Esta «genealogía» intenta establecer los vínculos de la descendencia de Noé con todos los pueblos del mundo. Tampoco aquí, como en el caso de los hijos de Caín (4,17-24), se trata de una descendencia biológica. Los nombres hacen referencia a pueblos, islas y naciones que se desprenden de un tronco común, Noé, símbolo de la vida en medio del panorama de muerte que representa el diluvio. Su misión y sentido en el mundo eran crecer, multiplicarse, poblar la tierra, administrarla (cfr. 9,7), pero nunca fueron fieles a esa misión que Dios les había confiado.
Nótese que los redactores no dividen el mundo en cuatro partes, como es habitual, sino en tres para expresar las relaciones de Israel con los demás pueblos: un tercio del mundo, descen-diente de Jafet, es de pueblos marítimos (5), lejanos, desconocidos y, por tanto, neutrales en su relación con Israel. Otro tercio está compuesto por los descendientes de Cam, el hijo que se hizo merecedor de la maldición por no haber respetado a su padre. Las relaciones que establece con la descendencia de Cam, es decir, con las naciones que proceden de este tronco maldito, son negativas. Aquí están incluidos los países que causaron más dolor y muerte a Israel: Babilonia, Egipto, Asiria y los cananeos. El otro tercio del mundo está conformado por los descendientes de Sem, los semitas. Son los pueblos del desierto que participan de un fondo histórico común que, de un modo u otro, los acerca. Son pueblos hermanos por la sangre y por su suerte histórica.
El número total de pueblos y naciones que descienden de los tres hijos de Noé es de setenta, un número perfecto para la mentalidad hebrea. Esto no quiere decir que el mundo y su historia sean perfectos; se busca consolar y animar al pueblo diciéndole que, pese a los dolores y las tragedias vividas, todo está en manos de Dios. En esto consiste la perfección, en que Dios vela por su pueblo, lo acompaña y lo salva.
