VIGÉSIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO LUNES

SE MARCHÓ TRISTE

Ciclo del Leccionario: I

Introducción

Oración Colecta
Señor Dios nuestro:
Estamos deseosos de seguir a tu Hijo
a dondequiera nos lleve,
pero no si tenemos que renunciar
a nuestros pequeños o grandes apegos
a cosas o a personas.
Oh Dios, danos la mentalidad de tu propio Hijo
y su Espíritu de valor y entrega,
para que con Jesús no temamos las consecuencias
de entregarnos a tu Pueblo y a ti.
Sé tú nuestro único Dios y nuestro todo en la vida,
ahora y por los siglos de los siglos.

Primera Lectura

Jue 2,11-19

 Con la Primera Lectura de hoy, tomamos por algunos días el libro de los Jueces. Su autor nos ofrece una especie de teología de la historia de los israelitas en cuatro etapas: El Pueblo abandona al Dios de la Alianza y sirve a los ídolos de Canaán. Dios se enoja por la infidelidad del Pueblo. Para su castigo, los entrega al dominio y a la explotación de los cananeos. Entonces el Pueblo recobra el juicio y clama a Dios pidiendo misericordia. Dios escucha su clamor y les da un líder, un “Juez”, para liberarlos y por un tiempo sirven fielmente a Dios, hasta que el ciclo comienza de nuevo... También la Iglesia conoce tiempos de mayor fervor y renovación espiritual, alternando con tiempos de estancamiento y reincidencia.

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Gran Introducción

Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba: dieron culto a los ídolos,

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abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que los había sacado de Egipto, y se fueron detrás de otros dioses, dioses de las naciones vecinas, y los adoraron, irritando al Señor.

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Abandonaron al Señor y dieron culto a Baal y a Astarté.

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El Señor se encolerizó contra Israel: los entregó a bandas de saqueadores, que los saqueaban; los vendió a los enemigos de alrededor, y los israelitas no podían resistirles.

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En todo lo que emprendían, la mano del Señor se les ponía en contra, exactamente como él les había dicho y jurado, llegando así a una situación desesperada.

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Entonces el Señor hacía surgir jueces, que los libraban de las bandas de salteadores;

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pero ni a los jueces hacían caso, sino que se prostituían con otros dioses, dándoles culto, desviándose muy pronto de la senda por donde habían caminado sus padres, obedientes al Señor. No hacían como ellos.

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Cuando el Señor hacía surgir jueces, el Señor estaba con el juez, y mientras vivía el juez, los salvaba de sus enemigos, porque le daba lástima oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores.

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Pero en cuanto moría el juez, recaían y se portaban peor que sus padres, yendo tras otros dioses, rindiéndoles adoración; no se apartaban de sus maldades ni de su conducta obstinada.

Aclamación antes del Evangelio

Mateo 5, 3

R. Aleluya, aleluya.
Dichosos los pobres de espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos.
R. Aleluya.

Evangelio

Mateo 19, 16-22

 Seguramente el joven del evangelio de hoy nos da lástima por no tener el valor de renunciar a su riqueza por un bien superior. Era un joven recto, lleno de buena voluntad, deseoso de una vida más allá de la mediocridad y de la autosatisfacción. Sin embargo, cuando Jesús lo llama y lo desafía, no tiene el coraje de renunciar voluntariamente a sus posesiones para ser totalmente feliz. Pero ¿somos acaso nosotros mejores que él? ¿Estamos dispuestos a compartir lo nuestro, hasta que duela, también a costa de nosotros mismos?

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El joven rico

Luego se le acercó uno y le dijo:
—Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna?

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Jesús le contestó:
—¿Por qué me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el bueno. Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos.

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El joven le preguntó:
—¿Cuáles?
Jesús le dijo:
—No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no perjurarás,

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honra a tu padre y a tu madre, y amarás al prójimo como a ti mismo.

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El joven le dijo:
—Todo eso lo he cumplido, ¿qué me queda por hacer?

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Jesús le contestó:
—Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme.

22

Al oírlo, el joven se fue triste, porque era muy rico.

Oración de los Fieles

– Por las personas que sienten gran dificultad en compartir sus riquezas. Para que el Señor abra sus ojos y su corazón a las necesidades de sus hermanos, roguemos al Señor.
– Por los que oyen que el Señor los llama a vocaciones especiales de entrega y servicio en la Iglesia. Para que sepan responder generosamente a ese llamado y luego perseveren fielmente en su respuesta, roguemos al Señor.
– Por todos nosotros. Para que sepamos apreciar los dones de Dios con sincera gratitud y los pongamos al servicio del bien común, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor, Dios nuestro:
En este pan y este vino
acogemos a tu Hijo en medio de nosotros.
Que, al ponerse él mismo en nuestras manos,
enteramente y sin retener nada para sí,
nos dé la fuerza para seguirlo hasta el fin,
sin mirar atrás y sin considerar los sacrificios,
porque él es nuestro Dios y Señor
por los siglos de los siglos.

Oración después de la Comunión
Dios y Señor nuestro:
Tú has saciado nuestra hambre espiritual,
hambre de alimento perenne.
Que ésta sea hambre de ti,
de la vida en su plenitud;
hambre que no se pueda acallar.
Danos el valor de sacrificar todo
por Jesús y su Evangelio,
para que, con él, te demos
no solo lo mejor que tenemos,
sino todo nuestro ser, nuestro todo,
por el poder de Jesucristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: El joven del evangelio preguntó a Jesús: “¿Qué me falta?” Quizás nosotros pensemos, de buena fe y sin vanagloriarnos, que hemos hecho mucho por el Señor. Pero cabe preguntarnos: ¿Nos hemos dado a nosotros mismos? ¿Qué hay ahí en nosotros a lo que no hemos renunciado todavía? Que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

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