De nuevo la misma orden de 1,2: «Levántate y vete a Nínive…». Jonás, más interesado en contemplar el templo del Señor (2,5) que en meterse en campañas misioneras, tiene que ser empujado por la voz de Dios. Da la impresión de que ha salido del vientre del gran pez y ha permanecido allí, estático y postrado en la orilla. Su entrada en Nínive y su predicación no tienen ningún atractivo… Parece que lo hace con desgana. Sin embargo, su mensaje tiene éxito. El revuelo de los ninivitas llega hasta el mismo rey, que no se detiene a confrontar el mensaje ni al mensajero: la cuestión es urgente. Debemos esperar a que el rey se pronuncie para escuchar de sus labios lo que debió haber anunciado Jonás, ¡qué paradoja! Luego, el «éxito» de la misión no siempre depende del evangelizador, sino de la propia fuerza de la Palabra y de los dinamismos que esta desata.
