Cantar de los cantares
Capítulo 2
VII. Rosas y manzanos
Soy un narciso de la llanura, una rosa de los valles.
Como rosa entre espinas es mi amada entre las mozas.
Como manzano entre arbustos es mi amado entre los mozos: quisiera yacer a su sombra, que su fruto es sabroso.
VIII. La mujer herida
Me llevaron a un banquete y el Amor me declaró la guerra.
Tiéndanme sobre tortas de pasas, recuéstenme sobre manzanas, porque he sido herida por el Amor.
Su izquierda bajo mi cabeza y su derecha me abraza.
¡Les conjuro, muchachas de Jerusalén, por las gacelas y ciervas del campo que no despierten ni desvelen al amor hasta que a él le plazca!
IX. Primavera
¡Un rumor…! ¡Mi amado! Véanlo, aquí llega saltando por los montes, brincando por las colinas!
Es mi amado un gamo, parece un cervatillo. Véanlo parado tras la cerca, mirando por las ventanas, atisbando por la reja.
Habla mi amado y me dice: ¡Levántate, amada mía, preciosa mía, vente!
Mira, el invierno ya ha pasado, las lluvias han cesado, se han ido.
Brotan flores en el campo, llega el tiempo de los cánticos, el arrullo de la tórtola se oye en nuestra tierra;
en la higuera despuntan las yemas, las vides abultadas perfumean. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, vente!
Paloma mía, en las grietas de las rocas, en el escondrijo escarpado, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz: ¡Es tan dulce tu voz, es tan fascinante tu figura!
Atrápennos las raposas, las raposas pequeñitas, que destrozan nuestras viñas, nuestras abultadas viñas.
Mi amado es mío y yo suya, ¡se deleita entre las rosas!
Hasta que surja el día, y huyan las tinieblas, ronda, amado mío, sé como un gamo aseméjate a un cervatillo por las colinas hendidas.

Comentarios
VII. Rosas y manzanos
Continuamos en el escenario campestre. La muchacha se presenta encantadora, como un narciso o una rosa, y libre en la sombra del valle. El muchacho ratifica lo que acaba de decir la joven: para él, es la mujer más bella que existe. Intervienen en esta escena dos jóvenes: la amante que se presentó al comienzo del libro y su interlocutor. Quien toma la iniciativa, una vez más, es ella.
VIII. La mujer herida
Un cambio de escenario en este nuevo canto. Ahora estamos en la sala de «un banquete». En ella irrumpe un guerrero inesperado: el amor (en hebreo, está sin artículo y debemos entender que se trata de una personificación). La mujer es herida súbitamente y pide socorro. La herida es tan profunda que solo podrá sanar con la presencia y la figura del amado. Este ha desapare-cido tan rápidamente como apareció, y ha dejado herida a la mujer. Si las compañeras de esta mujer no quieren pasar por semejante trance, que no despierten ni desvelen al amor (ahora con artículo, debiendo traducirse por «el amor»), hasta que a él le plazca. El campo de batalla nos lleva a pensar en el tercer personaje femenino presentado en el prólogo del libro: la prostituta.
IX. Primavera
Primer idilio del Cantar. Los verbos de movimiento y la voz dan unidad a la composición. Protagonista del idilio es la muchacha «fascinante» (14), que se presentó en el prólogo del libro (1,5). Ha soportado un invierno de ausencia. Ha llegado la primavera. Las flores del campo, las higueras que despuntan, las viñas abultadas, la estación de los cánticos, el arrullo de la tórtola, todo invita a celebrar el amor y a gozar de él. El oído despierto percibe la proximidad del amado, aunque no sea más que «un rumor…». A partir de ese momento, se imagina cómo se acerca presuroso, cual gamo o cervatillo, y cómo mira y atisba por la ventana y por la reja. Oye su voz, o ella misma pone palabras en boca del amado: «Levántate… Vente». Pero la muchacha se resiste. Convierte su casa en palomar, a pesar de que anhelaba, como nadie, la presencia del amado. El juego del amor es, a veces, demasiado cruel (Cant 8,6). El muchacho se contentaría tan solo con ver la figura «fascinante» de la muchacha y escuchar su «dulce voz». Tras el conjuro contra las raposas, que son un peligro para la viña, y que no fue guardado en otro tiempo, la muchacha declara solemnemente: «Mi amado es mío y yo suya, ¡se deleita entre las rosas!». Mientras dura la noche, es tiempo de que el gamo o cervatillo ronde por las colinas hendidas. El lenguaje es alusivo y delicado.