Los primeros versículos nos contextualizan el lugar (en el exilio, a orillas del río Quebar) y el tiempo (593 a. C.) en los que Ezequiel tiene una visión que da inicio a su vocación profética. El rey Jeconías había subido al trono tras la rebelión de su padre Joaquín, quien murió durante el asedio de los babilonios (2 Re 24,1-4). El nuevo rey se rindió rápidamente a Nabucodonosor y fue llevado al exilio. El profeta en persona da testimonio de la visión que tuvo lugar en «el año treinta», probablemente su edad, pues, precisamente a los 30 años, los sacerdotes comenzaban su servicio en el templo (Nm 4,3.23.30). Y Ezequiel era miembro de una familia sacerdotal. En ese momento «se abrieron los cielos» (cfr. Mt 3,16; Ap 4,1) y la gloria de Dios vino hacia él. Las extrañas imágenes de la visión son típicas de la simbología de las manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento (teofanías) y demuestran lo difícil que resulta describir la experiencia de Dios en el lenguaje humano. Las cuatro criaturas que representan a todos los seres animados de la creación (cuadrúpedos salvajes, cuadrúpedos domésticos, aves y seres humanos) avanzan todas unidas en una dirección sobre unas ruedas que parecen ser el carruaje divino (15), en donde el Señor, con apariencia humana, está sentado en su trono (v. 26; cfr. Éx 24,10). La Gloria del Señor, que había acompañado al pueblo por el desierto después del éxodo en la columna de nube (Éx 13,21), se había establecido en el templo de Jerusalén (2 Cr 7,1). Ahora, la Gloria de Dios abandona Jerusalén (Ez 10) para volver después del exilio (Ez 44).
