PRIMERA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO  JUEVES

“¡OJALÁ PUDIERA TOCARLO!”

Ciclo del Leccionario: I

Introducción

Oración Colecta
Oh Dios y Padre nuestro:
Tú aceptas que tu Hijo Jesucristo
comparta la suerte de los marginados de la sociedad
y cargue sobre sí el sufrimiento de todos.
Que ojalá nosotros lleguemos a ser como él,
para que entre nosotros no haya ni un solo marginado,
para que ningún pecado sea imperdonable,
y para que ninguna miseria sea causa de rechazo.
Haznos, siguiendo el ejemplo de tu Hijo,
personas que alcen al despreciado
con palabras cálidas de acogida
y con obras de ánimo y aliento.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

 

Primera Lectura

Heb 3,7-14

La Carta a los Hebreos se escribió para judíos convertidos al Cristianismo que sufrían persecuciones a causa de su fe. Muchos habían emigrado de su país, Palestina, para vivir entre paganos. Se sentían inseguros y amenazados; eran “desplazados” … Y en ese contexto, era muy fuerte la tentación de abandonar el camino… Como sus antepasados en el desierto… dar la espalda a Dios para ya no tener más problemas, hacer apuestas… abandonar la fe… Por eso hoy se les dice, y se le dice también a esta Iglesia en transición, inestable y agitada de la que somos parte: “No endurezcan sus corazones; sigan confiando en Dios y escuchándolo” …

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El hoy de Dios 

En consecuencia, como dice el Espíritu Santo: Si hoy escuchan su voz,

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no endurezcan el corazón como cuando lo irritaron, el día de la prueba en el desierto,

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cuando sus padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis acciones

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durante cuarenta años. Por eso me indigné contra aquella generación y dije: Su mente siempre se extravía y no reconoce mis caminos.

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Por eso, airado, juré: No entrarán en mi descanso.

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Cuidado, hermanos: que ninguno de ustedes tenga un corazón perverso e incrédulo, que lo haga desertar del Dios vivo.

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Antes bien, anímense unos a otros cada día, mientras dura este hoy, para que nadie se endurezca seducido por el pecado.

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Porque, si mantenemos firme hasta el fin nuestra posición del principio, seremos compañeros de Cristo.

Evangelio

Mc 1,40-45

Jesús se conmovía con el dolor de los que encontraba en su camino y los liberaba. Así sucedió con el leproso del evangelio. No sólo lo curó, sino que hasta lo tocó demostrando que aceptaba y amaba a aquel hombre completamente. Lo mismo hace con nosotros. Alguna vez en nuestra vida él “nos toca” a través de un hermano, de una situación, de un problema… Para sanarnos y para recordarnos cuánto nos ama.

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Sana a un leproso

Se le acercó un leproso y [arrodillándose] le suplicó:
—Si quieres, puedes sanarme.

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Él se compadeció, extendió la mano, lo tocó y le dijo:
—Lo quiero, queda sano.

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Al instante se le fue la lepra y quedó sano.

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Después lo despidió advirtiéndole enérgicamente:

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—Cuidado con decírselo a nadie. Ve a presentarte al sacerdote y, para que le conste, lleva la ofrenda de tu sanación establecida por Moisés.

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Pero al salir, aquel hombre se puso a proclamar y divulgar más el hecho, de modo que Jesús ya no podía presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares despoblados. Y aun así, de todas partes acudían a él.

Oración de los Fieles

–      Con todos los que buscan perdón y reconciliación, te invocamos, Señor. Y por todos los que han encontrado perdón, te alabamos, Señor.

–      Con todos los que gimen y se lamentan, día y noche, en su soledad y miseria, te invocamos, Señor. Y por todos los que han encontrado amigos que los ayuden, te alabamos, Señor.

–      Por todos los que ocultan su sufrimiento, clamamos a ti, Señor. Y por todos los que comparten con hermanos afligidos y así los levantan de su postración, te alabamos, Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Oh Padre misericordioso:
Con este pan y este vino recordamos 
cómo tú nos alzaste 
de nuestros temores, culpas o aislamiento.
Disponnos a compartir con todos
nuestra alegría, nuestra aceptación y nuestro afecto
motivados por aquel que compartió nuestra pobreza
y se hizo a sí mismo débil y humilde con nosotros,
Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Oh Dios, Padre amable y misericordioso:
Sentados a la mesa de tu Hijo,
hemos aprendido hoy
a estar presentes los unos para los otros,
como él ha estado presente entre nosotros 
aquí en la Eucaristía, 
con un amor discreto y revitalizador
como un soplo de aire fresco.
En virtud de aquel que nos ha librado
de la dureza de nuestros corazones,
disponnos no sólo a compartir 
nuestras riquezas y nuestra pobreza,
sino también a recibirnos unos a otros
con alegría y con amor. 
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: ¡Qué feliz sería nuestra comunidad si pudiéramos aceptarnos mutua y plenamente como somos, sin juzgar, sin condenar, sin envidiar, sin despreciar a nadie, sin tratar de modelar a los demás conforme a nuestra propia imagen y semejanza! Construyámonos unos a otros, con la bendición del Señor. Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.

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