Rebeldía contra el Señor.

El pesimismo expresado en 13,31-33 contagia a todo el pueblo, que se llena de miedo y desgana para seguir adelante. El llanto de toda la noche (1) y las protestas (3s) son el reflejo de un pueblo que aún carece de lo más esencial para alcanzar su libertad: conciencia y ganas de alcanzarla. El reto que se le presenta al pueblo es conquistar su libertad mediante el esfuerzo. Las protestas y los intentos de retroceso que vemos ya en Éx 14,11s; 15,24; 16,3; 17,2; Nm 11 y, de nuevo, aquí (1-4), reflejan los miedos, las dudas y la falta de certeza sobre el éxito o el fracaso en los procesos de cambio. En el fondo, es lo que el famoso psicoanalista E. Fromm denominó «el miedo a la libertad». Pues bien, esos procesos de concienciación que toman tiempo, que presentan avances y retrocesos, son convertidos por la corriente sacerdotal (P) en una especie de castigo o de represalia divina (20-38): sentencia al pueblo a vivir cuarenta años como pastores en el desierto y no permite que ninguno de la generación que salió de Egipto, excepto Josué y Caleb, entre en la tierra prometida.

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