Con palabras apremiantes y llenas de afecto, Pablo propone a los filipenses su vida como ejemplo, en contraste radical con el comportamiento de los «enemigos de la cruz de Cristo» (18), que buscan su seguridad en ritos y prestaciones puramente humanas (1 Cor 1,22s), y que dan una importancia desmesurada a observancias sobre alimentos (cfr. Rom 16,18). Para quienes su mayor orgullo es la circuncisión (19), la lucha sin cuartel del apóstol no es contra ritos más o menos inocentes, sino contra la idolatría latente en esas prácticas religiosas, es decir, todo aquello que, siendo perecedero y transitorio, ocupa, sin embargo, un lugar de importancia des-proporcionada en nuestras vidas, reduciendo el horizonte de nuestra existencia y cerrándolo a aspiraciones más altas. Pablo ve la esperanza de la victoria final de Jesucristo simbolizada en la resurrección futura, «que transformará nuestro cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso» (21).
