El tiempo posterior a la muerte del rey Ozías está marcado por guerras y destrucción. Es en este trasfondo desolador que «el Señor Todopoderoso» se manifiesta a Isaías en todo su esplendor y gloria: ¡solo el borde del manto llenaba el santuario! (1). Al estar en la presencia del tres veces Santo, Isaías reconoce su impureza y la de su pueblo y teme por su vida (cfr. Éx 33,20; Jn 1,18). Necesita purificar sus labios, pues el profeta proclama la Palabra de Dios. Su purificación se constata en su prontitud para responder a la misión que el Señor le encomienda (8): anunciar su Palabra a un pueblo duro de entender. Los vv. 8-9 revelan el aparente fracaso del profeta, tal como el de Jesús, ante personas de corazón duro (cfr. Mc 4,11-12; Jn 9,40-41). Así se entiende la pregunta angustiada del profeta: «¿Hasta cuándo, Señor?» (11). Isaías debe confiar y esperar en el Señor; el pueblo debe pasar la prueba de la desolación y del fuego, de la cual surgirá un resto, un brote nuevo y santo (11-13).
