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Micá, el ídolo y el levita

Había un hombre en la serranía de Efraín llamado Micá. Un día dijo a su madre: —Aquellas mil cien monedas que te desaparecieron, por los que echaste una maldición en mi presencia, mira, ese dinero yo lo tengo, yo lo tomé. Pero ahora te lo devuelvo.

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Su madre exclamó: —¡Dios te bendiga, hijo mío!

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Trajo a su madre las mil cien monedas, y ella dijo: —Consagro este dinero mío al Señor, en favor de mi hijo, para hacer una estatua revestida de metal fundido.

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Entonces entregó el dinero a su madre; ella tomó doscientas monedas, se las llevó al platero, que les hizo una estatua recubierta de metal, y la pusieron en casa de Micá.

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Aquel Micá tenía un lugar de culto, hizo un efod y unos ídolos familiares y consagró sacerdote a uno de sus hijos.

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Por entonces no había rey en Israel. Cada uno hacía lo que le parecía bien.

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Un joven de Belén de Judá, de la tribu de Judá, que era levita y residía allí como emigrante,

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salió de Belén de Judá con intención de establecerse donde pudiera; fue a la serranía de Efraín, y, de camino, fue a dar a casa de Micá.

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Este le preguntó: —¿De dónde vienes? El levita respondió: —De Belén de Judá. Voy de camino, con intención de establecerme donde pueda.

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Micá le dijo: —Quédate conmigo, y serás para mí un padre y un sacerdote. Te daré diez monedas al año, ropa y comida. Y lo convenció.

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Así, el levita accedió a quedarse con él, y Micá lo trató como a un hijo.

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Lo consagró, y el joven estuvo en casa de Micá como sacerdote.

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Micá pensó: —Ahora estoy seguro de que el Señor me favorecerá, porque tengo a un levita de sacerdote.

Comentarios

17:1 - 18:31

Micá, el ídolo y el levita – Los danitas.

Con la muerte de Sansón se acaba la serie de jueces y héroes. El epílogo del libro nos reserva aún dos abominaciones que cometerán los hijos de Israel en las serranías de Efraín. La ausencia de una autoridad hace que los sacerdotes hagan lo que quieran. No olvidemos que los hombres de la tribu de Leví estaban dedicados al culto (Nm 3). El epílogo nos informa en el transcurso de la narración que por entonces no había rey en Israel. Cada uno hacía lo que le parecía bien (17,6; 18,1; 19,1; 21,25). Desde el inicio de cada sección, el lector puede esperar lo peor, porque Dios está en «silencio» y los israelitas no son capaces de hacer justicia. No hay ningún líder que tenga la suficiente fuerza moral para unir a las tribus en el culto al Señor. ¿Qué sucede cuando tratamos de vivir sin Dios?, ¿cuando cada uno hacemos lo que es bueno a nuestros ojos?


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