DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN
9 DE NOVIEMBRE
Juan 2,13-25
“Como se acercaba la Pascua judía, Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el recinto del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los que cambiaban dinero sentados.Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo, ovejas y bueyes; esparció las monedas de los que cambiaban dinero y volcó las mesas; a los que vendían palomas les dijo: Saquen eso de aquí y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado. Los discípulos se acordaron de aquel texto: El celo por tu casa me devorará. Los judíos le dijeron: ¿Qué señal nos presentas para actuar de ese modo? Jesús les contestó: Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré. Los judíos dijeron: Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él se refería al santuario de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron que había dicho eso y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús. Estando en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales que hacía. Pero Jesús no se confiaba de ellos porque los conocía a todos; no necesitaba informes de nadie, porque él sabía lo que hay en el interior del hombre”.
Un buen domingo para todos hermanos y hermanas.
El texto evangélico de hoy nos narra un episodio que nos deja un poco desconcertados.Un episodio que podría tomarse incluso como desagradable por parte de Jesús. No esperábamos este gesto de Jesús. Nos lo hemos imaginado siempre como una persona dulce, tierno, afectuoso con todos. Toma una posición muy dura contra aquellos que están administrando la vida religiosa en el templo de Jerusalén, pero que en realidad estaban profanando el templo del Señor. Nos quedamos un poco desconcertados de frente a este gesto duro que hace, de hecho, si nos lo imagináramos hoy entrando furioso con el látigo en ciertos templos, donde todavía hay una relación entre la fe y el dinero… O quizás en ciertos ambientes religiosos donde la adhesión a Cristo les sirve algunos para hacer carrera, para conectarse con los grandes de este mundo para obtener reconocimiento y favores… si Jesús entrase con el látigo en estos ambientes… O quizás también en ciertos templos laicos donde se adora al dios dinero, donde se engaña, donde se planea la explotación de los países pobres, o donde se deciden guerras, violencia, injusticias… si Jesús entrase allí con su látigo… ¿qué diremos? También hoy estaríamos desconcertados.
El significado de este gesto provocador de Jesús estoy seguro que mis colegas sacerdotesinsistirán bastante en la homilía dominical de hoy. No es sobre este aspecto que quiero insistir, sino en el significado profundo, teológico de la opción hecha por Jesús. No es, por tanto, una purificación de una cierta forma religiosa sino un dar vuelta radicalmente sobre la manera de relacionarse con Dios: un nuevo templo. El antiguo templo, la antigua religión, la forma antigua de relacionarse con el Señor son abandonadas para dar comienzo a una nueva manera de relacionarse con Dios.
Es sobre este aspecto que vamos a reflexionar en esta fiesta de la Dedicación de laBasílica de San Juan de Letrán. Para poder entender este episodio, pensé en ambientarlo desde el punto de vista histórico, arqueológico pues es muy importante entender dónde, cómo, cuándo Jesús se decide a hacer este gesto muy provocador. A mi espalda pueden ver la reconstrucción de lo que era el templo de Jerusalén.
Tenemos que distinguir el término ‘templo’ del término ‘santuario’. Los evangelios lo distinguen muy bien. Cuando se habla de ‘templo’ se entiende todo el complejo de pórticos, de patios, de edificios, que formaban parte de esta enorme y magnífica estructura, una verdadera obra maestra de arquitectura y una de las maravillas del mundo antiguo, construida por el rey Herodes el Grande. La construcción comenzó el 19 antes de Cristo, por tanto, cuando nace Jesús ya hacía 11 o 12 años que estaban construyendo este templo de Jerusalén. Pero, cuando se habla de santuario, se entiende la parte central, allá donde el pueblo estaba convencido de poder encontrar al Señor. Al templo podían incluso entrar los paganos, pero en la parte más sagrada –la del santuario– estaba reservada solamente para los israelitas, los que pertenecían al pueblo santo. Veamos de contemplar bien el lugar donde tuvo lugar el episodio. Lo vemos muy bien en esta reconstrucción.
Me detendré en dos partes muy importantes: una es la del ‘pórtico regio´, que se extendía en la parte sur de la explanada del templo. Luego lo veremos mejor. Y la otra parte de este templo es la escalera majestuosa que introducía a la ´Puerta de Coponio’. Era la más hermosa de las cuatro puertas que se encontraban en la parte occidental de esta explanada. Era majestuosa, estupenda, tanto es así que el primer procurador romano, Coponio, dio su nombre a esta puerta el año 6 después de Cristo.
Para darse una idea de la grandeza, de la belleza de esta explanada, les voy a dar algunas cifras. Estaba elevada de la calle romana (también ésta obra de Herodes), la calle que ven indicada y que a la derecha y a la izquierda de esta calle estaban los negocios. Esta calle empedrada tenía 8,5 metros de ancho. Desde esta calle hasta el ingreso de la puerta las gradas subían 17,5 metros, lo que equivale a un edificio de seis pisos. Pero lo más sorprendente es que el ingreso, las gradas tenían un ancho de 15,2 metros. Quizás el número no dice mucho, pero imaginen la anchura de estas gradas que equivalen al ancho de una avenida de cuatro manos. Esto era para el ingreso al pórtico regio del templo de Jerusalén.
¿Por qué insistí tanto en el pórtico regio y esta escalera? Porque el episodio que se narra en el texto evangélico de hoy se ubica precisamente allí. En el pórtico regio estaba todo el comercio de bueyes, corderos, palomas que Jesús echó fuera. Y al pie de esta escalera había cuatro ambientes, cuatro compartimentos donde operaban los cambistas. Y ahora podemos imaginar a Jesús que desciende de esta escalera para tirar por tierra las mesas de los cambistas. Vamos a tratar de entrar en este pórtico regio para tener una idea sobre lo que ha ocurrido aquel día cuando Jesús ha purificado la religión que el pueblo practicaba. Vamos a entrar por esta escalera para entrar en el templo.
Saliendo de esta estupenda escalera vemos incluso a cuatro palcos donde estaban los cambistas. Ya hemos visto la calle. Admiramos la altura de esta majestuosa grada y podemos apreciar la parte sur, la que miraba a Siloé. Y, finalmente, entramos en el estupendo pórtico regio. Tenía una longitud de 185 metros. Tenía cuatro filas de columnas monolíticas, 10 metros de alto, y luego estaban los capiteles corintios que tenían 1,8 metros de altura.Admiramos este pórtico regio y también contemplamos al santuario que se ve ahora. Se puede apreciar también el humo de los holocaustos. Estamos en el tiempo de Pascua cuando Jesús realiza este gesto, por tanto, el templo estaba abarrotado de peregrinos que venían a ofrecer sus sacrificios, para luego comer el cordero en la noche de Pascua.
Este es el ambiente cuando Jesús realizó la purificación del templo. Demos una última mirada a esta construcción maravillosa que era el pórtico regio y bajando del pórtico regio descendemos por esa escalera pues queremos ver estos cuatro compartimentos que se encuentran en la base. Lo vemos en las excavaciones de los arqueólogos. Nos vamos a acercar para verlos mejor. Se han conservado; formaban parte de la base de la escalera y es en este lugar donde estaban los bancos para cambiar el dinero aquellos que estaban encargados de ofrecer luego a los peregrinos las monedas que se podían utilizar dentro de la explanada del templo.
En la explanada del templo no se podían introducir monedas con la efigie del emperador.Por tanto, los que querían ofrecer un sacrificio, debían cambiar las monedas que se utilizaban en el mercado en la ciudad de Jerusalén. La comisión era muy grande. Al hacer el cambio había grandes ganancias para los que gestionaban esta economía que giraba en torno a la práctica religiosa del templo de Jerusalén. Conocemos muy bien y por nombre a los gestores de esta economía, eran Anás y Caifás y sus familias.
Les voy a comentar cómo han hecho para saber que éste era el lugar donde se cambiaban las monedas. Es muy simple. Cuando fue destruido el templo de Jerusalén –y estos son los restos de esa destrucción– los arqueólogos han encontrado frente a estos compartimentos los ‘perutot’, esto es, esas monedas que no tenían valor fuera del templo, sino solamente dentro. Por tanto, dicen los arqueólogos que si las han encontrado allí, es porque allí se cambiaban estas monedas. Son del año 70 y pueden observar los dos tipos de monedas: las de Tiberio, que se utilizaban en los mercados de la ciudad, y los ‘perutot’ que solo se utilizaban en el templo de Jerusalén. Los arqueólogos encontraron allí los ‘perotot’, donde estaban los cambistas.
Estamos en el año 70. Esto nos dice que el gesto hecho por Jesús no puso fin a ese comercio de la religión. Creo que después que Jesús desparramó las mesas de los cambistas,poco después, quizás incluso antes de una hora los cambistas habrían vuelto a sus puestos. De hecho, la misma práctica religiosa estaba aún vigente en el año 70. Pero el gesto profético hecho por Jesús dejó la marca. No es que inmediatamente haya cambiado todo, pero se pusieron los fundamentos de la nueva religión, la nueva manera de relacionarse con Dios.Luego de esta introducción –que creo es muy importante para comprender concretamente lo que Jesús ha hecho– sigamos adelante.
“Como se acercaba la Pascua judía, Jesús subió a Jerusalén”. Los evangelistas nos dicen que esto sucedió en la última Pascua, fue la gota que hizo derramar el vaso; ya no aguantaban más a Jesús y luego de este gesto decidieron que debía ser eliminado porque minaba a toda la institución religiosa que los sacerdotes del templo utilizaban. El evangelista Juan lo coloca al comienzo, porque es una señal emblemática de todo lo que será luego la relación de Jesús con el templo de Jerusalén.
Ven a mi espalda una representación de tantas monedas que se recogían. Pues era precisamente en el tiempo de Pascua cuando se llevaban a Jerusalén todas las monedasrecogidas por el impuesto que todo israelita varón debía pagar para el templo. Era el momento cuando se recogía en todo el imperio romano y estas monedas acababan en el templo. En aquel tiempo el templo era considerado el banco más grande de todo el Medio Oriente. El capítulo 3 del segundo libro de los Macabeos menciona que el tesoro del templo de Jerusalén era el colmo de inmensa riqueza, tanto que la suma era incalculable (2 Mac 3,11). Esta es la introducción.
Vayamos ahora al texto. “Jesús encontró en el recinto del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los que cambiaban dinero sentados. Se hizo un látigo de cuerdas y expulsó a todos del templo…”. Había un oráculo del profeta Malaquías quien había pronunciado palabras durísimas contra los sacerdotes y había anunciado la venida purificadora del Señor. Las cosas no podían continuar así en el templo. Y había empleado imágenes muy fuertes: El Señor purificará “con el fuego de fundidor, blanqueador de lavandero” (Mal 3,2). También el Bautista empleó frases muy fuertes cuando dijo: “El hacha ya está apoyada en la raíz del árbol…quemará la paja en un fuego que no se apaga” (Mt 3,10 y 12).
Había necesidad de purificación. A aquí tenemos al Mesías con látigo en mano. Quiere decir que es una situación inaceptable y que debe ser cambiada radicalmente. Pero digamos también que los profetas y el mismo pueblo esperaban una purificación del templo para recuperar la pureza inicial, menos comercio; que los corderos estuvieran conforme a lo que disponía la Torá. Pero, en realidad, aquí tenemos un cambio radical de la manera de relacionarse con Dios. De hecho, ni siquiera los discípulos entendieron inmediatamente lo que Jesús indicaba con su gesto.
Tengamos presente a quiénes Jesús echa fuera del templo con el látigo. Sabemos que al templo y al santuario solamente podían entrar las personas ‘puras’. Y los impuros, los pecadores, los leprosos, los cojos, los paralíticos, los ciegos debían permanecer fuera. El Mesías entra con el látigo en mano y echa fuera no a los leprosos, los cojos, los paralíticos,sino que echa fuera a las personas que se tenían como ‘puras’, pues esa no era la pureza que le interesaba a Dios. Al Señor quiere la pureza del corazón. Y aquellos que se tenían como ‘puros’ porque eran los administradores de la vida religiosa, son expulsados. La pureza de los sacerdotes del templo era simplemente hipocresía. Jesús “expulsó a todos del templo”. ‘A todos’ quiere decir que echó a los vendedores y a los compradores. Pues muchas veces, aquellos que se aprovechan de una cierta forma religiosa, son los que sostienen y apoyan una relación con Dios que no es lo que Dios espera.
Luego Jesús desciende de la escalera que les he indicado, desparrama las monedas de los cambistas, volcó las mesas. Lo que Jesús hace es una gran acción profética. Luego se dirige a los vendedores de palomas: “a los que vendían palomas les dijo: Saquen eso de aquí y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado”. Jesús se dirige a los que venden palomas, no a los que venden bueyes o corderos.
Nos preguntamos ¿por qué se encara con los que venden palomas? Sabemos que las palomas eran utilizadas por los pobres. Cuando José y María van al templo para la purificación, no ofrecen un cordero porque eran pobres, ofrecen palomas. Y Jesús reprende a los vendedores de palomas porque una forma religiosa explota justamente a los más débiles, a los más pobres—a los más sencillo, como aquella viuda que gasta todo lo que tiene en el templo sin saber que sus dos moneditas que puso en la alcancía del templo acabarían luego en los bolsillos de los que se servían de la religión para enriquecerse, para estar bien, para mantener una posición de prestigio.
Jesús se las toma con los vendedores de palomas. “Los discípulos se acordaron de aquel texto: El celo por tu casa me devorará”. Incluso los discípulos malentienden los gestos y las palabras de Jesús. Los discípulos se equivocan porque piensan que ese ‘celo’ es similar al del profeta Elías. Recordamos que el profeta Elías quien, frente a la corrupción religiosa de su pueblo, se lanza contra los sacerdotes de Baal, lleno del celo por el Señor…y los hace matar a todos. Los discípulos piensan en este celo; y piensan que Jesús quiere restituir al templo a su antiguo esplendor. No han entendido. No se trata de restituir el templo a su antiguo esplendor, sino de poner fin a ese templo. Lo comprenderán después de la Pascua. Jesús cita el salmo: “El celo por tu casa me devora” (Sal 69,9).
Es importante comprender bien esta cita de Jesús pues el salmista está diciendo: ‘Estoy enamorado del templo del Señor y mi misma familia no me entienden; y me persiguen porque estoy devorado por esta pasión, por este celo por el templo del Señor’. Pero Jesús modifica esta cita. No dice que viene devorado por este celo, sino ‘este celo por el templo del Señor me devorará’. Quiere decir que el amor pasional que Jesús tiene por la verdadera religión, la verdadera relación con Dios, lo devorará, esto es, el celo que él tiene por el amor del Padre y la manera cómo el Padre quiere ser adorado de aquellos que son sus hijos e hijas, que quieren relacionarse con Él, este cambio del encuentro con Dios lo llevará a la muerte, lo devorará.
“Los judíos le dijeron: ¿Qué señal nos presentas para actuar de ese modo? Jesús les contestó: Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré”. Es un dicho ambiguo lo que dice Jesús: “Derriben este santuario”. ¿Qué era el santuario? Era el lugar de la presencia de Dios. El lugar donde los fieles podían encontrar al Señor. Jesús utiliza una expresión que no podían entender. Los discípulos lo comprenderán después de la Pascua lo que Jesús quería decir. Este santuario debe ser deshecho. Dios, en tres días, construirá su santuario. Esto es, el lugar, la persona, que es Jesús, la persona donde se puede encontrar inmediatamente y realmente al Señor. No es en un templo material donde se encuentra a Dios, sino en la persona de Jesús.
“En tres días lo reconstruiré”. De hecho, es en la Pascua que se construyó este nuevo santuario. Si queremos encontrar al Señor, lo encontraremos en la persona de Jesús. Si deseamos adorar al Padre, lo hacemos en este santuario que es la persona de Jesús. Los judíos no entendieron lo que Jesús les dijo: “Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este santuario…”. Este número es importante porque nos dice el año en que sucedió este hecho. El templo se había comenzado a construir en el año 19 antes de Cristo y 46 años después nos lleva al año 28 después de Cristo, cuando Jesús tiene 35 años. Ellos entienden al revés: piensan en una destrucción material, pero Jesús está hablando de un cambio de religión. No ya un templo material, sino un nuevo templo que es su persona—el nuevo santuario.
Sabemos que en el antiguo santuario no todos podían entrar. En el templo de Jerusalén existían muchas barreras. Después del ingreso había una explanada donde todos podían entrar. Pero luego había una barandilla de un metro y medio donde los impuros, los paganos, los pecadores, los cojos, ciegos, sordos no podían pasar. Solamente los israelitas puros podían ir más allá de esta barandilla. Aquí también podían entrar las mujeres, pero luego había otra barandilla a donde las mujeres no podían pasar, esto es, la parte reservada a los hombres, por tanto, otra barrera. Luego había otra barrera (que no estaba señalada) que los hombres no podían traspasar. Solo los sacerdotes la podían pasar. Luego otra barrera un solo sacerdote podía entrar, más allá del velo que separaba el santo de los santos.
Cuando pensamos en este modo de acercarse a Dios, aparece como una lista de barreras de exclusión. Este tipo de templo, este modo de relacionarse con Dios –dice Jesús– hay que tirarlo fuera Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos han comprendido, recordaron la palabra del Señor. Para concluir este episodio en el que Jesús muestra la fragilidad, toda la inconsistencia de esta manera de relacionarse con Dios, de ofrecerle sacrificios cuando Dios no tiene ninguna necesidad de ellos, sino que solo quiere que nosotros acojamos su don, quiero recordar un texto de la carta a los efesios, texto bien conocido, donde se menciona este nuevo santuario.
La carta a los efesios fue escrita después de una profunda reflexión de la comunidad cristiana sobre el evento de la Pascua. Refiriéndose a los paganos que no podían entrar en el santuario pues estaban todas estas barreras, dice: “Gracias a Cristo Jesús los que un tiempo estaban lejos, ahora están cerca, por la sangre de Cristo” –y luego muy hermoso– “Porque Cristo es nuestra paz, el que de dos pueblos hizo uno solo, derribando con su cuerpo el muro divisorio…” (Ef 2,13-14). No hay ya más ninguna exclusión, ninguna separación entre la gente porque todos son hijos e hijas de Dios, y todos pueden entrar en este santuario que es la persona de Jesús.
Unidos a Cristo todos, entrando en esta comunidad de los que acogen la propuesta de hombre y la propuesta de relación con el Padre que está hecha por Jesús, todos estos son admitidos en el nuevo santuario, “de modo que ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los consagrados y de la familia de Dios” (Ef 2,19). Ha caído el velo que separa el santo de los santos, donde residía Dios. Ahora todo es al revés. La gente ha tenido acceso a la casa de su Padre “edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con Cristo Jesús como piedra angular” (Ef 2,20). Luego la primera carta de Pedro, capítulo segundo, “como piedras vivas, participan en la construcción de un templo espiritual y forman un sacerdocio santo, que ofrece sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe 2,5).
Estos son los nuevos sacrificios, los nuevos inciensos que son agradables a Dios. Ya no son más aquellos del templo, como si la gente pudiese ofrecer algo a Dios. Por tanto, el único sacrificio agradable a Dios son las obras de amor que cada uno ofrece, junto con Cristo. Este es el perfume, y estos son los únicos holocaustos que son agradables al Señor. Este gesto hecho por Jesús muestra esta transformación radical de la manera de relacionarse con el Señor.
Les deseo a todos un buen Domingo y una buena semana.
