Siguiendo con su discurso, Moisés recuerda al pueblo que, desde que salieron de Egipto, su actitud ha sido de rebeldía constante y rechazo a las propuestas divinas, concretadas en la Alianza. Ya en el Horeb –Sinaí–, el pueblo demostró un primer rechazo al fabricar un ternero de oro para adorarlo (Éx 32,1-14), con lo cual suplantaba al Dios que los había liberado, rechazando así la Alianza apenas pactada. Otro tanto hicieron en Taberá (Nm 11,1-3), en Masá (Éx 17,1-7; cfr. Nm 20,1-13); en Qibrot Hatavá (Nm 11) y en Cades Barne (Nm 13s). Este recuerdo de las rebeliones de Israel sirve para hacer ver al pueblo que su comportamiento desobediente no solo se dio en aquellos días del desierto, sino que, además, en la tierra prometida también han sido infieles y rebeldes contra el Señor. Nótese el tono esperanzador del pasaje: Moisés subraya que tales actitudes eran suficientes para haber sido destruidos por Dios; sin embargo, la intercesión del propio Moisés y sobre todo el amor misericordioso del Señor, los han dejado con vida, permitiendo restablecer siempre el compromiso de seguir solo al Señor.
