TERCERA SEMANA DE PASCUA SÁBADO
Otras Celebraciones para este Día:
Ciclo del Leccionario: I,II
Introducción
“SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?”
Oración Colecta
Oh Dios de la Alianza, siempre fiel:
En las múltiples opciones que tenemos que tomar cada día
danos el valor de optar siempre
por tu Hijo y su forma de vida
y de permanecer siempre cercanos e íntimos a él.
Bendice el camino difícil que a veces tenemos que tomar
sin ver claro a dónde nos conducirá.
Líbranos de tomar decisiones poco entusiastas
cuando nuestra fe sea más bien débil
y haznos aceptar todas las consecuencias de nuestra opción.
Consérvanos siempre fieles,
por Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura
Tan pronto como hubo paz, la Iglesia del Señor Resucitado siguió creciendo en la Tierra Santa. Bajo la guía del Espíritu Santo, Pedro continúa la misión de Jesús: habla, cura, devuelve la vida.
Conversión de Pablo
Saulo, respirando amenazas contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote
y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco autorizándolo para llevar presos a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres y mujeres.
Iba de camino, ya cerca de Damasco, cuando de repente lo deslumbró una luz que venía del cielo.
Cayó en tierra y oyó una voz que le decía:
—Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Contestó:
—¿Quién eres, Señor?
Le dijo:
—Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
Ahora levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que debes hacer.
Los acompañantes se detuvieron mudos, porque oían la voz pero no veían a nadie.
Saulo se levantó del suelo y, al abrir los ojos, no veía. Lo tomaron de la mano y lo hicieron entrar en Damasco,
donde estuvo tres días, ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. En una visión le dijo el Señor:
—¡Ananías!
Respondió:
—Aquí me tienes, Señor.
Y el Señor le dijo:
—Encamínate a la Calle Mayor y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso: lo encontrarás orando.
En una visión Saulo contemplaba a un tal Ananías que entraba y le imponía las manos y en ese momento recobraba la vista.
Ananías respondió:
—Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y contar todo el daño que ha hecho a los consagrados de Jerusalén.
Ahora está autorizado por los sumos sacerdotes para arrestar a los que invocan tu nombre.
Le contestó el Señor:
—Ve, que ése es mi instrumento elegido para difundir mi nombre entre paganos, reyes e israelitas.
Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre.
Salió Ananías, entró en la casa y le impuso las manos diciendo:
—Saulo, hermano, me envía el Señor Jesús, el que se te apareció cuando venías por el camino, para que recobres la vista y te llenes de Espíritu Santo.
Al instante se le cayeron de los ojos como unas escamas, recobró la vista, se levantó, se bautizó,
comió y recobró las fuerzas. Y se quedó unos días con los discípulos de Damasco.
Muy pronto se puso a proclamar en las sinagogas que Jesús era el Hijo de Dios.
Todos los oyentes comentaban asombrados:
—¿No es éste el que perseguía en Jerusalén a los que invocan dicho nombre y ha venido acá para llevárselos presos ante los sumos sacerdotes?
Pero Saulo iba ganando fuerza y confundía a los judíos que vivían en Damasco, afirmando que Jesús era el Mesías.
Pasados bastantes días los judíos decidieron eliminarlo;
pero Pablo se enteró de su plan. Y, como los judíos custodiaban las puertas de la ciudad día y noche para eliminarlo,
una noche los discípulos lo descolgaron por el muro, escondido en una canasta.
Pablo en Jerusalén
Al llegar a Jerusalén, intentaba unirse a los discípulos; pero ellos le tenían miedo, porque no creían que fuera discípulo.
Bernabé, haciéndose cargo de él, se lo presentó a los apóstoles y él les contó cómo había visto al Señor en el camino, cómo le había hablado y con qué franqueza había anunciado en Damasco el nombre de Jesús.
Saulo se quedó en Jerusalén, moviéndose libremente; anunciaba valientemente el nombre de Jesús,
conversaba y discutía con los judíos de lengua griega, pero estos tramaban su muerte.
Sus hermanos, al enterarse lo acompañaron hasta Cesarea y lo enviaron a Tarso.
La Iglesia entera de Judea, Galilea y Samaría gozaba de paz, se iba construyendo, vivía en el temor del Señor y crecía animada por el Espíritu Santo.
Sanación de Eneas
En uno de sus viajes bajó Pedro a visitar a los consagrados que habitaban en Lida.
Encontró a un tal Eneas, que llevaba ocho años en cama paralítico.
Pedro le dijo:
—Eneas, Jesucristo te sana. Levántate y arregla la cama.
Al instante se levantó.
Todos los vecinos de Lida y Sarón lo vieron y se convirtieron al Señor.
Resurrección de Tabita
En Jafa vivía una discípula llamada Tabita –que significa gacela–: repartía muchas limosnas y hacía obras de caridad.
Sucedió por entonces que cayó enferma y murió. La lavaron y la colocaron en el piso superior.
Como Lida está cerca de Jafa, los discípulos, oyendo que Pedro se encontraba allí, enviaron dos hombres a buscarlo:
—Ven por acá sin tardanza.
Pedro se fue con ellos. Al llegar, lo llevaron al piso de arriba. Las viudas lo rodearon y llorando le mostraban las túnicas y mantos que hacía Gacela mientras vivía con ellas.
Pedro hizo salir a todos, se arrodilló y rezó; después, vuelto hacia el cadáver, ordenó:
—Gacela, levántate.
Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó.
Él le dio la mano y la hizo levantar. Después llamó a los consagrados y a las viudas y se la presentó viva.
El hecho se supo en toda Jafa, y muchos creyeron en el Señor.
Pedro se quedó algún tiempo en Jafa, en casa de Simón el curtidor.
Pedro y Cornelio
Vivía en Cesarea un tal Cornelio, capitán de la cohorte itálica;
hombre piadoso, que veneraba a Dios con toda su familia. Hacía muchas limosnas al pueblo y oraba constantemente a Dios.
A eso de las tres de la tarde, vio claramente en una visión a un ángel de Dios que entraba en su habitación y le decía:
—Cornelio.
Él lo miró asustado y dijo:—¿Qué quieres, Señor?Le contestó:
—Tus oraciones y limosnas han subido a la presencia de Dios y son tenidas en cuenta.
Ahora envía gente a Jafa, a buscar a un tal Simón, por sobrenombre Pedro.
Se aloja en casa de Simón el curtidor, al lado del mar.
Cuando se marchó el ángel que le hablaba, llamó a dos criados y a un soldado piadoso y de confianza,
les explicó el asunto y los envió a Jafa.
Al día siguiente, mientras ellos iban de camino y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la azotea para orar. Como era cerca del mediodía,
sintió apetito y quiso comer algo. Mientras se lo preparaban, cayó en éxtasis.
Vio el cielo abierto y un objeto como un mantel enorme, descolgado por las cuatro puntas hasta el suelo:
contenía toda clase de cuadrúpedos, reptiles y aves.
Y oyó una voz:
—¡Vamos, Pedro, mata y come!
Pedro respondió:
—De ningún modo, Señor; nunca he probado un alimento profano o impuro.
Por segunda vez sonó la voz:
—Lo que Dios declara puro tú no lo tengas por impuro.
Esto se repitió tres veces y enseguida el objeto fue elevado al cielo.
Mientras Pedro, desconcertado, se interrogaba sobre el significado de la visión, los enviados de Cornelio que habían preguntado por la casa de Simón, se presentaron a la puerta,
y preguntaron si se alojaba allí Simón, de sobrenombre Pedro.
Pedro seguía dándole vueltas a la visión, cuando el Espíritu le dijo:
—Mira, tres hombres preguntan por ti.
Levántate, baja y sin dudarlo vete con ellos, porque yo los he enviado.
Pedro bajó a donde estaban y les dijo:
—Soy yo el que buscan, ¿para qué vinieron?
Contestaron:
—El capitán Cornelio, hombre honrado que venera a Dios, apreciado por todo el pueblo judío, ha recibido de un ángel santo el encargo de llamarte y escuchar tus palabras.
Pedro los hizo entrar y les dio alojamiento.
Al día siguiente se puso en camino con ellos, acompañado de algunos hermanos de Jafa. Al otro día llegaron a Cesarea. Cornelio los estaba esperando y había reunido a sus parientes y amigos íntimos.
Cuando Pedro entró, Cornelio le salió al encuentro, y se arrodilló a sus pies en señal de veneración.
Pedro lo levantó y le dijo:
—Levántate, que yo no soy más que un hombre.
Conversando con él, entró y encontró a muchos reunidos,
entonces se dirigió a ellos diciendo:
—Ustedes saben que a cualquier judío le está prohibido juntarse o visitar a personas de otra raza. Pero Dios acaba de enseñarme que no se debe considerar profano o impuro a ningún hombre.
Por eso, cuando me llamaron, vine sin dudarlo. Ahora deseo saber para qué me han llamado.
Cornelio contestó:
—Hace tres días, a esta hora, estaba yo recitando la oración de la tarde en mi casa, cuando un hombre con un traje resplandeciente se presentó ante mí
y me dijo: Cornelio, tu oración y tus limosnas han sido escuchadas por Dios y son tenidas en cuenta.
Envía gente a Jafa y llama a Simón, por sobrenombre Pedro, que se aloja en casa de Simón el curtidor, junto al mar.
Enseguida te hice llamar y tú has tenido la bondad de venir. Estamos todos en presencia de Dios dispuestos a escuchar lo que el Señor te ha mandado decirnos.
En casa de Cornelio
Pedro tomó la palabra:
—Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas sino que,
acepta a quien lo respeta y practica la justicia, de cualquier nación que sea.
Él comunicó su palabra a los israelitas y anuncia la Buena Noticia de la paz por medio de Jesús, el Mesías, que es Señor de todos.
Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan.
Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén.
Ellos le dieron muerte colgándolo de un madero.
Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese,
no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección.
Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos.
Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él, en su nombre reciben el perdón de los pecados.
Pedro no había acabado de hablar, cuando el Espíritu Santo bajó sobre todos los oyentes.
Los creyentes convertidos del judaísmo se asombraban al ver que el don del Espíritu Santo también se concedía a los paganos;
ya que los oían hablar en diversas lenguas y proclamar la grandeza de Dios.
Entonces intervino Pedro:
—¿Puede alguien impedir que se bauticen con agua los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?
Y ordenó que los bautizaran invocando el nombre de Jesucristo. Ellos le rogaron que se quedaran unos días.
Informe de Pedro en Jerusalén
Los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los paganos habían aceptado la Palabra de Dios.
Cuando Pedro subió a Jerusalén, los judíos convertidos discutían con él
diciendo que había entrado en casa de incircuncisos y había comido con ellos.
Pedro les contó detalladamente lo sucedido:
—Estaba yo orando en Jafa, cuando tuve una visión en éxtasis: un objeto, como un mantel enorme, se descolgaba por las cuatro puntas desde el cielo y llegaba hasta mí.
Me fijé atentamente y vi cuadrúpedos, fieras, reptiles y aves.
Oí una voz que me decía: ¡Pedro, levántate, mata y come!
Contesté: De ningún modo, Señor, yo nunca he comido nada profano o impuro.
Por segunda vez me habló la voz desde el cielo: Lo que Dios declara puro tú no lo declares impuro.
Esto sucedió tres veces y después todo fue llevado otra vez hacia el cielo.
El Espíritu me ordenó ir con ellos sin dudarlo. Me acompañaron estos seis hermanos y entramos en casa de aquel hombre.
Él nos explicó que había visto en casa un ángel de pie que le decía: Envía gente a Jafa y haz venir a Simón, por sobrenombre Pedro,
el cual te dirá palabras que serán la salvación tuya y de tu familia.
Apenas empecé a hablar, cuando bajó sobre ellos el Espíritu Santo, como al principio sobre nosotros.
Yo me acordé de lo que había dicho el Señor: Juan bautizó con agua, ustedes serán bautizados con Espíritu Santo.
Ahora bien, si Dios les concedió el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor, Jesucristo, ¿quién era yo para estorbar a Dios?
Al oír el relato se calmaron y dieron gloria a Dios diciendo:
—Dios también ha concedido a los paganos el arrepentimiento que conduce a la vida.
La Iglesia de Antioquía
Los que se habían dispersado durante la persecución ocasionada por Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, anunciando el mensaje solamente a los judíos.
Entre ellos había algunos chipriotas y cireneos que, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar a los griegos anunciándoles la Buena Noticia del Señor Jesús.
La mano del Señor los apoyaba, de modo que un gran número creyó y se convirtió al Señor.
La noticia llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén, que envió a Bernabé a Antioquía.
Al llegar y comprobar la gracia de Dios, se alegró
y, como era hombre bueno, lleno de fe y de Espíritu Santo, exhortó a todos a ser fieles al Señor de todo corazón. Un buen número de personas se incorporó al Señor.
Bernabé marchó a Tarso en busca de Saulo,
y cuando lo encontró, lo condujo a Antioquía. Un año entero actuaron en aquella Iglesia instruyendo a una comunidad numerosa. En Antioquía los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos.
Por aquel tiempo bajaron unos profetas de Jerusalén a Antioquía.
Uno de ellos, llamado Ágabo, se alzó inspirado y predijo una gran carestía universal –que sobrevino en tiempo de Claudio–.
Entonces los discípulos decidieron enviar, cada cual según sus posibilidades, una ayuda a los hermanos que habitaban en Judea.
Y así lo hicieron enviando las limosnas a los ancianos por medio de Bernabé y Saulo.
Martirio de Santiago – Pedro encarcelado
Por aquel tiempo el rey Herodes emprendió una persecución contra algunos miembros de la Iglesia.
Hizo degollar a Santiago, el hermano de Juan.
Y, viendo que esto agradaba a los judíos, hizo arrestar a Pedro durante las fiestas de los Ázimos.
Lo detuvo y lo metió en la cárcel, encomendando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Su intención era exponerlo al pueblo pasada la Pascua.
Mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, la Iglesia rezaba fervientemente a Dios por él.
La noche anterior al día en que Herodes pensaba presentarlo al pueblo, Pedro dormía entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, mientras los centinelas hacían guardia ante la puerta de la cárcel.
De repente se presentó un ángel del Señor y una luz resplandeció en el calabozo. El ángel tocó a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo:
—Levántate rápido.
Se le cayeron las cadenas de las manos
y el ángel le dijo:
—Ponte el cinturón y cálzate las sandalias.
Así lo hizo.
Luego añadió:
—Cúbrete con el manto y sígueme.
Salió Pedro detrás de él, sin saber si lo del ángel era real, porque le parecía que aquello era una visión.
Pasaron la primera guardia y la segunda, llegaron a la puerta de hierro que daba a la calle, que se abrió por sí sola. Salieron y, cuando llegaron al extremo de una calle, el ángel se alejó de él.
Entonces Pedro, volviendo en sí, comentó:
—Ahora entiendo de veras que el Señor envió a su ángel para librarme del poder de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo judío.
Ya recobrado, se dirigió a casa de Maria, la madre de Juan, de sobrenombre Marcos, donde unos cuantos se habían reunido para orar.
Golpeó la puerta, y una criada llamada Rosa salió a abrir.
Al reconocer la voz de Pedro, de pura alegría, no le abrió, sino que corrió a anunciar que Pedro estaba ante el portal.
Le dijeron:
—¡Estás loca!
Pero ella insistía en que era cierto.
Replicaron:
—Será su ángel.
Pedro seguía llamando. Le abrieron y cuando lo vieron no salían de su asombro.
Él hizo un gesto con la mano para que se callaran y les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel.
Y añadió:
—Hagan saber esto a Santiago y a los hermanos.
Después salió y se dirigió a otro lugar.
Cuando se hizo de día los soldados estaban muy confundidos por lo que había pasado con Pedro.
Herodes lo buscó y, al no encontrarlo, interrogó a los guardias y los hizo ejecutar. Después, bajó de Judea y se quedó en Cesarea.
Muerte de Herodes
Herodes estaba enemistado con los habitantes de Tiro y Sidón. Ellos, de común acuerdo, se presentaron al rey, se ganaron a Blasto, camarero real, y pidieron la paz; ya que su país recibía las provisiones del territorio del rey.
El día convenido, Herodes, vestido con traje real se sentó en su trono y les dirigió la palabra,
el pueblo aclamaba:
—¡Ésta es voz de dios, no de hombre!
De improviso lo hirió el ángel del Señor, por no haber reconocido la gloria de Dios, y murió comido de gusanos.
La Palabra de Dios crecía y se difundía.
Bernabé y Saulo, acabada su misión, se volvieron a Jerusalén, llevando consigo a Juan, de sobrenombre Marcos.
Misión de Pablo y Bernabé
En la Iglesia de Antioquía había algunos profetas y doctores: Bernabé, Simeón el Negro, Lucio el Cireneo, Manajén, que se había criado con el tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo:
—Sepárenme a Bernabé y a Saulo para la tarea a la que los tengo destinados.
Ayunaron, oraron, e imponiéndoles las manos, los despidieron.
Así, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, de allí navegaron a Chipre y,
llegados a Salamina, anunciaban la Palabra de Dios en las sinagogas judías. Llevaban a Juan como colaborador.
Atravesando la isla, llegaron a Pafos, donde encontraron a un mago y falso profeta judío que se llamaba Barjesús.
Estaba en el séquito del gobernador Sergio Pablo, hombre inteligente, que había llamado a Bernabé y Saulo porque deseaba escuchar la Palabra de Dios.
Pero se les opuso el mago Elimas, que así se traduce su nombre, que procuraba apartar al gobernador de la fe.
Saulo, o sea Pablo, lleno de Espíritu Santo, lo miró fijamente
y le dijo:
—¡Gran embustero y embaucador, hijo del Diablo y enemigo de toda justicia! ¿Cuándo acabarás de retorcer los caminos rectos de Dios?
Mira, te herirá la mano de Dios y quedarás una temporada ciego sin ver el sol. Al instante lo invadió una niebla oscura y andaba a tientas buscando a alguien que le diera la mano.
Al ver lo sucedido, el gobernador profundamente impresionado ante la enseñanza del Señor, abrazó la fe.
En Antioquía de Pisidia
Navegando desde Pafos, Pablo y sus compañeros llegaron a Perge de Panfilia. Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén.
Ellos continuaron desde Perge hasta Antioquía de Pisidia, y entrando un sábado en la sinagoga, tomaron asiento.
Terminada la lectura de la ley y los profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir:
—Hermanos, si tienen alguna palabra de aliento para el pueblo, pueden decirla.
Pablo se levantó y, pidiendo silencio con la mano, dijo:
—Israelitas y todos los que temen a Dios, escúchenme:
El Dios de este pueblo, el Dios de Israel eligió a nuestros padres y engrandeció al pueblo mientras residía en Egipto. Más tarde, con brazo poderoso los sacó de allí
y durante cuarenta años los condujo por el desierto.
Aniquiló a siete pueblos paganos de Canaán y entregó su territorio en heredad a Israel,
por cuatrocientos cincuenta años; les dio jueces hasta el profeta Samuel.
Entonces pidieron un rey y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, que reinó cuarenta años.
Lo depuso y nombró rey a David, de quien dio testimonio: Encontré a David, el de Jesé, un hombre a mi gusto, que cumplirá todos mis deseos.
De la descendencia de David, según la promesa, sacó Dios a Jesús como salvador de Israel.
Antes de su llegada Juan predicó un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel.
Hacia el fin de su carrera mortal Juan dijo: Yo no soy el que ustedes creen; detrás de mí viene uno al que no tengo derecho a quitarle las sandalias de los pies.
Hermanos, descendientes de Abrahán, y todos los que temen a Dios: A ustedes se les envía este mensaje de salvación.
Los vecinos de Jerusalén y sus jefes no acogieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen cada sábado. Pero, al juzgarlo, las cumplieron.
Pidieron a Pilato que lo condenara, aunque no encontraron causa para una sentencia de muerte.
Cuando se cumplió todo lo escrito de él lo descolgaron del madero y le dieron sepultura.
Pero Dios lo resucitó de la muerte
y se apareció durante muchos días a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén. Ellos son hoy sus testigos ante el pueblo.
Y nosotros, les anunciamos a ustedes esta Buena Noticia: la promesa que Dios hizo a nuestros padres
fue cumplida por él a sus descendientes, que somos nosotros, resucitando a Jesús, como está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
Y que lo ha resucitado para que nunca se someta a la corrupción está anunciado así: Cumpliré las santas promesas hechas a David, aquellas que no pueden fallar.
Y en otro lugar dice: No permitirás que tu fiel sufra la corrupción.
Ahora bien, David, después de haber cumplido la voluntad de Dios durante su propia generación, murió, fue sepultado y sufrió la corrupción.
En cambio, el que Dios resucitó no sufrió la corrupción.
Sépanlo, hermanos, se les anuncia el perdón de los pecados por medio de él,
y todo el que crea será perdonado de todo lo que no pudo perdonar la ley de Moisés.
¡Tengan cuidado! Que no les suceda lo anunciado por los profetas:
Ustedes, los que desprecian,
llénense de estupor y ocúltense:
Porque en estos días
voy a realizar algo
que si alguien lo contara
no lo podrían creer.
Cuando salieron, les rogaban que siguieran exponiendo el tema el sábado siguiente.
Al disolverse la asamblea, muchos judíos y prosélitos devotos acompañaron a Pablo y Bernabé, quienes les hablaban e invitaban a mantenerse en el favor de Dios.
El sábado siguiente casi toda la población se congregó para escuchar la Palabra de Dios.
Pero los judíos, al ver la multitud, se llenaron de envidia y contradecían con insultos las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé hablaron con toda franqueza:—A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios. Pero, ya que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos.
Así nos lo ha ordenado el Señor:
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance
hasta el confín de la tierra.
Los paganos al oírlo se alegraron, glorificaron la Palabra de Dios y los que estaban destinados a la vida eterna, abrazaron la fe.
Y así la Palabra de Dios se difundió por toda la región.
Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas de clase alta y a los notables de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de sus fronteras.
Ellos, sacudieron el polvo de sus pies en señal de protesta contra aquella gente y se marcharon a Iconio.
Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.
En Iconio
En Iconio, Pablo y Bernabé, entraron juntos en la sinagoga judía y hablaron de tal manera que muchos judíos y griegos abrazaron la fe.
Los judíos no convertidos incitaron a los paganos y los pusieron en contra de los hermanos.
Durante una temporada se quedaron allí, y predicaban sin miedo confiados en el Señor que confirmaba su mensaje de gracia con milagros y señales que realizaba por medio de ellos.
La población se dividió: unos a favor de los judíos, otros a favor de los apóstoles.
Un grupo de paganos y judíos, con el apoyo de los jefes, se prepararon para maltratarlos y apedrearlos.
Al enterarse, los apóstoles escaparon a las ciudades de Licaonia, Listra, Derbe y sus alrededores.
Allí estuvieron anunciando la Buena Noticia.
En Listra
Había en Listra un hombre que tenía los pies paralizados, inválido de nacimiento, que nunca había caminado.
Escuchaba sentado lo que Pablo decía. Éste fijó en él la mirada y, viendo que tenía fe para salvarse,
le dijo en voz alta:
—Ponte derecho sobre los pies.Él dio un salto y se puso a caminar.
Al ver lo que había hecho Pablo, la gente empezó a gritar en lengua licaonia:
—¡Dioses en figura de hombres han bajado hasta nosotros!
A Bernabé lo llamaban Zeus y a Pablo Hermes, porque era el portavoz.
El sacerdote del templo de Zeus, que estaba a la entrada de la ciudad, trajo toros y guirnaldas a las puertas de la ciudad e intentaba ofrecer un sacrificio con la multitud.
Al oírlo, los apóstoles Bernabé y Pablo se rasgaron los vestidos y se lanzaron hacia la multitud gritando:
—¡Amigos! ¿Qué están haciendo? Nosotros también somos hombres igual que ustedes y les predicamos que deben abandonar los ídolos para convertirse al Dios vivo, que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto contienen.
Aunque en otros tiempos, Él permitió a los paganos seguir sus caminos;
nunca dejó de manifestarse como bienhechor, enviándoles lluvias desde el cielo, buenas cosechas, alimentándolos y teniéndolos contentos.
Con estas palabras apenas lograron impedir que la multitud les ofreciera sacrificios.
Pero unos judíos, venidos de Antioquía e Iconio, convencieron a la gente para que apedrease a Pablo. Luego dándolo por muerto, lo arrastraron fuera de la ciudad.
Los discípulos lo rodearon, él se levantó y entró en la ciudad.
De vuelta en Antioquía
Al día siguiente salió con Bernabé hacia Derbe. Después de anunciar la Buena Noticia en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía,
donde animaron a los discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que tenían que atravesar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.
En cada comunidad nombraban ancianos y con oraciones y ayunos los encomendaban al Señor en quien habían creído.
Después atravesaron Pisidia, llegaron a Panfilia,
predicaron el mensaje en Perge, bajaron a Atalía
y desde allí navegaron a Antioquía, desde donde habían partido encomendados a la gracia de Dios para realizar la obra que ahora habían acabado.
Al llegar, reunieron a la comunidad y les contaron lo que Dios había hecho por su medio y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe.
Y se quedaron una larga temporada con los discípulos.
El Concilio de Jerusalén
Algunos venidos de Judea enseñaban a los hermanos que, si no se circuncidaban según el rito de Moisés, no podían salvarse.
Pablo y Bernabé tuvieron una fuerte discusión con ellos; de modo que se decidió que Pablo y Bernabé con algunos más acudieran a Jerusalén, para tratar este asunto con los apóstoles y los ancianos.
Los enviados por la comunidad atravesaron Fenicia y Samaría, contando a los hermanos la conversión de los paganos y llenándolos de alegría.
Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la comunidad, los apóstoles y los ancianos, y les contaron lo que Dios había hecho por su medio.
Pero algunos de la secta farisea que habían abrazado la fe se levantaron y dijeron que era necesario circuncidar a los paganos convertidos y obligarlos a observar la ley de Moisés.
Los apóstoles y los ancianos se reunieron para examinar el asunto.
Luego de una agitada discusión, se levantó Pedro y les dijo:
—Hermanos, ustedes saben que desde el principio me eligió Dios entre ustedes, para que por mi medio los paganos escucharan la Buena Noticia y creyeran.
Dios, que conoce los corazones, mostró que los aceptaba dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros,
Él no hizo ninguna distinción entre unos y otros y los purificó por medio de la fe.
¿Por qué ahora, ustedes tientan a Dios imponiendo al cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos sido capaces de soportar?
Al contrario, nosotros creemos que tanto ellos como nosotros hemos sido salvados por la gracia del Señor Jesús.
Toda la asamblea en silencio se dispuso a escuchar a Bernabé y Pablo, que les contaron los milagros y señales que Dios había obrado por su medio entre los paganos.
Cuando se callaron, les contestó Santiago:
—Hermanos, les ruego que me escuchen.
Simón ha contado cómo Dios desde el principio dispuso elegir entre los pueblos paganos un pueblo consagrado a su nombre.
Eso concuerda con lo que anunciaron los profetas, como está escrito:
De nuevo reconstruiré
la choza caída de David,
la reconstruiré levantando sus ruinas,
para que el resto de los hombres
busque al Señor,
lo mismo que todas las naciones
que llevan mi nombre –dice el Señor–,
que da a conocer todo esto
desde antiguo.
Por tanto pienso que no hay que poner obstáculos a los paganos que se conviertan a Dios.
Basta encargarles que se abstengan de contaminarse con los ídolos, de las uniones ilegales y de comer carne de animales estrangulados o sangre.
Ya que Moisés tiene desde antiguo en cada población predicadores que lo leen los sábados en las sinagogas.
Entonces los apóstoles, los ancianos y la comunidad entera decidieron escoger algunos dirigentes de los hermanos, para enviarlos con Pablo, Bernabé, Judas, por sobrenombre Barsabás, y Silas a Antioquía.
Les dieron una carta autógrafa que decía:
—Los hermanos apóstoles y ancianos saludan a los hermanos convertidos del paganismo de Antioquía, Siria y Cilicia:
Nos hemos enterado de que algunos de los nuestros, sin nuestra autorización, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto.
Por eso hemos decidido de común acuerdo elegir unos delegados y enviárselos con nuestros queridos Bernabé y Pablo,
hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo.
Por eso les enviamos a Judas y Silas, que les explicarán esto de palabra.
Es decisión del Espíritu Santo y nuestra no imponerles ninguna carga más que estas cosas indispensables:
absténganse de alimentos ofrecidos a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de relaciones sexuales prohibidas. Harán bien si se privan de estas cosas. Adiós.
Ellos se despidieron, bajaron a Antioquía, reunieron a la comunidad y les entregaron la carta.
Cuando la leyeron, se alegraron por los ánimos que les daba.
Judas y Silas, que también eran profetas, animaron y confirmaron a los hermanos.
Pasada una temporada, se despidieron de los hermanos con la paz y se volvieron a los que los habían enviado.
[[Pero a Silas le pareció bien quedarse allí.]]
Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía, donde con otros muchos, enseñaban y anunciaban la Palabra de Dios.
Pablo y Bernabé se separan
Pasados unos días Pablo dijo a Bernabé:
—Volvamos a visitar a los hermanos de cada población donde hemos anunciado la Palabra del Señor, a ver cómo se encuentran.
Bernabé quería llevar consigo a Juan, de sobrenombre Marcos.
Pablo juzgaba que no debían llevar consigo a uno que los había abandonado en Panfilia y no los había acompañado en la tarea.
La discusión resultó tan violenta que se separaron, y Bernabé, tomando a Marcos, se embarcó para Chipre.
Pablo eligió a Silas y partió, encomendado al favor del Señor por los hermanos.
Atravesó Siria y Cilicia confirmando a las Iglesias.
Timoteo acompaña a Pablo y Silas
Así llegó a Derbe y Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, hijo de madre judía convertida y de padre griego,
muy estimado por los hermanos de Listra e Iconio.
Pablo quería llevarlo consigo; así que lo circuncidó, en consideración a los judíos que habitaban por allí, porque todos sabían que su padre era griego.
Al atravesar las poblaciones, les encargaban que observaran las normas establecidas por los apóstoles y los ancianos de Jerusalén.
Las Iglesias se robustecían en la fe y crecían en número cada día.
Como el Espíritu Santo no les permitía predicar el mensaje en Asia, atravesaron Frigia y Galacia.
Llegados a Misia, intentaron pasar a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús se lo impidió.
Así que dejaron Misia y bajaron hasta Tróade.
Visión de Pablo
Una noche Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba: Ven a Macedonia a ayudarnos.
Apenas tuvo esa visión, intentamos ir a Macedonia, convencidos de que Dios nos llamaba a anunciarles la Buena Noticia.
Nos embarcamos en Tróade llegamos rápidamente a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis;
de allí a Filipos, la primera ciudad de la provincia de Macedonia, colonia romana. Nos quedamos unos días en aquella ciudad.
Un sábado salimos por la puerta de la ciudad a la ribera de un río, donde pensábamos que habría un lugar para orar. Nos sentamos y nos pusimos a conversar con unas mujeres.
Nos escuchaba una mujer llamada Lidia, comerciante de púrpura en Tiatira y persona devota. El Señor le abrió el corazón para que prestara atención al discurso de Pablo.
Se bautizó con toda su familia y nos rogaba:
—Si me tienen por creyente en el Señor, vengan a hospedarse a mi casa.
Y nos insistía.
Presos y liberados
Una vez que nos dirigíamos a la oración nos salió al encuentro una muchacha que tenía poderes de adivina y daba muchas ganancias a sus patrones adivinando la suerte.
Caminando detrás de Pablo y de nosotros gritaba:
—Estos hombres son siervos del Dios Altísimo y nos predican el camino de la salvación.
Esto lo hizo muchos días, hasta que Pablo, cansado, se volvió y dijo al espíritu:
—En nombre de Jesucristo te ordeno que salgas de ella.
Inmediatamente salió de ella.
Viendo sus dueños que se les había escapado la esperanza de negocio, tomaron a Pablo y Silas, los arrastraron hasta la plaza, ante las autoridades,
y, presentándolos a los magistrados, dijeron:
—Estos hombres están perturbando nuestra ciudad; son judíos
y predican unas costumbres que nosotros, romanos, no podemos aceptar ni practicar.
La gente se reunió contra ellos y los magistrados ordenaron que los desnudaran y los azotaran.
Después de una buena paliza, los metieron en la cárcel y ordenaron al carcelero que los vigilara con mucho cuidado.
Recibido el encargo, los metió en el último calabozo y les sujetó los pies al cepo.
A media noche Pablo y Silas recitaban un himno a Dios, mientras los demás presos escuchaban.
De repente sobrevino un terremoto que sacudió los cimientos de la prisión. En ese instante se abrieron todas las puertas y se les soltaron las cadenas a los prisioneros.
El carcelero se despertó, y al ver las puertas abiertas, empuñó la espada para matarse, creyendo que se habían escapado los presos.
Pero Pablo le gritó muy fuerte:
—¡No te hagas daño, que estamos todos aquí!
El carcelero pidió una antorcha, temblando corrió adentro y se echó a los pies de Pablo y Silas.
Los sacó afuera y les dijo:
—Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?
Ellos le contestaron:
—Cree en el Señor Jesús y te salvarás, tú con tu familia.
Enseguida le anunciaron a él y a toda la familia el mensaje del Señor.
Todavía de noche se los llevó, les lavó las heridas y se bautizó con toda su familia.
Después los llevó a su casa, les ofreció una comida y festejó con toda la casa el haber creído en Dios.
Cuando se hizo de día, los magistrados enviaron a los inspectores para que soltaran a aquellos hombres.
El carcelero informó del asunto a Pablo:
—Los magistrados han mandado que los deje en libertad; por tanto, váyanse en paz.
Pablo replicó:
—De modo que a nosotros, ciudadanos romanos, nos han azotado en público y sin juicio, nos han metido en la cárcel, ¿y ahora nos echan a ocultas? De ningún modo. Que vengan ellos y nos hagan salir.
Los inspectores lo comunicaron a los magistrados, los cuales se asustaron al oír que eran ciudadanos romanos.
Acudieron, se excusaron, los hicieron salir y les rogaron que se marcharan de la ciudad.
Al salir de la cárcel se dirigieron a casa de Lidia, saludaron, animaron a los hermanos y se marcharon.
En Tesalónica
Atravesando Anfípolis y Apolonia llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga judía.
Según costumbre, Pablo se dirigió a ella y, durante tres sábados, discutió con ellos, citando la Escritura,
explicándola y mostrando que el Mesías tenía que padecer y resucitar al tercer día, y que ese Jesús que les anunciaba era el Mesías.
Algunos de ellos se convencieron y se unieron a Pablo y Silas; también lo hicieron gran número de gente de nacionalidad griega que habían aceptado la fe de los judíos y no pocas mujeres influyentes.
Llenos de envidia, los judíos reclutaron algunos maleantes del arroyo, promovieron un alboroto y perturbaron el orden de la ciudad. Luego se presentaron en casa de Jasón con la intención de hacer comparecer a Pablo y Silas ante la asamblea del pueblo.
Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos a la presencia de los magistrados.
Y gritaron:
—Éstos, que han revolucionado el mundo, se han presentado también aquí y
Jasón los ha recibido en su casa. Todos éstos actúan contra los edictos del emperador y afirman que hay otro rey, llamado Jesús.
Al oírlo, la multitud y los magistrados se asustaron,
exigieron una fianza a Jasón y los soltaron.
En Berea
Enseguida, de noche, los hermanos enviaron a Pablo y Silas a Berea. Cuando llegaron, se dirigieron a la sinagoga de los judíos.
Éstos eran más tolerantes que los de Tesalónica; recibieron con interés el mensaje y todos los días analizaban la Escritura para ver si era cierto.
Muchos de ellos abrazaron la fe, lo mismo que algunas mujeres nobles y no pocos hombres griegos.
Cuando los judíos de Tesalónica se enteraron de que Pablo había anunciado el mensaje de Dios en Berea, fueron allá para incitar y amotinar a la multitud.
Sin tardanza, los hermanos hicieron bajar a Pablo hasta la costa, mientras Silas y Timoteo se quedaban atrás.
Los que escoltaban a Pablo lo condujeron hasta Atenas; después volvieron con instrucciones para que Silas y Timoteo se reunieran con él cuanto antes.
En Atenas
Mientras los esperaba en Atenas, Pablo se indignaba al observar la idolatría de la ciudad.
En la sinagoga discutía con judíos y con los que temen a Dios; en la plaza pública hablaba a los que pasaban por allí.
Algunos de las escuelas filosóficas de epicúreos y estoicos entablaban conversación con él; otros comentaban:
—¿Qué querrá decir este charlatán?
Otros decían:
—Parece un propagandista de divinidades extranjeras.Porque anunciaba a Jesús y la resurrección.
Lo llevaron al Areópago y le preguntaron:
—¿Podemos saber en qué consiste esa nueva doctrina que expones?
Dices cosas que nos suenan extrañas y queremos saber lo que significan.
Porque todos los atenienses y los extranjeros que residen allí no tienen mejor pasatiempo que contar y escuchar novedades.
En el Areópago
Pablo se puso en pie en medio del Areópago y habló así:
—Atenienses, veo que son hombres sumamente religiosos.
Cuando estaba paseando y observando sus lugares de culto, encontré un altar con esta inscripción: AL DIOS DESCONOCIDO. Ahora bien, yo vengo a anunciarles al que adoran sin conocer.
Es el Dios que hizo cielo y tierra y todo lo que hay en él. El que es Señor de cielo y tierra no habita en templos construidos por hombres
ni pide que le sirvan manos humanas, como si necesitase algo. Porque él da vida y aliento y todo a todos.
De uno solo formó toda la raza humana, para que poblase la superficie entera de la tierra. Él definió las etapas de la historia y las fronteras de los países.
Hizo que buscaran a Dios y que lo encontraran aun a tientas. Porque no está lejos de ninguno de nosotros, ya que
en él vivimos, y nos movemos y existimos, como dijeron algunos de los poetas de ustedes: porque somos también de su raza.
Por tanto, si somos de raza divina, no debemos pensar que Dios es semejante a la plata o el oro o la piedra modelados por la creatividad y la artesanía del hombre.
Ahora bien, Dios, pasando por alto la época de la ignorancia, manda ahora a todos los hombres en todas partes a que se arrepientan;
porque ha señalado una fecha para juzgar con justicia al mundo por medio de un hombre que él designó para esto. Y a este hombre lo ha acreditado ante todos resucitándolo de la muerte.
Al oír lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, otros decían:
—En otra ocasión te escucharemos sobre este asunto.
Y así Pablo abandonó la asamblea.
Algunos se juntaron a él y abrazaron la fe; entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más.
En Corinto
Pablo salió de Atenas y se dirigió a Corinto.
Allí encontró a un judío llamado Áquila, natural del Ponto, y a su mujer Priscila, que habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había expulsado de Roma a todos los judíos. Pablo fue a verlos y,
como eran del mismo oficio, se alojó en su casa para trabajar: eran fabricantes de tiendas de campaña.
Todos los sábados Pablo discutía en la sinagoga, intentando convencer a judíos y paganos.
Cuando Silas y Timoteo bajaron de Macedonia, Pablo se dedicó a predicar, afirmando ante los judíos que Jesús era el Mesías.
Pero, como se oponían y lo injuriaban, se sacudió el polvo de la ropa y dijo:
—Ustedes son responsables de su sangre, yo soy inocente: en adelante me dirigiré a los paganos.
Saliendo de allí se dirigió a casa de un hombre religioso, llamado Ticio Justo, que vivía junto a la sinagoga.
Crispo, jefe de la sinagoga, con toda su familia, creyó en el Señor y también muchos corintios que lo habían escuchado creyeron y se bautizaron.
En una visión nocturna el Señor dijo a Pablo:
—No temas, sigue hablando y no te calles,
que yo estoy contigo y nadie podrá hacerte daño, porque en esta ciudad tengo yo un pueblo numeroso.
Pablo se quedó allí un año y medio enseñándoles el mensaje de Dios.
Siendo Galión gobernador de Acaya, los judíos de común acuerdo se enfrentaron con Pablo y lo condujeron al tribunal,
acusándolo de inducir a la gente a ofrecer a Dios un culto contrario a la ley.
Pablo estaba por hablar, cuando Galión se dirigió a los judíos:
—Si se tratara de algún delito o de una acción criminal, yo los atendería como es debido.
Pero como se trata de discusiones sobre palabras y nombres y sobre la ley judía, arréglense ustedes. No quiero ser juez de esos asuntos.
Y los despidió del tribunal.
Entonces [los griegos] tomaron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, mientras Galión se desentendía de todo.
Pablo se quedó allí bastante tiempo. Después se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria en compañía de Priscila y Áquila. En Cencreas se afeitó la cabeza en cumplimiento de un voto.
Hacia Antioquía
Llegaron a Éfeso, donde Pablo se separó de sus compañeros y se dirigió a la sinagoga para discutir con los judíos.
Aunque le rogaban que se quedara más tiempo, no accedió,
sino que se despidió diciendo:
—Si Dios quiere, volveré a visitarlos.Zarpó de Éfeso
y bajó a Cesarea; allí desembarcó para saludar a la comunidad, y prosiguió el viaje hasta Antioquía.
Pasada una temporada partió y fue atravesando Galacia y Frigia, confirmando a todos los discípulos.
Apolo en Éfeso
Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y versado en la Escritura.
Lo habían instruido en el camino del Señor, y lleno de fervor hablaba y explicaba exactamente lo concerniente a Jesús, aunque conocía sólo el bautismo de Juan.
Empezó a actuar abiertamente en la sinagoga.
Lo escucharon Priscila y Áquila; se lo llevaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios.
Y como se disponía a marchar a Acaya, los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos para que lo recibieran de la mejor manera posible.
Al llegar prestó un gran servicio a los que habían recibido la gracia de la fe,
porque refutaba vigorosamente y en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús era el Mesías.
Pablo en Éfeso
Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo viajaba por el interior hasta llegar a Éfeso. Allí encontró unos discípulos
y les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo después de abrazar la fe. Le respondieron:
—Ni sabíamos que había Espíritu Santo.
Les preguntó:
—Entonces, ¿qué bautismo han recibido?
Contestaron:
—El bautismo de Juan.
Pablo replicó:
—Juan predicó un bautismo de arrepentimiento, encargando al pueblo que creyera en el que venía detrás de él, o sea, en Jesús.
Al oírlo, se bautizaron invocando el nombre del Señor Jesús.
Pablo les impuso las manos y vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en distintas lenguas y a profetizar.
Eran doce varones.
Después entró en la sinagoga, y durante tres meses habló abiertamente, discutiendo de modo convincente sobre el reino de Dios.
Pero, como algunos se endurecían y se negaban a creer y difamaban el Camino ante la gente, Pablo se apartó de ellos, llevó consigo a los discípulos y siguió discutiendo diariamente en la escuela de un tal Tirano.
Esto duró dos años, de modo que todos los habitantes de Asia, judíos y griegos, escucharon la Palabra del Señor.
Los exorcistas
Dios hacía milagros extraordinarios por medio de Pablo;
hasta el punto de que aplicaban a los enfermos paños o pañuelos que él había tocado, y les desaparecía la enfermedad y también salían de ellos los espíritus malignos.
Unos exorcistas ambulantes judíos intentaron invocar sobre los poseídos de espíritus malignos el nombre de Jesús con la fórmula: Yo los conjuro por el Jesús que Pablo predica.
Un sumo sacerdote judío, llamado Escevas, tenía siete hijos que hacían eso.
Pero el espíritu maligno les dijo:
—A Jesús lo conozco, Pablo sé quién es; pero ustedes, ¿quiénes son?
El hombre poseído por el espíritu maligno se abalanzó sobre ellos y los dominó por la fuerza, así que tuvieron que escapar desnudos y malheridos de aquella casa.
Lo supieron los vecinos de Éfeso, judíos y griegos, y todos se llenaron de temor. El nombre del Señor Jesús ganaba prestigio.
Muchos que abrazaban la fe venían a confesar públicamente sus prácticas.
No pocos, que habían practicado la magia, traían sus libros y los quemaban en presencia de todos. Calculando el precio de aquellos libros, resultó ser de cincuenta mil monedas de plata.
Así, por el poder del Señor, el mensaje crecía y se fortalecía.
Motín de los plateros
Terminada toda esa tarea, Pablo se propuso ir a Jerusalén pasando por Macedonia y Acaya; él decía que, después de estar allí, tenía que visitar Roma.
Envió a Macedonia a dos de sus asistentes, Timoteo y Erasto, y él se quedó una temporada en Asia.
Por entonces sobrevino una gran crisis a causa del Camino del Señor.
Un tal Demetrio, platero, fabricaba en plata reproducciones del templo de Artemisa y proporcionaba buenas ganancias a los artesanos.
Los reunió con todos los del gremio y les dirigió la palabra:
—Compañeros, ustedes saben que nuestra prosperidad depende de esta actividad.
Pero ahora ustedes ven y oyen que ese Pablo, no sólo en Éfeso, sino en Asia entera, está ganando con su propaganda mucha gente, diciendo que los dioses que se fabrican con manos humanas, no son dioses.
Con lo cual no sólo está en peligro de descrédito nuestra profesión, sino que el templo de la gran diosa Artemisa, venerada en toda Asia y en el mundo entero, va a perder toda su grandeza.
Al oírlo se enfurecieron y se pusieron a gritar:
—¡Viva la gran Artemisa de Éfeso!
Se produjo un gran tumulto en la ciudad y todos se precipitaron hacia el teatro, arrastrando consigo a Gayo y a Aristarco, macedonios compañeros de Pablo.
Pablo intentaba acudir a la asamblea, pero los discípulos no se lo permitieron.
Algunas autoridades de Asia, amigos suyos, le enviaron un mensaje aconsejándole que no acudiera al teatro.
Entretanto, cada uno gritaba una cosa, había una gran confusión en la asamblea y muchos de la concurrencia ni siquiera sabían la causa.
Algunos de la multitud explicaron el asunto a Alejandro, a quien los judíos habían empujado al frente de todos. Éste, haciendo un gesto con la mano, intentaba dar una explicación a la asamblea.
Pero, al reconocer que era judío, todos se pusieron a gritar durante dos horas:
—¡Viva la gran Artemisa de Éfeso!
El secretario logró calmar a la multitud y les habló:
—Efesios, ¿hay alguien que no sepa que Éfeso custodia el templo de la gran Artemisa y su imagen caída del cielo?
Como eso es indiscutible, lo importante es que conserven la calma y no obren con precipitación.
Han traído a esos hombres, que ni son sacrílegos ni han insultado a nuestra diosa.
Si Demetrio y sus artesanos tienen alguna queja contra alguien, ahí están los jueces y prefectos: que allí resuelvan su pleito.
Si se trata de un asunto más grave, podrá resolverlo la asamblea legal.
De hecho, corremos peligro de ser acusados de agitadores por el tumulto de hoy ya que no tenemos motivo que justifique tal alboroto.
Con estas palabras disolvió la asamblea.
Viajes, visitas y despedidas
Cuando se calmó el tumulto, Pablo mandó llamar a los discípulos, los animó, se despidió y emprendió el viaje hacia Macedonia.
Atravesó aquella región animando a los hermanos con muchos discursos, hasta que llegó a Grecia.
Allí se detuvo tres meses y, cuando se disponía a embarcarse para Siria, se enteró de que los judíos habían hecho planes contra él, de modo que decidió volver por tierra atravesando Macedonia.
Lo acompañaron [hasta Asia] Sópatro, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo de Tesalónica; Gayo de Derbe y Timoteo; Tíquico y Trófimo de Asia.
Éstos se adelantaron y nos esperaban en Tróade.
Pasada la semana de los Ázimos zarpamos nosotros de Filipos y a los cinco días los alcanzamos en Tróade, donde nos quedamos siete días.
Un domingo que nos reunimos para la fracción del pan, Pablo, que debía partir al día siguiente, se puso a hablar y prolongó el discurso hasta media noche.
Había bastantes lámparas en el piso superior donde estábamos reunidos.
Un muchacho, llamado Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana. Mientras Pablo hablaba y hablaba, a Eutico lo fue venciendo el sueño, hasta que, vencido por completo, se cayó del tercer piso al suelo, donde lo recogieron muerto.
Pablo bajó, se echó sobre él, lo abrazó y dijo:
—No se asusten, que aún está vivo.
Después subió, partió el pan y comió. Estuvo conversando, hasta la aurora y entonces se marchó.
En cuanto al muchacho lo llevaron vivo y todos se sintieron muy consolados.
Nosotros nos dirigimos al barco y zarpamos para Aso, donde debíamos recoger a Pablo. Eso era lo convenido, ya que él hacía el viaje a pie.
Cuando nos alcanzó en Aso, se embarcó con nosotros y nos dirigimos a Mitilene.
Zarpamos de allí y al día siguiente llegamos frente a Quíos, al otro día pasamos Samos y al siguiente llegamos a Mileto.
Pablo tenía decidido pasar de largo por Éfeso, para no retrasarse tanto en Asia. Porque, si era posible, quería estar en Jerusalén el día de Pentecostés.
Despedida de los efesios
Desde Mileto envió un mensaje a Éfeso convocando a los ancianos de la comunidad.
Cuando llegaron les dijo:
—Ya saben cómo me he comportado siempre con ustedes desde el primer día que pisé Asia.
He servido al Señor con toda humildad, con lágrimas y en todas las pruebas que me han causado las intrigas de los judíos.
No he dejado de hacer todo lo que pudiera ser útil: les prediqué y les enseñé tanto en público como en sus casas.
A judíos y griegos les he inculcado el arrepentimiento frente a Dios y la fe en nuestro Señor Jesús.
Ahora, encadenado por el Espíritu, me dirijo a Jerusalén sin saber lo que allí me sucederá.
Sólo sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me asegura que me esperan cadenas y persecuciones.
Pero poco me importa la vida, con tal de completar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús: anunciar la Buena Noticia de la gracia de Dios.
Ahora sé que ustedes, cuyo territorio he atravesado proclamando el reino, no volverán a verme.
Por eso hoy declaro que no soy responsable de la muerte de ninguno,
porque nunca dejé de anunciar plenamente el designio de Dios.
Cuídense ustedes y cuiden a todo el rebaño que el Espíritu Santo les encomendó como a pastores de la Iglesia de Dios, que Él adquirió pagando con su sangre.
Sé que después de mi partida se meterán entre ustedes lobos rapaces que no respetarán el rebaño.
Incluso de entre ustedes saldrán algunos que dirán cosas equivocadas para arrastrar tras de sí a los discípulos.
Por tanto, estén atentos y recuerden que durante tres años no he cesado de aconsejarlos con lágrimas ni de día ni de noche.
Ahora los encomiendo al Señor y al mensaje de su gracia, que tiene poder para hacerlos crecer y otorgar la herencia a todos los consagrados.
No he codiciado la plata ni el oro ni los vestidos de nadie.
Ustedes saben que con mis manos he atendido a las necesidades mías y de mis compañeros.
Les he enseñado siempre que, trabajando así, hay que ayudar a los débiles, recordando el dicho del Señor Jesús: más vale dar que recibir.
Dicho esto, se arrodilló con todos y oró.
Todos se pusieron a llorar; lo abrazaban y lo besaban afectuosamente,
entristecidos sobre todo por lo que había dicho, que no volverían a verlo.
Después lo acompañaron hasta el barco.
Viaje a Jerusalén
Nos separamos de ellos, zarpamos y navegamos directamente a Cos, al día siguiente hasta Rodas y desde allí hasta Pátara.
Encontrando un barco que cruzaba hacia Fenicia, nos embarcamos y zarpamos.
Avistando Chipre y dejándola a nuestra izquierda, navegamos hacia Siria y llegamos a Tiro, donde la nave tenía que descargar.
Encontramos a los discípulos y nos detuvimos allí siete días. Algunos, movidos por el Espíritu, aconsejaban a Pablo que no subiera a Jerusalén.
Cuando se cumplió nuestro plazo, salimos para continuar el viaje. Todos, con sus mujeres e hijos, nos acompañaron hasta fuera de la ciudad. Nos arrodillamos en la playa y oramos.
Después nos despedimos mutuamente, embarcamos y ellos se volvieron a casa.
Desde Tiro atravesamos hasta llegar a Tolemaida. Saludamos a los hermanos y nos quedamos con ellos un día.
Al día siguiente salimos y llegamos a Cesarea; entramos en casa de Felipe, uno de los siete evangelistas, y nos hospedamos con él.
Tenía éste cuatro hijas solteras profetisas.
Tras varios días de estadía, bajó de Judea un profeta llamado Ágabo.
Se acercó a nosotros, tomó el cinturón de Pablo y se ató con él de manos y pies, y dijo:
—Esto dice el Espíritu Santo: Al dueño de este cinturón los judíos lo atarán en Jerusalén y lo entregarán a los paganos.
Al oírlo, nosotros y los vecinos del lugar le suplicábamos a Pablo que no subiera a Jerusalén.
Pero Pablo respondió:
—¿Qué hacen llorando y ablandándome el corazón? Por el nombre del Señor Jesús yo estoy dispuesto a ser encadenado y a morir en Jerusalén.
Como no podíamos convencerlo, nos tranquilizamos diciendo: Que se cumpla la voluntad del Señor.
Pasados aquellos días hicimos los preparativos y emprendimos la subida hacia Jerusalén.
Algunos discípulos de Cesarea nos acompañaron hasta la casa de un viejo discípulo, Nasón de Chipre, que nos dio alojamiento.
En Jerusalén
Al llegar a Jerusalén, los hermanos nos recibieron contentos.
Al día siguiente fuimos con Pablo a visitar a Santiago; se presentaron los ancianos en pleno.
Después de saludarlos, les expuso detalladamente todo lo que Dios había realizado por su medio entre los paganos.
Al oírlo, dieron gloria a Dios y dijeron a Pablo: —Ya ves, hermano, cuántas decenas de miles de judíos se han convertido a la fe, y todos son observantes de la ley.
Corre el rumor de que a los judíos que viven entre paganos les enseñas a abandonar la ley de Moisés y les dices que no circunciden a sus hijos ni sigan nuestras costumbres.
¿Qué hacer? Seguro que se enterarán de que has llegado;
sigue nuestro consejo: hay entre nosotros cuatro hombres que han hecho un voto.
Acude a purificarte con ellos y paga los gastos para que se afeiten la cabeza; así sabrán todos que los rumores que corren acerca de ti no tienen fundamento y que eres un judío observante de la ley.
A los paganos convertidos a la fe les hemos comunicado nuestros decretos: que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de las relaciones sexuales prohibidas.
Al día siguiente Pablo tomó consigo a aquellos hombres, se purificó con ellos y fue al templo para avisar de la fecha en que terminaría la purificación y se llevaría la ofrenda por cada uno de ellos.
Arrestado en el templo
Cuando se iban a cumplir los siete días, los judíos de Asia, viéndolo en el templo, alborotaron a la gente y se apoderaron de él
gritando:
—¡Auxilio, israelitas! Éste es el hombre que enseña a todo el mundo y en todas partes una doctrina contraria al pueblo, a la ley y al lugar sagrado. Ahora acaba de introducir a unos griegos en el templo profanando este santo lugar.
Decían esto porque poco antes lo habían visto con Trófimo el efesio y pensaban que Pablo lo había introducido en el templo.
La ciudad entera se conmovió y todo el pueblo acudió corriendo. Tomaron a Pablo, lo arrastraron fuera del templo y cerraron las puertas.
Cuando intentaban darle muerte, llegó al comandante de la cohorte la noticia de que toda Jerusalén estaba amotinada.
Reunió soldados y centuriones y acudió a toda prisa.
Ellos, al ver al comandante con los soldados, dejaron de golpear a Pablo.
Entonces el comandante detuvo a Pablo, lo mandó atar con dos cadenas y luego preguntó quién era y qué había hecho.
Todos gritaban al mismo tiempo. No pudiendo averiguar la verdad, a causa del tumulto, el comandante mandó que lo condujeran a la fortaleza.
Cuando llegaron a la escalinata, los soldados tuvieron que alzarlo para evitar la violencia de la multitud.
Porque el pueblo en masa los seguía gritando:
—¡Muera!
Cuando lo iban a introducir en la fortaleza, Pablo dice al comandante:
—¿Puedo decirte una palabra?
Le contestó:
—¿Cómo? ¿sabes hablar griego?
¿No eres tú el egipcio que hace unos días provocó un motín y llevó al desierto a cuatro mil terroristas?
Respondió Pablo:
—Yo soy judío de Tarso, ciudadano de una ciudad nada despreciable. Te pido permiso para dirigir la palabra al pueblo.
Se lo concedió, y Pablo, de pie sobre la escalinata, hizo un gesto con la mano hacia el pueblo.
Se hizo un silencio profundo y Pablo les habló en hebreo:
Discurso de Pablo
—Hermanos y padres, escuchen mi defensa.
Al oír que les hablaba en hebreo, se estuvieron más quietos.
Él dijo:
—Soy judío, natural de Tarso de Cilicia, aunque educado en esta ciudad, instruido con toda exactitud en la ley de nuestros antepasados, a los pies de Gamaliel, entusiasta de Dios como lo son todos ustedes actualmente.
Yo perseguí a muerte a quienes seguían ese Camino, arrestando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres,
como pueden atestiguarlo el sumo sacerdote y el senado en pleno. De ellos recibí carta para los hermanos y me puse en camino hacia Damasco para arrestar a los de allí y conducirlos a Jerusalén para que fuesen castigados.
Yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia el mediodía, de repente una luz celeste, intensa, resplandeció en torno a mí.
Caí en tierra y escuché una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Contesté: ¿Quién eres, Señor? Contestó la voz: Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.
Los acompañantes veían la luz, pero no oían la voz del que hablaba conmigo.
Yo le dije: ¿Qué debo hacer, Señor? Contestó el Señor: Levántate y ve a Damasco; allí te dirán lo que debes hacer.
Como no veía, deslumbrado por el brillo de aquella luz, los acompañantes me llevaron de la mano y así llegué a Damasco.
Un tal Ananías, hombre piadoso y observante de la ley, de buena reputación entre todos los judíos de la ciudad,
vino a visitarme, se presentó y me dijo: Hermano Saulo, recobra la vista. En aquel momento pude verlo a él.
Me dijo: El Dios de nuestros padres te ha destinado a conocer su designio, a ver al Justo y a escuchar directamente su voz;
porque serás su testigo ante todo el mundo de lo que has visto y oído.
Por tanto no tardes: bautízate y lávate de los pecados invocando su nombre.
Cuando volví a Jerusalén, estando en oración en el templo, caí en éxtasis
y vi al Señor que me decía: Sal pronto de Jerusalén, porque no van a aceptar tu testimonio acerca de mí.
Repliqué: Señor, ellos saben que yo arrestaba a los que creían en ti y los azotaba en las sinagogas.
También que, cuando se derramaba la sangre de tu testigo Esteban, yo estaba allí, aprobando y guardando la ropa de los que lo mataban.
Él me dijo: Ve, que yo te envío a pueblos lejanos.
Hasta ese punto habían estado escuchando, después alzaron la voz diciendo:
—Elimina a ese hombre; no puede seguir viviendo.
Como seguían gritando y rasgándose los vestidos y echando polvo al aire,
el comandante mandó que lo introdujeran en la fortaleza y lo interrogasen a latigazos para averiguar por qué motivo clamaban contra él.
Cuando lo sujetaban con las correas, Pablo dijo al centurión allí presente:
—¿Les está permitido azotar sin proceso a un ciudadano romano?
Al oírlo, el centurión fue a avisar al comandante:
—¿Qué vas a hacer? Ese hombre es romano.
El comandante se acercó y le preguntó:
—Dime, ¿eres romano?
Contestó:
—Sí.
Repuso el comandante:
—Yo he comprado la ciudadanía por una buena suma.
Pablo dijo:
—Yo la poseo de nacimiento.
Inmediatamente se apartaron de él los que lo iban a interrogar. El comandante se asustó al saber que lo tenía arrestado siendo romano.
Al día siguiente, queriendo saber con certeza las acusaciones que le hacían los judíos, lo soltó y mandó reunirse a los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno. Después hizo bajar a Pablo y se lo presentó.
Ante el Consejo
Pablo fijó la vista en el Consejo y dijo:
—Hermanos, yo he procedido ante Dios con conciencia limpia e íntegra.
El sumo sacerdote Ananías mandó a sus asistentes que lo golpearan en la boca.
Pablo entonces le dijo:
—Dios te va a golpear a ti, pared blanqueada. Tú estás sentado para juzgarme según la ley y me mandas golpear violando la ley.
Los soldados le dijeron:
—¿Al sumo sacerdote de Dios insultas?
Pablo contestó:
—No sabía, hermanos, que fuera el sumo sacerdote; porque está escrito:
no hablarás mal del jefe del pueblo.
Advirtiendo Pablo que una parte eran saduceos y otra parte fariseos, exclamó en el Consejo:
—Hermanos, hasta hoy soy fariseo e hijo de fariseos, y se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos.
Apenas lo dijo, cuando surgió una discusión entre fariseos y saduceos, y la asamblea se dividió.
Porque los saduceos niegan la resurrección y los ángeles y el espíritu, mientras que los fariseos lo afirman todo.
Se armó un griterío, y algunos letrados del partido fariseo se alzaron y afirmaron polémicamente:
—No encontramos culpa alguna en este hombre; tal vez le ha hablado un espíritu o un ángel.
Como arreciaba el conflicto, temiendo el comandante que fueran a despedazar a Pablo, mandó bajar a la tropa, sacarlo de en medio y llevarlo a la fortaleza.
La noche siguiente el Señor se le presentó y le dijo:
—¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma.
Complot contra Pablo
Por la mañana se reunieron los judíos y se comprometieron bajo juramento a no comer ni beber hasta haber dado muerte a Pablo.
Los conspiradores eran más de cuarenta.
Se presentaron a los sumos sacerdotes y ancianos y les dijeron:
—Hemos jurado no probar bocado hasta no haber dado muerte a Pablo.
Ahora les toca a ustedes proponer al comandante y al Consejo que se lo traigan, con pretexto de investigar más atentamente su caso. Antes de que se acerque, estamos preparados para eliminarlo.
El hijo de la hermana de Pablo se enteró de lo que tramaban, fue a la fortaleza, entró y se lo contó a Pablo.
Éste llamó a uno de los centuriones y le dijo:
—Conduce a este muchacho al comandante, porque tiene que darle una información.
Se hizo cargo de él, lo condujo al comandante y dijo:
—El prisionero Pablo me ha llamado y me ha pedido que te traiga a este muchacho, que tiene algo que decirte.
El comandante lo tomó de la mano, se lo llevó aparte y le preguntó:
—¿Qué es lo que me tienes que contar?
Respondió:
—Los judíos han acordado pedirte que mañana hagas bajar a Pablo al Consejo, con pretexto de examinar más atentamente su caso.
No les hagas caso; porque un grupo de más de cuarenta han tramado una emboscada contra él.
Han jurado no comer ni beber hasta haberlo eliminado. Ahora están preparados, esperando tu consentimiento.
El comandante despidió al muchacho, encargándole que no dijera a nadie que le había informado de ello.
Remitido a Félix23Llamó a dos centuriones y les dijo:
—Pasadas las nueve de la noche tengan preparados para viajar a Cesarea doscientos soldados de infantería, setenta de caballería y doscientos lanceros.
Preparen también caballos para Pablo y llévenlo sano y salvo al gobernador Félix.
Y le escribió una carta en los siguientes términos:
Claudio Lisias saluda al ilustrísimo gobernador Félix.
A este hombre lo habían secuestrado los judíos para matarlo. Cuando supe que era romano, intervine con la tropa y lo libré.
Queriendo averiguar los cargos que tenían contra él, lo conduje a su Consejo.
Pero resultó que los cargos versan sobre controversias de su ley, y no había ningún cargo digno de muerte o de prisión.
Al enterarme de un atentado tramado contra este hombre, te lo envío y aviso a los acusadores que te presenten a ti sus cargos.
Los soldados, cumpliendo las órdenes, tomaron a Pablo y lo condujeron de noche hasta Antípatris.
Al día siguiente dejaron a la caballería seguir con él y ellos se volvieron a la fortaleza.
Los otros llegaron a Cesarea, entregaron la carta al gobernador y le presentaron a Pablo.
Leyó la carta y preguntó de qué jurisdicción era. Enterado de que era de Cilicia,
le dijo:
—Oiré tu causa cuando se presenten tus acusadores.
Y mandó custodiarlo en el pretorio de Herodes.
Proceso ante Félix
Cinco días más tarde bajó el sumo sacerdote con algunos ancianos y el abogado Tértulo, para presentar sus cargos contra Pablo.
Lo hicieron comparecer, y Tértulo comenzó su acusación:
—Ilustrísimo Félix: Gracias a ti gozamos de paz estable y gracias a tu sabio gobierno esta nación consigue mejoras; todo esto lo recibimos siempre y en todas partes con profundo agradecimiento.
Para no cansarte, solicito de tu clemencia que escuches mi exposición resumida.
Hemos descubierto que este hombre es una peste, que promueve discordias entre los judíos del mundo entero y que es un dirigente de la secta de los nazarenos.
Cuando intentaba profanar el templo, lo arrestamos y quisimos juzgarlo por nuestra ley,
pero el tribuno Lisias, con gran violencia, lo arrancó de nuestras manos, mandando que sus acusadores viniesen a ti.
Tú mismo, examinándolo, podrás comprobar la verdad de nuestras acusaciones.
Los judíos lo apoyaron afirmando que era cierto.
El gobernador hizo un gesto a Pablo y éste tomó la palabra:
—Como sé que desde hace años administras justicia a esta nación, pronuncio confiado mi defensa.
Tú mismo puedes comprobar que no han pasado más de doce días desde que subí en peregrinación a Jerusalén.
Ni en el templo ni en las sinagogas ni por la ciudad me han encontrado discutiendo con nadie ni amotinando a la gente.
No pueden probar ninguno de sus cargos contra mí.
Eso sí: te confieso que venero a Dios siguiendo ese Camino que ellos llaman secta; creo todo lo escrito en la ley y los profetas,
y confiado en Dios, espero como ellos que habrá resurrección de justos e injustos.
Y así, también yo procuro mantener en todo una conciencia irreprochable ante Dios y ante los hombres.
Tras una ausencia de años, fui en peregrinación al templo llevando limosnas para mis compatriotas y a presentar ofrendas.
Allí me encontraron, en un rito de purificación, no con una multitud ni en un tumulto.
Pero algunos judíos de Asia estaban allí, y ésos sí tendrían que comparecer y acusarme de lo que tengan contra mí.
O si no, que los aquí presentes digan qué delito encontraron cuando comparecí ante el Consejo,
si no es el haber declarado en voz alta ante ellos: Si hoy me juzgan ante ustedes es por la resurrección de los muertos.
Félix, que estaba bien informado sobre el Camino, postergó la causa diciéndoles:
—Cuando venga el comandante Lisias, resolveré este pleito.
Después dio orden al centurión de tener a Pablo detenido, con cierta libertad, y de no impedir a los suyos que lo atendieran.
Pasados unos días Félix mandó llamar a Pablo. Con su mujer Drusila, que era judía, lo oyó disertar sobre la fe en Jesús el Mesías.
Pero, cuando Pablo empezó a hablar de honradez, de la castidad y del juicio venidero, Félix se asustó y dijo:
—De momento puedes retirarte; te llamaré en otra ocasión.
Félix esperaba al mismo tiempo recibir dinero de Pablo y por eso lo llamaba con frecuencia para conversar con él.
Pasados dos años, Porcio Festo sucedió a Félix, y como Félix quería congraciarse con los judíos, retuvo a Pablo preso.
Apela al césar
Tres días después de tomar posesión del cargo, Festo subió de Cesarea a Jerusalén.
Los sumos sacerdotes y los jefes judíos le presentaron sus cargos contra Pablo
y le pidieron por favor que se lo remitiese a Jerusalén –porque intentaban matarlo en una emboscada por el camino–.
Festo respondió que Pablo seguía custodiado en Cesarea, ya que él mismo volvería pronto allá.
Y añadió:
—Sus responsables que bajen conmigo y, si ese hombre es culpable de algo, que presenten allí su acusación.
Festo se detuvo en Jerusalén no más de ocho o diez días; después bajó a Cesarea y al día siguiente hizo traer a Pablo.
Cuando se presentó, lo rodearon los que habían bajado de Jerusalén y lo acusaban de muchos y graves cargos, que no lograban probar;
mientras Pablo se defendía afirmando que no había cometido delito alguno contra la ley o el templo o el emperador.
Festo, queriendo ganarse a los judíos, intervino y preguntó a Pablo:
—¿Quieres subir a Jerusalén para someterte allí a mi juicio?
Pablo replicó:
—Estoy ante el tribunal imperial, donde debo ser juzgado. Sabes muy bien que no he perjudicado a los judíos.
Si he cometido un delito capital no me niego a morir; pero si no hay nada de lo que éstos me acusan, nadie puede entregarme en su poder. Apelo al emperador.
Entonces Festo, después de consultarlo con sus consejeros, dijo:
—Has apelado al emperador, irás al emperador.
Ante Agripa
Algunos días más tarde, el rey Agripa, acompañado de Berenice, se presentó en Cesarea para saludar a Festo.
Y, como se detuvo allí bastantes días, Festo le expuso el caso de Pablo:
—Hay aquí un prisionero que dejó Félix;
durante mi estadía en Jerusalén, los sumos sacerdotes y ancianos judíos lo acusaron pidiendo su condena.
Les respondí que no es costumbre romana entregar a un hombre antes de que pueda enfrentarse con sus acusadores y tenga ocasión de defenderse de los cargos.
Cuando ellos se presentaron aquí, yo sin demora, al día siguiente, me senté en el tribunal y mandé traer a aquel hombre.
Se presentaron los acusadores, pero no adujeron ningún delito de los que yo sospechaba;
solamente traían contra él discusiones sobre su religión y sobre un tal Jesús, muerto, del que Pablo dice que vive.
Y, como estaba desconcertado acerca de la causa, le pregunté si quería ir a Jerusalén para ser juzgado allí.
Pablo apeló y pidió que su caso sea reservado a la jurisdicción del Augusto. Entonces yo mandé custodiarlo hasta que pueda enviarlo al emperador.
Agripa contestó:
—A mí también me gustaría escuchar a ese hombre.
Le respondió:
—Mañana lo escucharás.
Al día siguiente se presentó Agripa con Berenice, con toda pompa, y entró en la audiencia acompañado de comandantes y gente principal de la ciudad.
Festo hizo traer a Pablo
y habló así:
—Rey Agripa y todos los presentes, aquí tienen al hombre por el que todos los judíos, tanto en Jerusalén como aquí, han acudido a mí clamando que no debe quedar con vida.
Yo pude comprobar que no había cometido nada digno de muerte. Así que, cuando él apeló al Augusto, yo decidí enviarlo.
Pero no tengo nada por escrito sobre el asunto. Por eso se lo he presentado a ustedes y especialmente a ti, rey Agripa, para que después de este interrogatorio yo pueda escribir un informe.
Porque no me parece razonable enviar un preso sin explicar los cargos contra él.
Discurso de Pablo
Agripa dijo a Pablo:
—Puedes hablar en defensa propia.Pablo, haciendo un gesto con la mano, pronunció su defensa:
—De todo lo que me acusan los judíos tengo hoy la satisfacción de defenderme ante ti, rey Agripa;
especialmente porque eres experto en costumbres y controversias judías. Por lo cual te pido que me escuches con paciencia.
Mi vida entera desde mi adolescencia, pasada desde el principio en el seno de mi pueblo, la conocen todos los judíos de Jerusalén.
Y, como me conocen desde hace tanto tiempo, pueden dar testimonio de que yo pertenecía a la secta más estricta de nuestra religión: era fariseo.
Ahora me están juzgando porque espero en la promesa que Dios hizo a nuestros padres.
Y nuestras doce tribus, en su culto noche y día, aguardan impacientes que se cumpla esa promesa. Majestad, de esa esperanza me acusan los judíos.
¿Por qué les parece increíble que Dios resucite a los muertos?
En un tiempo yo pensaba que mi deber era combatir con todos los medios el nombre de Jesús Nazareno.
Es lo que hice en Jerusalén, con autoridad recibida de los sumos sacerdotes, metiendo en la cárcel a muchos consagrados. Y cuando los condenaban a muerte, yo añadía mi voto.
Muchas veces en las sinagogas yo los maltrataba para hacerlos blasfemar; y mi furia creció hasta el punto de perseguirlos en ciudades extranjeras.
Viajando en este empeño hacia Damasco, con autoridad y encargo de los sumos sacerdotes,
un mediodía nos envolvió a mí y a mis acompañantes una luz celeste más brillante que el sol.
Caímos todos a tierra y yo escuché una voz que me decía en hebreo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? De que te sirve tirar coces contra el aguijón.
Pregunté: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor respondió: Soy Jesús, a quien tú persigues.
Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver.
Te defenderé de tu pueblo y de los paganos a los que te envío.
Les abrirás los ojos para que se conviertan de las tinieblas a la luz, del dominio de Satanás a Dios, y para que reciban, por la fe en mí, el perdón de los pecados y su parte en la herencia de los consagrados.
No desobedecí, rey Agripa, a la visión celeste, sino que me puse a predicar:
primero a los de Damasco, después a los de Jerusalén, en toda la Judea y a los paganos, que se arrepintieran y se convirtieran a Dios, con prácticas válidas de penitencia.
Por este motivo se apoderaron de mí los judíos e intentaron acabar conmigo.
Pero, protegido por Dios hasta hoy, he podido seguir dando testimonio ante pequeños y grandes, sin enseñar otra cosa que lo que predijeron los profetas y Moisés, a saber,
que el Mesías había de padecer, resucitar el primero de la muerte y anunciar la luz a su pueblo y a los paganos.
Cuando Pablo terminó su defensa, Festo dijo con voz firme:
—Estás loco, Pablo. Tanto estudiar te ha vuelto loco.
Replicó Pablo:
—No estoy loco, ilustre Festo, más bien pronuncio palabras verdaderas y sensatas.
El rey entiende de todo esto y a él me dirijo con franqueza; porque no creo que ignore nada de esto, ya que son cosas que no sucedieron en lugares ocultos.
¿Crees a los profetas, rey Agripa? Sé que les crees.
Agripa respondió a Pablo:
—Por poco no me convences de hacerme cristiano.
Respondió Pablo:
—¡Quiera Dios que por poco o por mucho, no sólo tú, sino todos los oyentes fueran hoy lo que yo soy, pero sin estas cadenas!
Se levantaron el rey, el gobernador, Berenice y los asistentes,
y al retirarse comentaban:
—Ese hombre no ha hecho nada que merezca la muerte o la cárcel.
Agripa dijo a Festo:
—Podría haberse marchado libre si no hubiera apelado al emperador.
Navegando hacia Roma
Cuando se decidió que navegáramos hacia Italia, encomendaron a Pablo y a otros presos a un centurión llamado Julio, de la cohorte Augusta.
Nos embarcamos en una nave de Adrumeto, que iba a partir hacia los puertos de Asia y zarpamos. Nos acompañaba Aristarco, un macedonio de Tesalónica.
Al día siguiente arribamos a Sidón, y Julio, por consideración a Pablo, le permitió ir a ver a sus amigos para que cuidaran de él.
Zarpando de Sidón, costeamos Chipre, porque el viento era contrario.
Después, atravesando mar abierto a lo largo de Cilicia y Panfilia, desembarcamos en Mira de Licia.
Allí encontró el centurión una nave de Alejandría que navegaba a Italia y nos embarcó en ella.
Por varios días avanzamos poco y nos costó llegar a Cnido; como el viento no era favorable, costeamos Creta a lo largo de Salmona,
y pegados a la costa alcanzamos con dificultad un lugar llamado Puerto Bueno, próximo a la ciudad de Lasaya.
Habíamos perdido mucho tiempo y la navegación se volvía peligrosa, porque había pasado la época del ayuno, Pablo aconsejó:
—Observo, señores, que la navegación va a acarrear peligros y pérdidas, no sólo a la carga y a la embarcación, sino a nuestras vidas.
Pero el centurión confiaba más en el capitán y en el patrón del barco que en Pablo.
Como el puerto no era apto para invernar, la mayoría prefería hacerse a la mar, con la esperanza de alcanzar e invernar en Fénix, un puerto de Creta orientado a noroeste y suroeste.
Tempestad
Se levantó un viento sur, y pensando que el plan era realizable, levaron anclas y costearon de cerca Creta.
Muy pronto, del lado de la isla, se desató un viento huracanado, que llaman Euroaquilón.
El barco fue arrastrado, y como no podíamos navegar contra el viento, nos dejamos llevar a la deriva.
Mientras pasábamos al reparo de un islote llamado Clauda, logramos con mucho esfuerzo controlar el bote salvavidas.
Lo izaron a bordo y aseguraron la embarcación con sogas de refuerzo.
Por temor a encallar en las Sirtes, soltamos los flotadores y navegamos a la deriva. Al día siguiente, como la tormenta arreciaba, empezaron a tirar parte del cargamento;
al tercer día, con sus propias manos, se deshicieron del aparejo del barco.
Durante varios días no se vio el sol ni las estrellas, y como la tormenta no amainaba, se acababa toda esperanza de salvación.
Llevábamos días sin comer cuando Pablo se puso de pie en medio y dijo:
—Amigos, debían haberme hecho caso y no salir de Creta, nos hubiéramos ahorrado estos peligros y pérdidas.
De todas maneras, les ruego que tengan ánimo, que no se perderá ninguna vida; sólo la embarcación.
Anoche se me apareció un ángel del Dios a quien pertenezco y venero
y me dijo: No temas, Pablo; tienes que comparecer ante el emperador; Dios te concede la vida de los que viajan contigo.
Por tanto, ¡ánimo, amigos! Confío en Dios que sucederá lo que me han dicho.
Encallaremos en una isla.
Era ya la decimocuarta noche y seguíamos a la deriva por el Adriático. A medianoche los marineros presintieron que nos acercábamos a tierra.
Descolgaron la sonda y midieron treinta y seis metros; al poco rato la soltaron de nuevo y midieron unos veintisiete metros.
Temiendo estrellarse contra los arrecifes, soltaron cuatro anclas a popa y rezaban para que se hiciese de día.
Los marineros intentaban abandonar el barco. Ya descolgaban el bote con el pretexto de soltar anclas a proa,
cuando Pablo dijo al centurión y a los soldados:
—Si ésos no se quedan en el barco, ustedes no se salvarán.
Así que los soldados cortaron las cuerdas del bote y lo dejaron caer al mar.
Cuando amanecía, Pablo invitó a todos a comer algo:
—Llevan catorce días a la expectativa y sin comer nada;
les aconsejo que coman algo, que les ayudará a salvarse. Nadie perderá ni un pelo de la cabeza.
Dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos, lo partió y se puso a comer.
Se animaron todos y comieron.
Éramos en la nave doscientas setenta y seis personas.
Comieron hasta saciarse y después vaciaron el barco arrojando el grano al mar.
Se hizo de día. Los marineros no reconocían la tierra, pero distinguieron una ensenada con una playa, y decidieron, como pudieran, varar la nave allá.
Soltaron las anclas y las dejaron caer al mar, a la vez que aflojaban las correas del timón; izaron la vela de popa a favor del viento y enfilaron hacia la playa.
Pero, al pasar entre dos corrientes, la nave se encalló, la proa se hincó y quedó inmóvil y la popa se deshizo por la violencia del oleaje.
Los soldados decidieron matar a los presos para que ninguno escapase a nado;
pero el capitán, queriendo salvar la vida a Pablo, se lo impidió y ordenó que los que sabían nadar saltaran los primeros y ganaran tierra.
Los demás seguirían en tablones o en otras piezas de la nave. De ese modo todos llegaron con vida a tierra.
Malta y Roma
Ya a salvo, pudimos identificar la isla de Malta.
Los nativos nos trataron con desacostumbrada amabilidad. Como llovía y hacía frío, encendieron una hoguera y nos acogieron.
Mientras Pablo recogía un haz de leña y la arrimaba al fuego, una víbora, ahuyentada por el calor, se sujetó a la mano de Pablo.
Cuando los nativos vieron el animal colgado de su mano, comentaban:—Mal asesino tiene que ser este hombre, que se ha salvado del mar y la justicia divina no lo deja vivir.
Pero él sacudió el animal en el fuego y no sufrió daño alguno.
Ellos esperaban que se hinchase o cayese muerto de repente. Tras mucho esperar, y viendo que no le sucedía nada de particular, cambiaron de opinión y decían que era un dios.
En aquella región tenía una finca el gobernador de la isla, llamado Publio. Nos hospedó amablemente tres días.
El padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería.
Pablo se acercó a él, oró, le impuso las manos y lo sanó.
Como consecuencia del suceso, los demás enfermos de la isla acudían y se sanaban.
Nos colmaron de honores y, cuando partimos, nos proveyeron de lo necesario.
Al cabo de tres meses zarpamos en una nave alejandrina que había invernado en la isla y estaba dedicada a los Dióscuros.
Arribamos a Siracusa, donde nos detuvimos tres días.
Desde allí, dando una vuelta, alcanzamos Regio.
Al cabo de un día se levantó un viento sur, y en dos días llegamos a Pozzuoli.
Encontramos unos hermanos que nos invitaron a quedarnos con ellos una semana. Así llegamos a Roma.
Los hermanos de allí, al oír noticias nuestras, salieron a recibirnos al Foro Apio y Tres Tabernas. Pablo al verlos dio gracias a Dios y cobró ánimo.
Llegados a Roma permitieron a Pablo alojarse por su cuenta con el soldado de guardia.
Pasados tres días convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les habló:
—Hermanos, aunque no hice nada contra el pueblo o las costumbres paternas, los de Jerusalén me entregaron preso a los romanos.
Éstos me examinaron y, al no hallar en mí ningún delito capital, decidieron dejarme libre.
Se opusieron los judíos y yo me vi obligado a apelar al emperador, sin intención de acusar a mi nación.
Por este motivo los he llamado para verlos y hablarles. Porque por la esperanza de Israel me encuentro encadenado.
Le respondieron:
—Nosotros no hemos recibido de Judea cartas acerca de ti ni ha llegado ningún hermano con noticias o hablando mal de ti.
Con todo, nos gustaría escuchar lo que piensas, porque estamos informados de que por todas partes se habla de esa secta.
Señalaron una fecha y acudieron muchos a su alojamiento.
Desde la mañana hasta el atardecer estuvo explicándoles sobre el reino de Dios, esforzándose por ganarlos para Jesús, apelando a la ley de Moisés y a los profetas.
Unos se dejaban convencer, otros se resistían a creer.
Cuando se despedían sin ponerse de acuerdo, Pablo pronunció su última palabra:
—¡Con razón dijo el Espíritu Santo a sus padres por medio del profeta Isaías!:
Ve a decir a ese pueblo:
Por más que oigan, no comprenderán;
por más que vean, no conocerán.
Porque el corazón de este pueblo
se ha endurecido,
se taparon los oídos y cerraron los ojos,
por temor de que sus ojos vean,
que sus oídos oigan,
que su corazón comprenda,
que se conviertan y que yo los sane.
Sepan entonces que esta salvación de Dios va a ser anunciada a los paganos y ellos la escucharán.
[[Y después de haber dicho esto, los judíos se fueron discutiendo fuertemente entre sí.]]
Pablo vivió dos años enteros por sus propios medios. Recibía a todos los que acudían a él
proclamando el reino de Dios y enseñaba con toda libertad y sin estorbo lo concerniente al Señor Jesucristo.
Evangelio
En la lectura del evangelio de hoy, vemos que muchos discípulos están decepcionados con Jesús. Habían esperado otro tipo de Mesías, triunfante en términos humanos, un líder que ostentara el poder, no uno que los sirviera y que se ofreciera a sí mismo como alimento. Por eso muchos lo abandonaron. Y, por eso, a los que lo seguían, Jesús les preguntó: ¿Y ustedes? ¿Ustedes qué….?
Da de comer a cinco mil
Después de esto pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea –el Tiberíades–.
Le seguía un gran gentío, porque veían las señales que hacía con los enfermos.
Jesús se retiró a un monte y allí se sentó con sus discípulos.
Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.
Levantando la vista y viendo el gentío que acudía a él, Jesús dice a Felipe:
—¿Dónde compraremos pan para darles de comer?
–lo decía para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer–.
Felipe le contestó:
—Doscientas monedas de pan no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo.
Uno de los discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dice:
—Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero, ¿qué es eso para tantos?
Jesús dijo:
—Hagan que la gente se siente.
Había hierba abundante en el lugar. Se sentaron. Los hombres eran cinco mil.
Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados: dándoles todo lo que quisieron.
Cuando quedaron satisfechos, dice Jesús a los discípulos:
—Recojan las sobras para que no se desaproveche nada.
Las recogieron y, con los trozos de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los comensales, llenaron doce canastas.
Cuando la gente vio la señal que había hecho, dijeron:—Éste es el profeta que había de venir al mundo.
Jesús, conociendo que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.
Camina sobre el agua
Al atardecer los discípulos bajaron hasta el lago.
Subieron a la barca y atravesaron el lago hacia Cafarnaún. Había oscurecido y Jesús no los había alcanzado aún.
Soplaba un fuerte viento y el lago se encrespaba.
Cuando habían remado unos cinco o seis kilómetros, ven a Jesús que se acerca al barco caminando sobre el agua, y se asustan.
Él les dice:
—Yo soy, no teman.
Quisieron subirlo a bordo, y enseguida la barca tocó tierra, en el lugar al que se dirigían.
Discurso eucarístico
Jesús, alimento que no perece
A la mañana siguiente la gente que se había quedado en la otra orilla vio que allí no había más que un bote, siendo así que los discípulos se habían ido solos y Jesús no se había ido con ellos.
Desde Tiberíades llegaron otras barcas y atracaron cerca del lugar donde el Señor dio gracias y ellos comieron el pan.
Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron en los botes y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Lo encontraron a la otra orilla del lago y le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo llegaste aquí?
Jesús les respondió:
—Les aseguro que no me buscan por las señales que han visto, sino porque se han hartado de pan.
Trabajen no por un alimento que perece, sino por un alimento que dura y da vida eterna; el que les dará el Hijo del Hombre. En él Dios Padre ha puesto su sello.
Jesús, pan bajado del cielo
Le preguntaron:
—¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?
Jesús les contestó:
—La obra de Dios consiste en que ustedes crean en aquel que él envió.
Le dijeron:
—¿Qué señal haces para que veamos y creamos? ¿En qué trabajas?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito:
Les dio a comer pan del cielo.
Les respondió Jesús:
—Les aseguro, no fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo.
El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.
Le dijeron:
—Señor, danos siempre de ese pan.
Jesús les contestó:
—Yo soy el pan de la vida: el que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí no pasará nunca sed.
Pero ya les he dicho: ustedes [me] han visto y sin embargo no creen.
Los que el Padre me ha confiado vendrán a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera;
porque no bajé del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y ésta es la voluntad del que me envió, que no pierda a ninguno de los que me confió, sino que los resucite [en] el último día.
Porque ésta es la voluntad de mi Padre, que todo el que contempla al Hijo y crea en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré [en] el último día.
Jesús, pan de vida
Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo;
y decían:
—¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo?
Jesús les dijo:
—No murmuren entre ustedes.
Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día.
Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre.
Les aseguro que quien cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida.
Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron.
Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne.
La carne y la sangre de Jesús, alimento y bebida de salvación
Los judíos se pusieron a discutir: —¿Cómo puede éste darnos de comer [su] carne?
Les contestó Jesús:
—Les aseguro que si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes.
Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí.
Éste es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron sus padres, y murieron. Quien come este pan vivirá siempre.
Esto dijo enseñando en la sinagoga de Cafarnaún.
Consecuencias del discurso
Muchos de los discípulos que lo oyeron comentaban: —Este discurso es bien duro: ¿quién podrá escucharlo?
Jesús, conociendo por dentro que los discípulos murmuraban, les dijo:
—¿Esto los escandaliza?
¿Qué será cuando vean al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes?
El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida.
Pero hay algunos de ustedes que no creen –desde el comienzo sabía Jesús quiénes no creían y quién lo iba a traicionar–.
Y añadió:
—Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede.
Desde entonces muchos de sus discípulos lo abandonaron y ya no andaban con él.
Confesión de Pedro
Así que Jesús dijo a los Doce:
—¿También ustedes quieren abandonarme?
Simón Pedro le contestó:
—Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado de Dios.
Jesús les respondió:
—¿No soy yo, acaso, el que los eligió a ustedes, los Doce? Sin embargo uno de ustedes es un diablo
–lo decía por Judas Iscariote, uno de los Doce, que lo iba a entregar–.
Jesús, luz y vida del mundo
Incredulidad y rechazo hacia Jesús
Algún tiempo después recorría Jesús Galilea, y no quería recorrer Judea porque los judíos intentaban darle muerte.
Se acercaba la fiesta judía de las Chozas,
y sus hermanos le dijeron:
—Trasládate de aquí a Judea para que también tus discípulos vean las obras que realizas.
Porque cuando uno quiere hacerse conocer no actúa a escondidas. Ya que haces tales cosas, date a conocer al mundo
–efectivamente ni sus propios parientes creían en él–.
Jesús les dice:
—Aún no ha llegado mi hora, mientras que para ustedes cualquier tiempo es bueno.
El mundo no tiene por qué odiarlos a ustedes; a mí me odia porque le echo en cara que sus acciones son malas.
Suban ustedes a la fiesta, que yo no subo a esta fiesta, porque mi tiempo aún no se ha cumplido.
Después de decir esto, se quedó en Galilea.
Cuando ya habían subido sus parientes a la fiesta, subió también él, no en público, sino a escondidas.
Durante la fiesta lo buscaban los judíos y preguntaban:
—¿Dónde está ése?
Entre la multitud se murmuraba mucho de él. Unos decían que era bueno; otros que no, que engañaba a la gente.
Pero nadie hablaba en público de él por miedo a los judíos.
A mediados de la semana de la fiesta subió Jesús al templo a enseñar.
Los judíos comentaban sorprendidos:—¿Cómo tiene ése tal cultura si no tiene instrucción?
Jesús les contestó:
—Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió.
Si uno está dispuesto a cumplir la voluntad de aquél, podrá distinguir si mi enseñanza procede de Dios o me la invento yo.
El que habla por cuenta propia busca su gloria; pero el que busca la gloria del que lo envió, ése dice la verdad y no procede con injusticia.
¿No fue Moisés quien les dio la ley? Pero ninguno de ustedes la cumple. ¿Por qué entonces intentan matarme?
Respondió la gente:
—Estás endemoniado, ¿quién intenta matarte?
Jesús les contestó:
—Por una obra que realicé todos están maravillados.
Como Moisés les mandó practicar el rito de la circuncisión –no es que proceda de Moisés, sino de los patriarcas–, ustedes circuncidan al hombre aunque sea en sábado.
Ahora bien, si se circuncida a un hombre en sábado para no quebrantar la ley de Moisés, ¿por qué ustedes se enojan conmigo porque he sanado por completo a un hombre en sábado?
No juzguen según las apariencias, sino conforme a la justicia.
Jesús y el Mesías
Algunos de Jerusalén comentaban:
—¿No es éste el que intentaban matar?
Resulta que habla públicamente y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido realmente las autoridades que éste es el Mesías?
Sólo que de éste sabemos de dónde viene; cuando venga el Mesías nadie sabrá de dónde viene.
Entonces Jesús, que enseñaba en el templo, exclamó:
—A mí me conocen y saben de dónde vengo. Yo no vengo por mi cuenta, sino que me envió el que dice la verdad. Ustedes no lo conocen;
yo lo conozco porque vengo de él y él me envió.
Intentaron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él, porque no había llegado su hora.
Muchos de la gente creyeron en él, y decían:
—Cuando venga el Mesías, ¿hará más señales que éste?
La verdadera libertad
Se enteraron los fariseos de los comentarios de la gente. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos enviaron guardias para detenerlo.
Pero Jesús dijo:
—Poco tiempo estaré aún con ustedes; después volveré al que me envió.
Me buscarán y no me encontrarán, porque donde yo voy, ustedes no podrán ir.
Los judíos comentaban entre sí:
—¿Dónde piensa ir éste para que no lo encontremos? ¿Pensará ir a reunirse con los judíos dispersos entre los paganos, para ir a enseñarles?
¿Qué significa esa frase: Me buscarán y no [me] encontrarán, porque donde yo voy, ustedes no podrán ir?
Jesús, fuente de vida
El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús se puso de pie y exclamó:
—Quien tenga sed venga a mí; y beba
quien crea en mí. Así dice la Escritura: De sus entrañas brotarán ríos de agua viva
–se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. El Espíritu todavía no había sido dado, porque Jesús aún no había sido glorificado–.
Cisma dentro del pueblo
Algunos de la gente, al oír estas palabras, decían:
—Éste es realmente el profeta.
Otros decían:
—Éste es el Mesías.
Otros preguntaban:
—¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea?
¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de David?
La gente estaba dividida a causa de él.
Algunos intentaban arrestarlo, pero nadie se atrevió a hacerlo.
Actitud de los dirigentes
Cuando los guardias volvieron, los sumos sacerdotes y los fariseos les preguntaron:
—¿Por qué no lo han traído?
Ellos contestaron:
—Jamás hombre alguno habló como habla este hombre.
Replicaron los fariseos:
—¿También ustedes se han dejado engañar?
¿Quién de los jefes o de los fariseos ha creído en él?
Sólo esa maldita gente, que no conoce la ley.
Nicodemo, uno de ellos, que había acudido a Jesús en otra ocasión, les dijo:
—¿Acaso nuestra ley condena a alguien sin haberlo escuchado antes para saber lo que hizo?
Le contestaron:
—¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas.
[[Y cada uno se marchó por su lado.
Jesús y la mujer adúltera
Jesús se dirigió al monte de los Olivos.
Por la mañana volvió al templo. Todo el mundo acudía a él y, sentado, los instruía.
Los letrados y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio, la colocaron en el centro,
y le dijeron:
—Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en adulterio.
La ley de Moisés ordena que mujeres como ésta sean apedreadas; tú, ¿qué dices?
–Decían esto para ponerlo a prueba, para tener de qué acusarlo–. Jesús se agachó y con el dedo se puso a escribir en el suelo.
Como insistían en sus preguntas, se incorporó y les dijo:
—El que no tenga pecado, tire la primera piedra.
De nuevo se agachó y seguía escribiendo en el suelo.
Los oyentes se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí en el centro.
Jesús se incorporó y le dijo:
—Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?
Ella contestó:
—Nadie, señor.
Jesús le dijo:
—Tampoco yo te condeno. Ve y en adelante no peques más.]]
Jesús, luz del mundo
De nuevo les habló Jesús:
—Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Le dijeron los fariseos:
—Tú das testimonio a tu favor: tu testimonio no es válido.
Jesús les contestó:
—Aunque doy testimonio a mi favor, mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y adónde voy; en cambio ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy.
Ustedes juzgan con criterios humanos, yo no juzgo a nadie.
Y si juzgase, mi juicio sería válido, porque no juzgo yo solo, sino con el Padre que me envió.
Y en la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido.
Yo soy testigo en mi causa y es testigo también el Padre que me envió.
Le preguntaron:
—¿Dónde está tu padre?
Jesús contestó:
—Ustedes no me conocen ni a mí ni a mi Padre. Si me conocieran a mí, conocerían a mi Padre.
Estas palabras las pronunció junto al lugar del tesoro, cuando enseñaba en el templo. Nadie lo detuvo, porque no había llegado su hora.
Origen y meta de Jesús
En otra ocasión les dijo:
—Yo me voy, ustedes me buscarán y morirán en su pecado. A donde yo voy ustedes no pueden venir.
Comentaron los judíos:
—¿Será que se piensa matar y por eso dice que no podemos ir a donde él va?
Les dijo:
—Ustedes son de aquí abajo, yo soy de lo alto; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo.
Yo les dije que morirían por sus pecados. Si no creen que Yo soy, morirán por sus pecados.
Le preguntaron:
—¿Tú quién eres?
Jesús les contestó:
—Esto es lo que les estoy diciendo desde el principio.
Tengo mucho que decir y juzgar de ustedes. Pero el que me envió dice la verdad, y lo que escuché de él es lo que digo al mundo
–no comprendieron que se refería al Padre–.
Jesús añadió:
—Cuando hayan levantado al Hijo del Hombre, comprenderán que Yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como mi Padre me enseñó.
El que me envió está conmigo y no me deja solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.
Por estas palabras muchos creyeron en él.
La verdad libera
A los judíos que habían creído en él, Jesús les dijo:
—Si se mantienen fieles a mi palabra, serán realmente discípulos míos,
conocerán la verdad y la verdad los hará libres.
Le contestaron:
—Somos descendientes de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Por qué dices que seremos libres?
Jesús les contestó:
—Les aseguro que quien peca es esclavo;
y el esclavo no permanece siempre en la casa, mientras que el hijo permanece siempre.
Por tanto, si el Hijo les da la libertad, serán realmente libres.
Yo sé que ustedes son descendientes de Abrahán; pero tratan de matarme porque no aceptan mi palabra.
Yo digo lo que he visto junto a mi Padre; ustedes hacen lo que han oído a su padre.
Los verdaderos hijos de Dios
Le contestaron:
—Nuestro padre es Abrahán.
Replicó Jesús:
—Si fueran hijos de Abrahán, harían las obras de Abrahán.
Pero ahora intentan matarme a mí, al hombre que les dice la verdad que ha oído de Dios. Eso no lo hacía Abrahán.
Pero ustedes obran como su padre.[Entonces] le responden:
—Nosotros no somos hijos bastardos; tenemos un solo padre, que es Dios.
Jesús les replicó:
—Si Dios fuera su padre, ustedes me amarían, porque yo vine de parte de Dios y aquí estoy. No vine por mi cuenta, sino que él me envió.
¿Por qué no entienden mi lenguaje? Porque no son capaces de escuchar mi palabra.
El padre de ustedes es el Diablo y ustedes quieren cumplir los deseos de su padre. Él era homicida desde el principio; no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando dice mentiras, habla su lenguaje, porque es mentiroso y padre de la mentira.
Pero a mí no me creen, porque les digo la verdad.
¿Quién de ustedes probará que tengo pecado? Si les digo la verdad, ¿por qué no me creen?
El que viene de Dios escucha las palabras de Dios. Por eso ustedes no escuchan, porque no son de Dios.
Unidad de Jesús con Dios
Le contestaron los judíos:
—¿No tenemos razón al decir que eres samaritano y estás endemoniado?
Jesús contestó:
—No estoy endemoniado, sino que honro a mi Padre y ustedes me deshonran a mí.
Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga.
Les aseguro que quien cumpla mi palabra no sufrirá jamás la muerte.
[Entonces] le dijeron los judíos:
—Ahora sí estamos seguros de que estás endemoniado. Abrahán murió, lo mismo los profetas, y tú dices que quien cumpla tu palabra no sufrirá jamás la muerte.
¿Por quién te tienes?
Contestó Jesús:
—Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, el mismo que ustedes llaman nuestro Dios,
aunque no lo conocen. Yo en cambio lo conozco. Si dijera que no lo conozco, sería mentiroso como ustedes. Pero lo conozco y cumplo su palabra.
Abrahán, el padre de ustedes disfrutaba esperando ver mi día: lo vio y se llenó de alegría.
Le replicaron los judíos:
—No has cumplido cincuenta años, ¿y has conocido a Abrahán?
Jesús les dijo:
—Les aseguro, antes de que existiera Abrahán, existo yo.
Recogieron piedras para apedrearlo; pero Jesús se escondió y salió del templo.
Sana a un ciego de nacimiento
Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento.
Los discípulos le preguntaron:
—Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?
Jesús contestó:
—Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios.
Mientras es de día, tienen que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar.
Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos
y le dijo:
—Ve a lavarte a la piscina de Siloé –que significa enviado–.
Fue, se lavó y al regresar ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban:
—¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?
Unos decían:
—Es él.Otros decían:
—No es, sino que se le parece.
Él respondía:
—Soy yo.
Así que le preguntaron:
—¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos?
Contestó:
—Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista.
Le preguntaron:
—¿Dónde está él?
Responde:
—No sé.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego
–era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos–.
Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista.
Les respondió:
—Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo.
Algunos fariseos le dijeron:
—Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado.
Otros decían:
—¿Cómo puede un pecador hacer tales milagros?
Y estaban divididos.
Preguntaron de nuevo al ciego:
—Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?
Contestó:
—Que es profeta.
Los judíos no terminaban de creer que había sido ciego y había recobrado la vista; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista
y les preguntaron:
—¿Es éste su hijo, el que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
Contestaron sus padres:
—Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;
pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos; quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él, que es mayor de edad y puede dar razón de sí
–sus padres dijeron esto por temor a los judíos; porque los judíos ya habían decidido que quien lo confesara como Mesías sería expulsado de la sinagoga.
Por eso dijeron los padres que tenía edad y que le preguntaran a él–.
Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
—Da gloria a Dios. A nosotros nos consta que aquél es un pecador.
Les contestó:
—Si es pecador, no lo sé; de una cosa estoy seguro, que yo era ciego y ahora veo.
Le preguntaron de nuevo:
—¿Cómo te abrió los ojos?
Les contestó:
—Ya lo he dicho y no me creyeron; ¿para qué quieren oírlo de nuevo? ¿No será que también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?
Lo insultaron diciendo:
—¡Tú serás discípulo de ese hombre nosotros somos discípulos de Moisés!
Sabemos que Dios le habló a Moisés; en cuanto a ése, no sabemos de dónde viene.
Les respondió:
—Eso es lo extraño, que ustedes no saben de dónde viene y a mí me abrió los ojos.
Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que escucha al que es piadoso y cumple su voluntad.
Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.
Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada.
Le contestaron:
—Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones?
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo:
—¿Crees en el Hijo del Hombre?
Contestó:
—¿Quién es, Señor, para que crea en él?
Jesús le dijo:
—Lo has visto: es el que está hablando contigo.
Respondió:
—Creo, Señor.Y se postró ante él.
Jesús dijo:
—He venido a este mundo para un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos.
Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron:
—Y nosotros, ¿estamos ciegos?
Les respondió Jesús:
—Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven, su pecado permanece.
Jesús, el buen pastor
Les aseguro: el que no entra por la puerta al corral de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y asaltante.
El que entra por la puerta es el pastor del rebaño.
El cuidador le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca.
Cuando ha sacado a todas las suyas, camina delante de ellas y ellas lo siguen; porque reconocen su voz.
A un extraño no le siguen, sino que escapan de él, porque no reconocen la voz de los extraños.
Ésta es la parábola que Jesús les propuso, pero ellos no entendieron a qué se refería.
Entonces, les habló otra vez:
—Les aseguro que Yo soy la puerta del rebaño.
Todos los que vinieron [antes de mí] eran ladrones y asaltantes; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos.
El ladrón no viene más que a robar, matar y destrozar. Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia.
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
El asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, escapa abandonando las ovejas, y el lobo las arrebata y dispersa.
Como es asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen pastor: conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí,
como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y doy la vida por las ovejas.
Tengo otras ovejas que no pertenecen a este corral; a ésas tengo que guiarlas para que escuchen mi voz y se forme un solo rebaño con un solo pastor.
Por eso me ama el Padre, porque doy la vida, para después recobrarla.
Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y para después recobrarla. Éste es el encargo que he recibido del Padre.
Estas palabras provocaron una nueva división entre los judíos.
Muchos decían:
—Está endemoniado y loco, ¿por qué lo escuchan?
Otros decían:
—Esas palabras no son de un endemoniado. ¿Puede un endemoniado abrir los ojos a los ciegos?
En la fiesta de la Dedicación
Se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación y era invierno.
Jesús paseaba en el templo, en el pórtico de Salomón.
Lo rodearon los judíos y le preguntaron:
—¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo claramente.
Jesús les contestó:
—Ya lo he dicho y no creen. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí.
Pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen;
yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrancará de mi mano.
Mi Padre que me las ha dado es más que todos y nadie puede arrancar nada de las manos de mi Padre.
El Padre y yo somos uno.
Los judíos tomaron piedras para apedrearlo.
Jesús les dijo:
—Por encargo del Padre les hice ver muchas obras buenas: ¿por cuál de ellas me apedrean?
Le contestaron los judíos:
—Por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque siendo hombre te haces Dios.
Jesús les contestó:
—¿No está escrito en la ley de ustedes: Yo les digo: son dioses?
Si la ley llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios, y la Escritura no puede fallar,
¿cómo dicen: Tú blasfemas al que el Padre consagró y envió al mundo, porque dijo que es Hijo de Dios?
Si no hago las obras de mi Padre, no me crean.
Pero si las hago, crean en las obras aunque no me crean a mí, así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre.
[Entonces] intentaron arrestarlo de nuevo, pero él se les escapó de las manos.
Pasó de nuevo a la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba en otro tiempo, y se quedó allí.
Acudieron muchos a él y decían:
—Aunque Juan no hizo señal alguna, todo lo que dijo de éste era verdad.
Y allí, muchos creyeron en él.
Resucita a Lázaro
Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, el pueblo de María y su hermana Marta.
María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había secado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo.
Las hermanas le enviaron un mensaje:
—Señor, tu amigo está enfermo.
Al oírlo, Jesús comentó:
—Esta enfermedad no ha de terminar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro.
Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estadía dos días en el lugar.
Después dice a los discípulos:
—Vamos a volver a Judea.
Le dicen los discípulos:
—Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá?
Jesús les contestó:
—¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo;
quien camina de noche tropieza porque no tiene luz.
Dicho esto, añadió:
—Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo.
Contestaron los discípulos:
—Señor, si está dormido, sanará.
Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño.
Entonces Jesús les dijo abiertamente:
—Lázaro ha muerto.
Y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Vayamos a verlo.
Tomás –que significa mellizo– dijo a los demás discípulos:
—Vamos también nosotros a morir con él.
Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro.
Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros.
Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano.
Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Marta dijo a Jesús:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto.
Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá.
Le dice Jesús:
—Tu hermano resucitará.
Le dice Marta:
—Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le contestó:
—Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá;
y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees?
Le contestó:
—Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.
Dicho esto, se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo:
—El Maestro está aquí y te llama.
Al oírlo, se levantó rápidamente y se dirigió hacia él.
Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta.
Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí.
Cuando María llegó adonde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto.
Jesús al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro
y dijo muy conmovido:
—¿Dónde lo han puesto?
Le dicen:
—Ven, Señor, y lo verás.
Jesús lloró.
Los judíos comentaban:
—¡Cómo lo quería!
Pero algunos decían:
—El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera?
Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. Era una caverna con una piedra adelante.
Jesús dice:
—Retiren la piedra.
Le dice Marta, la hermana del difunto:
—Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto.
Le contesta Jesús:
—¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?
Retiraron la piedra. Jesús alzó la vista al cielo y dijo:
—Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado.
Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste.
Dicho esto, gritó con fuerte voz:
—Lázaro, sal afuera.
Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo:
—Desátenlo para que pueda caminar.
Muchos judíos que habían ido a visitar a María y vieron lo que hizo creyeron en él.
Pero algunos fueron y contaron a los fariseos lo que había hecho Jesús.
Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron:
—¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchos milagros.
Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación.
Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
—No entienden nada.
¿No ven que es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que muera toda la nación?
No lo dijo por cuenta propia, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús moriría por la nación.
Y no sólo por la nación, sino para reunir en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos.
Así, a partir de aquel día, resolvieron darle muerte.
Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó a una región próxima al desierto, a un pueblo llamado Efraín, y se quedó allí con los discípulos.
Se acercaba la Pascua judía y muchos subían del campo a Jerusalén para purificarse antes de la fiesta.
Buscaban a Jesús y, de pie en el templo, comentaban entre sí:
—¿Qué les parece? ¿Vendrá a la fiesta o no?
Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes para que quien conociese su paradero lo denunciase, de modo que pudieran arrestarlo.
Unción en Betania
Seis días antes de la Pascua Jesús fue a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
Le ofrecieron un banquete. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales.
María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy costoso, ungió con él los pies a Jesús y se los enjugó con los cabellos. La casa se llenó del olor del perfume.
Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:
—¿Por qué no han vendido ese perfume en trescientas monedas para repartirlas a los pobres?
–lo decía no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón; y, como llevaba la bolsa, robaba de lo que ponían en ella–.
Jesús contestó:
—Déjala que lo guarde para el día de mi sepultura.
A los pobres los tendrán siempre entre ustedes, pero a mí no siempre me tendrán.
Un gran gentío de judíos supo que estaba allí y acudieron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
Los sumos sacerdotes habían decidido dar muerte también a Lázaro,
porque por su causa muchos judíos iban y creían en Jesús.
Entrada triunfal en Jerusalén
Al día siguiente, un gran gentío que había llegado para la fiesta, al saber que Jesús se dirigía a Jerusalén,
tomaron ramas de palma y salieron a su encuentro gritando:
—¡Hosana,
bendito el que viene
en nombre del Señor,
el rey de Israel!
Jesús encontró un burrito y montó en él. Como está escrito:
No temas, joven Sión:
mira que llega tu rey cabalgando
una cría de asno.
Esto no lo entendieron los discípulos en aquel momento. Pero, cuando Jesús fue glorificado, se acordaron de que todo lo que le había sucedido era lo que estaba escrito acerca de él.
La gente que había asistido cuando llamó a Lázaro y lo resucitó de entre los muertos contaba el hecho.
Por eso la gente salió a su encuentro, porque se enteraron de la señal que había realizado.
En cambio, los fariseos comentaban entre sí:
—Ya ven que así no vamos a conseguir nada; todo el mundo se va con él.
Los griegos y Jesús
Había unos griegos que habían subido para los cultos de la fiesta.
Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron:
—Señor, queremos ver a Jesús.
Felipe va y se lo dice a Andrés; Felipe y Andrés van y se lo dicen a Jesús.
Jesús les contesta:
—Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado.
Les aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida en este mundo la conserva para una vida eterna.
El que quiera servirme, que me siga, y donde yo estoy estará mi servidor; si uno me sirve, lo honrará el Padre.
Ahora mi espíritu está agitado, y, ¿qué voy a decir? ¿Que mi Padre me libre de este trance? No; que para eso he llegado a este trance.
Padre, da gloria a tu Nombre.Vino una voz del cielo:
—Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.
La gente que estaba escuchando decía:
—Ha sido un trueno.
Otros decían:
—Le ha hablado un ángel.
Jesús respondió:
—Esa voz no ha sonado por mí, sino por ustedes.
Ahora comienza el juicio de este mundo y el príncipe de este mundo será expulsado.
Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí
–lo decía indicando de qué muerte iba a morir–.
La gente le contestó:
—Hemos oído en la ley que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del Hombre tiene que ser levantado? ¿Quién es este Hijo del Hombre?
Jesús les dijo:
—La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan luz, para que no los sorprendan las tinieblas. Quien camina a oscuras no sabe a dónde va.
Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz.Así habló Jesús; después se apartó de ellos y se escondió.
Fin del ministerio público de Jesús
A pesar de las muchas señales que había realizado en su presencia no creían en él.
Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías:
Señor, ¿quién creyó nuestro anuncio?
¿A quién se reveló el poder del Señor?
Así que no podían creer, como dice también Isaías:
Él ha cegado sus ojos,
y ha endurecido su mente:
para que sus ojos no vean
y su mente no entienda,
para que no se conviertan,
de modo que yo los sane.
Eso dijo Isaías porque vio su gloria y habló de él.
Con todo, muchos creyeron en él, aún entre los jefes; pero por miedo a los fariseos no lo decían, para que no los expulsaran de la sinagoga.
Prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios.
Jesús exclamó:
—El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió;
y el que me ve, ve al que me envió.
Yo soy la luz y he venido al mundo, para que quien crea en mí no se quede a oscuras.
Al que escucha mis palabras y no las cumple yo no lo juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo.
Quien me desprecia y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he dicho lo juzgará el último día.
Porque yo no hablé por mi cuenta; el Padre que me envió me encarga lo que debo decir y hablar.
Y sé que su encargo es vida eterna. Lo que digo lo digo como me lo ha dicho el Padre.
Lava los pies a los discípulos
Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Durante la cena, cuando el Diablo había sugerido a Judas Iscariote que lo entregara,
sabiendo que todo lo había puesto el Padre en sus manos, que había salido de Dios y volvía a Dios,
se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ató a la cintura.
Después echa agua en un recipiente y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura.
Llegó a Simón Pedro, el cual le dice:
—Señor, ¿tú me vas a lavar los pies?
Jesús responde:
—Lo que yo hago no lo entiendes ahora, más tarde lo entenderás.
Replica Pedro:
—No me lavarás los pies jamás.
Le responde Jesús:
—Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.
Le dice Simón Pedro:
—Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza.
Le responde Jesús:
—El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos
–conocía al que lo iba a entregar y por eso dijo que no todos estaban limpios–.
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo:
—¿Comprenden lo que acabo de hacer?
Ustedes me llaman maestro y señor, y dicen bien.
Pero si yo, que soy maestro y señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.
Les aseguro que el sirviente no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía.
Serán felices si, sabiendo estas cosas las cumplen.
No hablo de todos ustedes, porque sé a quiénes he elegido. Pero se ha de cumplir aquello de la Escritura:
El que compartía mi pan
se levantó contra mí.
Se lo digo ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.
Les aseguro: quien reciba al que yo envíe me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe al que me envió.
Anuncia la traición
Dicho esto, Jesús se estremeció por dentro y declaró:
—Les aseguro que uno de ustedes me entregará.
Los discípulos se miraban unos a otros sin saber por quién lo decía.
Uno de los discípulos, el más amigo de Jesús, estaba reclinado a su derecha.
Simón Pedro le hace un gesto y le dice:
—Averigua a quién se refiere.
Él se inclinó hacia el costado de Jesús y le dijo:
—Señor, ¿quién es?
Le responde Jesús:
—Aquel a quien le dé un trozo de pan remojado.Remojó el pan, lo tomó y se lo dio a Judas el de Simón Iscariote.
Detrás del bocado Satanás entró en él. Jesús le dice:
—Lo que tienes que hacer hazlo pronto.
Ninguno de los comensales comprendió por qué lo decía.
Algunos pensaron que como Judas tenía la bolsa, Jesús le había encargado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Y enseguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Era de noche.
El amor fraterno
Cuando salió, dijo Jesús:
—Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado por él.
[Si Dios ha sido glorificado por él,] también Dios lo glorificará por sí mismo, y lo hará pronto.
Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes; me buscarán y, como dije a los judíos también lo digo ahora, a donde yo voy ustedes no pueden venir.
Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros.
En eso conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros.
[Le] dice Simón Pedro:
—Señor, ¿adónde vas?
Le respondió Jesús:
—A donde yo voy no puedes seguirme por ahora, me seguirás más tarde.
Le dice Pedro:
—Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti.
Le contesta Jesús:
—¿Que darás la vida por mí? Te aseguro que antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.
Jesús, camino hacia el Padre
No se inquieten. Crean en Dios y crean en mí.
En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar.
Cuando haya ido y les tenga preparado un lugar, volveré para llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes.
Ya conocen el camino para ir a donde [yo] voy.
Le dice Tomás:
—Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?
Le dice Jesús:
—Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí.
Si me conocieran a mí, conocerían también al Padre. En realidad, ya lo conocen y lo han visto.
Le dice Felipe:
—Señor, enséñanos al Padre y nos basta.
Le responde Jesús:
—Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre?
¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo les digo no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí es el que hace las obras.
Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, créanlo por las mismas obras.
Les aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre;
y yo haré todo lo que pidan en mi nombre, para que por el Hijo se manifieste la gloria del Padre.
Si ustedes piden algo en mi nombre, yo lo haré.
Si me aman, cumplirán mis mandamientos;
y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes:
el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos.
Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes.
Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.
Le dice Judas –no el Iscariote–:
—Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?
Jesús le contestó:
—Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él.
Quien no me ama no cumple mis palabras, y la palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Les he dicho esto mientras estoy con ustedes.
El Defensor, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que [yo] les he dicho.
La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo. No se inquieten ni se acobarden.
Oyeron que les dije que me voy y volveré a visitarlos. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo.
Les he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.
Ya no hablaré mucho con ustedes, porque está llegando el príncipe del mundo. No tiene poder sobre mí,
pero el mundo tiene que saber que yo amo al Padre y hago lo que el Padre me encargó. ¡Levántense! Vámonos de aquí.
La vid verdadera
Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador.
Él corta los sarmientos que en mí no dan fruto; a los que dan fruto los poda para que den aún más.
Ustedes ya están limpios por la palabra que les he anunciado.
Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada.
Si uno no permanece en mí lo tirarán afuera como el sarmiento y se secará: los toman, los echan al fuego y se queman.
Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pedirán lo que quieran y lo obtendrán.
Mi Padre será glorificado si dan fruto abundante y son mis discípulos.
Como el Padre me amó así yo los he amado: permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que participen de mi alegría y sean plenamente felices.
Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo sirvientes, porque el sirviente no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre.
No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidan al Padre en mi nombre él se lo concederá.
Esto es lo que les mando, ámense unos a otros.
El odio del mundo
Si el mundo los odia, sepan que primero me odió a mí.
Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero, como no son del mundo, sino que yo los elegí sacándolos del mundo, por eso el mundo los odia.
Recuerden lo que les dije: Un sirviente no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; si cumplieron mi palabra, también cumplirán la de ustedes.
Los tratarán así a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.
Si no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado.
Quien me odia a mí odia al Padre.
Si no hubiera hecho ante ellos obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado. Pero ahora, aunque las han visto, nos odian a mí y a mi Padre.
Así se cumple lo escrito en la ley acerca de ellos: me odiaron sin causa.
El testimonio del Espíritu y de los discípulos
Cuando venga el Defensor que yo les enviaré de parte del Padre, él dará testimonio de mí;
y ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio.
Les he dicho todo esto para que no fallen.
Los expulsarán de la sinagoga. Incluso más, llegará un tiempo en que el que los mate pensará que está dando culto a Dios.
Y eso lo harán porque no conocen al Padre ni a mí.
Esto se lo digo para que, cuando llegue su momento, se acuerden de que ya se lo había dicho. No les dije estas cosas desde el principio porque yo estaba con ustedes.
Ahora me vuelvo al que me envió y nadie me pregunta a dónde voy.
La obra del Espíritu
Lo que les he dicho los ha llenado de tristeza;
pero les digo la verdad: les conviene que yo me vaya. Si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy, lo enviaré a ustedes.
Cuando él venga, convencerá al mundo de un pecado, de una justicia, y de una sentencia:
el pecado que no han creído en mí;
la justicia que yo voy al Padre y no me verán más;
la sentencia que el príncipe de este mundo ya ha sido condenado.
Muchas cosas me quedan por decirles, pero ahora no pueden comprenderlas.
Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará el futuro.
Él me dará gloria porque recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes.
Todo lo que tiene el Padre es mío, por eso les dije que recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes.
Alegría tras la pena
Dentro de poco ya no me verán, y poco después me volverán a ver.
Los discípulos comentaban entre sí:
—¿Qué es lo que dice? Dentro de poco ya no me verán, y poco después me volverán a ver; y qué significa eso de: Voy al Padre.
Decían:
—¿A qué poco se refiere? No entendemos lo que dice.
Jesús comprendió que querían preguntarle y les dijo:
—Ustedes discuten entre sí qué significan mis palabras: dentro de poco ya no me verán y poco después me volverán a ver.
Les aseguro que ustedes llorarán y se lamentarán mientras el mundo se divierte; estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo.
Cuando una mujer va a dar a luz, está triste, porque le llega su hora. Pero, cuando ha dado a luz a la criatura no se acuerda de la angustia, por la alegría que siente de haber traído un hombre al mundo.
Así ustedes ahora están tristes; pero los volveré a visitar y se llenarán de alegría, y nadie les quitará su alegría.
Aquel día no me preguntarán nada.
Les aseguro que todo lo que pidan a mi Padre, él se lo concederá en mi nombre.
Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre; pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.
Les he dicho esto en parábolas; pero llega la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré claramente de mi Padre.
Aquel día pedirán en mi nombre, y no será necesario que yo pida al Padre por ustedes,
ya que el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que yo vine de parte de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre.
Le dicen los discípulos:
—Ahora sí que hablas claramente, sin usar parábolas.
Ahora sabemos que lo sabes todo y que no hace falta que nadie te pregunte; por eso creemos que vienes de Dios.
Jesús les contestó:
—¿Ahora creen?
Miren, llega la hora, ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo. Pero yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
Les he dicho esto para que gracias a mí tengan paz. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.
Oración sacerdotal de Jesús
Así habló Jesús. Después, levantando la vista al cielo, dijo:
—Padre, ha llegado la hora: da gloria a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria;
ya que le has dado autoridad sobre todos los hombres para que dé vida eterna a cuantos le has confiado.
En esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús el Mesías.
Yo te he dado gloria en la tierra cumpliendo la tarea que me encargaste hacer.
Ahora tú, Padre, dame gloria junto a ti, la gloria que tenía junto a ti, antes de que hubiera mundo.
He manifestado tu nombre a los hombres que separaste del mundo para confiármelos: eran tuyos y me los confiaste y han cumplido tus palabras.
Ahora comprenden que todo lo que me confiaste procede de ti.
Las palabras que tú me comunicaste yo se las comuniqué; ellos las recibieron y comprendieron realmente que vine de tu parte, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has confiado, pues son tuyos.
Todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío: en ellos se revela mi gloria.
Ya no estoy en el mundo, mientras que ellos están en el mundo; yo voy hacia ti, Padre Santo, cuida en tu nombre, a los que me diste, para que sean uno como nosotros.
Mientras estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste; los custodié, y no se perdió ninguno de ellos; excepto el destinado a la perdición, para cumplimiento de la Escritura.
Ahora voy hacia ti; y les digo esto mientras estoy en el mundo para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.
Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió, porque no son del mundo, igual que yo no soy del mundo.
No pido que los saques del mundo, sino que los libres del Maligno.
No son del mundo, igual que yo no soy del mundo.
Conságralos con la verdad: tu palabra es verdad.
Como tú me enviaste al mundo, yo los envié al mundo.
Por ellos me consagro, para que queden consagrados con la verdad.
No sólo ruego por ellos, sino también por los que han de creer en mí por medio de sus palabras.
Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Yo les di la gloria que tú me diste para que sean uno como lo somos nosotros.
Yo en ellos y tú en mí, para que sean plenamente uno; para que el mundo conozca que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí.
Padre, quiero que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy; para que contemplen mi gloria, la que me diste porque me amaste antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido; yo te he conocido y éstos han conocido que tú me enviaste.
Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos.
Arresto de Jesús
Dicho esto, salió Jesús con los discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto; allá entró él con sus discípulos.
Judas, el traidor, conocía el lugar, porque Jesús muchas veces se había reunido allí con sus discípulos.
Entonces Judas tomó un destacamento y algunos empleados de los sumos sacerdotes y los fariseos, y se dirigió allá con antorchas, linternas y armas.
Jesús, sabiendo todo lo que le iba a pasar, se adelantó y les dice:
—¿A quién buscan?
Le respondieron:
—A Jesús, el Nazareno.
Les dice:
—Yo soy.
También Judas, el traidor, estaba con ellos.
Cuando les dijo: Yo soy, retrocedieron y cayeron al suelo.
Les preguntó de nuevo:
—¿A quién buscan?
Le respondieron:
—A Jesús, el Nazareno.
Contestó Jesús:
—Ya les dije que yo soy, pero, si me buscan a mí, dejen ir a éstos.
Así se cumplió lo que había dicho: No he perdido ninguno de los que me has confiado.
Simón Pedro, que iba armado de espada, la desenvainó, dio un tajo al sirviente del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha –el sirviente se llamaba Malco–.
Jesús dijo a Pedro:
—Envaina la espada: ¿Acaso no beberé la copa que me ha ofrecido mi Padre?
El destacamento, el comandante y los agentes de los judíos arrestaron a Jesús, lo ataron
y se lo llevaron primero a Anás que era suegro de Caifás, el sumo sacerdote de aquel año
–Caifás era el mismo que había dicho a los judíos, que era mejor para ellos que un solo hombre muriese por el pueblo–.
Jesús ante Anás – Negaciones de Pedro
Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Como ese discípulo era conocido del sumo sacerdote, entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote,
mientras Pedro se quedaba afuera, en la puerta.
Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera y ésta dejó entrar a Pedro.
La sirvienta de la portería dice a Pedro:
—¿No eres tú también discípulo de ese hombre?
Contesta él:
—No lo soy.
Como hacía frío, los sirvientes y los guardias habían encendido fuego y se calentaban. Pedro estaba con ellos protegiéndose del frío.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su enseñanza.
Jesús le contestó:
—Yo he hablado públicamente al mundo; siempre enseñé en sinagogas o en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto.
¿Por qué me interrogas? Interroga a los que me han oído hablar, que ellos saben lo que les dije.
Apenas Jesús dijo aquello, uno de los guardias presentes le dio una bofetada y le dijo:
—¿Así respondes al sumo sacerdote?
Jesús contestó:
—Si he hablado mal, demuéstrame la maldad; pero si he hablado bien, ¿por qué me golpeas?
Anás lo envió atado al sumo sacerdote Caifás.
Simón Pedro seguía junto al fuego. Le preguntan:
—¿No eres tú también discípulo suyo?
Él lo negó:
—No lo soy.
Uno de los sirvientes del sumo sacerdote, pariente de aquél a quien Pedro había cortado la oreja, insistió:
—¿Acaso no te vi yo con él en el huerto?
Pedro volvió a negarlo y en ese momento cantó el gallo.
Jesús ante Pilato
Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al cuartel. Era temprano. Ellos no entraron en el cuartel para evitar contaminarse y poder comer la Pascua.
Pilato salió afuera, adonde estaban, y les preguntó:
—¿De qué acusan a este hombre?
Le contestaron:
—Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado.
Les replicó Pilato:
—Entonces, tómenlo y júzguenlo según la legislación de ustedes.
Los judíos le dijeron:
—No nos está permitido dar muerte a nadie
–así se cumplió lo que Jesús había dicho sobre la manera en que tendría que morir–.
Entró de nuevo Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:
—¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús respondió:
—¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí?
Pilato respondió:
—¡Ni que yo fuera judío! Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?
Contestó Jesús:
—Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Le dijo Pilato:
—Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús contestó:
—Tú lo dices. Yo soy rey, para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien está de parte de la verdad escucha mi voz.
Le dice Pilato:
—¿Qué es la verdad?
Condena a muerte
Dicho esto, salió de nuevo adonde estaban los judíos y les dijo:
—No encuentro en él culpa alguna.
Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a un preso durante la fiesta de la Pascua. ¿Quieren que suelte al rey de los judíos?
Volvieron a gritar:
—A ése no, suelta a Barrabás.Barrabás era un asaltante.
Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y lo mandó azotar.
Los soldados entrelazaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; lo revistieron con un manto rojo,
y acercándose a él le decían:
—¡Salud, rey de los judíos!
Y le pegaban en la cara.
Salió otra vez Pilato afuera y les dijo:
—Miren, lo saco afuera para que sepan que no encuentro en él culpa alguna.
Salió Jesús afuera, con la corona de espinas y el manto rojo.
Pilato les dice:
—Aquí tienen al hombre.
Cuando los sumos sacerdotes y los policías del templo lo vieron, gritaron:
—¡Crucifícalo, crucifícalo!
Les dice Pilato:
—Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, que yo no encuentro en él ningún motivo de condena.
Le replicaron los judíos:
—Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho pasar por hijo de Dios.
Cuando Pilato oyó aquellas palabras, se asustó mucho.
Entró en el cuartel y dice de nuevo a Jesús:
—¿De dónde eres?
Jesús no le dio respuesta.
Le dice Pilato:
—¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?
[Le] contestó Jesús:
—No tendrías poder contra mí si no te lo hubiera dado el cielo. Por eso el que me entrega es más culpable.
A partir de entonces, Pilato procuraba soltarlo, mientras los judíos gritaban:
—Si sueltas a ése, no eres amigo del césar. El que se hace rey va contra el césar.
Al oír aquello, Pilato sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gábbata.
Era la víspera de Pascua, al mediodía. Dice a los judíos:
—Ahí tienen a su rey.
Ellos gritaron:
—¡Afuera, afuera, crucifícalo!
Les dice Pilato:
—¿Voy a crucificar a su rey?
Los sumos sacerdotes contestaron:
—No tenemos más rey que el césar.
Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.
Crucifixión y muerte de Jesús
Se lo llevaron;
y Jesús salió cargando él mismo con la cruz, hacia un lugar llamado La Calavera, en hebreo Gólgota.
Allí lo crucificaron con otros dos: uno a cada lado y en medio Jesús.
Pilato había hecho escribir un letrero y clavarlo en la cruz. El escrito decía: Jesús el Nazareno, rey de los Judíos.
Muchos judíos leyeron el letrero, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad. Además, el letrero estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Los sumos sacerdotes dijeron a Pilato:
—No escribas: Rey de los judíos, sino: Éste ha dicho: Soy rey de los judíos.
Pilato contestó:
—Lo escrito, escrito está.
Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron su ropa y la dividieron en cuatro partes, una para cada soldado; tomaron también la túnica. Era una túnica sin costuras, tejida de arriba abajo, de una pieza.
Así que se dijeron:—No la rasguemos; vamos a sortearla, para ver a quien le toca.
Así se cumplió lo escrito:
Se repartieron mi ropa
y se sortearon mi túnica.
Es lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena.
Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre:
—Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Después dice al discípulo:
—Ahí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.
Después, sabiendo que todo había terminado, para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo:
—Tengo sed.
Había allí un jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a una caña y se la acercaron a la boca.
Jesús tomó el vinagre y dijo:
—Todo se ha cumplido.
Dobló la cabeza y entregó el espíritu.
Era la víspera del sábado, el más solemne de todos; los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos para que no quedaran en la cruz durante el sábado.
Fueron los soldados y quebraron las piernas a los dos crucificados con él.
Al llegar a Jesús, viendo que estaba muerto, no le quebraron las piernas;
sino que un soldado le abrió el costado con una lanza. Enseguida brotó sangre y agua.
El que lo vio lo atestigua y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.
Esto sucedió de modo que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ni un hueso;
y otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que ellos mismos atravesaron.
Sepultura de Jesús
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús, por miedo a los judíos, pidió permiso a Pilato para llevarse el cadáver de Jesús. Pilato se lo concedió. Él fue y se llevó el cadáver.
Fue también Nicodemo, el que lo había visitado en una ocasión de noche, llevando cien libras de una mezcla de mirra y áloe.
Tomaron el cadáver de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos.
En el lugar donde había sido crucificado había un huerto y en él un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido sepultado.
Como era la víspera de la fiesta judía y como el sepulcro estaba cerca, colocaron allí a Jesús.
Resurrección de Jesús
El primer día de la semana, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena va al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro.
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos.
Les dice Simón Pedro:—Voy a pescar.Le responden:—Nosotros también vamos.Salieron y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada.
Al amanecer Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús.
Les dice Jesús:—Muchachos, ¿tienen algo de comer?Ellos contestaron:—No.
Les dijo:—Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.Tiraron la red y era tanta la abundancia de peces que no podían arrastrarla.
El discípulo amado de Jesús dice a Pedro:—Es el Señor.Al oír Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
Los demás discípulos se acercaron en el bote, arrastrando la red con los peces, porque no estaban lejos de la orilla, apenas unos cien metros.
Cuando saltaron a tierra, ven unas brasas preparadas y encima pescado y pan.
Les dice Jesús:—Traigan algo de lo que acaban de pescar.
Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió.
Les dice Jesús:—Vengan a comer.Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado.
Ésta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos.
Misión de Simón Pedro15Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro:—Simón hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?Él le responde:—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.Jesús le dice:—Apacienta mis corderos.
Le pregunta por segunda vez:—Simón hijo de Juan, ¿me quieres?Él le responde:—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.Jesús le dice:—Apacienta mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:—Simón hijo de Juan, ¿me quieres?Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo:—Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.Jesús le dice:—Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro, cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías; cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te atará y te llevará a donde no quieras.
Lo decía indicando con qué muerte había de glorificar a Dios. Después de hablar así, añadió:—Sígueme.
Pedro se volvió y vio que lo seguía el discípulo amado de Jesús, el que se había apoyado sobre su costado durante la cena y le había preguntado quién era el traidor.
Viéndolo, Pedro pregunta a Jesús:—Señor, y de éste, ¿qué?
Le responde Jesús:—Si quiero que se quede hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme.
Así se corrió el rumor entre los discípulos de que aquel discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: Si quiero que se quede hasta que yo vuelva [a ti qué].
Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y lo ha escrito; y nos consta que su testimonio es verdadero.
Quedan otras muchas cosas que hizo Jesús. Si quisiéramos escribirlas una por una, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo.
A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo:
—La paz esté con ustedes.
Después dice a Tomás:
—Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.
Le contestó Tomás:
—Señor mío y Dios mío.
Le dice Jesús:
—Porque me has visto has creído; felices los que crean sin haber visto.
Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están relatadas en este libro.
Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él.
Se aparece junto al lago
Después Jesús se apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se apareció así:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos.
Les dice Simón Pedro:
—Voy a pescar.
Le responden:
—Nosotros también vamos.Salieron y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada.
Al amanecer Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús.
Les dice Jesús:
—Muchachos, ¿tienen algo de comer?
Ellos contestaron:
—No.
Les dijo:
—Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.Tiraron la red y era tanta la abundancia de peces que no podían arrastrarla.
El discípulo amado de Jesús dice a Pedro:
—Es el Señor.
Al oír Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
Los demás discípulos se acercaron en el bote, arrastrando la red con los peces, porque no estaban lejos de la orilla, apenas unos cien metros.
Cuando saltaron a tierra, ven unas brasas preparadas y encima pescado y pan.
Les dice Jesús:
—Traigan algo de lo que acaban de pescar.
Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió.
Les dice Jesús:
—Vengan a comer.Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado.
Ésta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos.
Misión de Simón Pedro
Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
—Simón hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?
Él le responde:
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis corderos.
Le pregunta por segunda vez:
—Simón hijo de Juan, ¿me quieres?
Él le responde:
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis ovejas.
Por tercera vez le pregunta:
—Simón hijo de Juan, ¿me quieres?
Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo:
—Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.
Jesús le dice:
—Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro, cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías; cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te atará y te llevará a donde no quieras.
Lo decía indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.
Después de hablar así, añadió:
—Sígueme.
Pedro se volvió y vio que lo seguía el discípulo amado de Jesús, el que se había apoyado sobre su costado durante la cena y le había preguntado quién era el traidor.
Viéndolo, Pedro pregunta a Jesús:
—Señor, y de éste, ¿qué?
Le responde Jesús:
—Si quiero que se quede hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme.
Así se corrió el rumor entre los discípulos de que aquel discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: Si quiero que se quede hasta que yo vuelva [a ti qué].
Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y lo ha escrito; y nos consta que su testimonio es verdadero.
Quedan otras muchas cosas que hizo Jesús. Si quisiéramos escribirlas una por una, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo.
Oración de los Fieles
Con toda la Iglesia, queremos seguirte e imitarte. Por eso, Señor, te decimos: R/Solo tú tienes palabra de vida eterna.
– Para que el Evangelio del Señor siga impactando a los ministros de la Iglesia como un mensaje siempre nuevo, y que atinen a proclamarlo con ardor y convicción, oramos.
– Para que aquellos a quienes el Señor ha llamado a servirlo en el sacerdocio y en la vida consagrada continúen entregándose a sí mismos con alegría y con fidelidad, a Dios y a su pueblo, oramos.
– Para que los que no encuentran ni meta ni sentido en la vida descubran un Dios a quien amar y adorar en nuestras comunidades cristianas, oramos.
Oración sobe las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
La muerte de Jesús, tu Hijo, fue el precio
que tuvo que pagar él por nuestra libertad.
En esos signos de pan y vino
él se nos da de nuevo
como nuestra comida y bebida de vida.
Impulsados con su fuerza,
queremos caminar por su senda
hacia ti y hacia los hermanos
como carne y sangre entregadas para otros,
con fe y esperanza en tu reino;
reino que permanecerá firme
por los siglos de los siglos.
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
En respuesta a tu invitación de amor
te hemos elegido,
por medio de nuestros padres y padrinos,
como el Dios de nuestras vidas.
Con la fuerza de la eucaristía
en la que acabamos de participar,
ayúdanos a renovar cada día
esta nuestra entrega a ti y a tu reino.
Que tu Hijo edifique con nosotros
una comunidad de justicia, de paz y de servicio,
y, si tarda en fecundar,
danos la seguridad de que, cuando llegue la hora,
la semilla crecerá y dará fruto ubérrimo,
que durará por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Hemos optado por Dios cuando recibimos el bautismo. Que nuestra conducta y nuestra vida no contradigan nunca esta opción, sino que la refuercen. Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y les acompañe siempre.
