DECIMOQUINTO DOMINGO EN TEMPO ORDINARIO – AÑO A
Mateo 13,1-23
Un saludo para todos.
La semana pasada reflexionamos sobre la oración que Jesús dirigió a su Padre en un momento difícil de su vida, cuando las multitudes que inicialmente le habían acogido con entusiasmo empezaron a apartarse de él; cuando sus adversarios, los escribas y fariseos, parecían haber logrado su objetivo de convencer a la gente de que se trataba de alguien poseído por Belcebú y que, por tanto, no debían seguirle porque era un herético.
Intentemos imaginar qué habríamos hecho nosotros en aquel difícil momento. Es fácil de imaginar porque nos encontramos en la misma situación que Jesús experimentó; también nosotros experimentamos en nuestra Iglesia tantos abandonos, una disminución y escaso interés por el Evangelio.
Pensemos en lo que pasa con muchos de nuestros catequistas que a veces se enfrentan a padres que realmente tienen poco interés en la catequesis de sus hijos. Y, de hecho, se oyen expresiones de este tipo: “¡Cuándo acabará esta historia de la catequesis con todo lo que tienen que hacer nuestros hijos!” “Justo tiene Catequesis en las preparatorias del torneo de fútbol…”. ¿Qué hacen nuestros catequistas, tan generosos y admirables? Sienten la tentación de desanimarse y volver a sus propios asuntos.
Jesús no reaccionó así porque Jesús rezaba y nosotros, en cambio, rezamos poco. El pasaje evangélico de hoy nos dice lo que hizo. No estaba marcado por la derrota. Tiene un gran tesoro que entregar al mundo, su Evangelio, y ama con locura a esta humanidad…Aunque se le oponga, no se resigna al rechazo. De hecho, hoy le veremos retomar la proclamación del Evangelio y lo hará de una manera nueva porque desea absolutamente que este mensaje de alegría y salvación sea aceptado.
¿Qué hace? Lo presenta con un lenguaje nuevo, recurre a las parábolas. ¿Por qué recurre a las parábolas? Porque antes intentaba con el razonamiento y no tuvo eficacia. Ahora prueba con la parábola, porque la parábola tiene una gran ventaja sobre el razonamiento. El razonamiento aporta razones por las que el interlocutor también puede ser puesto contra la pared y verse obligado a aceptar una verdad que le lanzan desde fuera. Esta verdad muchas veces entra en conflicto con sus convicciones más profundas y a veces incluso le obliga a cambiar muchos aspectos de su vida e intentará desentenderse de esta verdad.
La parábola no arroja la verdad de frente, la saca afuera desde adentro, es decir, la persona que la cuenta te obliga a ponerte del lado de uno de los personajes y al final viene la elección, pero la elección es la que sale de dentro y entonces ya no puedes rechazar la verdad porque eres tú quien la has dicho. Es clásico el ejemplo de la parábola del profeta Natán: Cuando este se enteró de que David había pecado con Betsabé y había hecho matar a su marido, Urías, el hitita, se presentó a David y le dijo que había un pobre granjero que tenía una ovejita muy querida a la que acariciaba y era su única satisfacción, mientras que otro muy rico, en cambio, tenía un gran rebaño pero no reparó en matar la ovejita de aquel pobre granjero para homenajear a un amigo suyo. Al oir a Natán, David pegó un salto y ordenó: “Traigan a ese miserable criminal”, pero Natán le dijo entonces: “Tú eres ese criminal, tú eres el que hizo esas cosas”.
David no pudo volver atrás porque la verdad le vino de adentro. Si Natán se hubiese presentado con razonamientos y le hubiera dicho: “Eres un adúltero, un criminal, un asesino”, David le hubiera respondido: “Ella es la que me sedujo; sal de aquí; debes tener más respeto” y se hubiera quedado como antes. En ese caso hubiera tenido una escapatoria, pero ante la parábola no pudo escudarse.
Esta es la ventaja que tiene la lógica de la parábola. Hice esta larga introducción porque Jesús es semita y a los semitas les gusta hablar con imágenes, con metáforas, alegorías proverbios y enigmas; e hice esta introducción porque durante tres domingos escucharemos las parábolas de Jesús. Veamos cómo se introduce la primera:
“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Se reunió junto a él una gran multitud, así que él subió a una barca y se sentó, mientras la multitud estaba de pie en la orilla. Les explicó muchas cosas con parábolas.”
Jesús contó muchas parábolas. ¿Qué hizo el evangelista Mateo? Eligió siete de ellas y las colocó en el capítulo 13 de su evangelio. Por supuesto se trata de parábolas que Jesús contó en diferentes lugares y en diferentes momentos. Habiéndolas reunido, el evangelista tuvo que crear un marco narrativo artificial, pero que tiene un significado teológico.
Examinemos este marco. En primer lugar, el lugar donde Jesús pronuncia estas parábolas. “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar (dice el texto griego)”. En primer lugar, ¿dónde? Junto al mar es donde Jesús pronuncia estas parábolas. Pero, no hay mar en Galilea; existe un pequeño lago. Toda vez que en los Evangelios se le llama ‘mar’, también aparece una multitud que Jesús reúne allí, ante ese mar. Eso es lo que el evangelista pretende decirnos: “Ten cuidado porque Jesús te está invitando a hacer un éxodo, a salir de la tierra de esclavitud en la que te encuentras y a dejarte liberar”.
Segunda observación: Jesús sale de la casa junto con los discípulos. En los Evangelios esa casa representa siempre a la comunidad donde los discípulos se reúnen con el Maestro. Y, observemos bien, esta comunidad no puede permanecer en la casa porque allí fuera están las inmensas multitudes, toda la humanidad, la humanidad que espera el mensaje de Salvación. De hecho, esta Iglesia “en salida” deja atrás la casa para ir al encuentro de estas multitudes junto con el Maestro.
A esta comunidad la encontraremos en breve en la barca y la barca sabemos que siempre ha representado a la comunidad cristiana, la Iglesia, la nueva humanidad nacida del Evangelio, como aquella nueva humanidad que nació del diluvio. Encontramos, por tanto, a este primer grupo junto a Jesús. Representa a los que se han unido al Maestro y están en la barca. Por supuesto sabemos que estos discípulos no le habían dado todavía su adhesión convencida, pero en este marco narrativo el evangelista nos presenta a esta comunidad en la barca; indica a los que ya han entregado su adhesión al Maestro.
Luego aparece un segundo grupo que aún no pertenece a esta comunidad, no sube a la barca, permanece en la orilla y tendrá que desprenderse deella. . Precisamente, las parábolas tendrán que conseguirlo; conseguir que se adhieran a la propuesta que Jesús hace. No lo hará con razonamientos, como decía, sino a través de la parábola para que la convicción surja del interior de estas personas y acepten seguir al Maestro.
Escuchemos ahora la parábola.
“Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; pero, al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. Otras cayeron entre espinos: crecieron los espinos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unas ciento, otras sesenta, otras treinta. El que tenga oídos que escuche.”
El primer personaje de la parábola es fácil de identificar; el sembrador es Jesús. Ahora se encuentra con esta comunidad; ha salido de la casa para ir al encuentro de las multitudes. Pero ¿de dónde viene, de dónde ha salido este sembrador? Viene del cielo, viene del Padre, viene de Dios, es el Hijo de Dios que vino a traer al mundo la semilla de la Palabra que ha de crear una nueva humanidad.
Este sembrador ya ha sembrado mucha semilla y lo que ha producido parece muy poco; de hecho, el pueblo se está apartando. ¿Cuál es la razón de este aparente fracaso? Jesús cuenta la parábola precisamente para responder a esta pregunta pues es a nosotros a quienes se dirige la parábola, a nosotros que nos desanimamos cuando no vemos los resultados que esperamos. La pregunta que nos hacemos es: ¿vale la pena seguir sembrando para anunciar el Evangelio si la gente está cada vez menos interesada en escucharlo? O también, ¿es eficaz o no esta semilla de la Palabra? Porque incluso aquellos en los que se siembra ¿qué producen? Personas que van a la iglesia pero luego en la familia no se llevan bien, pleitean con los vecinos, guardan rencor… ¡y estos vecinos también van a la iglesia! Incluso, si observamos el mundo, durante 2.000 años se ha proclamado el Evangelio y sigue habiendo guerras, injusticia, violencia, miseria; en fin, admitámoslo, los resultados son más bien escasos
Y entonces nos preguntamos: pero ¿no era éste el mensaje que se suponía que iba a crear una nueva humanidad? ¿Cuál es la razón de estos pobres resultados? Podría surgir la duda de si la semilla tiene la culpa de ser ineficaz; tal vez podrían haber producido más. He aquí la primera pregunta. Dejemos esta semilla y sembremos otra cosa. O quizás la culpa es del sembrador que equivocó el momento de la siembra.
La parábola quiere responder a estas preguntas; son las que nos hacemos nosotros hoy. Los malos resultados, nos dice la parábola, no dependen ni del predicador ni de la calidad de la semilla, que es excelente; dependen sólo de la tierra en la que caiga esta semilla. La parábola nos invitará a dirigir nuestra atención a los distintos suelos porque es ahí donde está en juego el resultado. Habrá que trabajar estos suelos para hacerlos productivos. ¿Cómo hacerlos productivos? Lo veremos en la última parte del pasaje del evangelio de hoy.
Primero hay un paréntesis provocado por una pregunta que los discípulos hicieron a Jesús. Escuchemos esta pregunta:
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas contando parábolas?” Él les respondió: “Porque a ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, pero a ellos no se les concede. Al que tiene le darán y le sobrará; al que no tiene le quitarán aun lo que tiene. Por eso les hablo contando parábolas: porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni comprenden. Se cumple en ellos aquella profecía de Isaías: «Por más que escuchen, no comprenderán, por más que miren, no verán. Se ha endurecido el corazón de este pueblo; se han vuelto duros de oído, se han tapado los ojos. Que sus ojos no vean ni sus oídos oigan, ni su corazón entienda, ni se conviertan para que yo los sane». Dichosos en cambio los ojos de ustedes porque ven y sus oídos porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon”.
La pregunta que los discípulos hicieron a Jesús es ésta: Aquí en Cafarnaún todos hemos oído el mismo Evangelio. ¿Cómo es entonces que nosotros lo hemos entendido y hemos dado nuestra adhesión porque es bello el mensaje que propones, porque quien lo acepta se convierte en una persona bella, pero en cambio otros no se han dejado involucrar en tu Palabra? Y esta es también la pregunta que nos hacemos hoy. Mateo la pone en boca de los discípulos pero es para hacernos oír la respuesta de Jesús. Nosotros los sacerdotes hemos oído a menudo de madres que también son catequistas y nos preguntan: ¿Por qué mi marido, que es bueno, no viene a las reuniones sobre el Evangelio que son tan bonitas, tan emocionantes? ¿Por qué él no se enamora de la palabra de Dios? ¿Por qué mi hijo no participa en las reuniones de la comunidad, que son tan hermosas, y en las que también podría aprender tantas cosas y hacer tanto bien? La respuesta de Jesús es para nosotros que nos hacemos también esta pregunta: ¿Porque unos dicen sí al Evangelio, y otros le dicen no?.
La respuesta de Jesús, que hay que entender bien porque podría ser malinterpretada, es: “Porque a ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, pero a ellos no se les concede”. Esta respuesta de Jesús podría sugerir la idea de que algunos son favorecidos y predestinados a la Salvación y otros no. Esta respuesta de Jesús significa, en primer lugar, que “a ustedes se les ha dado”, es decir, que la fe es un don del que debes ser consciente y dar gracias al Señor; y es un don que se ha ofrecido a todos. De hecho, la primera carta a Timoteo, en el capítulo 2, dice que Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Luego, por razones misteriosas que dependen de cada uno, el camino para llegar a Dios y a Cristo no es el mismo para todos; están los que llegan primero y los que llegan después; también están los que no han tenido la fortuna de oír el Evangelio y también los hay que, por propia elección, han preferido interesarse por otras cosas. Estos son los distintos terrenos. La recepción y el fruto no dependen de la semilla ni de quien trajo al mundo esta semilla, que es Cristo. Depende sólo del terreno, que puede ser más o menos preparado, más o menos adecuado.
¿Es de extrañar que esto ocurra? Jesús responde que no y cita el ejemplo de los profetas del Antiguo Testamento. También ellos proclamaron la palabra de Dios, pero ¿con qué frecuencia eran escuchados? Casi nunca. Por ejemplo, en tiempos de Isaías (y Jesús lo cita), el pueblo se tapaba sus oídos para no escuchar sus profecías, y endurecieron sus corazones para no dejar penetrar esta Palabra que llamaba a la conversión. No es que fueran sordos y ciegos; veían y escuchaban muy bien. Entendieron lo que decía el profeta pero no querían recibir el mensaje; se defendieron y se protegieron de esta Palabra. También puede haber alguna responsabilidad en estos rechazos del Evangelio.
Entonces ¿qué hace Jesús? Anuncia este Evangelio con parábolas y ahora escucharemos qué representan estos cuatro terrenos y también veremos cómo debemos trabajarlos para que lleguen a ser productivos. Escuchemos:
“Escuchen entonces la explicación de la parábola del sembrador. Si uno escucha la palabra del reino y no la entiende, viene el Maligno y le arrebata lo sembrado en su corazón; ése es como lo sembrado junto al camino. Lo sembrado en terreno pedregoso es el que escucha la palabra y la recibe enseguida con gozo; pero no tiene raíz y es inconstante. Llega la tribulación o persecución por causa de la palabra e inmediatamente falla. Lo sembrado entre espinos es el que escucha la palabra; pero las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza la ahogan y no da fruto. Lo sembrado en tierra fértil es el que escucha la palabra y la entiende. Ése da fruto: ciento o sesenta o treinta”.
El profeta Isaías emplea otra imagen para subrayar la eficacia de la palabra de Dios. Dice que, cuando penetra en el corazón humano, produce siempre efectos extraordinarios: “Es como la lluvia y la nieve que bajan del cielo y no vuelven sin haber regado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar la semilla”. Esto es lo que dice también Jesús; la escasez de frutos no depende de la semilla sino del tipo de suelo, y enumera cuatro de esos suelos.
Para captar el mensaje quiero hacer dos observaciones. La primera se refiere al tipo de suelo que compone la tierra de Israel; los que la han visitado saben que los campos están llenos de zarzas y de sendas, esos caminos que se forman en la estación sin cultivar, cuando la gente acorta el camino y forma estos senderos; también está lleno de piedras. Decían los rabinos de la época de Jesús que, cuando Dios creó el mundo, tenía cuatro cubos de piedras, con tres cubos hizo la tierra de Israel y con el otro cubo las montañas del resto del mundo. Es una imagen eficaz para decir lo rocosa que es esta tierra, pero cuando consigues limpiar un campo, la tierra es muy buena y produce. Tengamos también en cuenta que la siembra se hacía por esparcimiento y mezclaban la semilla con un poco de tierra para poder distribuirla mejor, más uniformemente; la lanzaban y caía donde caía; el suelo del que disponían era ese y no otro.
Segunda observación. Estos cuatro suelos no representan cuatro tipos de personas sino que son cuatro terrenos que están presentes en cada uno de nosotros. Estamos tentados de categorizar a quienes conocemos por la imagen de estos cuatro suelos. No; están dentro de cada uno de nosotros, y cada uno es invitado a trabajar estos suelos para que, cuando llegue la palabra de Dios, pueda penetrar y transformar nuestras vidas.
El primero de los suelos está hecho de senderos con tierra dura. Cuando la semilla cae allí, no penetra y es como si no se hubiera sembrado. Vienen las aves del cielo y, si la picotean, no queda nada. Los israelitas no tenían compasión por los gorriones; hay bendiciones para todas las criaturas de Dios pero no hay ninguna una para los gorriones porque esos picoteaban las semillas. Pero las aves, especialmente las aves de rapiña,representan en la Biblia las tentaciones del paganismo; representan a los pueblos paganos que intentaban seducir a Israel con sus propuestas de vida inmoral, que intentaban apartar a Israel de la alianza con su Dios.
Recordemos que, cuando Abrahán quiere hacer un pacto con Dios, vienen esas aves de rapiña que intentan impedir este pacto. Esta ave de rapiña es el paganismo, y como estamos rodeados de paganismo, incluso hoy en día, tengamos en cuenta que la palabra de Dios está siendo picoteada por esta concepción pagana en la que estamos inmersos hoy en nuestra sociedad.
He aquí, pues, la primera razón por la que la palabra del Evangelio no da fruto: porque no puede entrar en los corazones que están endurecidos, impenetrables. ¿Quién los hizo así? Sabemos muy bien que lo que hace que nuestros corazones sean insensibles a la palabra de Dios son esos caminos que están bien trillados porque por allí pasan todos: la secularización, la permisividad… Está bien porque todos lo hacen: los discursos insultantes y vulgares a los que tan a menudo prestamos atención, las propuestas morales que circulan por los medios de comunicación, el mundo efímero de las modas…
Acabamos perdiendo la cabeza por estas cosas y entonces, ¿cómo hace la palabra del Evangelio, que requiere reflexión y silencio, para habitar en nuestros corazones? Si eres joven y el domingo estás presente en la celebración eucarística aturdido aún por la música de la discoteca, ¿cómo puedes sintonizar tu corazón con el Evangelio? Entonces, ¿qué hacer? Tenemos que labrar esta tierra que, repito, está presente en cada uno de nosotros, tierra endurecida. Algunas sugerencias para labrar esta tierra.
La primera: Durante la semana, de vez en cuando, toma el Evangelio, quizás antes de dormir, y lee un pasaje. También, lee por adelantado el pasaje del Evangelio que oirás el domingo; llegarás allí preparado; intenta comprender, quizás con alguna explicación del texto, el mensaje que hay en ese texto; habrás despejado el terreno.
La segunda sugerencia. El sábado por la noche olvídate de ciertos programas de TV insultantes (te hacen perder tiempo) de manera que por la mañana te encuentres en condiciones adecuadas para poder escuchar el pasaje del Evangelio. Y trata también de identificar a esos pájaros paganos que captan inmediatamente la palabra del Evangelio y la olvidan tan pronto como la escuchan.
El segundo terreno (siempre presente en cada uno de nosotros) es el terreno rocoso, donde hay un poco de tierra. Cuando cae la semilla, que es la palabra de Dios, arraiga inmediatamente pero luego no se sostiene porque le falta tierra. Con esta metáfora del terreno pedregoso con poca tierra Jesús presenta la experiencia de quienes, al oír su Evangelio, se entusiasman de inmediato y se adhieren a él. Pero ¿cuánto dura este entusiasmo? Aún hoy somos testigos de muchas manifestaciones religiosas que atraen a grandes multitudes e incluso los medios de comunicación se interesan por estas reuniones, pero preguntémonos: Los que participan, ¿tienen realmente una experiencia espiritual profunda que deje huella en sus vidas? ¿O, como dice el profeta Oseas, es como la nube de la mañana, como el rocío que, en cuanto sale el primer rayo del sol, inmediatamente se desvanece?
Este suelo rocoso, con poca tierra, es la imagen de estos entusiasmos fuertes pero efímeros. Es esta experiencia emocional que no queremos desechar, pero que luego debe enfrentarse al trabajo diario de la fe. Necesitamos añadir tierra, es decir, la palabra de Dios. ¿Cómo conseguir este suelo? En primer lugar, tienes que mantenerte unido a tu comunidad, a los hermanos de fe; si te alejas de la comunidad, si no participas fielmente en la celebración eucarística el día del Señor, puedes estar seguro de que en pocas semanas verás cómo se seca todo en tu corazón, todo se endurece en tu corazón porque pasa demasiada gente en tres semanas en tu corazón. El Evangelio ya no penetra en tu corazón. Piensa en lo que pasa si en un mes no participas de la celebración eucarística dominical; todo se seca en tu corazón, necesitas recordatorios, consejos, apoyo de tus hermanos; si te quedas solo, te quedas inmediatamente sin tierra.
La tercera tierra es la de las espinas. Estas espinas representan todas las oposiciones que la palabra de Dios encuentra en la vida cotidiana. Preocupaciones por la salud, por la profesión, por la familia, por las amistades… Son cosas buenas, pero si todo el interés y la energía son absorbidos por estas preocupaciones, la semilla de la Palabra se ahoga, ya no germina, muere. El frenético activismo del hombre moderno que no puede pensar en otra cosa que en las cosas materiales, el apego a los bienes de este mundo, el éxito profesional… Ten cuidado, te hacen perder la cabeza, son espinas que ahogan el interés por el Evangelio.
¿Cómo mantener la tierra libre de estas espinas? Sólo hay un camino: la oración, es decir, el diálogo constante con el Señor. La fe es un enamoramiento con Cristo. Y cuando te unes a él, cuando decides unir tu vida a la suya, es como una relación esponsal. Pero los matrimonios pueden romperse; lo vemos constantemente. ¿Por qué se rompen las parejas? Porque la comunicación, el diálogo, el interés mutuo empiezan a disminuir. Entonces uno acaba interesándose por los amantes. También los divorcios entre los discípulos y Cristo ocurren por la misma razón. Si se interrumpe el diálogo con él, uno acaba a merced de los ídolos, de las preocupaciones, de los problemas, de las ansiedades de este mundo.
Finalmente, aparece el cuarto terreno. Afortunadamente esto también está presente en cada uno de nosotros. La tierra es hermosa. El texto griego dice: τὴν καλὴν , ten kalén, no la tierra “buena” sino la tierra “bella”. Esta da fruto: “ciento o sesenta o treinta”. Es el corazón bello en el que el Evangelio produce frutos abundantes, produce una vida bella, y eso es lo que verificamos hoy. Donde el Evangelio se toma en serio y arraiga en la vida, produce personas bellas. Jesús insiste en esta belleza que quiere ver en sus discípulos.
Desgraciadamente las traducciones traducen “bueno” cuando hay que traducir “bello”, kalós en griego. Por ejemplo, el árbol hermoso que es él da frutos bellos que somos nosotros. Jesús quiere personas bellas y estas personas bellas nacen cuando cultivamos bien y trabajamos bien esta hermosa tierra que está presente en cada uno de nosotros.
La semilla que se siembra se pierde en gran parte porque cae entre las espinas, en las piedras, en los senderos. Entonces ¿qué hacer? Algunos se desaniman y dicen: “Yo dejo de sembrar esta semilla”. Cuántos catequistas dicen: “Ya que a la gente no le interesa, ya no proclamo el Evangelio”. Este es el error. Ya que mucha semilla se pierde, la solución es sembrar más. Esta siembra debe ser más abundante de modo que, encontrando la buena tierra presente en todos, esta buena tierra pueda dar gran fruto.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
