El profeta hace una comparación cargada de ironía entre Tebas, capital del imperio egipcio en dos ocasiones, y Nínive, capital de Asiria. Tebas, aparentemente inexpugnable tanto por su ubicación estratégica como por sus recursos, había caído en manos de los asirios (663 a. C.), siendo destruida la ciudad y sus habitantes pasados a espada o deportados (10). Este hecho debió haber sido motivo de orgullo para los asirios. Pues bien, ahora el turno es para la propia Nínive: la que se sentía invencible caerá como caen los frutos maduros cuando el árbol es sacudido (12). El sarcasmo del profeta llega al colmo con la descripción que hace del ejército asirio: sus soldados se han vuelto mujeres (13). El profeta no quiere desmeritar con ello la valentía de las mujeres, que la tienen y mucha, ni afirmar que los soldados asirios se hayan afeminado; pero en su época, la mujer no tenía nada que hacer en los asuntos bélicos, competencia exclusiva de los varones.
