SANTÍSIMA TRINIDAD – Año A

Juan 3,16-18

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Un buen domingo para todos.

El texto que leemos hoy debe ubicarse en el contexto del diálogo entre Jesús y Nicodemo. Recordamos a este personaje que fue a Jesús de noche; es un rabino, un estudioso de las Escrituras y pertenecía a la secta de los fariseos. Era ciertamente la persona más educada que conoció Jesús, un conocedor de la ley, de la teología.

¿Qué fue a hacer Nicodemo esa noche? Tal vez estamos un poco condicionados por los sermones que hemos escuchado; imaginamos a Nicodemo escondiéndose por las paredes para que sus colegas no lo vean. El Evangelio no lo presenta de esta manera. Notemos cómo se dirige a Jesús … habla en plural, dice: ‘Rabino, nosotros, los fariseos, sabemos que tú eres un hombre que ha venido de Dios porque nadie puede

realizar las señales que tú haces si no es enviado por Dios’.
Veamos qué signos había hecho Jesús. Cuando Jesús llegó a Jerusalén había hecho solamente una señal.

Estamos al comienzo del Evangelio según Juan. La señal fue expulsar a los vendedores del templo, una señal dramática; y las autoridades religiosas, por supuesto, estaban indignadas por la profanación del templo. Y los fariseos, a cuya secta, Nicodemo también pertenecía, quedaron desconcertados. Se preguntaron: ¿quién es este que tiene el coraje de hacer tal gesto? Solo puede ser uno que es movido por el Espíritu profético y es para dar una señal.

Por lo tanto, Jesús es un personaje que comienza a perturbar a las autoridades religiosas porque sale de los esquemas establecidos. Esta es, por lo tanto, la necesidad de conocerlo y posiblemente de controlarlo. Creo que esa fue la misión que Nicodemo tuvo que llevar a cabo esa noche con Jesús fue para llevarlo de vuelta al camino correcto, es decir, en la tradición de los fariseos.

Este Nicodemo nos representa un poco a todos nosotros; somos personas vinculadas a tradiciones, a concepciones … personas buenas y sinceras, honestas, pero cuando se encuentran frente a la novedad de Jesús, intentamos por todos los medios de encasillarlo, es decir, convencernos de que, después de todo, lo que Jesús dice no es más que confirmar lo que siempre hemos pensado … ¡No!

Cuando Jesús llega desecha las tradiciones inventadas por los hombres, que no hay que mantener. Debemos entrar en la novedad que Jesús propone. Es precisamente el nuevo vino el que rompe los odres

viejos. ¿Por qué fue de noche? No porque se ocultara para no ser visto … ¡No! Tiene una misión que llevar a cabo; quiere ver si incluso puede convencer a Jesús que acepte la secta y las concepciones de los fariseos.

Los rabinos consideraron que la noche era el momento apropiado para dedicarse al estudio de la Torá, de la ley. Recordemos el Salmo 1: “El justo encuentra su gozo en la ley del Señor y medita su ley día y noche”. La noche es el momento adecuado para reflexionar, para buscar el significado de nuestra existencia, para dejar que esas preguntas más profundas hablen; preguntas que a menudo tratamos de silenciar, pero el silencio de la noche lo hace resurgir.

La noche es tiempo para pensar, reflexionar. De hecho, los dos comienzan su diálogo, pero Jesús inmediatamente toma la palabra y presenta el tema de nacer de nuevo, nacer desde arriba y Nicodemo comienza a sentirse perdido porque no había venido por este motivo. Su objetivo era otro. Entonces Jesús incluso comienza a hablar sobre esa imagen del Antiguo Testamento, Moisés que había levantado a la serpiente y dice que es así como el hijo del hombre debe ser elevado. En este punto, seguramente, Nicodemo ha comenzado a no entender nada; y, de hecho, a partir de este momento, ya no se habla más de él, sale de la escena. Había aparecido en la noche y desapareció en la noche.

Y Jesús continúa hablando en lo que ahora parece ser un monólogo en el que nos ofrece una maravillosa revelación. Lo vamos a disfrutar porque habla del rostro del Padre.

Escuchemos:

En aquel tiempo dijo Jesús: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna”.

Jesús habló con Nicodemo sobre un nuevo nacimiento; luego dijo que el hijo del hombre tenía que ser elevado y en ese momento Nicodemo no debe haber entendido nada. Él había venido para hablar a Jesús de otra cosa; quería aclarar la posición de Jesús con respecto a la Torá, a la observancia de las tradiciones y, al final, debe haberse ido bastante decepcionado.

Esto no terminará su relación con Jesús porque, más tarde, el evangelista Juan nos recuerda que hubo una discusión entre Nicodemo y sus colegas fariseos, y en cierto momento Nicodemo dice: “¿Se puedes condenar a una persona de acuerdo con nuestra ley, sin haberlo oído primero?”. Le dirán: “Cállate, estudia y te darás cuenta de que el Mesías no viene de Galilea”. Y lo toman por ignorante, a él que era el líder de los fariseos. Y luego Nicodemo volverá a aparecer en el Calvario, en el momento del entierro de Jesús, cuando traerá esos 45 kilos de mirra y áloe para ungir el cuerpo de Jesús.

El monólogo que se nos presenta en el Evangelio de hoy es, probablemente, una reflexión de la comunidad primitiva que, iluminada por el Espíritu, entendió la revelación del rostro de Dios que había sido dada por Jesús. Entendió, después de Pascua, la verdad acerca de Dios, que los primeros discípulos aprendieron de Jesús, por lo que el evangelista coloca correctamente esta revelación del rostro de Dios en boca de Jesús.

Los paganos imaginaron su divinidad, sus divinidades como caprichosos, celosos de su vida inmortal. Los dioses habían destinado los hombres a la muerte, pero la vida que nunca termina estaba reservada para ellos. Luego, querían ser servidos por los hombres, concedían sus favores a quienes les ofrecían algún sacrificio. Esta fue la concepción pagana del rostro de Dios.

Por su parte, los hebreos creían especialmente en el Dios legislador, el juez justo, que separaba los buenos de los malos, los justos de los injustos, amaba a unos y odiaba al otros. Creo que estas concepciones de Dios, un poco como la pagana, un poco como la farisaica, todavía está presente en buena parte, incluso en la concepción cristiana del rostro de Dios. Los corazones de estos cristianos no han sido purificados aún por la revelación del Dios que nos hizo Jesús. Solo pensar en cuántos cristianos todavía piensan que se deben ofrecer sacrificios a Dios y que uno puede y debe dar algo para Él … ¡No!

A Dios no podemos darle nada, al menos al Dios de Jesús de Nazaret. Del Dios de Jesús de Nazaret recibimos todo gratuitamente. Y está también un poco presente la concepción judía de ver en Dios a un Dios justiciero; percepción que todavía tienen muchos cristianos. Es difícil borrar esta mentalidad en muchos cristianos para quienes el Dios justo es el que premia a los buenos y castiga a los que se han equivocado en la vida. No es el Dios de Jesús de Nazaret quien hace estas cosas. Jesús nos presenta al Padre.

Y lo presenta con dos verbos que lo describen. El primero: Ama. El Dios “que amó tanto al mundo”… la palabra griega es “agapán”, es la primera vez que aparece en el Evangelio de Juan. Luego aparecerá otras 35 veces más. Amar = “Agapán” significara: amor totalmente libre, que nace de dentro, una necesidad interior de hacer el bien y solo el bien; dispuesto, incluso, a darlo todo, incluso la vida para hacer feliz a alguien, para dar vida. Esto es ‘agapán’. ‘Dios ama tanto al mundo’: la palabra, el verbo que lo define es ‘amar’. Ama al ‘mundo’: este término aparece 78 veces en el Evangelio según Juan y tiene varios significados.

Puede significar el mundo que conocemos, la humanidad, pero en este contexto del texto de hoy indica la humanidad marcada por el pecado, enemiga de Dios, rebelde. Dios ama inmensamente al mundo. Esta humanidad. Así como es. Recordamos lo que dice el libro del Génesis, en el capítulo seis, cuando describe la maldad de los hombres que era grande en la tierra y la conducta del hombre no era más que maldad. La tierra estaba corrupta delante ante Dios, llena de violencia.

Y en ese texto del Génesis hay un antropomorfismo que nos asusta un poco porque dice: “El Señor se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra y le pesó de corazón” (Gén 6,6). Este ‘antropomorfismo’ es una expresión muy audaz, pero es para dar una idea de cuánto se había distanciado la humanidad del Señor. Este es el mundo, esta es la humanidad que Dios ama, a la cual Dios ha amado tanto … a esta humanidad, a este mundo, a esa humanidad que rechaza, incluso hoy, el plan de amor del Padre y Dios siempre la ha amado, incluso cuando esta humanidad ha tomado posesión del árbol del conocimiento del bien y del mal. La humanidad no confiaba en Él; decidió por su cuenta porque era autosuficiente; no necesitaba a Dios … podía prescindir de Dios … Y Dios la ha amado, incluso cuando esta humanidad consideraba a Dios como su enemigo. Y la humanidad no interpretó la Torá que Dios le dio como el camino de la vida, sino como un impedimento para la realización de la propia libertad, de la propia alegría.

El Dios de Jesús ha amado desde siempre a esta humanidad y no ha hecho nada más que amar. Todas las otras cosas que querían que Dios hiciera están fuera de este amor, que es su única vida. ¡Dios ama a esta humanidad! Luego tenemos el segundo verbo: “entregó”, dio el mayor regalo que tuvo … su Unigénito … El verbo “dídomin” … que se usa aquí, indica el regalo gratuito que él ha hecho. El objetivo: ‘Para que quien crea en este Unigénito no se pierda, sino tenga vida eterna’. Tratemos de entender bien lo que Jesús nos está diciendo. Es necesario creer en este Unigénito, porque fue enviado a propósito para que obtengamos la vida eterna, para recibirla como un regalo.

Creer en el hijo Unigénito no significa creer solo que Jesús existió, o que él era una persona extraordinaria. Creer significa aceptarlo como modelo de hombre, aceptar ser parte de este proyecto de nueva humanidad, que tiene al amor como su programa. Creer en Jesús significa vivir como él; dejar que la vida divina que nos fue dada, se manifieste como se ha revelado en plenitud en Jesús de Nazaret. Jesús fue impulsado por esta vida divina que es amor y manifestada totalmente a lo largo de su vida.

Y esta vida nos fue dada también a todos nosotros. Creer significa aceptarla y dejar que se manifieste en lo concreto de nuestra existencia. Esta vida divina que se llama vida eterna, no es el ’bios’, la vida biológica, es otra vida, es la vida del Eterno. No es eterna en el sentido de duración (tiempo). A veces imaginamos la vida eterna como continuación de esta vida: ‘sí, se muere, pero después recuperas la vida’… ¡No! Esta vida se acaba.

Lo que Jesús nos da es la vida del Eterno, la vida divina y esto no es eterno en duración sino porque es indestructible, porque es de una calidad totalmente diferente de lo biológico. Tal vez imaginamos la vida eterna como una recompensa que se nos da cuando morimos, si nos hemos portado bien … ¡No! La vida eterna nos es dada hoy, inmediatamente. Cuando la vida biológica termina, somos inmortales porque esta vida ‘eterna’ no es tocada. Es lo que Jesús dice: “Quien cree en mí no muere”. Es la realización de lo que Jesús acaba de decirle a Nicodemo: es necesario nacer de nuevo, no volver al seno de la madre otra vez, como Nicodemo pensaba … ¡No! es necesario nacer de lo alto, es decir, acoger esta vida divina. Esto significa creer en el Unigénito. Fue enviado por el Padre para darnos esta vida.

Por lo tanto, este es el rostro del Padre, el que ama, el que da y no agreguemos nada más porque hemos inventado muchas cosas que le hemos atribuido al Padre Celestial y que no tienen nada que ver con él. Este es el único rostro de Dios. Todas las otras imágenes que inventamos son paganas.

Y ahora Jesús continúa contándonos la razón por la que él, el Hijo Unigénito ha sido enviado al mundo: 

Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios.

¿Por qué Padre Celestial envió a su Hijo Unigénito al mundo? En primer lugar, tengamos siempre presente que cuando en el mundo semítico se dice que alguien es hijo de un padre, más que engendrado por, se entiende ‘similar a’, el padre reconoce sus rasgos en el hijo, no solo en los rasgos externos, sino en todos los valores que fueron cultivados por el padre y que fueron inculcados en el hijo.

Cuando hablamos del Unigénito, a quien el Padre envió a este mundo, entendemos que el Padre envió a su imagen perfecta y ¿cómo se reveló este Padre en el Hijo Unigénito? Amor; solo por amor. Por eso dice que ‘no fue enviado al mundo para condenar al mundo’. Por tanto, quedan eliminadas cualquier sentencia de condena a la humanidad malvada. No confundamos la condenación se algo que se hizo mal, con la condenación de las personas malvadas.

Las personas nunca son condenadas. No es el Dios de Jesús de Nazaret el que condena, ese es el dios pagano … el Dios de Jesús de Nazaret ahora nos dice lo que hace, pero en primer lugar dice lo que no hace … así que saquémonos de la cabeza la idea de que Dios condena a las personas. Todos son sus hijos e hijas.

Quizás tenemos una imagen de Dios-Padre muy desfigurada; ellos siempre permanecen sus hijos e hijas. Lo que se condena es el mal que hace esta humanidad; esto es lo que está condenado porque este mal destruye la vida divina, la desfigura en sus hijos e hijas y, por lo tanto, Dios es el primero que odia este mal, pero no odia ni condena a ninguno de sus hijos e hijas. Dios no es un juez que condena a la humanidad, sino un Amor que comunica vida. Supongo que Nicodemo no ha estado presente cuando Jesús dijo estas cosas, porque ¡se hubiese desmayado!

El Dios que se revelaba en Jesús no se parecía en lo más mínimo al Dios a quien la catequesis rabínica había inculcado en la mente, en el corazón, de un fariseo. El Unigénito ha sido enviado al mundo para que el mundo pueda salvarse a través de él. Ninguna condenación; salvación … solo salvación. ¿Qué significa este verbo ‘salvar’, que ocurre muy a menudo en la Biblia? En el Antiguo Testamento se dice ‘iashá’ de donde que viene el nombre de Jesús ‘Joshuá’ = el que salva. Aparece 241 veces en el Antiguo Testamento y más de 100 veces en el Nuevo Testamento.

En la biblia ‘salvar’ significa: proteger, liberar de lo que te impide vivir; significa ser salvado de la opresión, salvado de las condiciones que nos hacen esclavos porque quien es esclavo no puede vivir plenamente, su existencia está condicionada. Israel estaba en Egipto, tenía carne, cebolla, pero no era libre, por lo tanto, no podía vivir. Dios los liberó. Y cuando Israel estaba esclavo de Babilonia Dios los liberó. Aquí tenemos, entonces, al verbo liberar; significa: salvar, es precisamente liberar de cualquier forma de esclavitud.

El Hijo Unigénito vino para salvarnos de esta esclavitud, y nos libera. Conocemos muy bien a estas esclavitudes; son todas esas que nos impiden vivir como hijos e hijas de Dios, es decir, dejar que expresemos la vida divina que nos ha dado, y es la vida del amor. ¿Qué es lo que estropea esta vida? Son, por ejemplo, el apego al dinero; si pensamos solo en el dinero, en la acumulación, somos esclavos del dinero, no podemos amar. No damos todo a los necesitados. Si pensamos solo en nosotros mismos somos esclavos de nuestro egoísmo, no podemos vivir y ¡vivir es amar! Jesús vino para liberarnos de todas estas esclavitudes. Si solo hago lo que me gusta … ¿Soy libre?

A menudo pensamos que la libertad es poder hacer lo que uno quiere … ¡No! Si soy esclavo de mi codicia, quiero imponerme, quiero dominar, no soy un hombre, no expreso la vida que caracteriza al hombre, que es el amor. El Hijo Unigénito vino a salvarnos, pero no a salvarnos al final de la vida introduciéndonos en el paraíso, tal vez después de que nos arrepintamos y hayamos hecho una buena confesión. ¡No!

La salvación es hoy porque de lo contrario, si no nos dejamos salvar, no nos dejamos liberar de todos nuestros ídolos, no vivimos como personas. “Y los que creen en él no están condenados y los que no creen ya están condenados, porque no creyeron en el nombre del Hijo Unigénito de Dios”.

¿Qué se entiende por esta condenación? Porque Jesús ya ha dicho que no condena. El que cree en él no es condenado. Es decir, si uno confía y acoge esta vida y deja que se exprese como se expresa en plenitud en Jesús, esa persona vive. Si, por otro lado, no confía y no acepta la propuesta del hombre hecha por Jesús, no es que Dios lo condene; él está condenado, es decir, se condena a la no vida. Jesús no dice que será castigado por Dios. Les ruego tomen conciencia de esto: Jesús dice comprendan que si no aceptas la propuesta de hombre que te hace, tú te condenas a la no vida.

Y, por lo tanto, tengamos esto en cuenta, no es que ‘será condenado’, está condenado hoy si uno no acepta la propuesta hecha por Jesús, por lo tanto, no hay condena de parte de Dios. Hay una propuesta positiva de vida y quien la acoge está en la plenitud de la vida; quien la rechaza, rechaza esta plenitud de vida y por lo tanto va en contra de su interés, va en contra de sus aspiraciones más profundas, porque sofoca la vida divina que se le ha dado.

Después de acoger alegremente esta revelación de Dios que es amor incondicional, les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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