1

XX. Suspiros  

¡Ah, si fueras mi hermano

amamantado a los pechos de mi madre!

Al encontrarte en la calle, te besaría,

sin que la gente me despreciara.

2

Te llevaría, te metería en la casa de mi madre, que te iniciaría. Te daría a beber vino aromático, el licor de mis granadas.

3

 Su izquierda bajo mi cabeza y su derecha me abraza.

4

 Les conjuro, muchachas de Jerusalén, que no despierten ni desvelen al amor hasta que a él le plazca.

5

XXI. Teofanía de Amor  

¿Quién es Ésta que sube del desierto

apoyada en su amado?

–Te desperté bajo el manzano

allí donde te concibió tu madre

donde tu progenitora te dio a luz.

6

 Grábame como un sello en tu brazo, grábame como un sello en tu corazón, que el amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo; Sus dardos son dardos de fuego llamaradas divinas.

7

 Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable.

8

XXII. La hermana pequeña  

Tenemos una hermanita,

sin pechos todavía.

¿Qué haremos con nuestra hermanita

cuando sea pedida?

9

 Si es una muralla, te coronaremos con almenas de plata; si es una puerta, la reforzaremos con tablas de cedro.

10

 Yo soy una muralla, y mis pechos, como torres; pero a sus ojos soy mensajera de paz.

11

XXIII. La viña de Salomón  

Salomón tenía una viña en Betleamón;

arrendó la viña a los guardas,

y cada uno le traía por sus frutos

mil monedas de plata.

12

 Mi propia viña es para mí; las mil monedas para ti, Salomón, y doscientas a los guardas.

13

XXIV. Encuentro final  

¡Mujer que yaces en el jardín

–los compañeros están al acecho–,

permíteme escuchar tu voz.

14

 Pasa, amado mío, sé como un gamo o un cervatillo, sobre las colinas de balsameras.

Comentarios

8:1 - 8:4

XX. Suspiros

La mujer herida por el Amor ha soñado hasta la pesadilla. Una y otra vez ha repetido el deseo de que sus compañeras no sufran la misma herida intolerable que ella lleva consigo desde que fue herida. Ya que este pastor es tan inaccesible, ya que no se deja encontrar, que permitan a la mujer herida al menos suspirar. Si su amado fuera su hermano, amamantado por la misma madre, al menos podría besarlo en público. Y nadie le diría nada. Ya en la intimidad de la alcoba materna, le daría a beber el vino de los granados, y ella experimentaría la ternura del abrazo amoroso. Pero estos son suspiros, tan solo suspiros, que no curan la herida, aunque sirvan de desahogo. El estribillo deja la herida al descubierto. ¿Cuándo conocerá sosiego el dolor de amor? Esta canción queda abierta a la siguiente.

8:5 - 8:7

XXI. Teofanía de Amor

Estamos en la cumbre de la escena. A lo largo del libro ha sonado esta pregunta implícita: ¿A quién se manifestará el Amor? El rey y la reina han vislumbrado su presencia tanto en el baldaquín de Salomón como en el encuentro amoroso. Los muchachos aún no han alcanzado la meta de su itinerario. La mujer herida por el Amor lo ha buscado hasta en la pesadilla y ha suspirado por él. Ahora se presenta la divinidad «el Amor» («Ésta» en la traducción), proveniente del Líbano, quizás, si atendemos a cierta tradición textual. Se presenta en el origen de la vida: allí donde nuestra madre nos concibió para la muerte (cf. Gn 3,16a.19). En contra de Prov 8,22-31, el Amor, no la Sabiduría, está presente y actuante desde el primer instante de la creación. El Amor ocupa el lugar del «Shemá» (Dt 11,8), cuyas palabras deben grabarse en el corazón y ser atadas a la mano (Dt 6,5.8). El Amor, como la nueva alianza, debe estar inscrito en el corazón, según Jr 31.33 (cf. Heb 10,16). Esta grabación es un memorial perpetuo. Si la mujer mira sus brazos, verá el tatuaje del Amor. La Amada y el Amor se fusionan en un abrazo íntimo y total. El Amor trae consigo la vida y la inmortalidad: vence a la muerte, en contra de lo que piensa Ecl 9,6.10. Ahora sabemos que el Amor recurrió a sus flechas para herir a la mujer: dardos y llamaradas divinos. Ni las aguas profundas de la muerte podrán apagar las llamas del amor (cf. Is 42,3). El Amor, finalmente, ni se compra ni se vende. Es pura gratuidad.

8:8 - 8:10

XXII. La hermana pequeña

La hermanita pequeñita está protegida por sus hermanos. Quieren que llegue a la edad núbil en las mejores condiciones. Las almenas refuerzan la defensa de los torreones. Las puertas bien cerradas y trancadas impiden la entrada a la ciudad. Esta canción bien puede referirse a Jerusalén, ciudad amurallada y con las puertas cerradas.

8:11 - 8:12

XXIII. La viña de Salomón

El tema de la viña, con su doble acepción, relaciona este canto con el segundo (1,5-6). Existe una viña, que es el pueblo de Dios, que ha sido arrendada a los guardias. Sabemos quiénes son los guardias: los sacerdotes del templo, como se aprecia aún en el Nuevo Testamento (cf. Mt 21,45; Mc 12,12; Lc 10,19). Al frente de ellos está Salomón, el sumo sacerdote. La casa de Dios (el templo) ha degenerado y se ha convertido en la «Casa de Amón». Es un nombre escandaloso. No menos escandaloso resulta que en el interior del templo se encuentre una viña, con la acepción eufemística que tiene. ¿Es una denuncia sobre la prostitución sagrada? La cuantiosa suma exigida a los arrendatarios constituye un tercer escándalo. Frente a este cúmulo de escánda-los se eleva desafiante la voz de quien proclama: «Mi propia viña es para mí…». Es la misma designación de la viña que leíamos en 1,6, la que la muchacha no supo guardar. La posesión de esta viña no tiene precio. Si Salomón exige mil monedas por el arrendamiento de la viña, mil sean para él y añada otras doscientas para los guardas. Acaso esta acerba crítica del sacerdocio jerosolimitano fue una de las razones que llevaron a «interpretar» el Cantar antes de que se convirtiera en un libro bíblico.

8:13 - 8:14

XXIV. Encuentro final

El Cantar se abría con un abrazo y se cerraba con otro, una vez más en el exterior (en el jardín). La joven hizo una promesa en 7,14. Es el momento de cumplirla. El joven, por su parte, anhelaba escuchar la voz de la muchacha desde el primer idilio (2,8-17). En esta última canción del Cantar insiste en su deseo: «Permíteme escuchar tu voz». Antes advierte a la mujer yaciente que «los compañeros están al acecho». Así son los custodios de Israel, como los viejos cuya conducta denuncia Dn 13,57: lascivos además de venales. La joven toma la palabra e invita al joven no a que huya, sino a que «pase»: que sea como un gamo o como un cervatillo sobre las colinas de balsameras (cf. 1,17). Se consuma la unión y el amor no ha aparecido a lo largo del itinerario de la joven amante. La presencia de los jóvenes, sin embargo, ha servido de marco para criticar enérgicamente a la clase dirigente del país.
***
El Cantar –más allá del erotismo, que lo tiene– es una celebración del amor concreto y encarnado entre un hombre y una mujer. En el fondo, sin embargo, responde a una pregunta: ¿Dónde está el Amor? ¿Cómo llegar al Amor? No por el camino de la Sabiduría (como proclaman Prov, Ecl y Eclo), sino por las sendas del amor. No puede ser de otro modo, si Dios es Amor. Quien ama, ese ha visto a Dios.


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