La tradición israelita siempre consideró a los levitas como los servidores exclusivos del Santuario; pero, como podemos ver en Éxodo 25–31, hay un momento en la historia de Israel en el que los llamados descendientes del sacerdote Sadoc logran emparentarse con Aarón. Y, de este modo, justifican su presencia dominante en el Templo. Los levitas, sus familias y tribus, eran prácticamente sirvientes de los sacerdotes; así lo consigna el documento sacerdotal (P) en estos dos capítulos.
El argumento teológico que presenta a los levitas como una porción del pueblo especialmente tomada por Dios se relaciona con la propiedad absoluta de Dios. El signo de aceptación es el ofrecimiento que se hace a Dios de todo primogénito. El Señor es dueño de todo el pueblo; por ello, todos deberían dedicarse exclusivamente a su servicio, aunque basta con que haya una parte representativa del pueblo consagrada a Él. Esa parte es la tribu de Leví, una especie de rescate que paga todo el pueblo (cfr. 8,22).
