Lucas 17,11-19
Un buen Domingo para todos.
En tiempos de Jesús, en Israel, se pensaba que todas las enfermedades eran castigos por pecados. La razón era que todos creían en la justicia de Dios y como solo una minoría creía en otra vida, decían que Dios hacía justicia con los malvados en este mundo, bajo la mirada de todos a través de las enfermedades, y la peor de todas era la lepra. Así, el leproso era considerado como la encarnación del pecado. La lepra que lo cubría hacía visible externamente lo que esa persona era dentro. Se decía que Dios castigaba con la lepra a los envidiosos, arrogantes, ladrones, a los responsables de homicidios, de juicios en falso, incestos.
Lepra en hebreo se dice ‘saraat’ y se deriva del verbo ‘sará’ que significa golpear. Por esta razón, el leproso no suscitaba compasión, porque se había buscado su desgracia cometiendo pecados. Era una enfermedad incurable. Curar a un leproso era como resucitar a un muerto; la lepra era la ‘hermana de la muerte’. El historiador Flavio Josefo en “Las Antigüedades Judías” dice que los leprosos no se diferencian de los cadáveres. Y la Torá establecía cómo debían comportarse estas personas. En el libro del Levítico, capítulo 13 dice que los leprosos debían llevar la vestimenta rota, la cabeza cubierta, cubierto hasta el labio superior. Y si alguien se les acercaba debía comenzar a gritar: ‘aléjate porque soy un leproso’.
De hecho, vivían alejados de la zona habitada, separados de todos, estaban en los bosques, se refugiaban en las grutas y si alguna persona generosa se acercaba para llevarles algo de comer, dejaba el alimento a la entrada del bosque y cuando esta persona se alejaba, ellos se acercaban y tomaban el alimento, pero no se podían encontrar con nadie. Y, lo que era peor, no se sentían solamente rechazados por la gente, sino también por Dios.
¿Por qué se une la condición de leproso a la del pecador? Porque ambas son malas. Basta pensar lo que supone el hecho de ser leproso. Primeramente, sabemos que la lepra no mata;hace perder la sensibilidad. Y, ¿cuál es la consecuencia? No se distingue más lo que te hace bien y lo que te hace mal, el frío del calor, no se da cuenta cuando tiene una herida, caer en el fuego y no darse cuenta, o cortarse un dedo y no darse cuenta.
Esta persona, por tanto, está desfigurada por esta enfermedad. Se convierte en fea, irreconocible, llega a convertirse en una máscara humana. La condición del leproso es una parábola de quien pierde la sensibilidad moral. No se da cuenta de lo que está bien y de lo que está mal, de las consecuencias de las opciones que hace. Sucede lo que dice el profeta Isaías en el capítulo 5: ‘Ay de aquellos que llaman bien al mal, y mal al bien. Cambian la luz en tinieblas y las tinieblas en luz; lo amargo en dulce y lo dulce en amargo’. Quien pierde la sensibilidad moral comienza a arruinarse. Esa persona se desfigura, se deshumaniza, se convierte en mala persona, repugnante como el leproso.
El pecador no muere, pero se transforma cada vez más en irreconocible. El aspecto humano comienza a desaparecer de su rostro. Pensemos en una persona corrupta, violenta, criminal, disoluta… nosotros decimos ‘qué mala persona’, es alguien que ha perdido la semejanza humana. Y, a veces, la degradación moral, aparece también externamente; cuando observamos a esta persona, a veces percibimos la lepra que tiene dentro. Y como hacemos con los leprosos, también intentamos evitar a estas personas, no las queremos tener como vecinos de casa. Incluso tenemos ese dicho: ‘evitar a una persona como a un leproso’.
Así eran tenidos los leprosos y los pecadores en tiempos de Jesús. Pero ¿tenía Jesús esta actitud con los leprosos y los pecadores?
Escuchemos cómo se comportó cuando se encontró con los leprosos:
“Yendo Jesús de camino hacia Jerusalén, atravesaba Galilea y Samaría. Al entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a cierta distancia y alzando la voz, dijeron: Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros. Al verlos, les dijo: Vayan a presentarse a los sacerdotes. Mientras iban, quedaron sanos”.
Una primera aclaración para comprender cómo nos acercaremos a este texto. Cuando los evangelistas narran las curaciones hechas por Jesús, no es solo una información que ellos quieren dar, quieren dar una catequesis, quieren alimentar espiritualmente las comunidades de aquel tiempo y las nuestras. Por eso, presentan estos episodios recurriendo a imágenes bíblicas aludiendo, a veces en modo velado y otras de manera explícita, a episodios del Antiguo Testamento. Por eso, las narraciones de curaciones se transforman siempre en parábolas que tenemos que ver el mensaje.
El texto de hoy es una de esas parábolas; vamos a ir más allá del hecho material, es decir, de la curación que Jesús hizo realmente, y trataremos de descubrir lo que el evangelista nos quiere comunicar. El texto comienza diciendo que Jesús entró en un pueblo y de esa aldea vinieron a su encuentro diez leprosos. Tomado como crónica, este detalle no es verosímil.Los leprosos no podían estar en el pueblo, debían estar fuera, separados, lejos de todos. Pero el detalle es muy claro como parábola.
Jesús entra en este pueblo y solo le salen al encuentro los leprosos; da la impresión de que sea una aldea habitada solo de leprosos. ¿A quiénes representan? Jesús encuentra nuestra humanidad; una humanidad que debe ser purificada por su palabra. Reflexionemos sobre quiénes son las personas que Jesús encuentra en los evangelios. Normalmente son personas agobiadas por el dolor, la enfermedad, del pecado, del hambre, de nuestras miserias. Jesús encuentra a nuestra humanidad.
Cuántas rupturas encontramos también nosotros hoy… inútil enumerarlas porque las conocemos muy bien: enfermedades, guerras, violencia, injusticias, marginalización. Es una humanidad leprosa que tiene necesidad de ser curada por la palabra del evangelio. Nuestro egoísmo ha hecho leproso hasta lo creado; los mares y los ríos están inmundos, el aire que respiramos. De ahí la necesidad de ‘salir’ de este pueblo.
En los evangelios, el pueblo representa el mundo antiguo, marcado por el pecado. El mundo del cual estamos invitados a salir para encontrar al evangelio que sana. Recordemos el gesto de Jesús que, cuando encuentra al sordomudo, no lo cura en el pueblo, lo lleva afuera, porque si él permanece en el pueblo continuará a escuchar lo que dicen todos, la manera de juzgar, de pensar, de evaluar sobre todas las cosas.
Esto no corresponde con el evangelio, con la manera de pensar de Cristo. Jesús quiere abrirte los oídos al nuevo mensaje. El mensaje del evangelio no corresponde a lo que se ve y escucha en los medios sociales. Luego, después de haber curado al ciego de Betsaida, Jesús le recomienda no entrar en el pueblo porque el pueblo representa el lugar donde todos siguen el mismo criterio, donde todos piensan de la misma manera, los mismos criterios morales. Y Jesús le dice a este ciego, ‘si regresas a al pueblo vas a volver a ver la realidad y la vida como la ven todos. Yo, en cambio, te he abierto los ojos para que veas bien las cosas, dar el justo valor a la vida’.
Notemos, además, que no se trata de uno sino de diez leprosos que salen de este pueblo. El número 10 en la biblia tiene un valor simbólico, indica la totalidad. Es el número de adultos requeridos para que la asamblea en la sinagoga pueda realizarse. Entonces, el número diez es una nueva advertencia al simbolismo de la humanidad entera, marcada por la lepra del pecado.
Lucas quiere decirnos, ‘todos estamos leprosos… ninguno es puro; todos llevamos en nuestra piel la señal de muerte que solamente la palabra del evangelio puede sanar. La toma de conciencia de que todos estamos leprosos hace superar las discriminaciones. Más adelante veremos en la narración que este grupo de leprosos está compuesto de galileos y de samaritanos. Cuando éstos se sienten puros se desprecian recíprocamente, se odian y luchan entre ellos. Pero cuando se dan cuenta de que todos son impuros, leprosos se hacen amigos, solidarios.
¿Qué sucede después? Se han quedado a cierta distancia. Y comienzan a gritar: “Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros”. Deberían haber gritado: ‘Aléjate porque somos inmundos’ como prescribe el libro del Levítico; en vez, se dirigen a Jesús llamándolo por su nombre. Son las primeras personas en el evangelio según Lucas que llaman a Jesús por su nombre.Luego seguirá el ciego de Jericó, que lo llama por su nombre. Y, luego, una tercera persona: el bandido en la cruz. Son las únicas tres personas que lo llaman por su nombre. ¿Cuándo llamamos por su nombre a una persona? Cuando es nuestro amigo. Si nos encontramos con el presidente de la república, no lo llamamos por su nombre, no nos dirigimos a él de ‘tu’; aquí, en vez, lo llaman por su nombre y le dicen ‘tu’.
En el evangelio de Lucas lo llaman de ‘tu’ solamente las personas que se sienten confidentes de Jesús. No son los buenos, piadosos y justos; son los leprosos, los enfermos y los pecadores. Sienten que pueden dirigirse a Jesús llamándolo por su nombre y diciéndole ‘tu’. No le piden la curación porque saben muy bien que de la lepra no se cura; le dicen “ten compasión de nosotros”. O sea, siente vísceras de amor por nuestra condición. Son personas marginadas de la sociedad, alejados de la familia, de los afectos.
Tratemos de imaginar el dolor que sienten estas personas de no poder recibir una caricia,de no poder recibir un abrazo. Incluso piensan que ni siquiera Dios los quiere acariciar y abrazar. Apenas los ve, Jesús les dice: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Notemos que Jesús no se acerca, no los toca. Los sana a distancia con su palabra. Esa palabra, a distancia, cura hoy la lepra de nuestra humanidad.
Y Jesús les dice: “Vayan…”.’El encuentro conmigo ya los ha purificado; ahora preséntense a los sacerdotes quienes lo verificarán; eso es lo hacen ellos: verificar que están curados. Y podrán regresar a la sociedad y podrán también entrar en el templo. Continuemos ahora a leer el texto como parábola: cuando nuestra humanidad toma conciencia de su miseria y se da cuenta que solamente la palabra del evangelio la puede curar, para ellos comienza el camino que los lleva a la curación.
Si se fía de la palabra de Jesús, como lo hicieron estos diez, y la humanidad emprende el camino que él ha indicado, gradualmente los efectos de la lepra del pecado irán desapareciendo. De hecho, mientras van de camino son purificados, esto es, cuando deciden salir del pueblo, su lepra comienza a desaparecer. Abandonan el lugar donde la vida es guiada por el espíritu del maligno que los hace leprosos. Este espíritu del maligno es el egoísmo, el pensar en uno mismo… esto es lo que hace a uno leproso.
Llegamos ahora a la última parte del texto, el regreso de uno solo. Escuchemos lo que ha acontecido:
“Uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta, y cayó a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Era samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: ¿No recobraron la salud los diez? ¿Y los otros nueve dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gloria a Dios, sino este extranjero? Y le dijo: Ponte de pie y vete, tu fe te ha salvado”. Hemos llegado ahora al punto más difícil de la lectura. ¿Cómo se explica la reacción triste de Jesús de que solamente uno de los diez ha regresado? Y observa: “¿No recobraron la salud los diez? ¿Y los otros nueve dónde están?”.
Algunos atribuyen la tristeza de Jesús a la falta de gratitud de los otros nueve. Pero, una reacción de ese tipo sorprendería en Jesús porque es una persona buena; no queda bien que se entristezca porque no son agradecidos. Él mismo ha enseñado que el amor es gratuito. El que ama se queda satisfecho cuando ve que la persono beneficiada es feliz. ‘Que tu derecha no sepa lo que hace tu izquierda’, ‘haz el bien sin esperar nada en cambio’ ha dicho Jesús. Si quisiéramos reconstruir el hecho con un mínimo de lógica, lo que pasó es lo siguiente: los otros nueve son los únicos que han obedecido al mandato de Jesús y fueron a presentarse a los sacerdotes. Cuando se dieron cuenta que estaban ‘puros’ fueron a sus familias y, después, ciertamente, habrían regresado a Jesús con su mujer e hijos para agradecerle.
Entonces, ¿qué es lo que ha entristecido a Jesús? No el hecho de que no hayan regresado inmediatamente para agradecerle; Jesús no habla de agradecimiento. Esto lo hemos inventado nosotros. Se lamente de que no se haya encontrado ninguno que regresase a rendir gloria a Dios. Está triste porque no se dieron cuenta, inmediatamente, todos, que a través de su palabra purificadora de la humanidad se había revelado la gloria de Dios.
¿Qué se entiende por ‘dar gloria a Dios’? Quizás pensamos que Dios manifiesta su gloria cuando despliega su fuerza, divide al Mar Rojo en dos partes, vence a los enemigos. Dios revela su gloria cuando consigue manifestar la belleza de su rostro que es amor, que es ternura por la humanidad. Jesús se pregunta ¿cómo es que solamente un samaritano percibe esta gloria? ¿Cómo hicieron los otros nueve para no darse cuenta de esta revelación?
Se entristece porque el único sensible a la manifestación de la gloria de Dios haya sido un extranjero, ‘ἀλλογενὴς’ – ‘allogenés’ en griego, que significa ‘de otra raza’. Lo tendrían que haber comprendido primeramente los judíos porque habían sido educados por los profetas; en cambio, llegó primero el herético, el extranjero, para recibir el amor de Dios para la humanidad leprosa.
Quizás quedemos sorprendidos de la insensibilidad espiritual de los otros nueve; no de la gratitud normal de la gente, sino una sensibilidad espiritual que sabe recibir la gloria, el amor de Dios. Pero estemos atentos; hagamos una verificación para ver si nuestra sensibilidad espiritual es superior a la de estos nueve. Preguntémonos en un momento de reflexión, de silencio, de oración si de veras nos damos cuenta cuán importante ha estado en nuestra vida el evangelio, que nos ha purificado, que ha hecho bella nuestra vida.
Por ejemplo, si piensas en tu vida, ¿puedes decir con alegría que tu vida hasta el día de hoy ha sido bella? No intento decir ‘bella’ porque has gozado de muchas cosas, sino ‘bella’ en el verdadero sentido, porque la has vivido bien, feliz por lo que has hecho, por lo que has realizado, por la atención dada a alguien que haya tenido necesidad de ti; quizás alguien te ha dicho: ‘¿Cómo es que siempre tienes tiempo y disponibilidad para todos?’. Si este es el juicioque tú puedes dar de tu vida, ¿te has dado cuenta de que ha sido la luz del evangelio la que te ha guiado desde pequeño, a convertirte en una persona bella? Y ¿siquiera te ha pasado por la mente dar gloria a Dios por la fortuna de haber encontrado a Cristo y su evangelio que te hizo bello? Quizás alguien te ha dicho: ‘¡Qué hermosa la familia de ustedes! ¡Qué hermosa la relación de pareja que tienen ustedes! A pesar de todas las dificultades que tuvieron que afrontar han seguido queriéndose siempre bien’. ¿Hemos dado gloria a Dios porque ha sido el evangelio el que nos ha hecho comprender el valor de la fidelidad conyugal, del amor incondicional, del perdón, de la reconciliación? ¿Hemos recibido la gloria de Dios que ha pasado a través de la palabra de Cristo y de su evangelio?
Mucho nos lamentamos de nuestra sociedad, de tanta lepra que vemos a nuestro alrededor: corrupción, hedonismo, violencia, pérdida de valores. El mal es innegable, pero existe también un océano de bien y de amor. Si nos hemos dado cuenta de cuánto el evangelio ha cambiado al mundo y de cómo hoy la palabra de Cristo continúa a crear un mundo nuevo, reclamando el valor de la vida, de la concepción hasta el fin natural, el valor de la familia, de la justicia, de la división de los bienes, de la atención al pobre… ¿Hemos dado gloria a Dios por todo esto? Esta purificación que Dios ha realizado a través de la palabra de Cristo.
Nosotros los cristianos debemos ser los primeros en darnos cuenta de que es el anuncio del evangelio el que ha cambiado y está cambiando el mundo, que hace bella a nuestra sociedad. Pero ¿lo creemos realmente? Mientras no cantemos nuestra alabanza a Dios por estos dones, no habremos recibido su gloria, su amor. Jesús le dice a este samaritano: “Ponte de pie y vete, tu fe te ha salvado”. La fe es la adhesión que él ha dado a esa palabra que es capaz de purificarte.
Encontramos frecuentemente en los evangelios esta exclamación de Jesús: ‘Tu fe te ha salvado’. Nos está diciendo a nosotros hoy, ‘si te fías de mi palabra y sigues el camino que te indico, a lo largo de este camino verás lo que te hace mal y que es destruido, purificado por el evangelio’.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
