Termina este capítulo con la noticia sobre la muerte de Jacob; pero antes de morir, recalca con insistencia su deseo de ser sepultado al lado de sus antepasados, una forma de ratificar que el lugar de la promesa no será Egipto, sino Canaán, y al mismo tiempo, una manera de indicar que, con su muerte, la historia del pueblo y las esperanzas del cumplimiento de las promesas sobre la tierra y la libertad no podrán quedar sepultadas en Egipto. Hay que tener presente que Egipto adquiere en la Biblia un valor simbólico como lugar de muerte y esclavitud, antítesis del plan de Dios y coyuntura histórica que permite a Israel descubrir la faceta liberadora de Dios.
