Oferta de la Alianza.

El hilo narrativo de las experiencias del pueblo en el desierto nos ha ido indicando las etapas de su recorrido. En cada una de ellas se ha puesto de manifiesto la insatisfacción y la rebeldía de los liberados de Egipto –cfr.15,22-24; 16,3 y 17,1-3–. Ahora el pueblo se encuentra en el desierto del Sinaí. La novedad de este arribo es la oferta definitiva de ser pueblo del único Dios, que, a su vez, será consagrado como un «reino sacerdotal» (6). Los israelitas tienen que considerar primero con qué clase de Dios se van a comprometer; no se trata de una divinidad común y corriente como tantas otras lugareñas, caprichosas, volubles y asociadas con los poderosos. Israel no debe olvidar que el Dios que gratuitamente se les ofrece para insertarse en su vida y en su camino es el mismo que actuó contra los egipcios –de nuevo Egipto, como símbolo de poder y máxima opresión– (4). Con todo, el pueblo no está obligado a seguir a este Dios, debe elegir «si quieren obedecerme…» (5). El desierto retoma su sentido simbólico de conciencia, de lugar donde el pueblo se pregunta si le conviene o no obedecer a ese Dios de vida, justicia y misericordia, que se ha ido revelando en su caminar. La respuesta del pueblo es: «haremos cuanto dice el Señor» (8).

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