SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
1 de Noviembre
PRIMERA LECTURA
Apocalipsis 7,2-4.9-14
Una buena fiesta a todos, hermanas y hermanos.
Hoy es la fiesta de todos los santos. En el pasado los santos han gozado de enorme popularidad. Hoy está disminuyendo, pero recordemos que en el pasado en nuestras iglesias había estatuas y altares de santos en todas partes; y se recurría a ellos más que a Dios porque Dios estaba lejos, un poco inaccesible mientras que los santos habían vivido en este mundo, habían tenido la misma experiencia de vida, habían enfrentado nuestros problemas y nuestras dificultades y, por tanto, nos entendían mejor. Recurríamos a ellos que luego actuaban como intermediarios de un Dios considerado un poco ajeno a nuestros problemas. Se olvidaba que Él había venido a este mundo para tener nuestra misma experiencia de vida. Hoy los que oran se dirigen directamente a Dios porque en este diálogo con Él podemos entender cómo Él ve nuestra realidad y recibimos su luz para vivir como Él quiere que vivamos nuestra vida en este mundo.
En el pasado, llegar a ser santo era muy complicado porque antes que nada se debería estar muerto para estar ya en el cielo; incluso había personas consideradas santas, sobre todo si había rumores de que realizaban milagros. Por tanto, para ser canonizados, o sea, declarados oficialmente santos, tenían que haber practicado de manera heroica la vida y las virtudes cristianas; y también que se le atribuyera algún gesto prodigioso. Y si las cosas son así debemos concluir que los santos en la Iglesia son algo muy raro. Entonces nos preguntamos si es así ¿a quienes celebramos hoy? ¿A los que están en el cielo y admiramos su heroísmo esperando que en su fiesta nos otorguen alguna gracia? NO. Las cosas no son así.
Volvamos a nuestra historia, a nuestros orígenes. Al principio nosotros éramos llamados por los judíos y por los paganos de manera despectiva: ‘los galileos’, ‘los nazarenos’ y ‘los cristianos’ que fue un término despectivo. Indicaba a ese grupo de personas que seguían a un ungido por el Señor, un Mesías que había terminado en la cruz, condenado por las autoridades religiosas. Pero entre nosotros no nos llamábamos cristianos; nos llamábamos ‘los hermanos’, ‘los creyentes’, ‘los discípulos del Señor’, ‘los del camino’ que seguían el camino recorrido por Jesús de Nazaret; nos llamábamos ‘los perfectos’. Y luego ‘los santos’. Así nos llamábamos al principio de nuestra historia. De hecho, cuando Pablo escribe sus cartas, siempre las dirige ‘a los santos’, a los santos que están en Filipos, a los santos que están en Colosas, a los santos que están Roma. Aquí no les estaba escribiendo a los santos que están en el cielo sino a personas concretas que vivían en Éfeso, en Corinto, en Colosas. Estos eran los santos.
Tendremos que retomar este lenguaje para tomar conciencia de lo que significa pertenecer a una comunidad que es llamada a ser santa. Y santo significa apartado de un contexto que es pagano, no porque se vive fuera del mundo; se vive en el mundo, pero con criterios diferentes que ya no son los de los paganos y ¿en qué consiste esta vida diferente? Es la de quienes acogieron las bienaventuranzas predicadas y encarnadas en Jesús de Nazaret. Esa es la persona ‘santa’, la persona a la que Dios considera exitosa, que realizó en plenitudsu identidad de hijo o hija de Dios. Santo, por tanto, es quien acoja y se comprometa a vivir la propuesta del hombre hecha por Jesús de Nazaret, o sea, ser un cordero que sigue al Cordero que vino a dar su vida.
Hoy no comentaremos el texto evangélico que presenta las bienaventuranzas encarnadas por Jesús de Nazaret, él es el ‘santo’. Hoy comentaremos el pasaje del Apocalipsis en el que se nos hace contemplar dos grupos de santos; en el segundo estaremos también nosotros. En el primer grupo hay muchos, 144.000 ¿quiénes son estos hermanos y hermanas nuestros? Escuchemos:
“Vi otro ángel que subía desde oriente, con el sello del Dios vivo, y gritaba con voz potente a los cuatro ángeles encargados de hacer daño a la tierra y al mar: No hagan daño a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que no sellemos en la frente a los servidores de nuestro Dios. Oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de Israel”.
El vidente se encuentra como si estuviera frente a una gran llanura que indica toda la tierra; ve cuatro ángeles que están en las cuatro esquinas, es decir, los cuatro puntos cardinales que están frenando los vientos; si los dejasen libres destruirían la tierra. Y hay un quinto ángel que se eleva desde el este, que es de donde viene la luz que les dice a estos ángeles que se detengan. Primero Dios quiere que su sello se imprima en sus siervos porque quien no lleve este sello será barrido por el viento. ¿Qué está diciendo?
Tratemos de entender los simbolismos. El sello es el símbolo de pertenencia, indica quién es el dueño de un objeto, incluso de una persona, también sus esclavos. Ese selló se marcaba y si la persona se escapaba, cuando lo encontraban reconocían de inmediato quién era el dueño… ‘tú perteneces a tal señor…’. También los objetos se marcaban. Son famosos los moldes que se encontraron en los mangos de los frascos. Los arqueólogos encontraron unos 2000 y están escritas cuatro letras hebreas: ‘lamele’ las jarras pertenecían al rey. El que lleva el sello de alguien es, por tanto, de su propiedad.
Encontramos esta imagen del sello tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento. Es hermoso lo que dice el Cantar de los Cantares donde la esposa dice al esposo: “Grábame como un sello en tu brazo, grábame como un sello en tu corazón…” (Can 8,6). ‘Tú me perteneces, no puedes tener amantes porque eres mía’. Tiene el sello en el corazón desde donde parten todos los pensamientos, todas las emociones, todas las elecciones; y en el brazo:todas tus acciones deben ser hechas en armonía conmigo porque me perteneces. Encontramos esta imagen también en el Nuevo Testamento y el primero en el que Dios ha impreso su selloes Jesús de Nazaret que dice: ‘El hijo del hombre en el que el Dios Padre ha puesto su sello’.O sea, todo lo que Jesús hace, dice, lo que él piensa está en perfecta armonía con aquel a quien él pertenece, el Padre celestial.
También el creyente lleva un sello, un sello de pertenencia. En el bautismo cambias de dueño; ya no perteneces al mundo, ya no perteneces a satanás; ahora perteneces a Cristo. Hubo un cambio de dueño. En la carta a los efesios se dice de los cristianos: “Ustedes han recibido el sello del Espíritu Santo que es la vida divina”. También en la carta a los efesios: “No quieran entristecer el Espíritu Santo de Dios en el que fueron sellados”. Y en el Apocalipsis se dice que incluso los malvados levan no un sello, sino una marca, una huella ‘harakma’ en griego y es la marca de la bestia. Una especie de sello que también llevan los malvados. El ángel, el quinto ángel viene a poner el sello de los elegidos; es un sello, por tanto, que se imprime en la frente de aquellos que no pertenecen al mundo pagano, no adoran ídolos sino al Señor. Luego veremos quienes son los que están marcados.
Recordamos que en la tradición judía sellar significaba hacer un signo de la ‘tau’, la última letra del alfabeto que en la grafía hebrea antigua tenía forma de cruz. Entonces, ¿quiénes son? Se nos da el número de este primer grupo que está sellado y reconocido como los que pertenecen al Señor: son 144.000; el número no es aritmético, no es cuantitativo sino cualitativo. Es un número alegórico: son 12 (que indica el pueblo de Israel) x 12, al cuadrado, y luego ha crecido hasta el infinito: multiplicado por mil. Es el pueblo de Dios, somos nosotros, que comenzamos con este primer núcleo que es el pueblo de Israel.
Estos son los que representan estos 144.000; son el pueblo de Israel, los israelitas que a lo largo de la historia se han insertado en el plan de Dios, no se han opuesto al servicio del proyecto que el Señor quiso realizar en el mundo, son los siervos del Señor y los que prepararon la venida del Mesías de Dios: los patriarcas, los profetas, y luego son los que lo reconocieron como el Mesías de Dios cuando llegó: el Bautista, María, José, los apóstoles y el grupo judío que constituía la primera comunidad cristiana, entendieron cuál era el designio del Señor sobre la humanidad y han colaborado en la realización de este proyecto de Dios.
Los que no entraron en este proyecto del Señor porque por alguna razón no lo entendieron, es como si luego fueran arrastrados por los vientos de la historia; permanecerán en los márgenes de la historia de Dios, la historia que queda, que no se borra. Entendamos bien, no son la gente los que son arrastrados o rechazados por el Señor. NO, sino son sus elecciones que no estuvieron en sintonía con el plan de Dios; no afectarán al mundo futuro, al que permanece.
Esta es la primera verdad: el plan de Dios se realizó comenzando por Israel que es la madre de la comunidad cristiana. Estos 144.000 indican la totalidad del Israel fiel que continúa hoy en la iglesia, que de hecho Pablo llama ‘el Israel de Dios’, no hay ruptura, hay una continuidad de este grupo original representado por los 144.000 que se han puesto al servicio del proyecto de Dios y este grupo ahora continúa en la comunidad cristiana. Por tanto, Israel es la madre de la comunidad cristiana, estos 144.000 son los israelitas de cada tribu que han preparado el nacimiento de la Iglesia, son los que activamente aún sin tener plena conciencia tal vez han generado el nuevo pueblo de Dios.
Recordemos cómo Juan nos presenta las últimas palabras de Jesús en el calvario cuando presenta esa estupenda escena en la que al pie de la cruz está la madre y el discípulo amado. La madre es Israel y el discípulo amado es la comunidad cristiana y en el momento en que estos dos grupos se rechazan uno con el otro, la madre Israel excomulga a esta comunidad cristiana como hereje. Y la comunidad cristiana rechaza Israel, se siente rechazada. El evangelista Juan pone en boca del moribundo Jesús estas palabras: le dice a su madre Israel ‘esta comunidad es tu hija’; y al discípulo amado que representa a la comunidad cristiana le dice ‘recuerda que Israel es tu madre’.
Y ahora entra en escena el segundo grupo que debemos contemplar bien porque también nosotros estamos en este grupo:
“Después vi una multitud enorme, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del trono y del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en la mano. Gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero. Todos los ángeles se habían puesto en pie alrededor del trono, de los ancianos y de los cuatro vivientes. Se inclinaron con el rostro en tierra delante del trono y adoraron a Dios diciendo: Amén. Alabanza y gloria, sabiduría y acción de gracias, honor y fuerza y poder a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén”.
Después de los 144.000 entra en escena una multitud innumerable. No dice que es un número exorbitante, dice que no se puede contar porque no hay números para definirlo y provienen de cuatro elementos: de cada nación, raza, pueblo e idioma. El número 4 indica los cuatro puntos cardinales, la extensión de toda la tierra. Esta inmensa multitud está compuesta por todos los hombres y mujeres que están en la tierra, sin ninguna distinción. Este segundo grupo representa a todos los salvados de todos los pueblos y todos los tiempos. ¿Qué significa los ‘salvados’? Prestemos atención, no solo los que están en el cielo; el autor del Apocalipsis nos está hablando a nosotros, somos nosotros esos ‘salvados’. Son todos aquellos que no se han dejado corromper por la bestia, no han llevado una vida marcada por el apego y el culto a los ídolos sino son los que han recibido en el bautismo el sello de pertenencia a Cristo, por tanto, el autor del libro del Apocalipsis describe quiénes somos y lo importante que somos.
Veamos ahora cómo se presenta esta multitud de santos, que somos nosotros que hemos aceptado la invitación a entrar en este nuevo mundo, en el reino de Dios.
“Estaban de pie”; el simbolismo es que somos nosotros, los resucitados. Hemos recibido una vida que no está tocada por la muerte biológica y nuestra vida es la de los resucitados.Este simbolismo de estar de pie debe estar presente en nuestras liturgias; no está presentando a los que están de pie en el paraíso, es la comunidad cristiana la que da este signo. El que está de pie vive. El concilio de Nicea del año 325, en el canon 20, prohibió arrodillarte durante la celebración eucarística del día del Señor porque los cristianos son los resucitados, luego entró la devoción de arrodillarse. Se debe regresar a este signo de permanecer de pie.
El segundo signo es la vestidura blanca. El blanco es el símbolo de la luz: “Ustedes son la luz del mundo” dijo Jesús, no porque brillamos con una luz nuestra, sino que es la luz de Cristo que pasa a través de nosotros; y por lo tanto es un vestido firmado lo que se nos da, es el vestido bautismal y hay que llevarlo incontaminado; eres una criatura nueva, preséntate siempre con el vestido blanco. Este vestido de diseñador debe ser reconocido de inmediato por todos los que se acercan a nosotros porque es la vestidura de Cristo. Dice Pablo en la carta a los gálatas: “Todos ustedes son hijos de Dios porque los que han sido bautizados se han revestido de Cristo”.
La tercera característica de este grupo que, repito, somos nosotros: tenemos en mano las palmas. La palma es signo del oasis, de la fertilidad, de la vida y luego también se ha convertido en el símbolo de la victoria porque es la victoria de la vida en un árido desierto, la palma crece en una tierra árida.
La cuarta característica de esta inmensa multitud: Son los que alaban al Señor. La persona ¿cuándo es plenamente humana? Cuando alaba al Señor, cuando toma conciencia de su propia identidad, es decir, cuando cuestiona el sentido de su existencia, el sentido de todo lo creado. Tratemos de imaginarnos lo creado sin el hombre, nada tendría sentido; toda la creación existe para que esta criatura autoconsciente, se dé cuenta de la razón por la que todo existe y alabe al Señor, le agradezca por haber estado involucrado en su plan de amor. Es santo el que entiende todo esto y alaba al Señor. El que no alaba al Señor, aún no ha entendido la razón de estar en este mundo.
Hoy se habla del apagarse de lo sagrado, pero el culto no ha desaparecido. Se rinde a otros, se rinde a los ídolos que ahora son: la razón, la ciencia, el progreso que son cosas excelentes ¡ay si son adorados como si fueran Dios!… ¡Ay si son ellos los que dictan las elecciones morales! Hoy pueden ser ídolos más refinados, pero siempre se trata de ídolos. Gracias a Dios todavía hay muchísimos, una multitud inmensa, que han abierto los ojos a los engaños de nuestro tiempo, y que rinden homenaje solo al verdadero Dios viviente su debido culto y se unen a esta multitud de los redimidos.
Ahora se nos dice quiénes son los que pertenecen a esta inmensa multitud:
“Uno de los ancianos se dirigió a mí y me preguntó: Los que llevan vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde vienen? Contesté: Tú lo sabes, señor. Me dijo: Éstos son los que han salido de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero”.
El autor del Apocalipsis quiere hacernos entender bien quiénes son los que pertenecen a esta inmensa multitud y lo hace con un artificio literario, con una pregunta que hace un anciano, uno de los 24 que están sentados alrededor del trono de Dios, una pregunta que hace al vidente. Le pregunta: Estas personas vestidas de blanco ¿quiénes son y de dónde vienen? El vidente responde: “Tú lo sabes, señor… yo no lo sé” y luego el anciano lo explica.
¿Quién es este anciano? ¿A quién representan esos 24 ancianos que están alrededor del trono de Dios? Representan a los que en nuestras comunidades cristianas han interiorizado el mensaje del evangelio y lo comunican a los hermanos con la palabra y sobre todo con una vida que encarna este evangelio. Cada una de nuestras comunidades le podría dar el nombre a uno de estos ancianos que están sentados alrededor del trono de Dios y que ahora nos explica quiénes son los que pertenecen a esta inmensa muchedumbre.
Dice el anciano: ‘Son los que vienen de la gran tribulación’. ¿Qué quiere decir? Quizás enseguida nosotros pensemos que son los que están en el cielo, los que han sufrido grandes tribulaciones en la vida o que han sido víctimas de la persecución de Diocleciano o de Domiciano y ahora están en el paraíso. NO. El verbo está en presente: ‘Los que vienen’, que parten de la gran tribulación.
¿Cuál es la gran tribulación? Si en lugar de tribulación ponemos ‘vienen de la gran pasión de amor, inmediatamente entendemos a qué se refiere el anciano: son los que hoy se originan en la gran pasión de amor, que es la de Cristo que ha donado la vida. Esta inmensa muchedumbre está formada por todos los que viven esta elección de amor hecha por Jesús de Nazaret. Y luego “blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” y han quedado bellamente blancas, luminosas. La comparación es claramente forzada: Lavar las prendas en la sangre del Cordero para hacerlas blancas, pero el simbolismo es muy claro. La sangre es el símbolo de una vida entregada que es la de Cristo. Lavar las propias vestiduras, esto es, la propia elección de vida para que se convierta en una transparencia de la luz de Cristo y de su amor; para hacer esto hay que lavarlas en su sangre que es en su vida entregada.
Cuando uno mira la vida de Cristo solo puede quedarse sin palabras y decir que es una vida hermosa, una vida exitosa. La inmensa muchedumbre está compuesta por todos los que visten este espléndido vestido que es el vestido del amor incondicional que también llega a dar vida por el enemigo, tal como fue la vida de Cristo. En esta fiesta hemos sido invitados a contemplar esta familia de santos, de los que viven, se inspiran en esta pasión de amor tan grande que es la de Cristo.
Les deseo a todos una buena fiesta.
EVANGELIO
Mateo 5,1-12a
Una buena Fiesta para todos.
En el pasado, los santos gozaron de mucha popularidad. Las iglesias estaban llenas de sus altares y de sus estatuas y se recurría más a ellos que a Dios. ¿Por qué? Sabemos, ciertamente, que Dios es nuestro Padre cuida de todos sus hijos e hijas. Sin embargo quizás le sentimos más bien distante, alejado de los problemas concretos de nuestras vidas. En vez, a los santos los sentimos muy cerca de nosotros porque en este mundo debieron atravesar las mismas peripecias y por eso los sentimos como amigos a los que podemos confiar nuestras quejas y recibir de ellos consuelo y ayuda.
Entonces no sorprende que ante cada dificultad, para cada enfermedad, para cada problema, hay un santo protector. Son aquellos hermanos y hermanas que han tenido que enfrentarse el mismo problema que nosotros y por eso consideramos que pueden comprender nuestro dolor, nuestras angustias. Si uno tiene llagas que no se curan ¿en quien se confía espontáneamente? En San Roque porque él también tuvo llagas y por eso es capaz de comprender mi dolor; si uno tiene problemas oculares recurre a Santa Lucía, el que tiene mal de gota a San Blas. Luego hay santos que han pasado por todas nuestras vicisitudes, incluso hay un santo protector contra la calvicie, hay una santa patrona contra la obesidad, contra el vicio del juego, la cleptomanía, el dolor de cabeza.
Este diálogo, esta relación confidencial con los santos es hermoso y debe cultivarse. Por supuesto que no acudimos a ellos para presentar una recomendación a Dios, para que haga milagros, no, dejemos los milagros para los médicos. Pero estos hermanos y hermanas que están en la plena luz de Dios nos muestran con sus vidas cómo vivir los momentos difíciles, las vicisitudes que ellos, como nosotros, han tenido que pasar. Para implicarnos en las opciones evangélicas, que estos hermanos y hermanas santos han hecho, la liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre las bienaventuranzas propuestas por Jesús en el Monte. Bienaventuranzas que ponen ante nosotros las opciones de vida que hicieron los santos y que nosotros también estamos invitados a hacer si queremos ser como ellos, si queremos asegurar nuestra vida.
¿Qué significa llamar bienaventurado a una persona? ¿Cuándo decimos en nuestro mundo de una persona que es bienaventurada? Lo decimos cuando pensamos que es una persona feliz: es joven, guapa, sana, exitosa y sobre todo tiene mucho dinero… la gente dice que es bienaventurada, con suerte. Pero ¿será verdad? ¿Serán suficientes esas cosas para ser feliz? En la Biblia, llamar bienaventurada a una persona significa hacerle un cumplido, significa decirle ‘Bien hecho, eres una persona exitosa’. ¿Cuál es el problema? Se trata de dejar claro de quien quieres recibir este cumplido.
Si quieres que digan que eres bendecido, que has triunfado en la vida y el que te lo dice razona según los criterios de este mundo, según los ideales paganos de nuestra sociedad, compartidos también desgraciadamente por muchos cristianos, entonces te bastará con hacer exactamente lo contrario de lo que pronto oirás proponer a Jesús. Puedes estar seguro de que si haces lo contrario de lo que él te dice, la gente te admirará y dirá, ‘Éste es un hombre de éxito’ y te envidiarán; si acumulas dinero, casas en la montaña, casas en la playa, coches de lujo, la gente dirá: ‘Qué persona feliz’. Estemos atentos, no está bien que los cristianos oigamos proclamar ‘bienaventurado’, ‘feliz’ al que Jesús dice que es un perdedor, al que se ha equivocado en la vida, el que ha acumulado bienes. Jesús dice, ‘ay de ti, eres un perdedor’.
Tengamos cuidado los cristianos a no utilizar el lenguaje de los paganos. Si queremos que Dios nos dé la mano al final de la vida y nos diga, ‘Enhorabuena, eres un santo, te pareces al santo que es Jesús de Nazaret’, entonces debemos encarnar esas Bienaventuranzas que pronto oiremos pronunciar por Jesús. Escuchemos, en primer lugar, dónde el evangelista Mateo describe la propuesta de una persona bienaventurada hecha por Jesús:
“Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y comenzó a enseñarles del siguiente modo”.
En la vida la gente solo busca una cosa, la alegría. Todo lo que hacen es para ser felices. El problema es que pueden equivocarse de objetivo. En hebreo el pecado se dice ‘hatat’ que significa equivocar el objetivo. Por ejemplo, la persona que busca la alegría pero solo encuentra el placer, al final se decepciona. Este es el pecado que no nace de la maldad sino de la ignorancia. Dios nunca castigará al pecador porque es un pobre desgraciado que tiene el objetivo equivocado y el Señor sólo querrá una cosa, que este hijo suyo encuentre el camino de la alegría lo antes posible. De hecho, hoy Jesús nos revela el secreto de la alegría. Al final se tratará si, en última instancia, nos confiamos en su propuesta o preferimos seguir con nuestra astucia para llegar a la alegría, y pecar, equivocar el objetivo.
Dice el evangelista Mateo que Jesús hizo su propuesta en la montaña. La devoción cristiana ha identificado esta montaña con la colina que domina Cafarnaún (la ven detrás de mí); entre esos árboles allí en el fondo también está la iglesia de las bienaventuranzas que les mostraré dentro de poco. El lugar es muy impresionante pero la montaña que Mateo menciona no es una montaña material, no es la que está allá detrás. ¿Cómo es que esta imagen se repite a menudo en la Biblia? En las culturas de todos los pueblos de la antigüedad se imaginaba la sede de los dioses en la cima de las montañas. Recordamos el Olimpo, por ejemplo, para los griegos; la montaña sobresale de la llanura y es como si penetrara en el cielo, por lo que subir a la montaña es acercarse a Dios, encontrar la divinidad. En la Biblia encontramos a Moisés que, cuando quiere encontrarse con Dios, sube al monte. Elías sube al monte, Jesús también lleva a Pedro Santiago y Juan a la montaña porque es en la montaña donde se hace una cierta experiencia de Dios y se asimilan los pensamientos, los sentimientos y los juicios de Dios.
Intentemos desarrollar este precioso simbolismo de la montaña que se desprende de la llanura. En la llanura se desarrolla la vida de los hombres que se regulan según los criterios de la sabiduría que se han inventado y que para Dios es una tontería. Son criterios fáciles de enumerar, todos sabemos muy bien cuáles son las opiniones que circulan en la llanura para conseguir la alegría: Lo que importa es la salud … es lo único que importa; lo que cuenta es el éxito; feliz el que tiene una gran cuenta bancaria; feliz el que puede viajar, divertirse, el que no se priva de ningún placer, sólo me interesa el sexo; no pienso en sacrificarme por los demás. Éstas son las sugerencias que uno oye en la llanura; es la forma común de razonar, es la sabiduría de la gente.
¿Alcanzará la alegría quien persiga estos ideales? Para no correr el riesgo de apostar la vida en valores erróneos y perder así la oportunidad de ser feliz es sabio desprenderse, al menos por un momento, de la llanura y subir a la montaña para saber cómo piensa Dios, cuáles son sus bienaventuranzas. Después estaremos libres de volver a la llanura para confiar de nuevo en la forma de pensar de los hombres o creer un poco en el camino que Jesús propone, pero entonces, para no tener remordimientos, siempre podremos volver a la llanura… siempre lo podremos hacer, pero ya que somos inteligentes al menos subamos a esta montaña para escuchar de la boca de Jesús cómo piensa Dios. Escuchemos la primera bienaventuranza que nos propone:
“Felices los pobres de corazón, porque el reino de los cielos les pertenece”.
Tengamos cuidado y tratemos de interpretar correctamente esta bienaventuranza que se ha interpretado de muchas maneras. Tenemos, por ejemplo, una tradición de la Iglesia que justifica la siguiente interpretación: ‘Se puede ser incluso muy rico, acumulando bienes, pero si ha desprendido su corazón de estos bienes y dado muchas limosnas, se preocupa por los pobres, es un buen rico…’, no. Jesús proclama bienaventurados a los pobres.
¿Quién es el pobre? Es muy simple, es el que no tiene nada. Hay dos clases de pobres, uno que se ha vuelto pobre porque le ha sobrevenido alguna desgracia, un terremoto, una enfermedad, una guerra, una inundación, que ha arrasado su casa y sus campos y se ha quedado sin nada… ¿Es este el pobre proclamado bienaventurado por Jesús? No. Esta interpretación sería claramente absurda, engañosa, contraria a todo el Evangelio. En el Antiguo Testamento Dios promete a su pueblo que ‘nadie entre ustedes será pobre’ y en los Hechos de los Apóstoles se dice que en la Iglesia primitiva los hermanos compartían todos los bienes y nadie entre ellos era pobre, porque el mundo que Dios quiere no es un mundo de miserables, sino un mundo en el que todos sus hijos e hijas sean felices.
Esta no es la pobreza que se proclama bienaventurada. De hecho, Jesús no se dirige a los desheredados, a los mendigos de Cafarnaúm, se dirige a sus discípulos. Bienaventurados los pobres, pero no los harapientos y miserables, sino los pobres de espíritu. ¿Qué significa en espíritu? El impulso que sentimos instintivamente dentro de nosotros es el que nos impulsa a no privarnos de nuestros bienes y volvernos pobres sino a conservarlos para nosotros y acumularlos cada vez más, y nunca tenemos bastante, ni para nosotros, para nuestros hijos, para nuestros nietos, para nuestros bisnietos.
Este es el impulso que sentimos instintivamente. El espíritu nos lleva en la dirección opuesta. Es decir, a despojarnos de estos bienes, a no conservarlos para nosotros sino a entregarlos a los necesitados, a los pobres. Bienaventurado el pobre que se deja guiar por el Espíritu y no retiene para sí los dones que Dios ha puesto en sus manos. Bienaventurado es aquel que al final de su vida se queda sin nada porque entregó todo lo que tenía a los pobres; el que no lo entregó todo, cuando llega a la aduana, lo que no ha entregado le es requisado y está perdido para siempre porque no se ha transformado en amor. Es el amor lo que permanece.
¿Quién es el bienaventurado? Es Jesús de Nazaret, que se quedó sin nada porque entregó toda su vida, ni un momento de su vida se guardó para sí, todo fue un regalo. Este es el bienaventurado a quien el Padre del cielo dice, ‘Tú eres verdaderamente mi hijo, tú has construido el reino de Dios’. La promesa que se hace a estos pobres de espíritu. Repito, no a los que han que han sido golpeados por una desgracia, no; es pobre de espíritu es quien se ha dejado conmover por la vida del hijo de Dios que le ha sido dada por el Padre celestial, y por eso es una vida que le lleva a amar y a darlo todo.
¿Cuál es la promesa? “De ellos es el reino de los cielos”. El reino de cielo es de estos pobres, no el paraíso. Cuando te haces pobre por amor, movido por el Espíritu, perteneces hoy al reino de Dios. Esta es la primera propuesta de alegría que Jesús nos hace. Escuchemos la segunda:
“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”.
Para muchos cristianos aún hoy es más fácil asociar a Dios con el sufrimiento, el dolor, que con la alegría y la felicidad. Existe toda una espiritualidad del pasado que invitaba a ofrecer sacrificios a Dios, a soportar con mucha paciencia los propios sufrimientos, las cruces que el Señor enviaba. Así que la bienaventuranza sería ésta, ‘Bienaventurados los afligidos, es decir, los que tienen sufrimientos que ofrecer a Dios’. Esta espiritualidad ha llevado a muchas personas a alejarse de la Iglesia y a considerar el cristianismo como enemigo de la alegría, cuando el Evangelio es exactamente lo opuesto, es el anuncio de alegría y felicidad.
¿De qué aflicción está hablando Jesús? No es de la aflicción debida a alguna desgracia y algún infortunio. Dios no quiere el dolor, no quiere las desgracias. La aflicción de que habla Jesús es la que él experimentó, es esa pena tan fuerte que se manifestó en llanto cuando se dio cuenta de que su pueblo, al que amaba con locura, rechazaba su propuesta del nuevo mundo y que, por tanto, se dirigía inevitablemente a la ruina y rompió a llorar. Ésta es la aflicción que siente el Bienaventurado.
¿De dónde viene esta aflicción? Del amor. Bienaventurado, dice Jesús, es el que ama tanto como para romper a llorar cuando se rechaza la alegría del reino de Dios. Si volvemos nuestra mirada ¿qué vemos hoy? Guerras, violencia de todo tipo, injusticias, falsedad, hipocresías; vemos un mundo que se jacta de haber excluido a Dios de la convivencia humana. Ante esta realidad, uno podría desentenderse y centrarse en sus propios asuntos e intentar sentirse cómodo, y entonces no sufriría, no lloraría, no estaría afligido… pero no sería bienaventurado, porque no mostraría amor.
Bienaventurado es el que sufre porque vive con pasión el compromiso de construir el reino de Dios, de construir una humanidad donde todos sean hijos e hijas del único Padre y vivan como hermanos. La tristeza del bienaventurado no proviene del hecho de que esté mal, sino del hecho de que en el mundo las cosas van mal. Y en ese momento ¿cuál es la tentación? Resignarse para no sufrir, desinteresarse de los demás, replegándose en su propio pequeño mundo y dejar caer los brazos. Si el maligno te convence de que el nuevo mundo es un sueño, ha ganado.
La promesa de los que siguen amando aunque haya que llorar es, “serán consolados”. Es decir, Dios está de su parte, está de parte de los que aman aunque sientan dolor. Dios les consolará, el nuevo mundo nacerá también con su cooperación. Escuchemos la tercera bienaventuranza:
“Bienaventurados los mansos porque heredarán la tierra”.
El adjetivo ‘manso’ nos evoca la imagen de la persona tranquila, que no reacciona ante las provocaciones, que acepta pasivamente la injusticia sin quejarse. ¿Es esta la persona mansa de la que habla Jesús? Es cierto que evita toda forma de conflicto, pero también revela una personalidad más bien débil; es más un resignado que un bienaventurado.
¿Qué significa entonces esta bienaventuranza de los mansos? Para entenderla debemos remitirnos al Salmo 37, porque Jesús no inventó esta bienaventuranza, la tomó de este Salmo que sin duda conocía de memoria porque demuestra que había asimilado toda esta espiritualidad de la mansedumbre presente en este Salmo. Nos habla de un hombre que a pesar de tener que soportar abusos, nunca cede a la tentación de reaccionar con violencia. Dice, ‘desiste de la ira, depone tu indignación, no te irrites porque acabarás haciendo el mal, aumentarás el mal en vez de remediarlo’. Esta es la ‘ira’. La Biblia habla a menudo de la ira de Dios, que es su amor. Habla también de la ira del hombre y esta es peligrosa porque aunque es un impulso que pone Dios en nosotros y si uno no siente ira ante la injusticia hacia los pobres, es una patología. El problema es que podemos perder el control de la Ira, que en lugar de señalarnos sólo el deber de intervenir, nos lleva a atacar, aumentando así el mal en lugar de solucionarlo.
Tengamos cuidado entonces. La mansedumbre no es la invitación a la resignación, es la forma correcta de reaccionar cuando vemos una injusticia. Observemos que esta bienaventuranza viene después de la de los afligidos, de los que sufren porque ven que las cosas no van según Dios. La primera tentación era la de hacer caso omiso de las cosas vayan como vayan, porque uno no quiere sufrir; esta es la primera tentación. La segunda tentación es enojarse, de pensar en resolver el conflicto con la agresión y la violencia y así añadir más mal a lo que ya existe. Jesús es el manso y, efectivamente, se ha aplicado este adjetivo a sí mismo, “aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Él vivió dramáticos conflictos con el poder político, con el poder religioso, pero los vivió con las actitudes y con los sentimientos que caracterizan a los mansos, es decir, como aquellos que luchan por la justicia, pero sin añadir nunca al mal.
La promesa que se hace a los mansos: “Heredarán la tierra”. Leamos bien, no ‘el paraíso’ sino ‘la tierra’. La tierra es la promesa de que con Dios se convertirán en los constructores de una tierra nueva. Hoy vemos que la tierra a menudo pertenece a los violentos, a los arrogantes, a los egoístas, a los que difunden una cultura hedonista. Dios dice, ‘con tu mansedumbre Dios construirá la tierra nueva junto contigo’. Escuchemos ahora la cuarta bienaventuranza:
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.
¿De qué justicia está hablando Jesús? Tengamos cuidado, porque el término justicia es muy peligroso porque es equívoco. Recordemos que la guillotina era llamada ‘la madera de la justicia’ porque ajusticiaba. Así era como hacían justicia y cuando un criminal era encarcelado o incluso enviado a la horca, se decía ‘ahora se ha hecho justicia’. Recuerdo a un gobernador que firmó la sentencia de muerte de un criminal que había matado a dos policías y lo hizo con la estilográfica que pertenecía a uno de ellos. Luego de firmar la sentencia de muerte, dejó la estilográfica y dijo ‘ahora se ha hecho justicia’.
¿Es esta la justicia que quiere Jesús, que anhelamos como agua el sediento o pan al hambriento? La respuesta es ciertamente No. Tengamos cuidado porque como esta es la justicia para muchos, la aplican incluso a Dios; hacen que haga esta justicia que es vengativa, hacer pagar a los que han hecho el mal. ¿De qué justicia está hablando Jesús? Se trata del plan de amor que Dios quiere realizar en este mundo; esta es la justicia que quiere establecer. La justicia de Dios es que todos tomen conciencia de que son sus hijos e hijas, y de que todos son hermanos entre sí y vivan compartiendo bienes, sientan como propio el dolor de los que están a su lado, que sean capaces de perdonar para convertir a los enemigos en hermanos. Ésta es la justicia que debemos anhelar. Bienaventurado el que quiera realizar esta justicia y la anhela como el agua el sediento que camina por el desierto. Éstas son las necesidades básicas que Jesús toma como ejemplo de los que quieren establecer absolutamente en el mundo su justicia.
La promesa: “Serán saciados”. También aquí el peligro es pensar que esta justicia sea un sueño de Jesús de Nazaret. No, dice Jesús, serán saciados. Escuchemos ahora la quinta bienaventuranza:
“Bienaventurados los misericordiosos porque encontrarán misericordia”.
En nuestro lenguaje tendemos a identificar misericordia con compasión. Cuando decimos que una persona es misericordiosa es porque sabe perdonar, es magnánima, no secunda el impulso que la lleva a hacer pagar a los que le hayan hecho algún mal; sabe ser siempre indulgente. Y también aplicamos esta misericordia a Dios por lo que Dios es aquel que ante el mal que cometemos, siempre sabe perdonar, pero esta misericordia en Dios tiene problemas porque no va de acuerdo con la justicia. Si Dios es un juez justo no puede ser misericordioso, y así lo entendieron los rabinos, que no podían conciliar estos dos aspectos de Dios, su justicia y su misericordia. No es posible ponerlas de acuerdo; una u otra deben desaparecer.
Debe desaparecer de Dios esa justicia que refleja nuestra justicia, nuestra forma de ser juez. Dios es sólo misericordia. ‘Hesed’, en hebreo, significa amor incondicional y fiel porque si Dios es juez justo no puede ser misericordioso. Dios es misericordioso en el sentido de que ningún pecado, ningún rechazo del hombre, puede apartarle de esta pasión de amor. El oro del que está hecho Dios es amor y es oro puro, no hay nada más en Dios. ¿Cómo se manifiesta esta misericordia en Dios, es decir, este amor incondicional que vemos en Jesús de Nazaret.
Lo captamos en una parábola que es la del Samaritano. El Samaritano es Jesús, es aquel que se encontró la humanidad que había caído en manos de los bandidos y que quedó medio muerta; y en este samaritano se refleja también el comportamiento misericordioso del hombre que se parece al Padre del Cielo. ¿Cuáles son los momentos en que la misericordia se manifiesta en este Samaritano, que es Jesús y quien quiera ser tan misericordioso como Dios? Hay tres momentos en los que uno ve si es misericordioso o no. Primer momento: ve, se da cuenta de que el otro está necesitado, no es insensible no aparta la mirada, no intenta distraerse pensando de que mientras algo sea bueno para mí, no que me interesa lo que le pasó a esa otra persona.
El primer momento en que se manifiesta el misericordioso es aquel cuyos ojos están abiertos, no hay necesidad de que la otra persona grite pidiendo ayuda, ve la necesidad de su hermano. Segundo momento: Siente literalmente compasión, se compadece, es decir, sufre con, ‘esplankenísei’ en griego significa que siente como propio lo que le ocurre a su hermano necesitado y es este impulso interior de amor que le impulsa a intervenir.
El tercer momento de la misericordia: Cuando ha visto al hermano que está necesitado y puede hacer algo, interviene inmediatamente. Ésta es la misericordia de la que nos habla Jesús en la bienaventuranza. Los que están en sintonía con la misericordia de Dios y de Jesús de Nazaret, por tanto, estos hijos e hijas de Dios están en sintonía con su amor, encontrarán misericordia. No significa que Dios haga la vista gorda ante sus pecados, no; significa que estas personas están en sintonía con el corazón de Dios que es amor y sólo amor. Escuchemos ahora la sexta bienaventuranza:
“Bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios”.
Para nosotros el corazón es la sede de las emociones, de los sentimientos, pero para los semitas más que las emociones y los sentimientos el corazón recuerda el centro de todas las elecciones, de todas las decisiones. Los semitas deciden con el corazón. Y el corazón puede ser puro o impuro. Entendemos por ‘oro puro’ lo que no está mezclado con otros metales; ‘café puro’, no hay sucedáneos; ‘esta es la pura verdad’, no hay mentira; ‘esto es pura fantasía’, significa que no tiene conexión con la realidad. ¿Cuándo es puro el corazón? Cuando sólo existe Dios que dicta las elecciones que dirigen todas las decisiones que se toman. Impuro es el corazón donde hay un revoltijo de dioses, un revoltijo de ídolos dando órdenes. Cuando está también Dios en el corazón entonces muchas elecciones seguirán partiendo del dinero dando sus órdenes, del orgullo, de la avaricia, del libertinaje moral.
La promesa a los que tienen un corazón puro: “Verán a Dios”, es decir, harán la experiencia de Dios. A veces personas no creyentes nos preguntan ¿cómo puedo creer en Dios? Y pensamos que hay que convencerles con razonamiento; el problema es que no pueden ver a Dios mientras tengan este desorden en su corazón. Primero tienen que purificar el corazón y sólo entonces podrán experimentar a Dios. Escuchemos ahora la séptima bienaventuranza:
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios”.
En el pasado esta bienaventuranza era traducida como ‘Bienaventurados los pacificadores’, es decir, los que siempre intentan llevarse bien con todo el mundo, y que también intentan hacer la paz entre las personas. En tiempos de Jesús los rabinos decían que ‘hasot Shalom’, es decir, construir la paz entre las familias y las personas era una obra muy meritoria ante Dios, pero esta interpretación que es buena es reductiva.
La bienaventuranza de Jesús tiene un significado mucho más amplio. En primer lugar, el término que se utiliza para proclamar a estas personas bienaventuradas es εἰρηνοποιός – eirenopoiós’, que se compone de dos palabras griegas: ‘eirene’ que significa paz, y ‘poiéin’ que significa hacer. Bienaventurados, por tanto, son aquellos que trabajan para construir la paz. La palabra griega εἰρηνοποιός sólo aparece aquí en todo el Nuevo Testamento, pero era de uso común en el griego clásico. Especialmente los emperadores se llamaban a sí mismos εἰρηνοποιός, es decir, artífices, constructores de paz como César, Cómodo; se presentaban como ‘el pacificador del mundo’, sobre todo Augusto, que con sus legiones y muchos crímenes había llevado la paz a todo el imperio y se presentaba a sí mismo como el pacificador. De hecho, Virgilio en la Eneida dirigiéndose a él, pronuncia aquella famosa frase, ‘Recuerda, oh romano, que para gobernar el mundo con tu dominio, tu tarea es imponer la paz’.
¿Son estos los pacificadores que Jesús proclama bienaventurados? La respuesta es No. ¿Qué quiere decir Jesús con εἰρηνοποιός, constructores de paz? El término hebreo que conocemos bien es שָׁלוֹם – Shalom que presupone que no haya desacuerdos ni guerras; la paz de la que habla Jesús es mucho más amplia; indica la plenitud de la vida; indica la presencia de todos aquellos bienes que permiten a los hombres ser felices. Este es el orden del mundo querido por Dios. Esta es la paz de la que habla Jesús. Quien crea las condiciones económicas, sociales, culturales, políticas que fomentan esta paz es el bienaventurado del que habla Jesús.
La promesa: Dios los llama hijos suyos. “Serán llamados hijos de Dios” significa que dirigiéndose a ellos Dios les dice, ‘son realmente mis hijos’ porque lo que Dios quiere es esta paz, es decir, el bienestar, la alegría, la felicidad y la vida de todos sus hijos e hijas. Cuando se construyan estas condiciones que permiten a todos ser felices, Dios se dirige a estos constructores y les dice, ‘son realmente mis hijos e hijas’. Escuchemos ahora la última bienaventuranza:
“Bienaventurados los perseguidos por causa del bien, porque el reino de los cielos es pertenece. Bienaventurados cuando los injurien, los persigan y calumnien de todo por mi causa. Alégrense y estén contentos pues la paga que les espera en el cielo es abundante”.
Hemos subido a la montaña para escuchar la propuesta de una vida feliz, bienaventurada hecha por Jesús. Nos alegramos de haberla oído y de haber comprendido también esta propuesta. Sin embargo, no podemos permanecer siempre en la montaña, debemos bajar a la llanura, debemos volver entre la gente, entre las personas que razonan de otra manera, que siguen otros criterios, otros valores, eligen otras bienaventuranzas. Y por eso queremos preguntar a Jesús cómo seremos recibidos allí en la llanura, cómo nos encontraremos entre la gente si de verdad seremos coherentes con lo que nos ha enseñado.
Y Jesús nos responde con una octava bienaventuranza: ‘Bienaventurados los perseguidos por la justicia’, esto es, perseguidos porque quieren que se establezca en el mundo la nueva justicia, la del reino de Dios. Nos lo dice claramente, tengámoslo en cuenta: ‘No lo tendrán fácil, los insultarán, los perseguirán, dirán toda clase de mal contra de ustedes por causa mía’. Por lo tanto, hay un precio que pagar si se elige las bienaventuranzas de Jesús. Es como si nos dijera, ‘Tengan presente que cuando vean sus vidas tan diferente de la de ellos, cuando les oigan hablar de gratuidad, de compartir los bienes, de atención a los últimos, a los pobres, de una relación de amor conyugal fiel, incondicional, definitiva, se opondrán o al menos se burlarán de ustedes, pero les aseguro que serán bienaventurados’.
Y da dos razones de esta bienaventuranza; la primera: porque de perseguidos por la justicia es el reino de los cielos; y luego porque grande es su recompensa en el cielo. Cuando oímos hablar del cielo nuestros pensamientos corren espontáneamente a la recompensa que los siervos fieles recibirán en el paraíso, en la otra vida. No, notemos bien, las dos promesas hechas por Jesús están en el presente; de los perseguidos ‘es’ el reino de los cielos, ‘ahora’ les pertenece el reino de los cielos; y luego, grande ‘es’ su recompensa en el cielo. El cielo no el paraíso, es el reino de Dios, el mundo nuevo que ya ha comenzado en el más acá y está presente en todos los que viven las bienaventuranzas de Jesús.
Los perseguidos no son felices a pesar de las persecuciones sino a causa de las persecuciones que sufren y son invitados a alegrarse no porque un día acaben las persecuciones y los sufrimientos, sino porque ‘hoy’, al ser perseguido tienes la prueba de que vives de forma diferente a los demás, no según los criterios del viejo mundo, sino según la nueva justicia; y es desde esta convicción profunda e íntima de la que derivan en el creyente la alegría y la paz prometidas por Jesús.
Les deseo a todos una feliz fiesta y una buena semana.
