Cantar de los cantares
Capítulo 5
He entrado en mi jardín, hermana y novia mía, he recogido mi mirra y mi bálsamo, he comido mi néctar con mi miel, he bebido mi vino con mi leche. Compañeros, coman y beban, embriáguense de amores.
XIV. Segundo nocturno
Yo dormía, pero mi corazón velaba.
¡Un rumor…! Mi amado llama: Ábreme,
hermana mía, amada mía,
mi paloma sin tacha;
que mi cabeza está cubierta de rocío,
mis rizos, del relente de la noche.
Ya me he quitado la túnica, ¿cómo vestirme otra vez? Ya me he lavado los pies, ¿cómo mancharlos de nuevo?
Cuando mi amado metió la mano en la hendidura, mis entrañas se estremecieron.
Ya me he levantado para abrirle a mi amado: mis manos destilaban mirra, mis dedos goteaban mirra, en el pestillo de la cerradura.
Abrí yo misma a mi amado, pero mi amado ya se había marchado. ¡El alma se me fue tras él! Lo busqué, y no lo encontré; lo llamé, y no respondió.
Me encontraron los centinelas que rondan por la ciudad; me golpearon y me hirieron, me quitaron el velo los centinelas de las murallas.
Les conjuro, muchachas de Jerusalén, que si encuentran a mi amado, ¿qué han de decirle? Que he sido herida por el Amor.
XV. Así es mi amado
¿Qué tiene de especial tu amado tú,
la más hermosa de las mujeres?
¿Qué tiene de especial tu amado
para que así nos conjures?
Mi amado es radiante y rubicundo, egregio entre millares.
Su cabeza es oro finísimo, sus rizos, colinas ondulantes, son negros como el cuervo.
Sus ojos, cual palomas a la vera de las aguas, se bañan en leche, se posan en la orilla.
Sus mejillas, plantel de balsameras, semillero de plantas aromáticas. sus labios rosáceos destilan mirra líquida.
Sus brazos, torneados en oro, engastados con piedras de Tarsis; su vientre, de marfil labrado, todo incrustado de zafiros;
sus piernas, columnas de alabastro asentadas en basas de oro. Su porte como el Líbano, esbelto como los cedros.
Su talle es delicioso, todo él codiciable. Así es mi amado, así es mi amigo, muchachas de Jerusalén.

Comentarios
XIII. La embriaguez del amor
Al finalizar el poema, se invita a los amigos a embriagarse de amores (cfr. 1,4b). Pero comienza con una invocación un tanto extraña: ¿Por qué llamar a la esposa si está presente? ¿Cómo ha de venir de tantos y tan fieros sitios a la vez? Da la impresión de que estamos ante una oración dirigida a la diosa del amor. Quien así invoca u ora nos dice de sí mismo que es un prisionero del amor, está enamorado. El poeta repite expresiones del primer canto: tus amores son dulces y fragantes (cfr. 1,2s). Son dulces como el néctar, como la miel; fragantes como los aromas del Líbano. Para la belleza no se encuentra comparación, a no ser que la leche y la miel aluden a la belleza y fecundidad de la Tierra prometida. La esposa, por lo demás, es virgen: huerto y manan-tial con cerrojo, fuente sellada. Frutos exquisitos y aromas exóticos se acumulan en el seno de la mujer. Ella misma es una fuente incontenible que brota de los frescos veneros del Líbano. Las palabras del esposo, que tienen más de antología que de inspiración poética, comenzaban con una oración y finalizaban con una invocación a los vientos del norte y del sur: que ellos oreen el jardín y este exhale sus aromas. Las breves palabras de la esposa aportan un poco de calor e inspiración poética: «Entre mi amado, en su jardín, coma sus frutos exquisitos». Se consuma la unión de los esposos. Cuatro verbos la describen: «entrar, recoger, comer, beber». El esposo, extasiado tras su experiencia amorosa, invita a sus compañeros a embriagarse de amor.
XIV. Segundo nocturno
La mujer herida de amor, durante el banquete, ya ha soñado una vez (3,1-5). Sueña nuevamente en este segundo nocturno, que finaliza con el conjuro dirigido a las «muchachas de Jerusalén» (como en 3,5). Este segundo sueño es más intenso: llega a convertirse en una pesadilla. El corazón vigilante percibe un rumor lejano. Los oídos atentos oyen primero una llamada a la puerta y después las palabras nítidas del amado. Si es la amada quien responde al requerimiento, lo que dice suena a dilación, lo cual puede excitar aún más el deseo. Pero quizás todo sea un sueño: tanto la voz del amado como la respuesta de la muchacha. De hecho, la mujer sueña con la entrega total y nos informa de su experiencia inefable con esta expresión: «Mis entrañas se estremecieron». Ya levantada, desaparecen el rostro y la voz del amado. Quedan tan solo unos dedos de los que fluye mirra (no está claro si son los del hombre o los de la mujer). La búsqueda es infructuosa, y la llamada no tiene respuesta. Los centinelas de la ciudad no la preguntan, sino que abusan de ella, acaso porque la han identificado por su vestimenta: el velo. La herida de amor se vuelve insoportable, tanto que la mujer ya no pide a las muchachas de Jerusalén que no despierten ni mantengan despierto al amor, sino que les informe al amado de que la mujer enamorada ha sido herida por el Amor (una vez más, sin artículo en el texto hebreo). Esta herida duele mucho más que los ultrajes, mucho más que las pesadillas. Duele el alma, cuando quien ama enamoradamente no encuentra a su amado.
XV. Así es mi amado
La descripción del cuerpo desnudo del varón obedece a lo que tiene de particular el amado. Es un combinado de colores, que van del negro de los cabellos al blanco de los ojos, pasando por el color rosáceo y el amarillo del oro, un conjunto de minerales nobles, como el marfil y el alabastro, y también de perlas, como las gemas y los zafiros; el oro en la cabeza, desde la mitad del cuerpo y en los pies; las balsameras y las plantas aromáticas, así como la altura semejante a la de los cedros, sirven para describir más una estatua hierática que una figura humana. Se advierte algo de vida y movimiento al describir los labios que destilan mirra líquida. Sin embargo, esta estatua emite una luz casi divina: todo él brilla. Para la mujer enamorada, no hay nada frío en la descripción hecha, sino que todo cuanto es el amado le resulta delicioso y codiciable. Al finalizar el idilio, se subraya con énfasis: «Así es mi amado, así es mi amigo, muchachas de Jerusalén». Nadie, en efecto, es como él. Nadie reúne tanta luz y tantos colores en un espacio tan breve. Ningún cuerpo es semejante al del amado.