De nuevo se insiste en la primacía del sacerdocio aarónico sobre los levitas (1-7) y, una vez más, se recuerda la parte de las ofrendas que se presentaban al Señor, a la cual tenían derecho exclusivo los sacerdotes (8-19). Los levitas solo recibían una parte de los diezmos que los fieles presentaban al Templo (20-32). Como se ve, el sacerdocio de Jerusalén tiene en sus manos todas las cartas para presentarse como el único dispuesto por el Señor para el servicio cultual o para percibir lo mejor de las ofrendas.
