DECIMOSEGUNDA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO VIERNES
UN CORAZÓN COMPASIVO
Ciclo del Leccionario: II
Introducción
Oración Colecta
Señor Dios, Padre nuestro:
Tu Hijo Jesús nos reveló tu amor,
compasivo y sanador.
Que su presencia aquí en medio de nosotros
nos llene con su poder de compartir
las miserias de nuestro prójimo.
Que nuestras palabras sean como bálsamo
sobre heridas abiertas en sus corazones
y que nuestras acciones traigan curación
a todos los que nos rodean.
Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor.
Primera Lectura
Los judíos son castigados por su persistente infidelidad. Jerusalén y su templo son destruidos y el pueblo enviado al exilio.
Caída de Jerusalén
Pero el año noveno de su reinado, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército, acampó frente a ella y construyó torres de asalto alrededor.
La ciudad quedó sitiada hasta el año once del reinado de Sedecías,
el día noveno del mes cuarto. El hambre apretó en la ciudad, y no había pan para la población.
Se abrió brecha en la ciudad, y los soldados huyeron de noche, por la puerta entre las dos murallas, junto a los jardines reales, mientras los caldeos rodeaban la ciudad, y se marcharon por el camino de la estepa.
El ejército caldeo persiguió al rey; lo alcanzaron en la estepa de Jericó, mientras sus tropas se dispersaban, abandonándolo.
Apresaron al rey, y se lo llevaron al rey de Babilonia, que estaba en Ribla, y lo procesó.
A los hijos de Sedecías los hizo ajusticiar ante su vista; a Sedecías lo cegó, le echó cadenas de bronce y lo llevó a Babilonia.
El día primero del quinto mes –que corresponde al año diecinueve del renado de Nabucodonosor en Babilonia– llegó a Jerusalén Nabusardán, jefe de la guardia, funcionario del rey de Babilonia.
Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén, y puso fuego a todos los palacios.
El ejército caldeo, a las órdenes del jefe de la guardia, derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén.
Nabusardán, jefe de la guardia, se llevó cautivos al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la plebe.
De la clase baja dejó algunos, para que cultivaran los campos y las viñas.
Salmo Responsorial
R. (6a) Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.
Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos
a llorar de nostalgia;
de los sauces que estaban en la orilla
colgamos nuestras arpas. R.
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.
Aquellos que cautivos nos tenían
pidieron que cantáramos.
Decían los opresores:
“Algún cantar de Sión, alegres, cántennos”. R.
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.
Pero, ¿cómo podíamos cantar
un himno del Señor en tierra extraña?
¡Que la mano derecha se me seque,
si de ti, Jerusalén, yo me olvidara! R.
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.
¡Que se me pegue al paladar la lengua,
Jerusalén, si no te recordara,
o si fuera de ti,
alguna otra alegría yo buscara! R.
R. Tu recuerdo, Señor, es mi alegría.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Cristo hizo suyas nuestras debilidades
y cargó con nuestros dolores.
R. Aleluya.
Evangelio
Inmediatamente después del Sermón de la Montaña, Mateo nos narra una serie de milagros de Jesús. El primero de ellos es el evangelio de hoy: la curación de un leproso. Jesús había hablado con poder; ahora actúa con poder; Jesús había hablado de la ley del amor, ahora él mismo lo pone en práctica en un acto de ayuda compasiva a un marginado y proscrito. Tengamos presente que en la Biblia la lepra está unida muy de cerca al pecado, y que es como un signo físico del mismo pecado. Honremos a nuestro Señor Jesús en su compasión y perdón.
Sana a un leproso
Cuando bajaba del monte le seguía una gran multitud.
Un leproso se le acercó, se postró ante él y le dijo:
—Señor, si quieres, puedes sanarme.
Él extendió la mano y le tocó diciendo:
—Lo quiero, queda sano.
Y en ese instante se sanó de la lepra.
Jesús le dijo:
—No se lo digas a nadie; ve a presentarte al sacerdote y, para que les conste, lleva la ofrenda establecida por Moisés.
Oración de los Fieles
– Con todos los que buscan perdón y reconciliación, clamamos a ti, Señor.
– Con todos los que han encontrado perdón y que también saben perdonar, te damos gracias, Señor.
– Con todos los rechazados y excluidos por sus comunidades, clamamos a ti, Señor.
– Con todos los que acogen a sus hermanos y restauran su dignidad, te alabamos, Señor.
– Con todos los que ocultan con soberbia sus sufrimientos, clamamos a ti, Señor.
– Con todos los que los comparten humildemente con los demás y los inspiran, te alabamos, Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Padre nuestro:
Tú eres bueno con nosotros.
Con estos dones de pan y vino
te ofrecemos ahora el sacrificio de Jesús
que, con su muerte, nos otorgó tu perdón.
Reconcílianos contigo y con los hermanos
Y sigue limpiándonos de la lepra
de la soberbia y de la dureza de corazón,
que desfiguran en nosotros
el rostro de Jesucristo, nuestro Señor,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Tu Hijo Jesús nos ha hablado a nosotros
con palabras y acciones de curación.
Él ha respondido con el don de sí mismo
a nuestra súplica de perdón
y de nueva esperanza en nuestra vida.
Haznos a nosotros capaces también
de tender bondadosamente nuestras manos
a los que sufren y padecen,
y de tocarlos con nuestro amor.
Y que nuestra ayuda compasiva
alcance, sobre todo
a los afligidos, marginados y excluidos
de este nuestro frío mundo.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.
Bendición
Puesto que hemos pecado, nosotros también deberíamos acercarnos a Dios para decirle: “Señor, tú puedes limpiarme”. Él está muy dispuesto a hacerlo porque nos ama y repetidamente nos sana. Ojalá nosotros también sepamos curar y fortalecer a los hermanos que nos rodean. Con la bendición de Dios todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
