Como otros profetas anteriores, Zacarías denuncia la irresponsabilidad de los pastores -reyes- (cfr. Jr 23,1-3), que extraviaron al pueblo. El Señor tomará represalias contra pastores y machos cabríos -¿los jefes?-, pero su acción no se queda en el mero castigo. Su verdadera acción consiste en reunir de nuevo a las ovejas dispersas y encargarse Él mismo de su cuidado. La dispersión del rebaño ha sido aprovechada por los poderosos para oprimir a las ovejas; pues bien, con esas mismas ovejas débiles y dispersas, Dios hará su caballo glorioso con el que aplastará la prepotencia de las naciones que se creen invencibles. Nótese el uso de imágenes que evocan la liberación de Egipto y el paso del Mar Rojo (10,10-12). Este triunfo definitivo de los que antes estaban derrotados no puede menos que ser cantado con júbilo (cfr. Éx 15,1-21). Los que se creían grandes, poderosos e invencibles, han caído y se han convertido en cenizas. El lamento (11,2) es una sátira contra la prepotencia de los poderosos.
