Cantar de los cantares
Capítulo 7
XVIII. Epitalamio
¡Gira, gira, Sulamita!
¡Gira y gira, que te veamos!
¿Qué contemplan en la Sulamita
que danza entre dos coros?
¡Qué bellos son tus pies con sandalias, hija del Príncipe! Las curvas de tus caderas es un collar obra artesana de orfebre;
tu ombligo, una ánfora redonda, ¡que nunca le falte el vino mezclado! tu vientre, un montoncito de trigo, recinto de rosas;
tus pechos, dos crías mellizas de gacela;
tu cuello como torre de marfil; tus ojos, piscinas de Jesbón, junto a las puertas de Batrabín; tu nariz igual que la torre del Líbano, que mira hacia Damasco;
tu cabeza se yergue leonada; y tu melena, como púrpura regia, se recoge en el cintero.
¡Qué dulce y bello es el Amor en las delicias!
Asemeja tu talle a una palmera y tus pechos a los racimos.
Yo pensé: treparé a la palmera a recoger sus dátiles; tus pechos son racimos de uvas, tu aliento, aroma de manzanas,
tu paladar, un vino exquisito. Mi amado ha entrado fácilmente, se ha deslizado suavemente entre mis labios.
Yo soy de mi amado que me desea.
XIX. Promesas en el campo
Ven, amado mío, salgamos al campo,
pernoctemos entre los cipreses;
amanezcamos entre las viñas. Veremos si las vides ya florecen, si echan flores los granados; y allí te daré mis amores.
Las mandrágoras exhalan su fragancia, nuestra puerta rebosa de frutos: los nuevos y los antiguos, amado mío los he reservado para ti.

Comentarios
XVIII. Epitalamio
La Sulamita, cuya litera aparece en 3:7, es invitada a bailar entre dos coros. Es una danza rítmica, como puede apreciarse aún en la traducción. Mientras la bailarina gira, ahora llamada «hija del Príncipe», alguien (no sabemos si el esposo o el poeta) describe el cuerpo de la mujer desde los pies hasta la cabeza. Quizás sea la escena más sensual de todo el libro. La sexualidad y la fecun-didad se funden en las imágenes. Algunas ya nos son conocidas: los pechos como mellizas de gacela (4:5). Otras son nuevas: el collar en las caderas, la ánfora, la torre de marfil, las piscinas de Jesbón –ciudad de los trovadores–, la nariz bien perfilada y recta como la torre del Líbano, la cabeza leonada, la melena en el cintero. El vino mezclado y el trigo son símbolos de la fecundidad. También la arquitectura colabora en la descripción del cuerpo amado: la ojiva que forma las curvas de las caderas; el cuello, que es torre de marfil; los ojos, que son piscinas; la cabeza erguida y leonada… Tanta belleza cautiva al rey enamorado, que queda prendido de la Sulamita, como la melena está apresada en el cintero. Algo divino debe haber en tanta belleza. El rey descubre el toque divino y lo proclama: «¡Cuán bello y dulce es el Amor en las delicias!». El Amor (una vez más sin artículo en el texto hebreo) transforma el cuerpo de la mujer y lo hace tan esbelto y fecundo como una palmera. Ha llegado el momento de subir a la palmera y recoger los dátiles. El esposo tomará posesión de tanta belleza, que le resultará jugosa como las uvas, sabrosa como las manzanas, embriagadora como el vino más exquisito (son claras las relaciones entre 1:2-4 y 5:1). La mujer confiesa que la unión se ha consumado. Las últimas palabras del idilio remiten a Gn 3:16, con la salvedad de que ahora es el varón quien desea a la mujer.
XIX. Promesas en el campo
Esta canción discurre en el campo, una vez más (cfr. 2,8-17). La muchacha invita a salir al campo (en 2,10, el muchacho invitaba). Entre esta breve canción y el idilio de 2,8-10 se interponen la descripción del cuerpo desnudo de la muchacha (4,1-7), que despierta el deseo del muchacho (4,6), y los recuerdos (6,1-3); es decir, un encuentro más imaginario que real y un segun-do encuentro más propio del pasado que del presente. Cuando los muchachos estén ya en el campo, cobijados bajo los cipreses, todo será exclusivamente del amado. La muchacha tiene reservados para su amado los frutos nuevos y también los antiguos. Es una promesa que abre esta estrofa a otras que vendrán después. Esta pareja sale al campo a amar, no a que uno mate al otro (cfr. Gn 4,8).