde le viene esta naturaleza de servir? Del Padre celestial que no es patrón de nadie, sino servidor de todos, porque está hecho de amor y sólo de amor. Amar es servir. Lo contrario del amor no es el odio; el odio es otra cosa. Lo contrario del amor es el dominio sobre el otro para ser servido. De este comportamiento no hay rastro en Dios que es siervo y solo siervo. Este rostro de Dios lo hemos contemplado en Jesús de Nazaret, la imagen perfecta del Padre. Ya lo dijo que no ha venido a ser servido sino a servir. Recordemos el gesto que hizo que revela la identidad de Dios lavando los pies del hombre. Recordemos que el título más hermoso que se repite en la Biblia dirigido al personaje más importante es ‘siervo del Señor’, es decir, siervo del plan y del diseño de Dios.

Tercera pregunta que hace Jesús y esta quizás sea la más cruda, la que nos sorprende más que las anteriores: ¿Tendrá el amo quizás obligaciones con ese siervo que ha cumplido sus mandatos? La respuesta es ‘no’. Y Jesús concluye: ‘también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan sólo somos sirvientes inútiles, hicimos lo que teníamos que hacer’. Es decir, nos hemos comportado según nuestra naturaleza.

Estas palabras de Jesús nos dejan un poco desconcertados y se han hecho muchos intentos de cambiar esta expresión de ser ‘siervos inútiles’ y se ha tratado de encontrar una solución; ‘ἀχρεῖοί’ – ‘achreioi’ no tiene otro significado. Significa realmente ‘inútil’. No le demos vueltas, dejémoslo como está.

¿Por qué Jesús utiliza un lenguaje tan duro? Jesús sabe que los discípulos pueden haber comprendido y aceptado su naturaleza de ser siervos, pero aún queda un paso que dar y que quizá sea el más difícil. Es la tercera verdad que Jesús quiere inculcar en sus mentes: la gratuidad del amor, la gratuidad que caracteriza el servicio del siervo. El discípulo no ama porque espera una recompensa, ni aquí ni en el cielo, ama porque esta es su naturaleza de hijo de Dios y quiere parecerse a su Padre celestial.

Jesús emplea estas imágenes provocadoras porque quiere acabar con la espiritualidad de los méritos, predicada por los fariseos y también por algunos maestros de la vida espiritual, incluso hoy en día. Los fariseos decían que la fidelidad a la ley les daba derecho a esperar una recompensa de Dios. Dios, por tanto, era un empleador que pagaba al final de la jornada. El discípulo sirve y ama porque es bueno ver al hermano feliz después de haber recibido mis servicios. Ama porque quiere ser semejante al Padre celestial.

¿Qué tiene que ver esta parábola con el tema que Jesús está tratando, el tema de La fe? En un mundo en que todos sueñan, no con ser siervos sino ser amos, es la lógica que rige el mundo, la lógica del maligno según Jesús; y estas personas se sienten más realizadas, más personas mientras más puedan dominar y ser servidos. ¿Puede cambiar este mundo? ¿Puede nacer un nuevo mundo hecho no de personas que intentan ser todos amos y, por lo tanto, tienen que competir, sino un mundo en el que todos se sientan servidores unos de otros?

Creo que la respuesta que todo el mundo da es que nunca eso se hará realidad, nunca se producirá, es imposible en este mar de injusticia, de corrupción, de violencia y que brote una humanidad nueva y fraternal donde reine la paz. La respuesta del mundo es que esa humanidad nunca nacerá. En cambio, Jesús quiere decirnos que la fe es capaz de realizar incluso este mundo nuevo y fraternal. ¿Qué mayor milagro que esto, que incluso un sicómoro crezca en el mar? Es un prodigio inferior a lo que la fe puede lograr: crear un mundo en el que todos se sientan hermanos, servidores los unos de los otros. Este es el mundo que Dios quiere que se realice y si confiamos en la palabra de Cristo, este mundo se hará realidad.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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