Cantar de los cantares
Capítulo 3
X. Primer nocturno
En mi cama, por la noche,
buscaba al amor de mi alma:
lo buscaba y no lo encontraba.
Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma. Lo busqué y no lo encontré.
Me encontraron los centinelas que hacen ronda por la ciudad: –¿Han visto al amor de mi alma?
En cuanto los hube pasado, encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté, hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que concibió.
Les conjuro, muchachas de Jerusalén, por las gacelas y las ciervas del campo, que no despierten ni desvelen al amor hasta que a él le plazca.
XI. Encuentro de los esposos
¿Qué es ésa que sube por el desierto
como columna de humo,
perfumada con mirra e incienso,
con tantos aromas exóticos?
¡Mira, la litera de la Sulamita! Sesenta soldados la escoltan, de los más valientes de Israel.
Todos ellos empuñan la espada, son adiestrados guerreros, cada uno con la espada al flanco por temor a emboscadas nocturnas.
El rey Salomón se ha hecho un palanquín con maderas del Líbano,
de plata sus columnas, de oro su respaldo, de púrpura su asiento; El Amor ilumina su interior.
¡Muchachas de Jerusalén, salgan, miren, muchachas de Sión, al rey Salomón con la corona que le ciñó su madre el día de su boda, día de fiesta de su corazón!

Comentarios
X. Primer nocturno
Con relación al idilio anterior, este nos transporta de la luz y los colores de la primavera a la oscuridad de la noche; pasamos del campo abierto a la alcoba cerrada, donde una mujer sueña noche tras noche. Se pasa la noche buscando en sueños: «Buscaba…, buscaba y no encontraba… buscaré…, lo busqué y no lo encontré…». Esta secuencia verbal crea un efecto de violenta emoción psicológica. Lo buscado es «el amor de mi alma»: aquel que me ama y a quien amo. Afanosa búsqueda de una mujer enamorada e intrépida que no se arredra ante los peligros nocturnos y un curioso encuentro. De ronda por la ciudad, como los centinelas, ella busca, estos la encuentran, pero no saben nada de aquel por quien les pregunta: del «amor de mi alma». Una vez que le halla, se le despoja de la voz y del rostro. Es sencillamente «el amor de mi alma». Este desaparece al introducirlo en la alcoba materna. No está. Ha sido un sueño. Y la mujer continúa herida de amor.
XI. Encuentro de los esposos
Una voz anónima anuncia el ascenso de una figura femenina. De lejos, solo se ve una polvareda, pero los perfumes anticipan la llegada de una mujer. Es la Sulamita. Es impresionante el cortejo: los guerreros más escogidos de Israel. Su misión es proteger no tanto a la «reina» como a la «mujer» frente a las «emboscadas nocturnas». Ya está allí la esposa. Sin que nadie le introduzca, aparece también el esposo: Salomón. Al poeta no le interesa tanto el rostro del rey como el palanquín en el que es transportado: las maderas del Líbano, la plata y el oro, la púrpura del asiento y, sobre todo, el Amor que «ilumina su interior». La esposa y el esposo están ataviados para la boda. El Amor (en hebreo, sin artículo) se hace fugazmente presente: es un ornato del palanquín de Salomón; ilumina su interior, sin que los esposos se percaten de ello, sino solo el poeta.