Sigue ocupando el primer plano en la disputa entre Labán y su yerno Jacob la posición que ha fijado Dios a favor de Jacob (24. 42). Es más, Dios mismo previene a Labán para que no se meta con Jacob, ni para bien, ni para mal (24).
El relato baja de tensión y las intenciones de Labán quedan disimuladas con el incidente del robo de sus amuletos o estatuillas de los dioses familiares que ha cogido Raquel (19), sin que hasta ahora nadie se haya dado cuenta. Esto da lugar a una sentencia de muerte que pronuncia Jacob (32) y que no se hará efectiva todavía, ya que Labán no encuentra a nadie con los objetos. Raquel sobrevivirá, pero es muy probable que su muerte sea el cumplimiento de estas palabras de Jacob. La búsqueda fallida de los objetos de Labán enciende aún más la cólera de Jacob, quien, de nuevo, apela a su comportamiento recto durante los veinte años de servicio y, de paso, recuerda las malas acciones de su suegro (36-42).
