Cantar de los cantares
Capítulo 4
XII. Belleza del cuerpo amado
¡Qué hermosa eres, amada mía,
qué hermosa eres!
¡Palomas son tus ojos tras el velo!
Tus cabellos, como un rebaño de cabras,
que desciende por la sierra de Galaad.
Tus dientes, cual rebaño de ovejas trasquiladas, que suben del baño; todas ellas gemelas, ninguna solitaria.
Tus labios, cinta escarlata, y tu habla, fascinante. Dos cortes de granada, tus mejillas tras el velo.
Tu cuello, cual la torre de David, edificada con sillares: mil escudos penden de ella, todos escudos de valientes.
Tus pechos, dos crías mellizas de gacela que pacen entre rosas.
Hasta que surja el día y huyan las tinieblas, me voy al monte de la mirra, a la colina del incienso.
¡Toda hermosa, amada mía, no hay defecto en ti!
XIII. La embriaguez del amor
Ven desde el Líbano, novia mía,
ven del Líbano, acércate.
Desciende de la cumbre del Amaná,
de las cumbres del Senir y del Hermón,
de las guaridas de leones,
de los montes de leopardos.
Me has robado el corazón, hermana mía, novia mía, me has robado el corazón con una sola mirada tuya, con una vuelta de tu collar.
¡Qué deliciosos son tus amores, hermana y novia mía; tus amores son mejores que el vino!, ¡más exquisitos que el bálsamo el olor de tus perfumes!
Novia mía, néctar destilan tus labios, miel y leche, bajo tu lengua; y la fragancia de tus vestidos cual fragancia del Líbano.
Eres un jardín con cerrojo, hermana y novia mía; eres un manantial con cerrojo, una fuente sellada.
Es tu seno paraíso de granados con frutos exquisitos:
nardo y azafrán, canela y cinamomo, con árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores ungüentos.
¡Fuente de los jardines, manantial de aguas vivas que fluyen del Líbano!
Despierta, viento del norte; acércate, viento del sur; soplen sobre mi jardín, que exhale sus perfumes. Entre mi amado en su jardín, y coma sus frutos exquisitos.

Comentarios
XII. Belleza del cuerpo amado
Este nuevo idilio describe el cuerpo desnudo de la muchacha. Comienza y termina exaltando la belleza de la amada, aunque el final añade un matiz: «No hay defecto en ti». Si traemos aquí los versos aislados de 6,4-5a, a la belleza se añade la fascinación: así se presentaba la muchacha, el segundo rostro femenino del Cantar. Este posible añadido aportaría un segundo matiz: la muchacha es «imponente como un batallón» (6,4). El muchacho ahora nos notifica su deseo: ¿Por qué no pasar la noche en el monte, en la colina del incienso? De momento, solo es un deseo.
XIII. La embriaguez del amor
Al finalizar el poema, se invita a los amigos a embriagarse de amores (cfr. 1,4b). Pero comienza con una invocación un tanto extraña: ¿Por qué llamar a la esposa si está presente? ¿Cómo ha de venir de tantos y tan fieros sitios a la vez? Da la impresión de que estamos ante una oración dirigida a la diosa del amor. Quien así invoca u ora nos dice de sí mismo que es un prisionero del amor, está enamorado. El poeta repite expresiones del primer canto: tus amores son dulces y fragantes (cfr. 1,2s). Son dulces como el néctar, como la miel; fragantes como los aromas del Líbano. Para la belleza no se encuentra comparación, a no ser que la leche y la miel aluden a la belleza y fecundidad de la Tierra prometida. La esposa, por lo demás, es virgen: huerto y manan-tial con cerrojo, fuente sellada. Frutos exquisitos y aromas exóticos se acumulan en el seno de la mujer. Ella misma es una fuente incontenible que brota de los frescos veneros del Líbano. Las palabras del esposo, que tienen más de antología que de inspiración poética, comenzaban con una oración y finalizaban con una invocación a los vientos del norte y del sur: que ellos oreen el jardín y este exhale sus aromas. Las breves palabras de la esposa aportan un poco de calor e inspiración poética: «Entre mi amado, en su jardín, coma sus frutos exquisitos». Se consuma la unión de los esposos. Cuatro verbos la describen: «entrar, recoger, comer, beber». El esposo, extasiado tras su experiencia amorosa, invita a sus compañeros a embriagarse de amor.