No se conoce exactamente el motivo por el que Miqueas se desplaza de Moreset, su pueblo, a la capital, Jerusalén. El hecho es que desde allí empieza a expresar sus sentimientos más íntimos respecto a la realidad que viven ambos reinos: Israel, que está próximo a desaparecer, y Judá, que no será inmune a los problemas de la invasión asiria. Dios, pronto les pedirá cuentas de sus acciones; su presencia se describe con elementos propios de una teofanía (3s). Israel y Judá tienen cada uno un pecado, que es como el summum de todos los demás: el pecado de Israel es Samaría, y el pecado de Judá es Jerusalén (5). La imagen de la destrucción de Samaría evoca cómo quedó la ciudad tras el paso de los ejércitos asirios, que el profeta sitúa en tiempo futuro y presenta como obra exclusiva del Señor. La reacción del profeta es el lamento personal (8s), y la invitación a una serie de ciudades y localidades de alto contenido simbólico, para que también manifiesten su lamento. Se puede decir que en la mente del profeta ronda la preocupación por el desastre de Judá, como continuación de la del reino del Norte.
