Jerusalén continúa en ruinas, las promesas no se cumplen y el desánimo -quizá también la desidia- es el denominador común. En su afán de animar al pueblo, el profeta se imagina una ciudad reconstruida… Jerusalén será una ciudad abierta para que pueda contener la afluencia, no solo de los judíos que aún permanecen dispersos, quienes son invitados a regresar (10s), sino también de muchos otros pueblos que vendrán hasta ella para formar todos un solo pueblo, con un solo Señor (15), que reinará sobre todos desde su ciudad (17).
