CUARTA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO LUNES

PUEBLO EN NECESIDAD

Otras Celebraciones para este Día:

Ciclo del Leccionario: II

Introducción

Oración Colecta
Señor Dios nuestro:
Por medio de tu Hijo Jesucristo
mostraste tu amor,
sensible a todos por igual.
Suscita también entre nosotros
hermanos que se preocupen por los demás;
y que nuestros propios gestos y palabras
reflejen siempre el amor sin fronteras
de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

Primera Lectura

2 Samuel 15,13-14. 30; 16,5-13a

David huye de la rebelión iniciada por su hijo Absalón y es lo bastante generoso para no castigar al hombre que lo maldice y humilla. Quizás esta humillación es parte del plan de Dios, dice.

Pasaje no encontrado: 2 Samuel 15,13-14. 30; 16,5-13a

Evangelio

Mc 5,1-20

En tiempos de Jesús, los judíos tenían muy baja opinión de los que no lo eran. Los consideraban esclavos de los demonios que vivían en lugares impuros de la muerte, como tumbas, y no eran mucho mejor que los cerdos… Pues es de uno de ellos, precisamente, de los que se compadece Jesús curando sus males y revelando a su Pueblo que para Dios no existen las fronteras que los humanos trazamos.
 

1

Exorciza en Gerasa

Pasaron a la otra orilla del lago, al territorio de los gerasenos.

2

Al desembarcar, le salió al encuentro desde un cementerio un hombre poseído por un espíritu inmundo.

3

Habitaba en los sepulcros. Nadie podía sujetarlo, ni con cadenas;

4

en muchas ocasiones lo habían sujetado con cadenas y grillos y él los había roto. Y nadie podía con él.

5

Se pasaba las noches y los días en los sepulcros o por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.

6

Al ver de lejos a Jesús, se puso a correr, se postró ante él,

7

y, dando un fuerte grito, dijo:
—¿Qué tienes contra mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Por Dios te conjuro que no me atormentes!

8

–Porque le decía: ¡Espíritu inmundo, sal de este hombre!–.

9

Jesús le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
Contestó:
—Me llamo Legión, porque somos muchos.

10

Y le suplicaba con insistencia que no los echase de la región.

11

Había allí una gran piara de cerdos pastando en la ladera del monte.

12

Le suplicaron:
—Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.

13

Y él los permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y se metieron en los cerdos. La piara se precipitó al lago por el acantilado y unos dos mil cerdos se ahogaron en el agua.

14

Los pastores huyeron, y lo contaron en la ciudad y en los campos; y la gente vino a ver lo que había sucedido.

15

Se acercaron a Jesús y al ver al endemoniado, sentado, vestido y en su sano juicio, al mismo que había tenido dentro la legión, se asustaron.

16

Los testigos les explicaban lo que había pasado con el endemoniado y los cerdos.

17

Y empezaron a suplicarle que se marchara de su territorio.

18

Cuando se embarcaba, el que había estado endemoniado le pidió que le permitiese acompañarlo.

19

Pero no se lo permitió, sino que le dijo:
—Ve a tu casa y a los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, por su misericordia, ha hecho contigo.

20

Se fue y se puso a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se maravillaban.

21

Sana a una mujer y resucita a una niña

Jesús cruzó, de nuevo [en la barca], al otro lado del lago, y se reunió junto a él un gran gentío. Estando a la orilla

22

llegó un jefe de la sinagoga llamado Jairo, y al verlo se postró a sus pies

23

y le suplicó insistentemente:
—Mi hijita está agonizando. Ven e impón las manos sobre ella para que sane y conserve la vida.

24

Se fue con él. Lo seguía un gran gentío que lo apretaba por todos lados.

25

Una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias,

26

que había sufrido mucho en manos de distintos médicos gastando todo lo que tenía, sin obtener mejora alguna, al contrario, peor se había puesto,

27

al escuchar hablar de Jesús, se mezcló en el gentío, y por detrás le tocó el manto.

28

Porque pensaba: Con sólo tocar su manto, quedaré sana.

29

Al instante desapareció la hemorragia, y sintió en su cuerpo que había quedado sana.

30

Jesús, consciente de que una fuerza había salido de él, se volvió a la gente y preguntó:
—¿Quién me ha tocado el manto?

31

Los discípulos le decían:
—Ves que la gente te está apretujando, y preguntas ¿quién te ha tocado?

32

Él miraba alrededor para descubrir a la que lo había tocado.

33

La mujer, asustada y temblando, porque sabía lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le confesó toda la verdad.

34

Él le dijo:
—Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia.

35

Aún estaba hablando cuando llegaron algunos de la casa del jefe de la sinagoga y dijeron:
—Tu hija ha muerto. No sigas molestando al Maestro.

36

Jesús, sin hacer caso de lo que decían, dijo al jefe de la sinagoga:
—No temas, basta que tengas fe.

37

Y no permitió que lo acompañara nadie, salvo Pedro, Santiago y su hermano Juan.

38

Llegaron a casa del jefe de la sinagoga, vio el alboroto y a los que lloraban y gritaban sin parar.

39

Entró y les dijo:
—¿A qué viene este alboroto y esos llantos? La muchacha no está muerta, sino dormida.

40

Se reían de él. Pero él, echando afuera a todos, tomó al padre, a la madre y a sus compañeros y entró adonde estaba la muchacha.

41

Sujetando a la niña de la mano, le dijo:
—Talitha qum, que significa: Chiquilla, te lo digo a ti, ¡levántate!

42

Al instante la muchacha se levantó y se puso a caminar –tenía doce años–. Ellos quedaron fuera de sí del asombro.

43

Entonces les encargó encarecidamente que nadie se enterara de esto. Después dijo que le dieran de comer.

1

En la sinagoga de Nazaret

Saliendo de allí, se dirigió a su ciudad acompañado de sus discípulos.

2

Un sábado se puso a enseñar en la sinagoga. Muchos al escucharlo comentaban asombrados:
—¿De dónde saca éste todo eso? ¿Qué clase de sabiduría se le ha dado? Y, ¿qué hay de los grandes milagros que realiza con sus manos?

3

¿No es éste el artesano, el hijo de María, el hermano de Santiago y José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?
Y esto era para ellos un obstáculo.

4

Jesús les decía:
—A un profeta sólo lo desprecian en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

5

Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo sanar a unos pocos enfermos a quienes impuso las manos.

6

Y se asombraba de su incredulidad.
Después recorría los pueblos vecinos enseñando.

7

Misión de los Doce

Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.

8

Les encargó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja,

9

que calzaran sandalias pero que no llevaran dos túnicas.

10

Les decía:
—Cuando entren en una casa, quédense allí hasta que se marchen.

11

Si en un lugar no los reciben ni los escuchan, salgan de allí y sacudan el polvo de los pies como protesta contra ellos.

12

Se fueron y predicaban que se arrepintieran;

13

expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban.

14

Muerte de Juan el Bautista

El rey Herodes se enteró de Jesús porque su fama se había hecho célebre. Algunos decían que Juan el Bautista había resucitado de entre los muertos y por eso tenía poderes milagrosos.

15

Pero otros decían que era Elías y otros que era un profeta como los antiguos profetas.

16

Sin embargo, Herodes decía:
—Juan, a quien yo hice decapitar, ha resucitado.

17

Herodes había mandado arrestar a Juan y lo había encarcelado, por instigación de Herodías, esposa de su hermano Felipe, con la que se había casado.

18

Juan le decía a Herodes que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.

19

Por eso Herodías le tenía rencor y quería darle muerte; pero no podía,

20

porque Herodes respetaba a Juan. Sabiendo que era hombre honrado y santo, lo protegía; hacía muchas cosas aconsejado por él y lo escuchaba con agrado.

21

Llegó la oportunidad cuando, para su cumpleaños, Herodes ofreció un banquete a sus dignatarios, a sus comandantes y a la gente principal de Galilea.

22

Entró la hija de Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los convidados. El rey dijo a la muchacha:
—Pídeme lo que quieras, que te lo daré.

23

Y juró [demasiado]:
—Aunque me pidas la mitad de mi reino, te lo daré.

24

Ella salió y preguntó a su madre:
—¿Qué le pido?
Le respondió:
—La cabeza de Juan el Bautista.

25

Entró enseguida, se acercó al rey y le pidió:
—Quiero que me des inmediatamente, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.

26

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y por los convidados, no quiso contrariarla.

27

Y envió inmediatamente a un verdugo con orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue y lo decapitó en la prisión,

28

trajo en una bandeja la cabeza y se la entregó a la muchacha; y ella se la entregó a su madre.

29

Sus discípulos, al enterarse, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

30

Da de comer a cinco mil

Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

31

Él les dijo:
—Vengan ustedes solos, a un paraje despoblado, a descansar un rato. Porque los que iban y venían eran tantos, que no les quedaba tiempo ni para comer.

32

Así que se fueron solos en barca a un paraje despoblado.

33

Pero muchos los vieron marcharse y se dieron cuenta. De todos los poblados fueron corriendo a pie hasta allá y se les adelantaron.

34

Al desembarcar, vio un gran gentío y se compadeció, porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas.

35

Como se hacía tarde, los discípulos fueron a decirle:
—El lugar es despoblado y ya es muy tarde;

36

despídelos para que vayan a los campos y a los pueblos vecinos a comprar algo para comer.

37

Él les respondió:
—Denle ustedes de comer.
Replicaron:
—Tendríamos que comprar pan por doscientos denarios para darles de comer.

38

Les contestó:
—¿Cuántos panes tienen? Vayan a ver.
Lo averiguaron y le dijeron:
—Cinco panes y dos pescados.

39

Ordenó que los hicieran recostarse en grupos sobre la hierba verde.

40

Se sentaron en grupos de cien y de cincuenta.

41

Tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, bendijo y partió los panes y se los fue dando a [sus] discípulos para que los sirvieran; y repartió también los pescados entre todos.

42

Comieron todos y quedaron satisfechos.

43

Recogieron las sobras de los panes y los pescados y llenaron doce canastas.

44

Los que comieron [los panes] eran cinco mil hombres.

45

Camina sobre el agua

Enseguida obligó a sus discípulos a que se embarcaran y lo precedieran a la otra orilla, a Betsaida, mientras él despedía a la gente.

46

Después de esto, subió al monte a orar.

47

Anochecía y la barca estaba en medio del lago y él a solas en la costa.

48

Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, hacia la madrugada se acercó a ellos caminando sobre el agua, intentando adelantarlos.

49

Al verlo caminar sobre el lago, creyeron que era un fantasma y gritaron,

50

porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero él inmediatamente les habló y les dijo:
—¡Anímense! Soy yo, no teman.

51

Subió a la barca con ellos y el viento cesó. Ellos estaban [absolutamente] pasmados;

52

ya que no habían entendido lo de los panes, pues tenían la mente cerrada.

53

Sanaciones en Genesaret

Terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret y atracaron.

54

Cuando desembarcaron, la gente lo reconoció.

55

Recorriendo toda la región, le fueron llevando en camillas todos los enfermos, hasta el lugar donde habían oído que se encontraba.

56

En cualquier pueblo, ciudad, o campo por donde pasaba, colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejara tocar al menos el borde de su manto. Y los que lo tocaban se sanaban.

1

Sobre la tradición

Se reunieron junto a él los fariseos y algunos letrados venidos de Jerusalén.

2

Vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas

3

–porque los fariseos y los judíos, en general, no comen sin antes lavarse cuidadosamente las manos, observando la tradición de sus mayores;

4

y si vuelven del mercado, no comen si no se lavan totalmente; y observan otras muchas reglas tradicionales, como el lavado de copas, jarras y ollas [y mesas]–.

5

De modo que los fariseos y los letrados le preguntaron:
—¿Por qué no siguen tus discípulos la tradición de los mayores, sino que comen con manos impuras?

6

Les respondió:
—Qué bien profetizó Isaías de la hipocresía de ustedes cuando escribió:
Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí;

7

el culto que me dan es inútil,
ya que la doctrina que enseñan
son preceptos humanos.

8

Ustedes descuidan el mandato de Dios y mantienen la tradición de los hombres.

9

Y añadió:
—¡Cómo dejan de lado el mandato de Dios para mantener su propia tradición!

10

Pues Moisés dijo: Sustenta a tu padre y a tu madre, y también: El que abandona a su padre o su madre debe ser condenado a muerte.

11

Ustedes en cambio dicen: Si uno comunica a su padre o su madre que la ayuda que debía darles es corbán, es decir, ofrenda sagrada,

12

entonces le está permitido no ayudarlos.

13

Y así invalidan el precepto de Dios en nombre de su tradición. Y como ésas hacen muchas otras cosas.

14

Sobre la verdadera pureza

Llamando de nuevo a la gente, les dijo:
—Escuchen todos y entiendan.

15

No hay nada afuera del hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo. Lo que lo hace impuro, es lo que sale de él.

16

[[El que tenga oídos para oír que escuche.]]

17

Cuando se apartó de la gente y entró en casa, le preguntaban los discípulos el sentido de la comparación.

18

Y él les dijo:
—¿Conque también ustedes siguen sin entender? ¿No comprenden que lo que entra en el hombre desde afuera no puede contaminarlo,

19

porque no le entra en el corazón, sino en el vientre y después es expulsado del cuerpo? –Con lo cual declaraba puros todos los alimentos–.

20

Y añadió:
—Lo que sale del hombre es lo que contamina al hombre.

21

De dentro, del corazón del hombre salen los malos pensamientos, fornicación, robos, asesinatos,

22

adulterios, codicia, malicia, fraude, desenfreno, envidia, blasfemia, arrogancia, desatino.

23

Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre.

24

La fe de una mujer cananea

Desde allí se puso en camino y se dirigió a la región de Tiro. Entró en una casa con intención de pasar inadvertido pero no lo logró.

25

Una mujer que tenía a su hija poseída por un espíritu inmundo se enteró de su llegada, acudió y se postró a sus pies.

26

La mujer era pagana, natural de la Fenicia siria. Le pedía que expulsase de su hija al demonio.

27

Jesús le respondió:
—Deja que primero se sacien los hijos. No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos.

28

Ella replicó:
—Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen de las migas que dejan caer los niños.

29

Le dijo:
—Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija.

30

Se volvió a casa y encontró a su hija acostada en la cama; el demonio había salido.

31

Sana a un sordomudo

Después salió de la región de Tiro, pasó de nuevo por Sidón y se dirigió al lago de Galilea atravesando la región de la Decápolis.

32

Le llevaron un hombre sordo y tartamudo y le suplicaban que impusiera las manos sobre él.

33

Lo tomó, lo apartó de la gente y, a solas, le metió los dedos en los oídos; después le tocó la lengua con saliva;

34

levantó la vista al cielo, suspiró y le dijo:
Effatá, que significa ábrete.

35

[Al momento] se le abrieron los oídos, se le soltó el impedimento de la lengua y hablaba normalmente.

36

Les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más insistía, más lo pregonaban.

37

Llenos de asombro comentaban: Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

1

Da de comer a cuatro mil

En aquellos días se reunió otra vez mucha gente y no tenían qué comer. Llamó a los discípulos y les dijo:

2

—Me compadezco de esta gente, ya llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer.

3

Si los despido a casa en ayunas, desfallecerán por el camino; y algunos han venido de lejos.

4

Le contestaron los discípulos:
—¿De dónde sacaríamos panes para alimentarlos aquí, en despoblado?

5

Les preguntó:
—¿Cuántos panes tienen?
Respondieron:
—Siete.

6

Ordenó a la gente que se recostara en el suelo. Tomó los siete panes, dio gracias, los partió y se los dio a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente.

7

Tenían también unos pocos pescaditos. Los bendijo y mandó que los sirvieran.

8

Comieron hasta quedar satisfechos, y recogieron las sobras en siete canastas.

9

Eran unos cuatro mil.
Los despidió

10

y enseguida embarcó con los discípulos y se dirigió al territorio de Dalmanuta.

11

Le piden una señal celeste

Salieron los fariseos y se pusieron a discutir con él, pidiéndole, para ponerlo a prueba, una señal del cielo.

12

Él suspiró profundamente y dijo:
—¿Para qué pide una señal esta generación? Les aseguro que a esta generación no se le dará ninguna señal.

13

Dejándolos, se embarcó de nuevo y pasó a la otra orilla.

14

Ceguera de los discípulos

Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían en la barca más que uno.

15

Él les daba esta recomendación:
—¡Estén atentos! Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes.

16

Ellos discutían porque no tenían pan.

17

Dándose cuenta, Jesús les dijo:
—¿Por qué discuten que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni comprenden? ¿Tienen acaso la mente cerrada?

18

Tienen ojos, ¿y no ven?; tienen oídos, ¿y no oyen? ¿No se acuerdan?

19

Cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil, ¿cuántas canastas llenas de sobras recogieron?
Le contestaron:
—Doce.

20

—Y cuando repartí los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántos canastos de sobras recogieron?
[Le] respondieron:
—Siete.

21

Entonces les dijo:
—¿Todavía no comprenden?

22

El ciego de Betsaida

Cuando llegaron a Betsaida, le llevaron un ciego y le pidieron que lo tocase.

23

Tomando al ciego de la mano, lo sacó a las afueras del pueblo, luego de ponerle saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó:
—¿Ves algo?

24

Y mientras recobraba la vista dijo:
—Veo hombres; los veo como árboles, pero caminando.

25

De nuevo le impuso las manos a los ojos. El ciego afinó la mirada, fue sanado y distinguía todo con claridad.

26

Jesús lo envió a casa y le dijo:
—¡Ni se te ocurra entrar en el pueblo!

27

Confesión de Pedro

Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo. Por el camino preguntó a los discípulos:
—¿Quién dice la gente que soy yo?

28

Le respondieron:
—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas.

29

Él les preguntó a ellos:
—Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
Respondió Pedro:
—Tú eres el Mesías.

30

Entonces les ordenó que a nadie hablaran de esto.

31

Primer anuncio
de la pasión y resurrección

Y empezó a explicarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar.

32

Les hablaba con franqueza. Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo.

33

Mas él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro:
—¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios.

34

Condiciones para ser discípulo

Y llamando a la gente con los discípulos, les dijo:
—El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.

35

El que quiera salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

36

¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?,

37

¿qué precio pagará el hombre por ella?

38

Si uno se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y acompañado de sus santos ángeles.

1

Y añadió:
—Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no sufrirán la muerte antes de que vean llegar el reino de Dios con poder.

2

Transfiguración de Jesús

Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró:

3

su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla.

4

Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús.

5

Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
—Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías

6

–No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo–.

7

Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz:
—Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo.

8

De pronto miraron a su alrededor y no vieron más que a Jesús solo con ellos.

9

Mientras bajaban de la montaña les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos.

10

Ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos.

11

Y le preguntaron:
—¿Por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías?

12

Él les respondió:
—Elías vendrá primero y restaurará todo. Pero, ¿por qué está escrito que el Hijo del Hombre ha de padecer mucho y ser despreciado?

13

Yo les digo que Elías ya vino y lo trataron a su antojo, tal como está escrito.

14

Sana a un niño epiléptico

Cuando volvieron adonde estaban los discípulos, vieron un gran gentío y unos letrados discutiendo con ellos.

15

En cuanto la gente lo vio, quedaron sorprendidos y corrieron a saludarlo.

16

Él les preguntó:
—¿De qué están discutiendo?

17

Uno de la gente le contestó:
—Maestro, te he traído a mi hijo, poseído por un espíritu que lo deja mudo.

18

Cada vez que lo ataca, lo tira al suelo; él echa espuma por la boca, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran y no han podido.

19

Él les contestó:
—¡Qué generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo.

20

Se lo llevaron; y, en cuanto el espíritu lo vio, sacudió con violencia al muchacho, que cayó a tierra y se revolcaba echando espuma por la boca.

21

Jesús preguntó al padre:
—¿Desde cuándo le sucede esto?
Contestó:
—Desde niño.

22

Y muchas veces incluso lo tira al agua o al fuego para acabar con él. Por eso, si puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos.

23

Jesús le respondió:
—¿Que si puedo? Todo es posible para quien cree.

24

Inmediatamente el padre del muchacho exclamó:
—Creo; pero socorre mi falta de fe.

25

Viendo Jesús que la gente se agolpaba sobre ellos, reprendió al espíritu inmundo:
—Espíritu sordo y mudo, yo te lo ordeno, sal de él y no vuelvas a entrar en él.

26

Dando un grito y sacudiéndolo fuertemente, salió.
El muchacho quedó como un cadáver, tanto que muchos decían que estaba muerto.

27

Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y el muchacho se puso en pie.

28

Cuando Jesús entró en casa, los discípulos le preguntaban aparte:
—¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

29

Respondió:
—Esa clase sólo sale a fuerza de oración.

30

Segundo anuncio
de la pasión y resurrección

Desde allí fueron recorriendo Galilea, y no quería que nadie lo supiera.

31

A los discípulos les explicaba:
—El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte; después de morir, al cabo de tres días, resucitará.

32

Ellos, aunque no entendían el asunto, no se atrevían a preguntarle.

33

¿Quién es el más importante?

Llegaron a Cafarnaún y, ya en casa, les preguntó:
—¿De qué hablaban por el camino?

34

Se quedaron callados, porque por el camino habían estado discutiendo quién era el más importante.

35

Se sentó, llamó a los Doce, y les dijo:
—El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos.

36

Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo:

37

—Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quién recibe, sino al que me envió.

38

El exorcista anónimo

Juan le dijo:
—Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no nos sigue.

39

Jesús respondió:
—No se lo impidan. Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí.

40

Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor.

41

Quien les dé a beber un vaso de agua en atención a que ustedes son del Mesías les aseguro que no quedará sin recompensa.

42

Radicalidad ante el pecado

Si alguien lleva a pecar a uno de estos pequeños que creen [en mí], más le valdría que le atasen una piedra de molino en el cuello y lo arrojaran al mar.

43

Si tu mano te lleva a pecar, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que con las dos manos ir a parar al infierno, al fuego inextinguible.

44

[[Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.]]

45

Si tu pie te lleva a pecar, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que con los dos pies ser arrojado al infierno.

46

[[Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.]]

47

Si tu ojo te lleva a pecar, sácatelo. Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado al infierno,

48

donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

49

Todos serán sazonados al fuego.

50

La sal es buena; pero si la sal pierde el sabor, ¿con qué la sazonarán? Ustedes tengan sal y estén en paz con los demás.

1

Sobre el divorcio

Desde allí se encaminó al territorio de Judea, al otro lado del Jordán. De nuevo se acercó a él una multitud y, según su costumbre, se puso a enseñar.

2

Llegaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron:
—¿Puede un hombre separarse de su mujer?

3

Les contestó:
—¿Qué les mandó Moisés?

4

Respondieron:
—Moisés permitió escribir el acta de divorcio y separarse.

5

Jesús les dijo:
—Porque son duros de corazón Moisés escribió ese precepto.

6

Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer,

7

y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, [se une a su mujer]

8

y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne.

9

Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.

10

Una vez en casa, los discípulos le preguntaron de nuevo acerca de aquello.

11

Él les dijo:
—El que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera.

12

Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio.

13

Bendice a unos niños

Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían.

14

Jesús, al verlo, se enojó y dijo:
—Dejen que los niños se acerquen a mí; no se lo impidan, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos.

15

Les aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

16

Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos.

17

El joven rico

Cuando se puso en camino, llegó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:
—Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar vida eterna?

18

Jesús le respondió:
—¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios.

19

Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no jurarás en falso, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre.

20

Él le contestó:
—Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.

21

Jesús lo miró con cariño y le dijo:
—Una cosa te falta: ve, vende cuanto tienes y dáselo a [los] pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme.

22

Ante estas palabras, se llenó de pena y se marchó triste; porque era muy rico.

23

Jesús mirando alrededor dijo a sus discípulos:
—Difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas.

24

Los discípulos se asombraron de lo que decía.
Pero Jesús insistió:
—¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios!

25

Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios.

26

Ellos llenos de asombro y temor se decían:
—Entonces, ¿quién puede salvarse?

27

Jesús se los quedó mirando y les dijo:
—Para los hombres es imposible, pero no para Dios; porque para Dios todo es posible.

28

Pedro entonces le dijo:
—Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido.

29

Jesús le contestó:
—Les aseguro que todo el que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por la Buena Noticia

30

ha de recibir en esta vida cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, en medio de las persecuciones, y en el mundo futuro la vida eterna.

31

Porque muchos primeros serán los últimos y muchos últimos serán los primeros.

32

Iban de camino, subiendo hacia Jerusalén. Jesús iba adelante, los que le seguían estaban sorprendidos y con miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que le iba a suceder:

33

—Miren, estamos subiendo a Jerusalén: el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos,

34

que se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte, y luego de tres días resucitará.

35

Tercer anuncio
de la pasión y resurrección

Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:
—Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.

36

Les preguntó:
—¿Qué quieren [de mí]?

37

Le respondieron:
—Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

38

Jesús replicó:
—No saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo he de beber o recibir el bautismo que yo voy a recibir?

39

Ellos respondieron:
—Podemos.
Jesús les dijo:
—La copa que yo voy a beber también la beberán ustedes, el bautismo que yo voy a recibir también lo recibirán ustedes;

40

pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

41

Cuando los otros lo oyeron, se enojaron con Santiago y Juan.

42

Pero Jesús los llamó y les dijo:
—Saben que entre los paganos los que son tenidos por gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños y los poderosos imponen su autoridad.

43

No será así entre ustedes; más bien, quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás;

44

y quien quiera ser el primero que se haga sirviente de todos.

45

Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

46

Sana a un ciego

Llegaron a Jericó. Y cuando salía de allí con sus discípulos y un gentío considerable, Bartimeo, hijo de Timeo, un mendigo ciego, estaba sentado al costado del camino.

47

Al oír que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar:
—¡Jesús, Hijo de David, compadécete de mí!

48

Muchos lo reprendían para que se callase. Pero él gritaba más fuerte:
—¡Hijo de David, compadécete de mí!

49

Jesús se detuvo y dijo:
—Llámenlo.
Llamaron al ciego diciéndole:
—¡Ánimo, levántate, que te llama!

50

Él dejó el manto, se puso en pie y se acercó a Jesús.

51

Jesús le preguntó:
—¿Qué quieres de mí?
Contestó el ciego:
—Maestro, que recobre la vista.

52

Jesús le dijo:
—Vete, tu fe te ha salvado.
Al instante recobró la vista y lo seguía por el camino.

1

Entrada triunfal en Jerusalén

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, envió a dos discípulos

2

diciéndoles:

—Vayan al pueblo de enfrente y, al entrar, encontrarán un burrito atado, que aún nadie ha montado. Desátenlo y tráiganlo.

3

Y si alguien les pregunta por qué hacen eso, le dirán que le hace falta al Señor y que se lo devolverá muy pronto.

4

Fueron y encontraron el burrito atado junto a una puerta, por fuera, en la calle. Lo soltaron. 

5

Algunos de los allí presentes les dijeron:

—¿Por qué sueltan el burrito?

6

Contestaron como les había encargado Jesús, y les permitieron llevarlo.

7

Llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. 

8

Muchos alfombraban el camino con sus mantos, otros con ramos cortados en el campo. 

9

Los que iban delante y detrás gritaban:
¡Hosana!
Bendito el que viene
en nombre del Señor.

10

Bendito el reino
de nuestro padre David que llega.

¡Hosana en las alturas!

11

Entró en Jerusalén y se dirigió al templo. Después de inspeccionarlo todo, como era tarde, volvió con los Doce a Betania.

12

 Maldice la higuera

Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre.

13

Al ver de lejos una higuera frondosa, se acercó para ver si encontraba algo; pero no encontró más que hojas, pues no era el tiempo de los higos. 

14

Entonces le dijo:
—Nunca jamás nadie coma frutos tuyos.
Los discípulos lo estaban escuchando.

15

 Purifica el Templo

Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo; volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas,

16

y no dejaba a nadie transportar objetos por el templo. 

17

Y les explicó:
—Está escrito: Mi casa será casa de oración para todas las naciones; en cambio ustedes la han convertido en cueva de asaltantes.

18

Lo oyeron los sumos sacerdotes y los letrados y buscaban la forma de acabar con él; pero le tenían miedo, porque toda la gente admiraba su enseñanza. 

19

Cuando anocheció, salió de la ciudad.

20

 La higuera seca

Por la mañana, pasando junto a la higuera, vieron que se había secado de raíz.

21

Pedro se acordó y le dijo:

—Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.

22

Jesús le respondió:
—Tengan fe en Dios.

23

Les aseguro que si uno, sin dudar en su corazón, sino creyendo que se cumplirá lo que dice, manda a ese monte que se quite de ahí y se tire al mar, lo conseguirá. 

24

Por tanto les digo que, cuando oren pidiendo algo, crean que se les concederá, y así sucederá. 

25

Cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, y el Padre del cielo perdonará sus culpas. 

26

[[Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre del cielo los perdonará a ustedes.]]

27

 La autoridad de Jesús

Volvieron a Jerusalén y, mientras caminaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos

28

y le dijeron:
—¿Con qué autoridad haces eso? ¿Quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?

29

Jesús respondió:
—Les haré una pregunta, si ustedes me responden yo les diré con qué autoridad lo hago. 

30

El bautismo de Juan, ¿procedía del cielo o de los hombres? Respóndanme.

31

Ellos discutían entre sí: Si afirmamos que del cielo, nos dirá que, por qué no le creímos. 

32

¿Vamos a decir que de los hombres? –Tenían miedo a la gente, porque todos consideraban a Juan un profeta auténtico–. 

33

Así que respondieron:
—No sabemos.
Y Jesús les dijo:
—Entonces yo tampoco les digo con qué autoridad lo hago.

1

Parábola de los viñadores malvados

Se puso a hablarles con parábolas: Un hombre plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; se la arrendó a unos viñadores y se marchó.

2

A su debido tiempo, envió un sirviente a los viñadores para cobrar su parte del fruto de la viña. 

3

Ellos lo agarraron, lo apalearon y lo despidieron con las manos vacías. 

4

Les envió un segundo sirviente; y ellos lo maltrataron y lo injuriaron. 

5

Envió un tercero, y lo mataron; y a otros muchos: a unos los apalearon, a otros los mataron. 

6

Le quedaba uno, su hijo querido, y lo envió en último término, pensando que respetarían a su hijo. 

7

Pero los viñadores se dijeron: Es el heredero. Lo matamos y la herencia será nuestra. 

8

Así que lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. 

9

Ahora bien, ¿qué hará el dueño de la viña? Irá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros. 

10

¿No han leído aquel texto de la Escritura:
La piedra
que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular;

11

es el Señor quien lo ha hecho;
y nos parece un milagro?

12

Intentaron arrestarlo, porque comprendieron que la parábola era para ellos. Pero, como tenían miedo a la gente, lo dejaron y se fueron.

13

Sobre el tributo al césar1

Después le enviaron unos fariseos y herodianos para ponerle una trampa con las palabras.

14

Se acercaron y le dijeron:
—Maestro, nos consta que eres sincero e imparcial porque no juzgas según la apariencia de la gente, sino que enseñas con verdad el camino de Dios. ¿Es lícito pagar tributo al césar o no? ¿Lo pagamos o no?

15

 Dándose cuenta de su hipocresía, les dijo:
—¿Por qué me ponen a prueba? Tráiganme una moneda, que la vea.

16

 Se la llevaron y les preguntó:
—¿De quién es esta imagen y esta inscripción?
Le contestaron:
—Del césar.

17

 Y Jesús replicó:
—Entonces den al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios. 
Y quedaron sorprendidos de su respuesta.

18

Sobre la resurrección

Se acercaron unos saduceos, quienes niegan la resurrección, y le dijeron:

19

 Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguien muere y deja a su mujer sin hijos, su hermano debería casarse con la mujer para así dar descendencia a su hermano difunto. 

20

Eran siete hermanos: el primero se casó y murió sin descendencia; 

21

el segundo tomó a la viuda y murió sin descendencia; lo mismo el tercero. 

22

Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos murió la mujer. 

23

En la resurrección, [cuando resuciten,] ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete estuvieron casados con ella.

24

Jesús les respondió:
—¿No están equivocados por esto, por no conocer las Escrituras ni el poder de Dios?

25

Cuando resuciten de entre los muertos, los hombres y las mujeres no se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. 

26

Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés el episodio de la zarza? Dios le dijo:
Yo soy el Dios de Abrahán,
el Dios de Isaac,
el Dios de Jacob. 

27

 No es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados.

28

Sobre el precepto más importante

Un letrado que escuchó la discusión y al ver lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó:
—¿Cuál es el precepto más importante?

29

Jesús respondió:
—El más importante es:
Escucha, Israel,
el Señor nuestro Dios es uno solo. 

30

Amarás al Señor, tu Dios
con todo tu corazón,
con toda tu alma,
con toda tu mente,
con todas tus fuerzas. 

31

El segundo es:

Amarás al prójimo
como a ti mismo.

No hay mandamiento mayor que éstos.

32

El letrado le respondió:
—Muy bien, maestro; es verdad lo que dices: el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él.

33

Que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

34

Al ver Jesús que había respondido acertadamente, le dijo:
—No estás lejos del reino de Dios.
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

35

Sobre el Mesías y David

Cuando enseñaba en el templo, Jesús tomó la palabra y dijo:

—¿Por qué dicen los letrados que el Mesías es Hijo de David?

36

Si el mismo David, inspirado por el Espíritu Santo, dijo:

Dijo el Señor a mi Señor:

Siéntate a mi derecha,

hasta que ponga a tus enemigos

debajo de tus pies.

37

David mismo lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?

La multitud escuchaba a Jesús con gusto.

38

Invectiva contra los letrados

Y él, instruyéndolos, dijo:

—Cuídense de los letrados. Les gusta pasear con largas túnicas, que los saluden por la calle,

39

buscan los primeros asientos en las sinagogas y los mejores puestos en los banquetes. 

40

Con pretexto de largas oraciones, devoran los bienes de las viudas. Ellos recibirán una sentencia más severa.

41

La ofrenda de la viuda

Sentado frente a las alcancías del templo, observaba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia.

42

Llegó una viuda pobre y echó unas moneditas de muy poco valor.

43

Jesús llamó a los discípulos y les dijo:

—Les aseguro que esa pobre viuda ha dado más que todos los demás.

44

Porque todos han dado de lo que les sobra; pero ésta, en su indigencia, ha dado cuanto tenía para vivir.

1

Sobre la destrucción del Templo

Cuando salía del templo, le dijo uno de sus discípulos:—Maestro, mira qué piedras y qué construcciones.

2

Jesús le contestó:

—¿Ven esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra.

3

Comienzo de los dolores

Estaba sentado en el monte de los Olivos, enfrente del templo. Pedro y Santiago, Juan y Andrés le preguntaron aparte:

4

—¿Cuándo sucederá todo eso? ¿Cuál es la señal de que todo está para acabarse?

5

5 Jesús empezó a decirles:

—¡Cuidado, que nadie los engañe!

6

Se presentarán muchos en mi nombre diciendo: Soy yo, y engañarán a muchos. 

7

Cuando oigan ruido de guerras y noticias de ellas, no se alarmen. Todo eso ha de suceder, pero todavía no es el final. 

8

Porque se alzará pueblo contra pueblo, reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares, habrá carestías. Es el comienzo de los dolores de parto. 

9

Ocúpense de ustedes mismos. Los entregarán a los tribunales, los apalearán en las sinagogas, y por mi causa comparecerán ante magistrados y reyes para dar testimonio ante ellos. 

10

Pero antes se ha de anunciar en todas las naciones la Buena Noticia. 

11

Cuando los conduzcan para entregarlos, no se preocupen por lo que tendrán que decir; lo que Dios les inspire en aquel momento es lo que dirán. Porque no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu Santo.

12

Un hermano entregará a su hermano a la muerte, un padre a su hijo; se levantarán hijos contra padres y les darán muerte. 

13

Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero el que aguante hasta el final se salvará.

14

La gran tribulación

Cuando vean el ídolo abominable instalado donde no debe –el lector que lo entienda–, entonces los que viven en Judea que escapen a los montes.

15

El que esté en la azotea no baje ni entre en casa a recoger algo; 

16

el que se encuentre en el campo no vuelva a buscar el manto. 

17

¡Ay de las embarazadas y de las que tengan niños de pecho en aquellos días! 

18

Recen para que no suceda en invierno. 

19

Aquellos días habrá una tribulación tan grande como no la hubo desde que Dios creó el mundo hasta ahora, ni la habrá en el futuro. acortará esos días a causa de los que quiere salvar. 

20

Y si el Señor no abreviara aquella etapa, no se salvaría ni uno. Pero,

21

Entonces, si alguien les dice que el Mesías está aquí o allí, no le crean. 

22

Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, que harán milagros y prodigios, hasta el punto de engañar, si fuera posible, a los elegidos. 

23

Ustedes estén atentos, que yo los he prevenido de todo.

24

La parusía

En aquellos días, después de esa tribulación el sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor,

25

las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán. 

26

26 Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria. 

27

27 Y enviará a los ángeles para reunir a [sus] elegidos desde los cuatros vientos, de un extremo de la tierra a un extremo del cielo.

28

El ejemplo de la higuera

Aprendan del ejemplo de la higuera: cuando las ramas se ablandan y brotan las hojas, saben que está cerca la primavera.

29

Lo mismo ustedes, cuando vean suceder aquello, sepan que el fin está cerca, a las puertas. 

30

30 Les aseguro que no pasará esta generación antes de que suceda todo eso. 

31

31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 

32

Sobre el día y la hora

En cuanto al día y la hora, no los conoce nadie, ni los ángeles en el cielo, ni el hijo; sólo los conoce el Padre.

33

¡Estén atentos y despiertos, porque no conocen el día ni la hora!

34

34 Será como un hombre que se va de su casa y se la encarga a sus sirvientes, distribuye las tareas, y al portero le encarga que vigile.

35

Así pues, estén atentos porque no saben cuándo va a llegar el dueño de casa, si al anochecer o a medianoche o al canto del gallo o de mañana; 

36

que, al llegar de repente, no los sorprenda dormidos.

37

Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡Estén atentos!

1

Complot para matar a Jesús

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los letrados buscaban apoderarse de él mediante un engaño para darle muerte.

2

Pero decían que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinase el pueblo.

3

Unción en Betania

Estando él en Betania, invitado en casa de Simón el Leproso, llegó una mujer con un frasco de perfume de nardo puro muy costoso. Quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza.

4

Algunos comentaban indignados:

—¿A qué viene este derroche de perfume?

5

Se podía haberlo vendido por trescientos denarios para dárselos a los pobres.

Y la reprendían.

6

Pero Jesús dijo:

—Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una obra buena conmigo.

7

A los pobres los tendrán siempre entre ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran; pero a mí no siempre me tendrán. 

8

Ha hecho lo que podía: se ha adelantado a preparar mi cuerpo para la sepultura. 

9

Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará también lo que ella ha hecho.

10

Traición de Judas

Judas Iscariote, uno de los Doce, se dirigió a los sumos sacerdotes para entregárselo.

11

Al oírlo se alegraron y prometieron darle dinero. Y él se puso a buscar una oportunidad para ello.

12

Preparación de la cena pascual

El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos:

—¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?

13

Él envió a dos discípulos encargándoles:

—Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Síganlo

14

y donde entre, digan al dueño de casa: Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. 

15

Él les mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparen allí la cena.

16

Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. 

17

Anuncio de la traición

Al atardecer llegó con los Doce.

18

Se pusieron a la mesa y, mientras comían, dijo Jesús:

—Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que come conmigo.

19

Entristecidos, empezaron a preguntarle uno por uno:

—¿Soy yo?

20

Les respondió:

—Uno de los Doce, que moja el pan conmigo en la fuente.

21

El Hijo del Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido.

22

Institución de la Eucaristía

Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:

—Tomen, esto es mi cuerpo.

23

Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. 

24

Les dijo:

—Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos.

25

Les aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios.

26

Después cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos. 

27

Anuncia el abandono de sus discípulos

Jesús les dijo:

—Todos van a fallar, como está escrito:

Heriré al pastor

y se dispersarán las ovejas.

28

Pero, cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea.

29

Pedro le contestó:

—Aunque todos fallen, yo no.

30

Le dijo Jesús:

—Te aseguro que tú hoy mismo, esta noche, antes de que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.

31

Él insistió:

—Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.

Lo mismo decían los demás.

32

Oración en el huerto

Llegados al lugar llamado Getsemaní, dijo a sus discípulos:

—Siéntense aquí mientras yo voy a orar.

33

Llevó con él a Pedro, Santiago y Juan y empezó a sentir tristeza y angustia. 

34

Entonces les dijo:

—Siento una tristeza de muerte; quédense aquí y permanezcan despiertos.

35

Se adelantó un poco, se postró en tierra y oraba que, si era posible, se alejara de él aquella hora. 

36

Decía:

Abba, Padre, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

37

Volvió, y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

—Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de estar despierto una hora?

38

Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.

39

Se retiró otra vez y oró repitiendo las mismas palabras. 

40

Al volver, los encontró otra vez dormidos, porque los ojos se les cerraban de sueño; y no supieron qué contestar. 

41

Volvió por tercera vez y les dijo:

—¡Todavía dormidos y descansando! Basta, ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en poder de los pecadores.

42

Vamos, levántense, se acerca el traidor.

43

Arresto de Jesús

Todavía estaba hablando cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos.

44

El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo con cuidado.

45

Enseguida, acercándose a Jesús, le dijo: ¡Maestro!, y le dio un beso. 

46

Los otros se le tiraron encima y lo arrestaron. 

47

Uno de los presentes desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al sirviente del sumo sacerdote. 

48

Jesús se dirigió a ellos:

—Como si se tratara de un asaltante, han salido armados de espadas y palos para capturarme.

49

Diariamente estaba con ustedes enseñando en el templo y no me arrestaron. Pero se ha de cumplir la Escritura. 

50

Y todos lo abandonaron y huyeron. 

51

Un joven anónimo

Le seguía, también, un muchacho cubierto sólo por una sábana. Lo agarraron;

52

pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.

53

Jesús ante el Consejo

Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes con los ancianos y los letrados.

54

Pedro le fue siguiendo a distancia hasta entrar en el palacio del sumo sacerdote. Se quedó sentado con los empleados, calentándose junto al fuego.

55

El sumo sacerdote y el Consejo en pleno buscaban un testimonio contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte, y no lo encontraban, 

56

ya que aunque muchos testimoniaban en falso contra él, sus testimonios no concordaban.

57

Algunos se levantaron y declararon en falso contra él:

58

—Le hemos oído decir: Yo he de destruir este santuario, construido por manos humanas, y en tres días construiré otro, no edificado con manos humanas.

59

Pero tampoco en este punto concordaba el testimonio de ellos.

60

Entonces el sumo sacerdote se puso de pie en medio y preguntó a Jesús:

—¿No respondes nada a lo que éstos declaran contra ti?

61a

Él callaba y no respondía nada.

61b

De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:

—¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?

62

Jesús respondió:

—Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo.

63

El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo:—¿Qué falta nos hacen los testigos? 

64

Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?Todos sentenciaron que era reo de muerte. 

65

Algunos se pusieron a escupirle, a taparle los ojos y darle bofetadas diciendo:

—¡Adivina quién fue!

También los empleados le daban bofetadas.

66

Negaciones de Pedro

Estaba Pedro abajo en el patio, cuando una sirvienta del sumo sacerdote,

67

viendo que se calentaba, se le quedó mirando y le dijo:

—También tú estabas con el Nazareno, con Jesús.

68

Él lo negó:

—Ni sé ni entiendo lo que dices.

Salió al vestíbulo [y un gallo cantó].

69

La sirvienta lo vio y empezó a decir otra vez a los presentes:

—Éste es uno de ellos.

70

De nuevo lo negó.

Al poco tiempo también los presentes decían a Pedro:

—Realmente eres de ellos, porque eres galileo.

71

Entonces empezó a echar maldiciones y a jurar que no conocía al hombre del que hablaban. 

72

Al instante cantó por segunda vez el gallo. Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: Antes de que el gallo cante dos veces me habrás negado tres. Y se puso a llorar.

1

Jesús ante Pilato

Ni bien amaneció, el Consejo en pleno, sumos sacerdotes, ancianos y letrados se pusieron a deliberar. Ataron a Jesús, lo condujeron y se lo entregaron a Pilato.

2

Pilato lo interrogó:

—¿Eres tú el rey de los judíos?

Contestó:

—Tú lo dices.

3

Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. 

4

Pilato lo interrogó de nuevo:

—¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan.

5

Pero Jesús no le contestó, con gran admiración de Pilato. 

6

Condena de Jesús

Para la fiesta solía dejarles libre un preso, el que pedían.

7

Un tal Barrabás estaba encarcelado con otros amotinados que en una revuelta habían cometido un homicidio. 

8

La gente subió y empezó a pedirle el indulto acostumbrado. 

9

Pilato les respondió:

—¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?

10

Pues comprendía que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. 

11

Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran más bien la libertad de Barrabás. 

12

Pilato respondió otra vez:

—¿Y qué [quieren] que haga con el [que llaman] rey de los judíos?

13

Gritaron:

—¡Crucifícalo!

14

Pilato dijo:

—Pero, ¿qué mal ha hecho?

Ellos gritaban más fuerte:

—¡Crucifícalo!

15

Pilato, decidido a dejar contenta a la gente, les soltó a Barrabás y a Jesús lo entregó para que lo azotaran y lo crucificaran.

16

Burla de los soldados

Los soldados se lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.

17

Lo vistieron de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la colocaron. 

18

Y se pusieron a hacerle una reverencia:

—¡Salud, rey de los judíos!

19

Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y doblando la rodilla le rendían homenaje. 

20

Terminada la burla, le quitaron la púrpura, lo vistieron con su ropa y lo sacaron para crucificarlo.

21

Crucifixión y muerte de Jesús

Pasaba por allí de vuelta del campo un tal Simón de Cirene, padre de Alejandro y Rufo, y lo forzaron a cargar con la cruz.

22

Lo condujeron al Gólgota, que significa Lugar de la Calavera. 

23

Le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo tomó. 

24

Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocara a cada uno. 

25

Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. 

26

La inscripción que indicaba la causa de la condena decía: El rey de los judíos. 

27

Con él crucificaron a dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. 

28

[[Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado entre los malhechores.]] 

29

Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y decían:

—El que derriba el santuario y lo reconstruye en tres días,

30

sálvate a ti mismo bajando de la cruz.

31

A su vez los sumos sacerdotes, burlándose entre sí, comentaban con los letrados:

—Ha salvado a otros pero a sí mismo no se puede salvar.

32

El Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos.

Y también lo insultaban los que estaban crucificados con él.

33

Al mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. 

34

A esa hora Jesús gritó con voz potente:

Eloi, eloi, lema sabaktani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

35

Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban:

—Está llamando a Elías.

36

Uno empapó una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le ofreció de beber diciendo:

—¡Quietos! A ver si viene Elías a librarlo.

37

Pero Jesús, lanzando un grito, expiró. 

38

El velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. 

39

El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo expiró, dijo:

—Realmente este hombre era Hijo de Dios.

40

Estaban allí mirando a distancia unas mujeres, entre ellas María Magdalena, María, madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, 

41

quienes, cuando estaba en Galilea, le habían seguido y servido; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

42

Sepultura de Jesús

Ya anochecía; y como era el día de la preparación, víspera de sábado,

43

José de Arimatea, consejero respetado, que esperaba el reino de Dios, tuvo la osadía de presentarse a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. 

44

Pilato se extrañó de que ya hubiera muerto. Llamó al centurión y le preguntó si ya había muerto.

45

Informado por el centurión, le concedió el cuerpo a José. 

46

Éste compró una sábana, lo bajó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.

47

María Magdalena y María de José observaban dónde lo habían puesto.

1

Resurrección de Jesús

Cuando pasó el sábado, María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a ungirlo.

2

El primer día de la semana, muy temprano, cuando amanecía, llegaron al sepulcro. 

3

Se decían:

—¿Quién nos moverá la piedra de la entrada del sepulcro?

4

Alzaron la vista y observaron que la piedra estaba movida. Era muy grande. 

5

Al entrar al sepulcro, vieron un joven vestido con un hábito blanco, sentado a la derecha; y quedaron sorprendidas. 

6

Les dijo:

—No tengan miedo. Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí, ha resucitado. Miren el lugar donde lo habían puesto.

7

Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí lo verán, como les había dicho.

8

8 Ellas salieron corriendo del sepulcro, asustadas y fuera de sí. Y de puro miedo, no dijeron nada a nadie.

9

Se aparece a María Magdalena

[[El primer día de la semana por la mañana resucitó Jesús y se apareció a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios.

10

Ella fue a contárselo a los suyos, que estaban llorando y haciendo duelo. 

11

Ellos, al escuchar que estaba vivo y se le había aparecido, no le creyeron.

12

Se aparece a dos discípulos

Después se apareció con otro aspecto a dos de ellos que iban caminando por el campo.

13

Ellos fueron a contárselo a los demás, pero tampoco a ellos les creyeron. 

14

Se aparece a los Once

Por último se apareció a los Once cuando estaban a la mesa. Les reprendió su incredulidad y obstinación por no haber creído a los que lo habían visto resucitado.

15

Misión de los discípulos

Y les dijo:—Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad.

16

Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará. 

17

A los creyentes acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, 

18

agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se sanarán.

19

Ascensión de Jesús

El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

20

Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba la Palabra con las señales que la acompañaban.]]

Oración de los Fieles

–      Por los muchos hombres y mujeres que, en nuestro mundo, tantas veces cruel, están todavía sufriendo de discriminación, y son tratados como marginados, proscritos o en todas partes indeseados, roguemos al Señor.
–      Por todos nosotros, para que nunca percibamos los sentimientos de compasión como una debilidad o como algo que hay que ocultar, roguemos al Señor.
–      En gratitud por los dones que hemos recibido del Señor y por la bondad que los hermanos tantas veces nos han mostrado, roguemos al Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Te presentamos sobre el altar
este pan y este vino
para participar en la acción de gracias de tu Hijo.
Con él y por él te alabamos por tu Alianza de amor
y te pedimos con toda humildad
que recordemos siempre
que los hermanos que nos rodean
te pertenecen tanto o más que nosotros,
a causa de Jesucristo nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Tú nos han enseñado hoy
que es mejor perdonar que castigar,
mejor ayudar que sólo proferir palabras de compasión.
Ayúdanos a tener hacia nuestro prójimo,
aun cuando no sea apreciado,
la actitud compasiva y edificante
de Jesucristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: Al hombre curado, Jesús le dijo: “Vete a casa, a tus amigos, y diles cuánto ha hecho el Señor por ti”. También nosotros digamos a nuestros amigos cuánto ha hecho el Señor por nosotros. Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Esp

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