Reaparece la figura humana de Ez 1,26, envuelta en fuego. Inmediatamente, el profeta es transportado en éxtasis al Templo de Jerusalén para observar las abominaciones que allí se cometen. La gloria de Dios se desplaza en el carruaje del trono divino de 1,15. Incluso los setenta ancianos de Israel ofrecen incienso a los ídolos y, para colmo de males, las mujeres de Jerusalén lloran por Tamuz, un dios acadio que surge con el florecimiento de la primavera y desciende al abismo en otoño. Esta actividad idólatra hará que el Señor decida abandonar el Templo de Jerusalén.
