JUEVES SANTO
Juan 13,1-30
Un saludo para todos, hermanas y hermanos.
Los evangelios sinópticos dedican pocos versículos a la historia de la Última Cena. El Evangelista Juan dedica a la Última Cena 5 capítulos, prácticamente una cuarta parte de su obra. Y estos 5 capítulos contienen un largo discurso que hace Jesús a sus discípulos. Es importante entender el género literario de este discurso.
La Biblia recuerda los últimos discursos pronunciados de los personajes famosos – discursos que pronuncian al fin de sus vidas. Por ejemplo, Jacob, reúne a todos sus hijos en Egipto y se dirige a cada uno de ellos para recomendarles cómo se deben comportar en la vida y promete su bendición a cada uno de ellos. También Moisés al terminar su misión hace un discurso largo donde resume la obra que ha hecho y recomienda al pueblo la fidelidad al Señor. Y lo mismo los otros grandes personajes: Josué, Samuel.
También en los Hechos de los Apóstoles encontramos a Pablo que reúne a los ancianos de Éfeso en Mileto y presenta lo que él ha hecho en su vida, recomienda ser fiel al Evangelio que él anunció. Estos discursos son importantes porque se trata del testamento que estos personajes dejan al pueblo.
El evangelista Juan utiliza este género literario para dar la importancia máxima a las últimas palabras que el Señor nos ha dejado. Tomamos estas palabras como su testamento.Sabemos que las últimas palabras son sagradas de una persona que ha amado y que deja sus últimas palabras… Recuerdo que cuando murió mi padre yo no estaba presente. Cuando llegué a casa pregunté cuáles habían sido las últimas palabras de mi padre… porque estas palabras son sagradas. Ningún hijo puede olvidar lo que el padre les ha dejado como su último pedido.
El evangelista Juan quiere dar el máximo valor a estas palabras y las coloca como el testamento de Jesús. Este testamento no comienza inmediatamente con las palabras del Maestro. Se abre con una escena, conservada solamente por Juan, que debe haber dejado desconcertados a los discípulos: el lavatorio de los pies.
Prestemos atención al modo solemne como se introduce la escena.
“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando el Diablo había sugerido a Judas Iscariote que lo entregara, sabiendo que todo lo había puesto el Padre en sus manos, que había salido de Dios y volvía a Dios…” (Jn 13:1-3).
La escena del lavatorio de los pies y que precede a las palabras del testamento de Jesús – 5 capítulos del evangelio de Juan. Es una cena narrada de una manera muy solemne por el evangelista. Ante todo, está la referencia a “su hora” – a la hora de Jesús. Ya habíamos sentido hablar de ‘esta hora’ durante la boda de Caná, cuando respondiendo a su madre, Jesús dice: “Mi hora no ha llegado”.
Nos dice el Evangelio de Juan que, precisamente, unos días antes de la Pascua, Felipe y Andrés se presentaron a Jesús para decirle que había algunos griegos que lo querían ver. Y Jesús responde a los discípulos, “la hora ha llegado que el Hijo del Hombre sea glorificado.Ha llegado la hora de su gloria. Cuando nosotros escuchamos hablar de ‘gloria’ pensamosinmediatamente en los aplausos, el triunfo, pero cuando Jesús habla de la ‘hora’ de su gloriaes el momento en que finalmente podrá hacer reflejar en su rostro la imagen del Dios Amor que él vino a presentar en este mundo.
El evangelista continua con esta introducción a la escena del lavatorio de los pies diciendo: “después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. La vida de Jesús se resume en un verbo: el verbo “amar”. Toda la vida de Jesús ha sido ‘amor’. Y se emplea el verbo ‘agapán’ que era muy poco utilizado en la Grecia clásica – solo una docena veces. En vez, en el Nuevo Testamento se utiliza 143 veces. Indica el amor de Dios que es amor incondicional; el amor que no espera una devolución, sino que va porque es necesario de ser amado. Y ama sin condiciones, ama incluso a los que son malvados, malos… porque no puede hacer otra cosa. Es lo que hace uno que quiere hacer feliz a otro – felices viendo que los otros están alegres. Este es el amor que Jesús vino a testimoniar y es lo que hizo durante toda su vida. La vida de Jesús se resume en este verbo: ‘amó a los suyos’. Y, por tanto, ha llegado el momento de amarlos hasta el fin, esto es, hasta lo máximo, más allá del cual es imposible andar. No se puede ir más allá de una manifestación de amor que es la donación de la vida.
Y “durante la cena, cuando el Diablo había sugerido a Judas Iscariote que lo entregara…”. Antes de esta cena, en el lavatorio de los pies, el evangelista trae presente la figura de Judas – lo presenta como un Diablo. Diablo es ‘dia-balo’ – un verbo que significa “poner una traba”. ‘Diablo’ es todo aquel que se entromete en un mensaje de amor entre Dios y la humanidad. Puede haber no aceptación – el que no acepta este mensaje de amor = este es un ‘diablo’. Judas no ha comprendido la novedad del rostro de Dios… la entendió, pero no la quiso aceptar y entregó a Jesús a las autoridades religiosas porque quería perpetuar esa imagen de la catequesis de los escribas y fariseos.
Y Juan trae a propósito la presencia de Judas porque en la escena del lavatorio de los piespondrá al Maestro de rodillas delante de aquel que no ha aceptado este nuevo rostro de Dios,esta nueva relación con Dios, no ha aceptado la propuesta del hombre nuevo. Antes de entrar en una descripción detallada que hace el evangelista de la escena del lavatorio de los pies quiero hacer una observación sobre la posición de los hebreos en la mesa durante la celebración de la cena pascual.
No estaban sentados a la mesa, como estamos acostumbrados a ver en las pinturas y cuadros, sino que estaban tumbados. El verbo empleado por todos los evangelistas es ‘anakeimái’ que quiere decir estar tumbados sobre la mesa. ¿Qué significaba este gesto?Significaba que aquellos que estaban a la mesa durante la celebración de la cena pascual se consideraban personas libres. Los hebreos tomaron este gesto de los griegos que a su vez lo tomaron de los persas, que ya en el siglo sexto antes de Cristo, cuando celebraban una gran victoria, una gran fiesta, no se sentaban a mesa, sino que se tumbaban. Después de la batalla de Platea, por tanto, en el siglo quinto, en el tiempo de las guerras persas, también los griegos comenzaron a comportarse como los persas – se tumbaban a la mesa. Luego los romanos recuperaron estos gestos y, luego, cuando las costumbres se corrompieron, no solo los hombres sino también las mujeres se tumbaban sobre la mesa. Entre los hebreos solamente los hombres se tumbaban sobre la mesa durante esta celebración de la cena pascual.
Debemos pues imaginar el gesto del lavatorio de los pies teniendo presente el modo como estaban en la mesa. Por tanto, comprendemos que para Jesús era bastante fácil dar una vuelta a todos sus discípulos porque los pies se encontraban en la posición justa para ser lavados cómodamente. Jesús podía dar la vuelta a todos sus discípulos.
Y también podemos imaginarnos a Jesús en la mesa, no sentado en el centro de la mesa sino, probablemente, en el último puesto, en el ángulo del triclinio. Veremos también lo que hace Jesús en esta introducción de la escena. A un cierto punto se pondrá de pie de la mesa y hará este gesto sobre el cual nosotros vamos a reflexionar. Y continua esta solemne introducción del evangelista, diciendo: “sabiendo que todo lo había puesto el Padre en sus manos, que había salido de Dios y volvía a Dios…”. Jesús es plenamente consciente de haber llevado a cumplimiento su misión. Ha venido de Dios y está por regresar al Padre.
A veces nosotros sentimos hablar en los funerales: este nuestro hermano, nuestra hermana, regresaron al Padre. No es muy correcto. Jesús regresa al Padre porque ha venido del Padre. Nosotros ‘vamos’ al padre, porque es la primera vez que vamos y nuestra situación es distinta a la de Jesús. Él vino de Dios y va a Dios. Nosotros, al final de esta vida terrenal, iremos al Padre. Hemos, pues, escuchado esta introducción solemne a esta Cena que estamos invitados a contemplar.
Escuchemos juntos la lectura:
“Se levanta de la mesa, se quita el manto, y tomando una toalla, se la ató a la cintura.Después echa agua en un recipiente y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura” (Jn 13,4-5).
Hemos notado que el evangelista describe muy lentamente la escena del lavatorio de los pies. Pareciera que quiere remarcar todos los particulares sobre lo que ha acontecido.Describe la escena con todos los detalles porque quiere que el gesto hecho por Jesús perdure impreso para siempre en la mente de los discípulos.
La introducción a esta escena concluía diciendo que Jesús, sabiendo que había venido de Dios y que estaba por regresar a Dios… ¿cómo nos imaginaríamos nosotros que pudiese continuar el relato? Creo que lo que nos parecería espontáneo es imaginar a Jesús que toma el pan, instituye la Eucaristía, invita a los discípulos a comer de ese pan y a beber ese cáliz. En vez, el evangelista Juan, al contrario de los otros evangelistas, no narra la institución de la Eucaristía.
Y esto es muy extraño porque este evangelista ha dedicado un capítulo, el sexto de su evangelio, al pan de vida, al pan eucarístico. En vez de hablar de la institución de la Eucaristía, continúa así su texto – dice que durante la cena Jesús se levantó de la mesa. Y cuando Jesús hace este gesto de levantarse de la mesa debió hacerse silencio en la sala porque en el recuento del gesto hecho por Jesús los gestos suceden con la más grande de las sorpresas de los apóstoles quienes no entienden lo que el Maestro está haciendo.
En un cierto momento Jesús se levanta de la mesa, luego se quita el manto. Este gesto hecho por Jesús viene representado en los cuadros y también en las explicaciones que se dan sobre esta escena del lavamiento de los pies. Pero este gesto que trae el evangelista es muy importante. Sabemos cómo se vestían los hebreos en tiempo de Jesús. Vestían la prenda interior, luego la túnica, el cinturón y luego el manto.
Es importante ver cómo se llamaban en griego estos vestidos. El manto era ‘to imateon’, la túnica ‘ta imatia’ y el ’taparrabo’. ¿Qué dice el evangelista? Dice que Jesús se quitó ‘taimatia’. No ‘to imateon’ la prenda que le podía molestar cuando lavaba los pies de los discípulos. No se habla del ‘manto’. Éste ya se lo había quitado. Dice que se quitó ‘ta imatia’ – la túnica y ¿esto qué significa? Que se quedó con el taparrabo. Salvo el pudor… este gesto es sumamente significativo que debe haber sorprendido a los discípulos, quienes no comprendían lo que el Maestro estaba haciendo, pero Jesús se quedó con solo el taparrabos.con la ropa de los esclavos.
Pongo al fondo, a propósito, esta escultura porque muestra al verdadero Dios. No es fácil entender que el que se queda con en ropa interior, con la ropa de los esclavos, sea nuestro Dios. Nosotros continuamos a imaginarnos a Dios que es servido, ante quien debemos inclinarnos… en vez aquí, estamos viendo el rostro nuevo de Dios que se hace esclavo del hombre.
No es fácil dejarse convertir a esta imagen de Dios, porque ese es nuestro Dios… Mantengámonos un poco en silencio para mirar a este Dios que sorprendió la mentalidad delos discípulos durante la Última Cena. En esa desnudez está revelado el rostro de Dios; sobre esa desnudez Jesús se pondrá el delantal – delantal que no se quitará luego cuando se ponga su ropa, porque es la ropa del esclavo que se hace servidor del hombre es la imagen de nuestro Dios.
Desnudez revestida de servicio. Este es el vestido del esposo. Recordemos que cuando Jesús cuenta la parábola de la fiesta de boda, en cierto momento entra uno a esta fiesta de bodas sin el vestido esponsal. Nos preguntamos: ¿cuál es el vestido esponsal para el banquete eucarístico?
Cuando participamos en la Eucaristía es el Esposo que nos pide si queremos unir nuestra vida a la suya. Por tanto, debemos presentarnos a la fiesta de bodas con el vestido esponsal y éste es lo que él ha vestido. Es el vestido del esposo y de la esposa, debe vestir la ropa del esclavo. Si no tenemos el hábito del siervo, de la disponibilidad para dar hasta la vida al servicio de los hermanos – nuestro encuentro esponsal con Cristo no es auténtico, no es verdadero. Y entendemos que cuando uno no tiene esta vestidura esponsal, no entra en el banquete de bodas – está fuera de esta propuesta de don de amor recíproco, de intercambio de amor que es la competición, la envidia… y este es el mundo donde hay ‘crujir de dientes’, el mundo viejo, no el mundo nuevo introducido por el Hijo de Dios, del Hijo que reproduce en sí la imagen del Padre del cielo, que se hace siervo del hombre.
Luego de haberse quitado la vestidura, Jesús se viste con la ropa del siervo – el delantal.Se lo ciñe… y notemos la lentitud de la descripción que debe haber dejado sorprendidos y en silencio a los discípulos que no entendían lo que Jesús estaba haciendo. “Después echa agua en un recipiente y se puso a lavarles los pies a los discípulos…” – sin distinción para nadie, de quien es más grande o más pequeño. El servicio de amor es igual – todos son amados por igual por Dios. “Y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura”.
El gesto de lavar los pies – ¿qué sentido tenía para los hebreos? En general, era un gesto tradicional de recibimiento a los visitantes. Sabemos, por ejemplo, y se recuerda en el Nuevo Testamento, la primera carta a Timoteo: las viudas entraban en eta institución que tenía la Iglesia primitiva que tenía varias características, y una de ellas era ‘lavar los pies a los santos’, esto es, que se pusieran a disposición de los que tenían alguna necesidad, incluso lavándoles los pies.
Se trataba de un gesto de humildad y servil. De hecho, recordemos el comentario rabínico en el libro del Éxodo donde se decía que el esclavo hebreo no debía lavar los pies a su patrón. El hebreo no es un esclavo y por tanto debe negarse a lavar los pies a su patrón. No es que fuera necesariamente un gesto servil, era también un gesto que manifestaba amor a la persona. Por ejemplo, la esposa debía manifestar su amor lavando los pies a su marido; también los hijos, como señal de reverencia para el padre, le podían lavar los pies.
Todos estos aspectos están presentes en el gesto de Jesús. Jesús es Dios que muestra todo su amor, también haciendo un gesto humillante – lo hace porque quiere revelar el rostro del Padre del cielo. Luego de esta escena que se describe tan lentamente por el evangelista, se nos presenta la reacción de Pedro.
Escuchemos la narración del evangelista:
“Llegó a Simón Pedro, el cual le dice: Señor, ¿tú me vas a lavar los pies? Jesús respondió: Lo que yo hago no lo entiendes ahora, más tarde lo entenderás. Replica Pedro: No me lavarás los pies jamás. Le respondió Jesús: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Le dice Simón Pedro: Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza.Le responde Jesús: El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos. Conocía al que lo iba a entregar y por eso dijo que no todos estaban limpios” (Jn 13,6-10).
Hemos notado que la escena del lavatorio de los pies se desarrolla en silencio. Un silencio de sorpresa. Los discípulos no entienden lo que Jesús está haciendo. En un cierto momento, este silencio lo rompe Pedro. Cuando Jesús llega para lavarle los pies, se dirige al Señor antes que nada con una pregunta: ¿tú me vas a lavar los pies? Pedro se da cuenta que Jesús está dando vuelta el orden de valores aceptados como lógicos y normales por todos. ¿Cuál es el orden lógico y normal? Que el Maestro, el rabino, sea servido por los discípulos que deben estar orgullosos de lavarle los pies.
Aquí, por el contrario, Jesús está dando vuelta todo y Pedro no acepta este gesto de Jesús. No lo acepta porque ha comenzado a comprender que Jesús está reproduciendo el rostro del Señor – el Hijo de Dios reproduce el rostro del Padre del cielo. Y Pedro siente que toda la catequesis que él ha asimilado de los rabinos se desmorona. Porque el Dios que él siempre ha imaginado y en el cual ha creído siempre era el Dios servido por el hombre, y nosotros vimos en la escena precedente como se presenta en vez el Hijo de Dios, el que reproduce el rostro del Padre del cielo. Se ha presentado de manera desconcertante, con la vestimenta del esclavo.
Es un ‘Pedro’ que está presente en cada uno de nosotros. Es aquel que de frente al misterio de Dios que ama, hasta el extremo de arrodillarse delante del hombre, se rebela. No acepta que Dios sea un siervo. Que se haga esclavo del hombre, porque nosotros estamos siempre convencidos que debe ser el hombre el que sirva a Dios. En vez en el rostro de Jesús vemos brillar a un Dios que es amor y que es servidor del hombre.
Creo que ese ‘Pedro’ que está dentro de cada uno de nosotros quiere conservar una imagen de Dios que no es la del verdadero Dios. Es el Dios que el Maligno quiere presentar, porque si nosotros no cancelamos esta imagen de Dios, no estaremos en disposición de aceptar este amor del Padre del cielo. ¿Cuál es la imagen que Pedro tenía en mente? Es la que está presentada por Moisés, en el libro del Deuteronomio; Moisés dice al pueblo de Israel en un discurso a los israelitas: El Señor su Dios es el Dios de dioses – el Señor de los señores. Es un Dios grande, fuerte, terrible (Deut 10,17).
Tomadas al pie de la letra estas palabras son difíciles de comparar con esta imagen de Dios presentado por Jesús – que lava los pies de los discípulos. También lo que dice el libro de Ester: Dios altísimo, grandísimo… O en el libro de Judit: El Señor es grande, glorioso,admirable con su potencia, invencible… Este es el rostro de Dios que Pedro tiene en mente y creo que también en el ‘Pedro’ que está presente en cada uno de nosotros que estamos atrapados por esta imagen de Dios y nos resistimos a ponerla en cuestión por el gesto hecho por Jesús.
Jesús comprende esta dificultad de cambiar la imagen de Dios y de hecho dice a Pedro:Lo que yo hago ahora no lo entiendes. Lo entenderás más tarde, cuando hayas visto hasta qué fin llega el amor del que yo vine a dar testimonio – el amor del Padre del cielo. Será en el Calvario, cuando Jesús entregue su vida. Jesús no pretende que Pedro entienda enseguida.
También nosotros podemos encontrar esta dificultad a dejarnos convertir a esta imagen auténtica de Dios. Jesús entiende esta dificultad. Y Pedro reacciona y dice a Jesús: “Tu no me lavarás los pies nunca. Jesús le responde: Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo”. Notemos: Jesús no dice a Pedro: ‘si tú no aceptas lavar los pies a los hermanos’… esto lo dirá después.
Aquí Jesús está diciendo: Yo tengo necesidad de lavarte los pies, porque si yo no bajo a este último peldaño, tú no tienes nada que ver conmigo. La salvación, el mundo nuevo, solo puede comenzar si yo desciendo al último puesto del servicio – que será luego el don de su vida sobre el Calvario.
Si Jesús no llega a esta hora en que pueda manifestar toda la gloria, todo el amor del Padre del cielo, el mundo nuevo no comienza. Jesús está diciendo a Pedro: deja que yo baje al último puesto, el del siervo, que lava los pies de los discípulos. A nosotros nos cuesta servir a los demás, pero también nos da fatiga a dejarnos servir. Porque dejarnos servir nos hace sentir que no somos autosuficientes y esto nos humilla un poco.
Somos orgullosos – queremos autoabastecernos a nosotros mismos. En cambio, Dios no. Lo ha hecho bien. Nos ha hecho necesitado del don del otro. Sin el encuentro con los demás y con los dones que el otro puede ofrecer no nos realizamos. Y la lógica en la cual Dios quiere que entremos es la del don gratuito, del amor incondicional – aun al enemigo, aun al que nos ha hecho algún mal.
Nos cuesta donar gratuitamente, y también a dejarnos amar gratuitamente porque nuestra lógica es la del intercambio. Y, de hecho, cuando aceptamos un regalo, agregamos enseguida ‘¿cómo puedo devolverte el favor por el regalo que me has dado?’ Porque queremos emparejar cuenta enseguida.
Esta es nuestra lógica. En cambio, el regalo fue hecho para crear este desequilibrio que debe permanecer. Si uno me he hecho un regalo que cuesta 100 Euros y yo lo pago, toda la lógica del regalo se pierde. En vez, debido este desequilibrio pide una respuesta de amor. Lo sabemos. Pongamos el ejemplo de la familia donde se realiza está lógica del don gratuito. Entre hermanos, en familia, se hacen servicios sin exigir que se paguen, porque allí está la lógica el amor, la que regula las relaciones.
Y notemos que cuando uno ofrece el propio servicio de amor, no necesariamente recibeun intercambio de amor inmediato. Este amor, muchas veces, se manifiesta con otros. Por ejemplo, el don que hacen los padres a los hijos, el regalo de la vida, el don del servicio que hacen para que los hijos puedan crecer. No viene necesariamente compensado por parte de los hijos a los padres, sino esta lógica del amor se manifiesta por parte de los hijos en un don de amor que a su vez ellos hacen, educando, haciendo crecer sus propios hijos.
Esta lógica y dinámica del amor la vemos aun en un ejemplo muy sencillo: si uno me cede el paso cuando estoy conduciendo me siento agradecido porque ya hacía un poco de tiempo que estaba esperando que alguno me dejase entrar a la ruta y estoy agradecido a este gesto que el otro me hizo… ¿qué sucede: Estamos bien hechos… sentimos también nosotros la necesidad de hacer algo gratis, no para aquel que nos ha dado paso para la ruta, sino para cualquier otro.
Esta es la lógica nueva que Dios quiso introducir en el mundo. No la lógica del intercambio, sino la lógica del amor gratuito. El que acepta esta lógica entra en la dinámica del amor de Dios que ha sido revelado en Jesús. En Jesús este amor ha sido total,incondicional. Si nosotros queremos entrar en esta relación de amor con Cristo, también nosotros debemos entrar en la lógica del amor sin condiciones.
Jesús le dijo a Pedro: “Si no te dejas lavar los pies”. Pedro querría ser él el que donara la vida por Jesús. Pero aquí viene la vuelta: es Jesús el que tiene necesidad de donar su vida, de otra manera no puede comenzar el reino nuevo, continúan los reinos antiguos, el reino de las fieras. Pedro reacciona diciendo: “Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza”. Pedro no ha entendido lo que está diciendo Jesús. Está todavía pensando en las purificaciones rituales y Jesús le dice: “El que se ha bañado” – quiere decir: el que ha entrado en el agua nueva, el agua de vida que yo he venido a traer al mundo, no tiene más necesidad de ninguna purificación.
Y ustedes están limpios – ya están purificados por la Palabra que yo les he anunciado,aunque uno de ustedes no ha sido purificado. Nuevamente la mención a Judas que lo estaba por entregar. Este es el gesto sobre el cual hemos meditado. Después de esta reacción de Pedro, viene la lección de vida que Jesús quiere dar. Jesús quiere hacer comprender muy bien lo que ha hecho.
Escuchemos juntos lo que luego dice a los discípulos:
“Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo:¿Comprenden lo que acabo de hacer? Ustedes me llaman maestro y señor, y dicen bien. Pero si yo, que soy maestro y señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,12-14).
Después de la descripción del gesto hecho por Jesús del lavatorio de los pies, con la reacción de Pedro, el evangelista continua con la descripción de los hechos que hizo Jesús. Se puso el manto, la túnica y luego vuelve a la mesa. Y se dirige a los discípulos y pregunta:¿Comprenden lo que acabo de hacer? No se trata de un gesto tradicional hecho al comienzo de la cena como se solía hacer – lavar los pies. Ha sido ‘durante’ la cena cuando Jesús hizo este gesto profético sobre el cual quiere que los discípulos reflexionen y entiendan el significado.
Un significado que es decisivo porque da vueltas la imagen de Dios y da vueltas la imagen del hombre grande, del hombre redimido. Es por esto que Jesús pregunta a los discípulos: ¿Comprenden lo que acabo de hacer? Cuando Jesús se pone la ropa no se quita la toalla.
El evangelista ha anotado todos los detalles y el hecho de que no diga que Jesús se sacó la toalla es significativo. La toalla es el símbolo del servicio a la humanidad que Jesús continuará sirviendo siempre. El servicio es la divisa, la moneda de Dios.
Y luego comienza a dar la lección. “Ustedes me llaman maestro y señor, y dicen bien. Pero si yo, que soy maestro y señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”. Es la interpretación moral. Pedro es el primero entre los discípulos y es el que más ha reaccionado ante esta imagen nueva de Dios, transformadora, es lo que aún le preocupa es la imagen del hombre.
Si el hombre debe humillarse a Dios para ser grande, debe ser como Jesús el servidor, el que esté siempre dispuesto a amar de manera incondicional. El lavatorio de los pies no es un gesto de humildad hecho por Jesús.
Debemos estar atentos a no minimizar este gesto como si Jesús hubiese hecho una acción, una sola vez que luego se acaba… solo un momento. NO. Se trata de la presentación de su identidad. Es la presentación de la identidad de Dios que no cambiará más. Esta es la naturaleza de Dios. La verdadera dignidad del hombre será la de reproducir este rostro del Padre del cielo, que brilla en el rostro de Jesús.
Y cuando sintamos –no en el evangelio de Juan, sino en los sinópticos– la institución de la Eucaristía, cuando Jesús dice: Hagan esto en memoria mía…. Para que yo esté presente… se refiere a este gesto de amor total donde deben entrar aquellos que se dejan envolver en una relación esponsal que se celebra en el banquete eucarístico. Jesús concluye su lección diciendo: haciendo esto serán bienaventurados, si lo ponen en práctica. Para ser bienaventurados – solo los que han tenido una vida entregada, a los cuales Dios felicita: eres verdaderamente mi hijo, eres feliz porque has manifestado mi amor a tus hermanos. Eres bienaventurado.
No se trata de conquistar méritos para el paraíso en el cual entramos por esta dinámica de amor, para ser envueltos en el amor del Padre del cielo, ese amor que se ha manifestado en plenitud en Jesús de Nazaret.
Les deseo a todos una buena preparación para la fiesta de Pascua.
