Eclesiastés / Qohelet
Capítulo 6
Yo he visto bajo el sol una desgracia que pesa sobre los hombres:
Dios concedió a un hombre riquezas, bienes y honor de fortuna, sin que le falte nada de cuanto puede desear; pero Dios no le concede disfrutarlas, porque un extraño las disfruta. Esto es pura ilusión y muy lamentable.
Supongamos que un hombre tiene cien hijos y vive muchos años; pero por mucho que viva si no disfruta de sus bienes y después no tuviera sepultura, yo afirmo: mejor es un aborto
que llega en un soplo y se marcha a oscuras, y la oscuridad encubre su nombre;
no vio el sol ni lo conoció, pero descansa mejor que el otro.
Y si no disfruta de la vida, aunque viva dos veces mil años, ¿no van todos al mismo lugar?
Toda la fatiga del hombre es para la boca, y el estómago no se llena.
¿Qué ventaja le saca el sabio al necio, o al pobre el que sabe manejarse en la vida?
Más vale lo que ven los ojos que los deseos vagabundos. También esto es pura ilusión y como querer atrapar el viento.
Lo que ha sucedido estaba determinado, y se sabe que el hombre no puede enfrentarse con uno más fuerte que él.
Donde abundan las palabras, abundan las falsas ilusiones: ¿qué saca en limpio el hombre?
¿Quién sabe lo que es bueno para el hombre en la vida, en los días contados de su frágil vida, que pasan como una sombra? ¿Y quién le dice al hombre lo que va a pasar después bajo el sol?

Comentarios
Riquezas.
Parece que las riquezas y la felicidad han intentado ir siempre de la mano. Qohelet centra su atención en este tema y va desgranando sus ventajas e inconvenientes. El discurso no resulta difícil de comprender, y no es extraño estar de acuerdo con sus afirmaciones. 5,9 es una sátira, no del rico malvado, sino del dinero bien o mal adquirido y bien o mal empleado. 5,12-16 coincide con Job en el «destino trágico del ser humano»: se va como el vino, pues nada se llevará del trabajo de sus manos (Job 1,21). La inutilidad del esfuerzo humano corre paralela a la insatisfac-ción con las riquezas (6,7-9; cfr. 5,9-11). La conclusión se encuentra en 5,17-19; no es una renuncia a la posibilidad de ser feliz, sino una llamada al realismo: comer, beber y disfrutar (2,24s; 3,12s). Una vez más, debemos situarnos ante la realidad de la conexión entre riqueza y felicidad desde el punto de vista que adopta Qohelet, es decir, no en sentido moral, sino simplemente como quien observa y experimenta. Está convencido de que la felicidad no consiste en acumular bienes (cfr. Mt 6,19-21, 24, 25-34), sino en el don de Dios que consiste en disfrutar de las actividades cotidianas.